¿MUDARSE?

1390 Palabras
ꗥ🌸 𝐂𝐋𝐀𝐑𝐈𝐒𝐒𝐀 🌸ꗥ Me dejé llevar por el torrente de emociones, cada sollozo era un grito ahogado, una súplica al universo por alguna respuesta. Recorría la habitación con la mirada, buscando algún indicio de esperanza, pero todo lo que encontraba eran recuerdos que me atormentaban. El recuerdo de nosotros, parecía burlarse de mí, capturando un instante en el que la felicidad era genuina y no una ilusión. En esos momentos de vulnerabilidad, el tiempo se detuvo. Pensé en las decisiones que había tomado, en cómo cada una había conducido a este punto crítico. Quizás había creído que podría cambiar las cosas, que el amor sería suficiente para superar las diferencias, pero la realidad se había mostrado más dura de lo que esperaba. Cerré los ojos, deseando que al abrirlos todo fuera diferente, que pudiera volver atrás y deshacer los errores que me habían llevado a este abismo. Pero la vida no funcionaba así; no había un botón de reinicio. Así que, entre sollozos, me dejé llevar por la tristeza, permitiendo que el dolor fluyera sin restricciones. En la penumbra de mi habitación, empecé a entender que, aunque el camino hacia la redención parecía distante, quizás, con el tiempo, podría encontrar la manera de sanar. Pero por ahora, solo podía llorar, entregando el peso de mi corazón roto a la soledad que me rodeaba. Llegué a la empresa como cualquier otro día, con mi uniforme de aseo y mis herramientas listas. La rutina era ya una segunda naturaleza para mí; sin embargo, hoy algo diferente me esperaba. Apenas puse un pie en la entrada, me llamaron a Recursos Humanos. Mi corazón empezó a latir más rápido. No sabía qué esperar. Caminé nerviosa por el pasillo hasta llegar a la oficina de Recursos Humanos. Al entrar, la persona encargada me saludó con una sonrisa amable y me indicó que me sentara. —Necesitamos que firmes un contrato nuevo —dijo, extendiéndome un documento. Tomé el papel, mis manos temblando ligeramente. Lo leí y no podía creer lo que veía. Era un contrato para ser asistente de gerencia. Me quedé en shock, incapaz de procesar lo que esto significaba. ¿Cómo había llegado a esto? Mi mente se llenaba de preguntas, pero sabía que debía aprovechar esta oportunidad. Firmé el contrato con manos temblorosas, tratando de contener la emoción y la incertidumbre. Este era un nuevo comienzo, una esperanza en medio de tanta adversidad. Me miré las manos, unas manos que una vez fueron delicadas y suaves. Ahora, estaban estropeadas, marcadas por los químicos que usaba para el aseo en la empresa. Las callosidades y las heridas eran testimonio de los trabajos duros y humillantes que había tenido que realizar cada rasguño, una historia de esfuerzo y sacrificio. Pero a pesar del daño visible, sentía una alegría interna difícil de describir, una chispa de esperanza que iluminaba mi ser. Había firmado el contrato para ser asistente de gerencia, un paso que nunca soñé. Aunque mis manos ya no reflejaban la delicadeza de antaño, mi corazón estaba lleno de expectativas y determinación. Este cambio de puesto era más que una simple promoción; era una oportunidad para redimirme, para demostrarme a mí misma y a los demás que podía superar cualquier obstáculo que la vida me pusiera en el camino. Me preparé para enfrentar este nuevo desafío con la misma tenacidad que había mostrado hasta ahora. Sabía que no iba a ser sencillo; el camino hacia el éxito estaba sembrado de dificultades. Pero cada vez que miraba mis manos, recordaba todo lo que había pasado, y eso me daba fuerzas. Eran las manos de alguien que había luchado y persistido, y ahora estaban listas para construir algo nuevo. El primer día, en mi nuevo puesto, me presentaron a todo el personal. La sala de conferencias era un espacio amplio y luminoso, con grandes ventanales que dejaban entrar la luz del sol. Sentí cómo el ambiente vibraba con la energía de mis nuevos compañeros, algunos de los cuales ya conocía de mis días en el área de limpieza, pero otros eran completamente nuevos para mí. Me esforcé por