ꗥ🌸 𝐂𝐋𝐀𝐑𝐈𝐒𝐒𝐀 🌸ꗥ
Esas personas que se dicen mis padres no podrían ser más miserables conmigo. Cada día me hacen sentir como una carga, como si mi existencia fuera un constante recordatorio de sus propias frustraciones. Cuando llegué a la empresa y descubrí que mi empleo sería en el departamento de aseo, una amarga sonrisa se dibujó en mi rostro. ¿De esto hablaba mi padre cuando decía que debía hacer cualquier cosa para que este hombre salvara lo que queda de su fortuna?
La ironía de la situación no pasó desapercibida para mí. Después de todo, mis padres siempre se habían jactado de su estatus social, de su influencia, y aquí estaba yo, limpiando inodoros y encerando pisos. Sentí una mezcla de humillación y resentimiento. No era solo el trabajo duro, sino la sensación de que cada esfuerzo mío era un intento desesperado por mantener a flote el último vestigio de su fortuna.
Pero más allá de la amargura, también había una chispa de determinación. Sabía que no podía dejarme vencer por las circunstancias. Cada día en el trabajo, cada tarea humillante, era una prueba de mi fortaleza. Podía sentir cómo crecía en mí una resiliencia que antes no conocía. Y aunque mis padres podrían ser miserables conmigo, no les daría el gusto de verme caer. Haría lo que fuera necesario, no solo por ellos, sino por mí y, sobre todo, por mi hijo.
Miré mis manos enrojecidas por el trabajo y supe que cada herida, cada calambre, era un testimonio de mi lucha y mi resistencia. No sería fácil, pero estaba decidida a salir adelante, a pesar de todo y de todos.
Después de mi encuentro con Nathan y el odio palpable que sentí de su parte, me sentí destrozada. Cada palabra suya era como una daga en mi corazón. Pero no puedo decirle nada. Si mis padres se enteran de que he hablado con él, esconderán a mi hijo para siempre. Esa amenaza constante pesa sobre mí como una losa.
Debo seguir sus instrucciones, aunque me duela, si quiero mantener a mi hijo cerca. Cada día es una lucha interna, pero sé que no tengo otra opción. Mi amor por mi hijo es lo único que me da fuerzas para seguir adelante, soportando el desprecio y la humillación. No puedo permitirme fallar, no cuando su bienestar está en juego.
Mientras limpiaba los baños de la empresa, sentía el frío de las baldosas bajo mis rodillas y el olor al desinfectante que llenaba el aire. Cada movimiento era meticuloso, pero no podía evitar sentirme humillada. Las empleadas pasaban por el pasillo, pavoneándose con sus trajes impecables y sus miradas de desprecio. Se jactaban de ser profesionales, de tener carreras exitosas, mientras yo estaba aquí, con un trapo en la mano y el corazón hecho pedazos.
Sus risas y comentarios sarcásticos resonaban en mis oídos, recordándome constantemente mi situación. Me esforzaba por mantener la cabeza baja y seguir trabajando, pero cada palabra hiriente se clavaba en mi alma. Sabía que no podía permitirme flaquear. Tenía que seguir adelante, por mi hijo, por su futuro.
El trabajo era duro y humillante, pero también me daba una extraña sensación de propósito. Cada baño que limpiaba, cada espejo que pulía, era un paso más hacia mi objetivo. No importaba cuánto me despreciaran, no importaba cuánto me doliera. Lo único que importaba era mantener a mi hijo cerca y darle la vida que se merecía.
Hago todo lo que me indican sin quejarme. Cada tarea, por humillante que sea, la realizo con la esperanza de mantener a mi hijo cerca. Desde aquel día que entré a la oficina de Nathan, no lo he vuelto a ver. Su ausencia me crea problemas en casa. Mi padre se desquita conmigo, llamándome incompetente y recordándome constantemente lo mucho que he fallado.
Cada noche, después de un día agotador en la empresa, regreso a casa con el corazón pesado. Mi padre no pierde la oportunidad para hacerme sentir inútil. Sus palabras son duras y crueles, y aunque trato de mantenerme fuerte, a veces es difícil no dejarme llevar por la desesperación.
