ꗥ🌸 𝐂𝐋𝐀𝐑𝐈𝐒𝐒𝐀 🌸ꗥ
Llegué al consultorio médico con una sensación de incomodidad y vergüenza. Nathan me había insistido en que me hiciera todos los exámenes necesarios, y aunque entendía su preocupación, no podía evitar sentirme un poco vulnerable.
Cuando entré, la recepcionista me recibió con una sonrisa amable y me indicó que tomara asiento en la sala de espera. Mientras esperaba, miraba alrededor, tratando de distraerme, pero mi mente no dejaba de pensar en los exámenes que me aguardaban.
Finalmente, el médico llamó mi nombre y me levanté con nerviosismo. Me condujo a una sala privada y comenzó a hacerme preguntas sobre mi historial médico. Traté de responder con la mayor claridad posible, aunque sentía que mi voz temblaba ligeramente.
—Bien, Clarissa, vamos a empezar con los exámenes —dijo el médico, tratando de tranquilizarme—. No te preocupes, todo estará bien.
Asentí, aunque mi corazón latía con fuerza. Me sometí a los exámenes uno por uno, sintiendo una mezcla de timidez y molestia. Sabía que era necesario, pero eso no hacía que fuera más fácil.
Cuando terminaron los exámenes, el médico me aseguró que los resultados irían directo a la oficina de Nathan. Agradecí y salí del consultorio, sintiendo un peso en mis hombros, pero también sabiendo que había hecho lo correcto.
El camino a casa se me hizo interminable. Cada paso resonaba en mi mente como un eco de mis propios pensamientos, y la imagen de Nathan, con su mirada fría y distante, se repetía una y otra vez. Era como si cada intersección, cada esquina que giraba, me empujara más hacia una realidad que no podía cambiar.
Recorría las calles con la cabeza gacha, sumida en una especie de trance. La gente a mi alrededor parecía ir y venir sin preocupaciones, ajena a la tormenta que se desataba en mi interior. Me preguntaba qué pasaría si Nathan supiera la verdad. La verdad que había mantenido oculta, no por miedo, sino por lo más sagrado.
La primera vez que vi a Nathan, me fascinó su confianza. Era el tipo de persona que iluminaba la habitación con solo entrar. Pero ahora todo es diferente, la luz que antes me atraía se convirtió en una sombra. Comenzó a mirar mi vida a través de un cristal distorsionado, juzgando mis decisiones y mis errores. Cada palabra que decía llevaba consigo un peso que me aplastaba un poco más.
Al llegar a casa, el silencio me envolvió. Sabía que debía enfrentar la realidad, que no podía seguir huyendo de lo que había hecho. Me senté en el sofá que hay en mi habitación, es tarde y todos están dormidos, dejé caer la cabeza entre mis manos y respiré hondo. La incertidumbre se estaba convirtiendo en un monstruo que me devoraba desde adentro.
Si Nathan se enteraba de la verdad, todo podría cambiar. Quizás encontraría la manera de entenderme o, tal vez, me rechazaría por completo. La posibilidad de perderlo me aterraba, y al mismo tiempo, me preguntaba si realmente valía la pena aferrarme a alguien que no podía perdonarme.
De repente, el sonido del teléfono interrumpió mis pensamientos. Era un mensaje de Nathan. “Necesito hablar contigo”. Mi corazón se detuvo por un instante. ¿Sería este el momento que tanto temía? ¿Qué desea? Sin pensarlo dos veces, respondí: “Claro, ¿cuándo?”.
Mientras esperaba su respuesta, una mezcla de esperanza y miedo se apoderó de mí. Sabía que el momento de la verdad estaba cerca, y con él, la oportunidad de liberarme de la carga que había llevado tanto tiempo. Pero también sabía que, al enfrentarlo, podría perderlo para siempre.
Estaba en mi dormitorio, con el teléfono en la mano, esperando con nerviosismo el mensaje de Nathan. No tenía idea de lo que quería, pero mi mente no dejaba de darle vueltas a todas las posibles razones. Mi objetivo era claro: conseguir esa colaboración con mi padre para poder tener más tiempo con mi hijo. Sin embargo, ahora mis padres lo estaban utilizando como chantaje, y eso me llenaba de frustración y desesperación.
