Ambos nos quedamos mirando un momento el dragón únicamente esperaba que yo hiciera algún movimiento, supongo que para responder y asesinarme al momento, pero no me moví, simplemente lo observaba.
- Debe haber alguna otra manera. – Le dije intentando persuadirlo. – No quiero herir a nadie, aun y cuando quizás seas solo un cumulo de magia.
- Lamentablemente no soy eso… - Respondió seriamente a la vez que me miraba fijamente. – Entiendo que en tu viaje has deshecho varias maldiciones, puedo saberlo por el olor de Hugrion. Pero a diferencia de las bestias contenedoras que has visto hasta ahora mi caso es diferente.
- ¿Eres un ser vivo? – Pregunté sin querer escuchar la respuesta.
- Así es. – El dragón se levantó y se dio la vuelta. – Es imposible que la maldición de la culpa recaiga sobre un ser no vivo, por ello encontró un contenedor que pudiera hacerlo, un ser con pensamientos y que alguna vez sintió lo mismo, un anciano dragón que ha asesinado a más vidas de las que necesitaba y que aprendió un lenguaje solo para burlarse de quienes lo entendieran.
El dragón caminaba lentamente hacia el otro lado de la ciudad y a medida que se alejaba su voz era más difícil de escuchar, pues yo no quise moverme, permanecí ahí, mirando cómo se alejaba y escuchando sus palabras, con las cuales me hacía pensar que aunque no se dejaría morir debía hacerlo.
Aquella bestia desapareció de mi vista y no supe que hacer, no quería matarlo. Los orcos merecen este castigo pero por alguna razón algo me obliga a terminar este asunto, y lo peor es que ni siquiera intento comprender por qué, desenvaine mi espada y la clave en el suelo frente de mí, me senté frente a ella y con mi mano derecha la toque gentilmente: “Ayúdame a comprender” Dije sinceramente esperando que como era una espada legendaria y con cierto toque de “inteligencia” me mostrara el camino. Por fortuna algo sucedió, toda mi vista se puso de color n***o y cuando la luz regreso vi frente de mi aquellos tronos de aquel castillo de hielo, curiosamente estos se encontraban en un gran prado cubierto de nieve, el clima era ligeramente caluroso y la nieve no se derretía, de pronto las luces comenzaron a encenderse en cada uno de los tronos, era cada una diferente: Amarilla, Azul, Morada, Roja y la última de ellas Verde, y en cada uno de los tronos una nota se colocaba de izquierda a derecha en el mismo orden: “Orgullo, tristeza, miedo, ira y culpa” Al ver la flama y esta nota pude diferenciar lo que las hacia especiales pues si volvíamos al pasado a ver los acontecimientos era evidente que cada una de ellas hacía referencia a un sentimiento especifico de cada una de las razas que he liberado y en la que me encuentro ahora, Los enanos una r**a orgullosa que se vio atrapada por este sentimiento y los hizo caer en la miseria, el miedo de unos seres pequeños que morían de hambre por no poder luchar y cuyo dios rechazaba y la culpa de una r**a que extermino a otra solo por una guerra estúpida, todo cuadraba, lo único que no era la razón de estos tronos y el por qué debo regresarles la luz.
En este “sueño” todas las luces se encontraban sobre cada uno de los diferentes tronos, y cuando la última de ellas que era la azul se ilumino con una fuerza poco más clara, todas se separaron de su trono y se fueron hacia una estructura que parecía ser una fuente al frente de ellas, las luces se mezclaron y encendieron una fogata que brillaba con cada uno de los colores, la flama explotó y cubrió todo el sitio con un polvo extraño que parecía ser extendido por todo el sitio hasta donde mis ojos no alcanzaban a ver; al hacerlo vi algo que no pude creer y comprendí la razón por la que esta espada me eligió para ser su portador y no solo eso, sino la razón por la que debía erradicar todas las maldiciones.
Desperté nuevamente sentado frente a la espada con mi mano sobre ella y por delante aquel dragón mirándonos fijamente.
- Parece ser que has comprendido la razón por la que debo dejar mi vida atrás. – Su voz era tranquila y no demostraba ni un poco de miedo.
