Nos sentamos alrededor de la mesa del jardín, con una taza de té y un plato con trozos de pastel marmoleado. Mi madre no se opuso a contarme todo lo que sabía de la familia, incluyendo un par de cosas que desconocía de los Bush. Ella no tardó en preguntarme por qué quería saber todo eso, pero esquivé su pregunta hasta que algo irrumpió mis mentiras. ―¿Leíste el diario? ―preguntó. ―Sí. Siento que estoy a punto de llegar al final. La frescura del atardecer permitía la fluidez de la conversación, aun cuando la brisa que nos azotaba levantaba las hojas, arrojándolas sobre nosotras. Mi madre comenzó contándome la historia que cambiaría por completo el concepto sobre Keyla y la perfecta familia real que mi abuela me relataba. Lo que mi abuela desconocía, era que toda grandeza se forja a cost

