ミ★ NATHAN ★********* en mi oficina, rodeado de una montaña de documentos para revisar y firmar. La pila parecía interminable y la presión de cumplir con los plazos era agobiante. De repente, vi una figura familiar asomarse por la puerta. Fruncí el ceño, tratando de identificar quién era. Le hice una seña para que pasara.
Cuando la mujer entró, mi sorpresa fue mayúscula. Llevaba puesto el uniforme de aseo de la empresa. No entendía qué estaba haciendo ahí, ni por qué estaba vestida de esa manera. Me quedé observándola, tratando de encontrar una explicación lógica a su presencia.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, intentando mantener mi tono neutral, aunque la confusión y la incredulidad eran evidentes en mi voz.
Esperé a que ella hablara, mientras mi mente trataba de procesar la situación. La rabia y el resentimiento del pasado volvieron a surgir, mezclados con una curiosidad latente por entender que la había llevado hasta aquí, de esta manera.
Miré a Clarissa con una expresión dura, el resentimiento mezclándose con la incredulidad. Ella, que una vez fue mi flor más preciada, ahora me provocaba una sensación de odio que no podía contener. Clarissa, con los ojos llenos de súplica, habló con voz temblorosa.
—Llevo dos días trabajando aquí como empleada de la empresa —dijo, sus palabras casi inaudibles.
El impulso de despedirla en ese mismo instante fue fuerte. El dolor y la traición que me había causado aún estaban frescos en mi memoria. Sin embargo, ella continuó, interrumpiendo mis pensamientos.
—Por favor, Nathan —rogó—, déjame quedarme. No importa que sea como aseadora. Necesito este trabajo.
La miré, tratando de mantener la compostura. Verla rogando por ese empleo despertaba emociones conflictivas dentro de mí. El odio que sentía por ella no podía borrar completamente los recuerdos de lo que una vez tuvimos. Sin embargo, el daño que me había hecho era algo que no podía ignorar.
Clarissa estaba frente a mí, vulnerable y desesperada. Sentí una punzada de compasión, pero la rabia seguía dominando mis pensamientos. ¿Podía realmente permitir que se quedara en la empresa, incluso en una posición tan baja? La decisión no era fácil, y las emociones eran difíciles de controlar.
—Está bien —dije finalmente, con voz fría—. Puedes quedarte. Pero no esperes ningún tipo de consideración especial. Este es solo un trabajo, nada más.
Ella asintió con gratitud, aunque podía ver el dolor en sus ojos. En ese momento, supe que la relación que alguna vez tuvimos estaba irremediablemente rota. Y aunque la dejara quedarse, nunca podría olvidar lo que me hizo pasar.
Miré a Clarissa con una expresión dura y fría. Aún sentía el resentimiento arder dentro de mí.
—No seas perezosa —le dije con un tono cortante—. Ponte a trabajar.
Ella no respondió, simplemente asintió y salió de la oficina sin decir nada. Me quedé viéndola alejarse, luchando contra una mezcla de emociones que no quería reconocer.
Una vez que la puerta se cerró tras ella, tomé el teléfono y llamé al encargado de las empleadas del aseo.
—Hola, necesito que le des los trabajos más duros a esa mujer nueva que se llama Clarissa —dije, intentando que mi voz sonara lo más firme posible—. No quiero que tenga ningún tipo de consideración especial.
El encargado aceptó sin hacer preguntas. Colgué el teléfono y me apoyé en el respaldo de mi silla, tratando de calmar las emociones que se agitaban en mi interior. Clarissa había sido mi mayor amor y también mi mayor traición. Ahora, verla rogando por un empleo humilde era una forma cruel de justicia, aunque no podía evitar sentir un cierto vacío.
Intenté concentrarme en los documentos frente a mí, pero los recuerdos seguían golpeando mi mente, recordándome lo que una vez fue y lo que nunca podría ser de nuevo.
Han pasado dos días desde que me enteré de que esa mujer, Clarissa, trabaja para mí. Aún no puedo sacármela de la cabeza. Me pregunto si ya se habrá arrepentido de aceptar este trabajo. Ella siempre fue una mujer delicada, acostumbrada a ser mimada y cuidada. No parece el tipo de persona que soportaría trabajos duros y humillantes.