- Si. – Dije seriamente a la vez que me erguía y tomaba mi espada apuntándola hacia él. – No quiero hacerlo, pero es evidente que debo… - De mis ojos caían pequeños cristales congelados de agua, pues el simple hecho de pensar en quitarle la vida a un ser tan magnifico como un dragón me hacía sentir mal.
- Bien. – El dragón se quedó unos segundos en silencio y después concluyo. - ¿Comenzamos?
Asentí la cabeza y en ese momento el dragón dio bruscamente un giro con todo su cuerpo y me golpeo de lleno en todo el cuerpo, como han quizás de pensar ahora que mi cuerpo era completamente hielo se hizo mil pedazos pero a diferencia de lo que yo pensaba, no morí.
- En verdad eres el amo del hielo. – Afirmo el dragón pisando cada uno de los trozos de hielo esparcidos por el suelo para romperlos.
No le respondí y únicamente por mí cabeza pasó la imagen de mi cuerpo siendo reconstruido y justo como lo imaginé, todas las piezas comenzaron a unirse lentamente hasta que mi cuerpo se volvió a unir.
- Interesante. – Dijo el dragón. – La única forma de derrotar a un dragón en combate es si el contrincante es inmortal. – Rio levemente y quiso emprender vuelo.
Antes de que se elevara mucho con mi espada di un tajo alcanzando una de sus patas pero sus escamas eran excesivamente duras, aun con una espada como esta herir a un dragón parece ser algo imposible, el dragón ya se había elevado mucho por lo que ya no podría alcanzarlo y recordé lo que sucedió hace tiempo en mi ciudad natal. Pensé en una pequeña flecha del tamaño de mi palma la cual se comenzó a formar completamente de hielo y segundos después, la lancé con toda mi fuerza hacia el dragón el cual hábilmente la esquivo y en las alturas continuaba riéndose de mis intentos por hacerle caer.
- ¡No quiero hacer esto! – Le grite un poco desesperado, pues aun y cuando ya comprendía la razón del por qué debo hacer esto, sigo sintiéndome mal… Quitarle la vida a un ser vivo es algo que no me gusta hacer.
A falta de opciones cree escalones que me llevaran hacia el dragón, pueden pensar que es algo arriesgado, pero a sabiendas de que eres inmortal o quizás solo no fácil de matar, el peligro pasa a segundo término, quizás incluso a ultimo termino, con los escalones formándose delante de mí a una velocidad bastante elevada corrí hacia aquella bestia la cual tontamente escupía fuego azul lo cual solo fortalecía estos escalones y a mí mismo, ahora que comprendía que todo mi cuerpo y mismo éramos hielo. El dragón vio que su aliento ahora solo me ayudaba y se detuvo en seco voló unos metros más alto y después se dejó caer girando una vez más para golpearme de nuevo con la cola, alcance a crear otra pequeña plataforma de hielo justo al lado la cual pude hacer flotar por la magia misma y usándola de transporte subí hasta colocarme encima de él, me deje caer desde la altura a quizás 10 metros arriba de el con mi espada hacia abajo y se la clave justo en una parte de la ala hiriéndola y haciéndonos caer a ambos; en el cielo el dragón rugía a la vez que con sus extremidades intentaba golpearme pero dada la ubicación donde me encontraba no podía tocarme, dada la dureza del cuerpo del dragón mi espada no pudo incrustarse muy hondo, quizás fueron unos 10 centímetros y por más que intentara meterla más, no podía. Afortunadamente como mencione, parecía ser que le logre dar en un sitio importante por lo que no pudo volar, caímos y del golpe todo se estremeció yo salí volando a un lado y mi cuerpo impacto con un edificio pero ahora mi cuerpo no se hizo pedazos, parecía que había ganado algo de resistencia gracias a que el aliento de hielo del drago me había golpeado, y gracias a esto tuve una idea. Clave mi espada en el suelo y extendí mis brazos y piernas; agua a mi alrededor comenzó a juntarse y a envolverme haciendo la capa de hielo que me recubría más gruesa y por ende más fuerte, podía parecer que era pesado pero me sentía justo como antes, ligero y con la movilidad nata de un Elfo.
