―Debes ir al médico —articuló Drake. Esa mañana, como todas las anteriores, Drake entró a la habitación y notó los lamparones bajo mis ojos, el ligero temblor en mis manos y la palidez adoptada en tan solo unas horas. Mi semblante, junto con la juventud que alguna vez me acompañó, se esfumó cuando las pesadillas se tornaron dolorosas, incesantes y con un ahogo que me impedía respirar. Todo lo que Drake observaba en mi cuerpo, tuve la desdicha de percibirlo la noche anterior, al levantarme por un vaso de agua. Sentía el sudor correr por mi rostro. Al ingresar al baño, vislumbré las ojeras, la piel traslúcida, el morado en los labios. Cada noche me quitaban mi alma en una tortuosa pesadilla, junto a mi paz interior. Drake sujetó mi pequeña mano y se sentó a mi lado, dispuesto a sacarme de

