ミ★ NATHAN ★***** solté bruscamente y me dirigí a un sillón cercano, tratando de calmar la rabia que sentía. Me senté y la observé mientras intentaba recomponerse. Clarissa parecía frágil y vulnerable, pero no podía dejar que eso me afectara. El dolor del pasado seguía ardiendo en mi interior.
—¿Qué demonios quieres de mí? —le pregunté con voz dura, sin poder contener el enojo.
La miré fijamente, esperando una respuesta que pudiera justificar su presencia aquí, en mi vida, después de todo lo que había pasado. Pero en el fondo, sabía que ninguna explicación podría borrar el dolor y la traición que sentía.
Observé el nerviosismo en Clarissa, su voz baja y temblorosa, apenas audible.
—Ayuda a mis padres —dijo, casi en un susurro.
Al escucharla, no pude evitar romper a carcajadas. La situación era tan absurda que me resultaba increíble. ¿Cómo podía tener el descaro de pedirme algo así después de todo lo que había pasado?
—¡Qué desvergonzada! —exclamé, sin poder contener la risa amarga.
La miré fijamente, tratando de entender cómo podía tener la audacia de pedirme ayuda. Pero en el fondo, sabía que su desesperación debía ser grande para llegar a este punto. Aun así, el resentimiento y el dolor seguían siendo demasiado fuertes para ignorar.
—Te lo suplico, sé que no lo merezco, pero pienso trabajar duro.
—Hasta dónde estás dispuesta en llegar.
Abrí mis piernas y puse mis brazos sobre el respaldar del sillón. Ella me miró y al parecer comprendió a lo que me refería, se puso de rodillas y se me acercó. Levantó sus manos y se dirigió hacia mi cinturón. Le temblaban las manos, pero finalmente lo desató. Bajo el cierre de mi pantalón y el asco me inundó, con mi pie le di un empujón que cayó a un metro de mí.
— Te has vuelto tan repugnante ante mis ojos, esto pensabas hacer con cualquier tipo que estuviera en mi posición.
No dijo nada, simplemente se sentó en el suelo mientras sus manos se unían como si reprimiera algo. —Hasta que me toques me da asco, lárgate de mi presencia.
—¿Los vas a ayudar? —la miré con desprecio cuando la escuche decir eso.
—No han hecho nada para que se ganen mi favor.
—Estoy dispuesta a hacer lo que me digas. —dijo. En ese momento desconocí a esa mujer.
—Hasta convertirte en una puta para mí. —ella abrió los ojos, pero no dijo nada—. ¿A cuántos hombres te has ofrecido de esta manera?
Ella se mantuvo en silencio, su mirada fija a un punto determinado, chasqueó los dientes. Me molesta esta mujer, nada que ver a la que conocí en el pasado. Me acerqué y la tomé de la quijada para que me viera a los ojos.
—Sabe Dios, cuántas enfermedades de transmisión s****l has de tener.
—No las tengo. —susurró…
—Eso no me acredita nada. No me acuesto con mujeres que otros han tocado y desechado.
—No hay esos hombres… Yo…
—¿Tú qué?
—Solamente he estado contigo.
—¡¡Mientes!! ¿Acaso olvidas la carta que me dejaste? —sus ojos confundidos, pero no dijo nada en su defensa. Suspiré, ya cansado, le dije que se fuera.
—No me iré hasta que me digas si los vas a ayudar.
—Quieres que te diga la verdad, no voy a mover ni un dedo por tu miserable familia.
Vi cómo Clarissa caía de rodillas ante mí, su desesperación palpable. Dentro de mí, algo se rompió. Me dolía verla así, pero ya no podía expresar esa preocupación. Los sentimientos que una vez tuve por ella se habían desvanecido, reemplazados por el resentimiento y la amargura.
—Por favor, Nathan —suplicó con fervor—, ayuda a mi padre.
Sus palabras resonaron en la habitación, llenas de desesperación. La miré, tratando de mantener mi expresión dura, pero no podía evitar sentir una punzada de compasión. Aun así, no podía dejar que eso me afectara. Clarissa había hecho su elección, y ahora debía enfrentar las consecuencias. No podía permitirme ser débil, no después de todo lo que había pasado.