La recuerdo en nuestra juventud, cuando era el centro de atención y siempre conseguía lo que quería con una sonrisa o una lágrima. Pero ahora, verla en esa posición tan baja, limpiando y cumpliendo con tareas que nunca hubiera imaginado para ella, me hace preguntarme si alguna vez consideró las consecuencias de sus acciones.
No puedo negar que hay una parte de mí que siente una oscura satisfacción al verla así. Después de todo el dolor que me causó, es difícil no sentir que esto es una especie de justicia poética. Pero también hay otra parte que se pregunta si realmente merece esto. A pesar de todo, hubo un tiempo en que la amé profundamente, y esos sentimientos no se desvanecen tan fácilmente.
Mientras reflexiono sobre esto, me doy cuenta de que solo el tiempo dirá si Clarissa puede aguantar esta nueva realidad. Y aunque el rencor aún arde en mí, no puedo evitar sentir curiosidad por su destino. ¿Seguirá adelante y se adaptará, o finalmente se romperá bajo el peso de su propia caída?
Decidí llamar al encargado de los empleados de aseo. Necesitaba saber cómo estaba manejando Clarissa su nuevo trabajo. La curiosidad y el resentimiento me impulsaban a querer detalles.
—Hola, necesito un reporte detallado de la nueva empleada, Clarissa —dije, tratando de mantener mi tono neutral.
El encargado no tardó en responder.
—Sí, señor. Hice todo lo que me pidió. Le di los trabajos más humillantes: lavar los inodoros de los empleados, limpiar los vidrios delanteros del edificio y encerar los pisos con un trapo.
Sentí una mezcla de satisfacción y amargura al escuchar eso. Me preguntaba si ya se habría arrepentido de aceptar este trabajo. Pero, al mismo tiempo, no podía evitar sentir una punzada de compasión. A pesar de todo, había sido una parte importante de mi vida.
—Gracias por el informe —respondí, colgando el teléfono.
Me quedé en silencio por un momento, reflexionando sobre la situación. Clarissa estaba pagando por sus errores, pero ¿era esto realmente lo que quería? La respuesta no era tan sencilla como parecía.
Antes de irme, decidí darme una vuelta por los sitios donde el encargado había asignado a Clarissa. Quería ver con mis propios ojos cómo estaba manejando su nuevo trabajo. Al asomarme a uno de los baños, la vi lavando lentamente y de manera torpe los pisos. La imagen me provocó una mezcla de emociones difíciles de describir.
Chasqueé los dientes, un sonido que resonó en el baño y que hizo que Clarissa se diera cuenta de que no estaba sola. La vi levantar la cabeza, sus ojos encontrándose con los míos. Había una mezcla de sorpresa y vergüenza en su mirada. No dije nada, simplemente la observé por unos segundos más antes de darme la vuelta y salir del baño.
Mientras caminaba de regreso a mi oficina, no podía dejar de pensar en lo que había visto. Clarissa, la mujer que una vez fue tan elegante y educada, ahora enfrentaba una realidad completamente diferente. Me preguntaba cuánto tiempo más podría soportar esta situación y si realmente había aprendido algo de todo esto.
Al terminar mis labores, me preparé para irme. Mientras caminaba hacia la salida, vi a Clarissa también salir. Instintivamente, me escondí para que no me viera. La observé desde las sombras, notando cómo se acariciaba sus hombros adoloridos. Parecía agotada y vulnerable, una imagen muy diferente a la mujer que recordaba.
Me preguntaba por qué no renunciaba. Clarissa siempre había sido una mujer delicada, acostumbrada a una vida más cómoda. Verla en esta situación me hacía cuestionar sus motivos. ¿Qué la mantenía aquí, soportando trabajos tan duros y humillantes? ¿Era el arrepentimiento, la necesidad o algo más profundo?
Mientras la veía alejarse, no pude evitar sentir una mezcla de impacto. La rabia y el resentimiento seguían ahí, pero también había una chispa de compasión. Clarissa estaba luchando, y aunque no entendía completamente sus razones, no podía ignorar su esfuerzo.