Miraba el reloj una y otra vez, sintiendo cómo los minutos pasaban lentamente. Cada sonido del teléfono me hacía saltar, esperando que fuera él. Finalmente, el mensaje llegó y mi corazón dio un vuelco. Con manos temblorosas, abrí el mensaje y comencé a leer.
—Ven a esta dirección —decía el mensaje de Nathan.
La incertidumbre y la preocupación crecieron en mi interior. Sabía que no podía dejar que mis emociones me dominaran. Tenía que mantener la calma y enfocarme en mi objetivo. Sabía que esta colaboración era clave para poder estar más presente en la vida de mi hijo y no permitiría que nadie me lo arrebatara.
Tomé una profunda respiración y respondí al mensaje de Nathan, fijando una cita para encontrarnos y discutir lo que fuera necesario. “¿Ahora mismos?” Esperé un rato cuando apareció una nueva notificación. “Si tardas, me arrepentiré”
Entré al baño con el corazón, latiendo a mil por hora. La ansiedad me envolvía mientras me desvestía y me metía en la ducha. El agua caliente caía sobre mi piel, pero no lograba calmar mis nervios. Sabía que Nathan no era paciente y que no podía permitirme llegar tarde.
Me enjaboné rápidamente, tratando de mantener la calma, pero mi mente no dejaba de pensar en la conversación que se avecinaba. ¿Qué querría decirme? ¿Cómo afectaría esto a mi objetivo de colaborar con su padre y tener más tiempo con mi hijo?
Salí de la ducha y me sequé con rapidez, mirando el reloj cada pocos segundos. El tiempo parecía volar y sentía que no tenía suficiente. Busqué con prisa la ropa que usaría, optando por algo elegante pero cómodo. Sabía que debía proyectar confianza, aunque por dentro me sintiera un manojo de nervios.
Mientras me vestía, mi mente seguía dando vueltas a todas las posibles razones por las que Nathan quería hablar conmigo. La incertidumbre me carcomía, pero sabía que debía mantener la compostura. No podía permitir que mis emociones me dominaran.
Finalmente, lista para salir, me miré en el espejo y tomé una profunda respiración. Estaba decidida a enfrentar lo que fuera que Nathan tuviera que decirme. Con el corazón aún acelerado, salí del baño y me dirigí a la puerta, lista para enfrentar el desafío que me esperaba.
No puedo evitar sentir un nudo en el estómago mientras me dirijo al apartamento que Nathan me indicó. Las calles se vuelven cada vez más elegantes a medida que avanza, y los edificios lucen lujosos y majestuosos. Este lugar es verdaderamente exclusivo, muy distinto a lo que estoy acostumbrada.
Al llegar, el imponente edificio se alza frente a mí con una fachada moderna y cristalina. Tomo aire profundamente, tratando de calmar mis nervios. Me acerco a la entrada y el portero, vestido impecablemente, me mira con una sonrisa cortés.
—Buenas tardes, señorita. ¿Es usted Clarissa? —me pregunta amablemente.
Asiento con la cabeza, un poco sorprendida de que conozca mi nombre.
—Sí, soy yo.
—El señor Nathan la está esperando. Por favor, adelante —dice mientras abre la puerta con un gesto elegante.
Ingreso al vestíbulo y quedo maravillada por la sofisticación del lugar. Pisos de mármol brillante, obras de arte contemporáneo en las paredes y una iluminación suave que realza cada detalle. Siento una mezcla de admiración y nerviosismo mientras sigo al portero hacia el ascensor.
—Permítame acompañarla hasta el piso del señor Nathan —ofrece, presionando el botón del ascensor.
—Muchas gracias —respondí, tratando de mantener la compostura.
El ascensor es amplio y tiene espejos que reflejan mi imagen. Me observo por un instante, ajustando sutilmente mi ropa para verme lo mejor posible. Mi corazón late acelerado, y mis pensamientos se arremolinan sin control. ¿Por qué Nathan querrá verme aquí? ¿Qué es tan importante?
Las puertas se abren y el portero me indica el camino.
—Es por aquí, señorita Clarissa.
Camino por un pasillo alfombrado hasta detenerme frente a una puerta de madera tallada. Antes de que pueda tocar, la puerta se abre y aparece Nathan, impecablemente vestido y con una sonrisa en el rostro.
—Clarissa, entra —dice, invitándome a pasar con un gesto.