El dragón se reincorporo y comenzó a lanzar pedazos de piedras de los edificios circundantes pero al, estos estar completamente recubiertos de hielo pude modificar su trayectoria sin problemas por lo que únicamente camine en línea recta, al estar de frente a él, el dragón con su brazo golpeo el suelo, esto me hizo rebotar un poco y después con sus garras me impacto nuevamente, no me hizo daño ni me destruyo ahora, pero en cambio sus garras de congelaron al contacto y se volvieron frágiles, la situación ya no era favorable para él, con cada segundo que pasaba mi habilidad como “amo del hielo” se hacía más fuerte y ahora ni siquiera un dragón, conocidos por ser las bestias más peligrosas y poderosas del mundo, parecía tener oportunidad.
- No quiero hacerlo… - Repetí una vez más.
- Pero debes. – Respondió el dragón sin hacerle caso a sus propias palabras pues continuaba defendiéndose intentando herirme.
Deje caer la espada y comencé a crear una lanza hecha completamente de hielo, el dragón al verla se detuvo en seco de seguir intentarme golpearme y después la lance hacia el a una velocidad muy elevada, esta lanza a diferencia de la espada lo atravesó por completo por sus patas traseras haciéndolo caer y dejándolo completamente a mi merced, el intento nuevamente golpearme con sus garras y aunque me hacía volar a los lados por sus golpes con cada uno de ellos sus brazos se congelaban más y más hasta que estos se destruían solos a causa de los mismos impactos.
- Hemos perdido. – Dije refiriéndome a ambos. – No querías morir y yo no quería quitarte la vida… - Regrese mi mano hacia atrás para llamar a mi espada la cual fue traída a mí por hielo que se movía por el suelo arrastrándola. – Hemos perdido.
- Descuida, Amo del hielo. – Dijo seriamente el dragón y con una voz descansada y agradecida. – Es algo que debías hacer, solo espero que cuando llegue el momento de la prueba final también puedas hacerlo… De eso depende que puedas…
Antes de que terminara la oración incruste mi espada en su cabeza, sus ojos perdieron la luz y se volvieron vacíos y acto seguido el calor que se sentía en la ciudad se intensifico, el hielo se encontraba derritiéndose poco a poco y volví a escucharlos; Aka y Rojo hablaban a lo lejos, me levante sin importarme lo que mis ojos miraban y corrí hacia aquel sitio donde podía escucharlos, llegue a una pequeña casa cuya puerta estaba tapada por un hielo diferente al resto el cual no se derretía, o al menos no a la misma velocidad, este lo hacía más lento. Cuando a puerta estaba completamente descongelada y pude entrar, por el interior de la casa donde escuchaba las voces no había algo, estaba completamente vacío pero las voces de esos pequeños resonaban por el lugar lo que lo hacía más extraño aun…
Sin encontrar una respuesta salí del sitio y por fuera vi a toda la ciudad Orca completamente descongelada y frente de esta pequeña choza a los diferentes Orcos, con su cabeza en alto y mirándome como cualquier orco lo haría, con Odio, era evidente habían vuelto y su maldición había sido rota, lo cual solo me dejaba como única opción irme de aquí pues dudo que aunque los haya salvado quieran ignorar que soy un foráneo y me permitan vivir (aunque irónicamente tampoco pueda morir, tal parece)
- La maldición ha sido rota gracias a ti. – Dijo uno de los Orcos al frente de mí, el más musculoso de todos y con el rostro más atemorizante si he de ser preciso. – Pero eso no significa que puedas permanecer en este lugar, vete.
- … - Simplemente me quede callado, es un logro muy grande que una r**a como ellos dejen vivir a un foráneo y mucho más que hablen tan civilizados con uno y lo dejen marcharse.
No dije adiós o alguna otra palabra, simplemente mire por última vez aquella casa de donde las voces aún seguían saliendo y me retiré sin hacer alguna otra pregunta, no sé dónde se encuentre en estos momentos, pero me tranquiliza escucharlos pues sé que aún se encuentran sanos y salvos.