recordar cada nombre y cada rostro, consciente de que no les caería bien a todos. A lo largo de la jornada, fui introduciendo mis nuevas responsabilidades. Aprendí a manejar agendas, a organizar reuniones y a gestionar la comunicación entre departamentos. Cada tarea que realizaba era un paso hacia la consolidación de mi nuevo rol, y aunque a veces me sentía abrumada, nunca perdí de vista la razón por la cual estaba allí. Mientras navegaba por este nuevo entorno, miraba mis manos de vez en cuando. Se habían vuelto fuertes por los trabajos duros que había realizado, y ahora eran las mismas manos que sostenían el futuro que había comenzado a forjar. Con cada nuevo desafío, sentía que estaba dejando atrás las sombras del pasado, construyendo un camino hacia un futuro que prometía ser brillante. Al menos eso pensaba. En medio de mi euforia por el nuevo puesto, la secretaria principal se acercó y me pidió que le llevara café al jefe. Sentí cómo se me secaba la garganta y tragaba grueso. Había estado tan emocionada con el cambio de posición que no había pensado en la posibilidad de tener que verlo. Pero ese momento que temía había llegado. Tomé la bandeja con el café, tratando de controlar mis nervios. Cada paso hacia su oficina se sentía eterno. Mi mente se llenaba de recuerdos y emociones encontradas. Al llegar a la puerta, respiré hondo y llamé suavemente antes de entrar. Nathan levantó la vista de sus documentos al verme. Sus ojos, fríos e indiferentes, se posaron en mí y sentí un nudo en el estómago. Me acerqué con cuidado, tratando de no derramar el café por el temblor de mis manos. —Aquí tiene su café, señor —dije—, mi voz, apenas un susurro, puso la bandeja en un lado de su escritorio—. Me retiro. —¿Quién te ordenó que te fueras? —¿Necesitas algo más? —Siéntate, solamente termino con esto. No dije nada más. Esperé a que Nathan se desocupara, y mientras lo observaba de reojo, mi mente se llenaba de recuerdos de lo que sucedió la noche anterior. Todos esos momentos intensos que parecían tan lejanos en aquel instante, ahogados por la ansiedad de lo que estaba por venir. El ambiente se sentía denso, cargado de una tensión que palpitaba en el aire. Nathan se movía con la misma determinación que siempre, y yo me encontraba atrapada en un torbellino de nerviosismo e incertidumbre. No sabía cómo actuar frente a él. La idea de retroceder me resultaba insoportable; había luchado demasiado por llegar hasta aquí, y esta nueva oportunidad significaba más de lo que podía expresar con palabras. Era un rayo de esperanza en medio de la tormenta. Nathan levantó la cabeza, sus ojos se encontraron con los míos y, en ese instante, su rostro se mantuvo impasible. Era como si el mundo a nuestro alrededor se hubiera desvanecido, dejando solo a los dos en una burbuja de tensión. —Vas a mudarte —dijo de repente—, su voz era firme y sin titubeos, como un decreto. Parpadeé, tratando de procesar sus palabras. La realidad me golpeó con fuerza. —¿Qué has dicho? —pregunté, mi voz temblando, casi como si me costara aceptar lo que estaba escuchando. —He dicho que vas a mudarte —repitió, su tono inquebrantable, como si no hubiera espacio para el desacuerdo. El shock me envolvió por completo. ¿Mudarme? ¿Adónde? ¿Por qué? Una ráfaga de preguntas llenó mi mente, pero la determinación en su voz me hizo dudar de si debía cuestionarlo. Sabía que estaba en una encrucijada, y la idea de arriesgar lo que había logrado me llenaba de temor. Sin embargo, la confusión y la preocupación se aferraban a mi corazón con fuerza, como garras afiladas. La decisión de Nathan me preocupaba profundamente. No podía irme, no mientras mi hijo aún estaba bajo la tutela de mis padres. La simple idea de dejarlo atrás me llenaba de angustia; era como si me arrancaran una parte de mí. Intenté reunir valor para negarme, pero mi voz vacilaba mientras hablaba. —Nathan, no puedo mudarme —dije, esforzándome por mantener la calma, aunque el miedo amenazaba con desbordarse.
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