Miré a Clarissa con indiferencia mientras las lágrimas corrían por su rostro. Sus súplicas y su desesperación no me conmovían como antes. Me dirigí a mi silla giratoria y me senté, observándola fríamente. La distancia emocional que había construido entre nosotros se sentía inquebrantable.
—¿Por qué debería ayudarte? —pensé, aunque no lo dije en voz alta.
Verla ahí, de rodillas, era una imagen que nunca hubiera imaginado en el pasado. Pero los recuerdos de nuestra relación estaban teñidos de traición y dolor. La Clarissa que conocí ya no existía, y la mujer frente a mí era solo una sombra de ese pasado.
Mientras la miraba, me di cuenta de que nada de lo que dijera o hiciera cambiaría lo que sentía. La compasión que alguna vez tuve por ella se había desvanecido, reemplazada por una fría indiferencia. Y aunque sus lágrimas intentaran despertar algo en mí, ese algo ya no estaba.
Suspiré, girando levemente en mi silla, sin apartar la mirada de ella. Este era su nuevo lugar en mi vida, y no podía permitirme sentir nada más. La miré por un, instante y seguía suplicando, anoté una dirección en un papel y se lo di, hasta los exámenes para descartar alguna enfermedad venérea. No te creo que no hayas estado con nadie.
Vi cómo Clarissa, con lágrimas en los ojos y su cuerpo temblando, tomaba el papel que le había dado. Su dignidad parecía estar siendo pisoteada en ese momento. La imagen de ella, una vez tan orgullosa y segura, ahora reducida a esto, me provocaba una mezcla de emociones.
No podía evitar sentir una punzada de compasión, pero el resentimiento seguía siendo más fuerte. Clarissa había hecho su elección, y ahora debía enfrentar las consecuencias. Mientras la observaba, me di cuenta de que, a pesar de todo, aún había una parte de mí que deseaba entender por qué había llegado a este punto. Pero no podía permitirme ser débil. No después de todo lo que había pasado.
La vi salir de mi oficina, su figura temblorosa desapareciendo tras la puerta. En cuanto se cerró, dejé caer mi porte frío y descargué todo mi peso sobre la silla. Sentí una mezcla de agotamiento y frustración.
—Clarissa, ¿hasta dónde pretendes llegar? —murmuré para mí mismo—. ¿Quieres que té humilde más?
El eco de mis propias palabras resonó en la habitación vacía. No podía entender por qué seguía insistiendo, por qué se sometía a esta situación. Pero una cosa era clara: el resentimiento y la rabia seguían ardiendo en mi interior, y no podía permitirme sentir nada más.
Tomé el teléfono y llamé al médico, mis dedos tamborileando sobre el escritorio mientras esperaba que contestara. Cuando lo hizo, fui directo al grano.
—Necesito que prepares un chequeo exhaustivo para una nueva paciente, Clarissa —dije, mi voz fría y autoritaria—. Quiero que descartes cualquier enfermedad venérea. Hazlo tan pronto como ella llegue, si es que llega.
Colgué el teléfono y me quedé mirando la pantalla, intentando calmar la mezcla de emociones que sentía. A pesar de mi rabia y resentimiento, había una pequeña parte de mí que se preguntaba si estaba siendo demasiado duro. Pero rápidamente descarté ese pensamiento. Clarissa había tomado su decisión, y ahora debía enfrentar los obstáculos.
Suspiré profundamente, tratando de concentrarme en los documentos frente a mí. Pero la imagen de Clarissa, con su cuerpo temblando y lágrimas en sus ojos, no desaparecía de mi mente. No importaba cuán frío pudiera ser, la sombra de nuestro pasado seguía persiguiéndome.
—Maldita seas, Clarissa, porque regresaste a mí. No soy el mismo, ese jovencito que te amaba con locura murió el día que decidiste marcharte. Si pretendes servir de peón de tu familia, no me juzgue por tratarte como basura, porque nunca te veré como antes.
Medite en voz alta, y mi frustración crecía. No entiendo a esta mujer, ¿por qué demonios se humilla hasta este punto? Si esto es lo que quieres, pues no seré ningún príncipe azul.