ꗥ🌸 𝐂𝐋𝐀𝐑𝐈𝐒𝐒𝐀 🌸ꗥ
Entro al apartamento y quedo impresionada. Las ventanas de piso a techo ofrecen una vista panorámica de la ciudad, y la decoración es moderna y exquisita. Un aroma suave y agradable llena el ambiente.
Las paredes del apartamento parecían cerrarse a mi alrededor, y el eco de mi respiración resonaba en el aire denso. Observé a Nathan, su figura esbelta y distante, como una sombra que se resistía a dejarse atrapar por la luz. Cada sorbo que tomaba de su vaso era un golpe que resonaba en mi pecho, un recordatorio de que había una barrera entre nosotros que ni siquiera el amor por nuestro hijo parecía poder romper.
—¿Por qué tardaste? —preguntó de repente, girando la cabeza con un destello de irritación en sus ojos. Su voz, aunque baja, era como una cuchillada.
Tomé aire, tratando de calmar la tormenta de emociones que se agolpaban en mi interior. —Nathan, queda retirado de la casa de mis padres.
—No me importan tus excusas.
—Por favor, Nathan, deja ir el pasado y hagamos como si apenas nos conociéramos.
—Crees que es fácil… y mi hijo… ¿Acaso me pides olvidarlo?
—¡Lucas!
Al pronunciar su nombre, vi cómo su expresión se oscurecía aún más. Lucas, nuestro pequeño, el lazo que alguna vez nos unió y que ahora parecía ser solo un recordatorio de lo que habíamos perdido.
—¿Hablar? ¿Para qué? —Su risa amarga me atravesó como un rayo. —¿Para que sigas con tu juego de “madre preocupada”? ¿Puedes decirme lo que debo hacer? Tú lo mataste con tus propias manos.
El dolor en mi pecho se intensificó, pero no podía dejar que su ira me desbordara. —No es un juego, Nathan. Estoy aquí para que accedas a ayudar a mi familia, te lo ruego.
Su mirada se endureció. —¿Ayudar? ¿Desde cuándo eso significa que tengo que someterme a tus caprichos?
Las palabras se agolpaban en mi garganta. Quería gritarle, decirle cuánto había luchado, cuánto había sacrificado. Pero en lugar de eso, me quedé en silencio, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con escapar.
—Te necesito, Nathan. Por favor, ayúdeme. —Finalmente, logré hablar, mi voz temblando con la carga de mis emociones.
Él se giró hacia el balcón, mirando la ciudad iluminada como si buscara respuestas en el horizonte. La distancia entre nosotros parecía insalvable, y la angustia se apoderó de mí. —¿Y si no quiero? —murmuró, casi para sí mismo.
Mi corazón se detuvo por un instante. —¿Qué quieres decir con eso?
Nathan se volvió lentamente, su rostro mostrando una vulnerabilidad que no había visto en años. —He estado luchando, ¿sabes? No sé si soy idiota para volver a tenerte frente a mí.
Las palabras se deslizaban entre nosotros como un hilo frágil, un puente que podría llevarnos de vuelta a la intimidad que habíamos perdido. —Nadie espera la perfección. Solo quiero que aceptes.
Su mirada se suavizó, pero la sombra de la duda seguía acechando. —¿Y si me decepcionas otra vez?
—Solamente te pido una oportunidad—dije con firmeza, sintiendo que finalmente tenía el control. —Solamente te pido que me ayudes con esto, estoy dispuesta a hacer lo que sea.
Un silencio pesado se instaló entre nosotros, pero esta vez no era incómodo. Nathan dio un paso hacia mí, y en su mirada, vi un destello de lo que alguna vez habíamos sido. —Está bien, intentémoslo. Harás lo que yo diga. Sin cuestionar.
—Lo haré —respondí, sintiendo que, a pesar de todo, tenía una oportunidad de resurgir entre las grietas de nuestra realidad.
—¡Órale, desvístete! —me gritó Nathan, su humor cambió drásticamente.
—¿Qué dices?
—Lo que escuchaste. —Mientras se sentaba, me dijo que me pusiera de pie frente a él.
—Si lo hago, colaborarás con mi padre.
—Eso dependerá de tu desempeño. —se acomodó en sillón, mirándome fijamente.
—Tampoco soy una puta. Si voy a tener sexo contigo es porque quiero y cuando quiero, no porque me obligues.