Pero no puedo permitirme flaquear. Mi hijo depende de mí, y debo seguir adelante, sin importar cuánto me duela. Cada día es una batalla, pero sé que debo luchar por él, por su futuro. No puedo dejar que las palabras de mi padre me derroten. Debo encontrar la fuerza para no desmoronarme.
Me asignaron a la oficina de Nathan para hacer el aseo. El solo pensamiento me llenaba de nervios, pero sabía que no tenía elección. Al entrar, me di cuenta de que no había nadie. Me sentí aliviada por un momento.
Saqué las herramientas de aseo y comencé a limpiar. Mis manos temblaban ligeramente mientras recogía papeles y organizaba el escritorio. Fue entonces cuando vi algo que me detuvo en seco: un pañuelo. Un pañuelo que conocía muy bien.
Las lágrimas comenzaron a brotar sin control al recordar. Ese pañuelo se lo había regalado a Nathan en uno de nuestros momentos felices juntos. Lo había bordado yo misma, con tanto amor y esperanza. Y ahí estaba, como un recordatorio tangible de lo que una vez tuvimos y de todo lo que se había perdido.
Las emociones me abrumaron, y me senté en una de las sillas, sosteniendo el pañuelo con delicadeza. Las lágrimas caían sobre el bordado, y el dolor del pasado se sentía más agudo que nunca. No sabía cuánto tiempo estuve así, pero supe que debía recomponerme.
Acababa de poner el pañuelo en su lugar cuando la puerta se abrió y Nathan ingresó a la oficina. Mi corazón se aceleró de inmediato. Nerviosa, tomé el trapo de limpieza y me puse a limpiar frenéticamente, intentando evitar su mirada.
Nathan me ignoró al principio, dirigiéndose directamente a su escritorio. Pero entonces, su mirada se clavó en el lugar donde había dejado el pañuelo. Su rostro se ensombreció y su voz se cargó de enojo.
—¿Qué has tocado aquí? —dijo, su tono cortante y lleno de rabia.
Sentí un nudo en la garganta, pero me obligué a responder con calma.
—Solamente limpié —contesté, tratando de mantener mi voz firme, aunque el miedo me invadía.
Sus ojos se fijaron en los míos por un momento, y pude ver el desprecio en su mirada. Me esforcé por seguir con mi trabajo, limpiando el escritorio y organizando los papeles, pero el peso de su presencia hacía cada movimiento más difícil. Sabía que cualquier error podría tener consecuencias terribles, y eso me aterrorizaba.
Miré a Nathan acercarse a mí con el ceño fruncido, su expresión llena de enojo. Sentí cómo mi corazón se aceleraba y el miedo se apoderaba de mí. Antes de darme cuenta, me tenía arrinconada contra la pared. Su presencia era abrumadora, y podía sentir su fragancia, una mezcla de familiaridad y dolor.
—¿Qué demonios quieres probar? —dijo con los dientes apretados, su voz cargada de rabia—. Mi paciencia se está agotando.
Las palabras me golpearon como un martillo. Intenté mantener la calma, pero el miedo y la tristeza me invadían. No sabía cómo responder, no sabía cómo calmar su enojo. Solo podía esperar que, de alguna manera, pudiera encontrar una forma de demostrarle que no estaba aquí para causarle más dolor.
—Suéltame, me haces daño. Me duele la muñeca de la mano. —mira mis manos y su rostro cambio, pero como si algo recordara que volvió a ser rudo.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué regresaste? No te cansas de hacer daño. Si es así, no te arrepientas de regresar.
—¿Qué quieres decir? —mi cuerpo temblaba, mi mano palidecía por su agarre.
Miré a Nathan, su rostro lleno de enojo y dolor. Podía ver en sus ojos el resentimiento que sentía hacia mí, pero no entendía por qué. No sabía qué le habían dicho para que me odiara de esa manera. Cada palabra suya era como una daga en mi corazón, y me sentía impotente ante su furia.
Quería explicarle, quería decirle que no todo era como él creía, pero el miedo me paralizaba. Sabía que cualquier cosa que dijera podría empeorar la situación. Así que me quedé en silencio, soportando su ira, esperando que algún día pudiera ver la verdad.
El dolor del pasado seguía presente en ambos, y aunque no sabía exactamente qué le habían dicho, podía sentir que había algo más profundo detrás de su odio. Algo que no podía cambiar, pero que deseaba desesperadamente entender.