—Me estás rogando que colabore con tu padre, me dijiste que harías lo que fuera, ¿eso no te hace una puta?
—Yo no soy… ¿entendido? Solo no tengo ganas de hacerlo en estos momentos, me siento mal en este momento. Me sentía sucia.
—Bueno, no sé si te daré otra oportunidad, mi tiempo vale oro.
—¡Ya te dije! ¡Ahorita, no! No estoy acostumbrada…
—¡Aquí se hace lo que yo digo, Clarissa! —dijo enfurecido y me haló del cabello para aventarme en el sofá.
Quise poner resistencia, pero él tenía mucha fuerza. Me sometió como policía al ladrón contra el suelo, en este caso él sobre mí en el sofá, me bajó la ropa con todo y ropa interior. Por instinto, yo solo gritaba repetidamente: “¡no quiero!”, y llevaba mis manos hacia mi trasero para evitar que me penetrara.
—¡Es mejor que te relajes! ¡Te dolerá si te resistes! ¡Quita las manos!
Yo estaba espantada, aun sin llegar al grado de llorar. Estaba temblando y, en la desidia entre dejarme o no, pensé «al fin he pasado por este tipo de humillación». Fui retirando mis manos de mis nalgas poco a poco y él sacó su bauprés a través de la bragueta de su pantalón y me la metió. Su estado de alteración le provocó embestirme muy duro.
—¡Mmmm! ¡Ay! No…
—“Eso es”. Disfrútalo.
Pero él no sabía que mis gemidos eran de incomodidad y mis gritos de sentir el golpe de su pelvis contra mis glúteos. Es como si voluntariamente desactivara la sensibilidad en el interior de mi v****a, yo no lo estaba disfrutando en verdad y quería que pasara rápido el momento. Afortunadamente, resistí los diez minutos que me tuvo así hasta que me sacó su m*****o viril y me echó su leche en el trasero.
—¿Verdad que no te cuesta nada? Pareciera que estás acostumbrada a este tipo de trato —me dijo mientras se arreglaba.
—¿No digas eso? Tú no sabes nada. —dije entre lágrimas.
—Pues sí, pero tú te estabas pidiendo.
—Olvídalo. No tienes la capacidad de comprenderme. ¿Ahora vas a colaborar con mi padre?
—Ya veremos qué ánimos tengo mañana. Eso dependerá de tu desempeño, el de hoy estuvo fatal.
Permanecí en silencio porque esa nueva información apenas cabía en mi cabeza por todo lo que estaba ya procesando. Nathan se despidió de mí dándome un beso imprevisto en la boca y se retiró. De inmediato, me metí a bañar, tardándome más de una hora para desahogarme y ordenar mis ideas. «Todo está bien, Clarisa», si lo logras tendré más tiempo con mi hijo. Debes dejar de pensar en todo lo que aconteció en mi vida y salir adelante.
Llegué a casa casi al amanecer, con el corazón hecho trizas por las palabras y el trato hiriente de Nathan. La culpa me consumía por dentro, como una llama devorando todo a su paso, y sabía que él no entendía la verdad que se ocultaba tras mis decisiones. Al cruzar la puerta de mi dormitorio, sentí cómo las fuerzas me abandonaban, como si cada paso que daba se volviera más pesado que el anterior. Finalmente, me dejé caer sobre la cama, incapaz de contener las lágrimas que brotaban de mis ojos.
El dolor y la desesperación me inundaban como un torrente imparable. Cada palabra grosera de Nathan resonaba en mi mente, como ecos de una tormenta que no lograba calmarse. Recordaba con nostalgia los momentos felices que habíamos compartido, esos instantes de risas y complicidad que parecían pertenecer a otra vida. Ahora, todo eso se desvanecía, reemplazado por una profunda sensación de pérdida. Me sentía atrapada en una red de emociones contradictorias, incapaz de encontrar una salida, llevada por el peso abrumador de la culpa y las decisiones que me habían llevado hasta aquí.
Mientras las lágrimas caían, me preguntaba si alguna vez podría hallar una forma de redimir todo lo que había sucedido. Pero en ese momento, la única realidad que podía abrazar era la soledad que me envolvía en la penumbra de mi habitación. Las sombras danzaban alrededor, como si también ellas compartieran mi desconsuelo, y el silencio se tornaba ensordecedor, un recordatorio de lo que había perdido.