CORAZONES ROTOS

1218 Palabras
Cuando Clarissa recibió a su hijo, su corazón se llenó de una calidez indescriptible. El pequeño, con tan solo dos años, corrió hacia ella con los brazos extendidos y una sonrisa radiante. En ese instante, todas las preocupaciones y dolores parecían desvanecerse. Aunque era solo un niño, parecía comprender el sufrimiento de su madre. Sus ojos grandes y expresivos reflejaban una mezcla de alegría y compasión que era sorprendente para su corta edad. Al abrazarla, Clarissa sintió una conexión profunda, como si su hijo estuviera tratando de darle la fuerza que tanto necesitaba. —Mamá —dijo el niño con su voz dulce y tierna, mientras se acurrucaba en su pecho. —Mi pequeño guerrero, mami, pronto estará contigo para siempre, solamente pórtate bien para que no te maltraten cuando no esté presente, sé un buen niño para mamá. —Sí, mami… —le abrazo y beso. Clarissa lo sostuvo con fuerza, dejando que sus lágrimas cayeran libremente. En ese momento, supo que su hijo era su mayor fuente de esperanza y que haría todo lo posible para darle una vida mejor. La sonrisa y el amor incondicional del pequeño eran el recordatorio de que, a pesar de las adversidades, siempre había algo por lo que luchar. Mientras Clarissa acunaba a su hijo en sus brazos, una sirvienta entró en la habitación con pasos silenciosos. El niño dormía plácidamente, su respiración suave y rítmica. La sirvienta se acercó con una expresión de disculpa en su rostro. —Señora, debo llevarme al niño —dijo en voz baja, tratando de no despertar al pequeño. Clarissa sintió un nudo en el estómago. Apretó a su hijo contra su pecho, deseando que el momento pudiera durar para siempre. Pero sabía que no tenía elección. Con un suspiro tembloroso, asintió y permitió que la sirvienta tomara al niño. El vacío que sintió al separarse de su hijo fue inmediato y desgarrador. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, calientes y amargas. Observó cómo la sirvienta se llevaba al niño, su pequeño cuerpo relajado en el sueño, ajeno a la tristeza de su madre. Clarissa se quedó sola en la habitación, abrazando el aire donde antes había estado su hijo. El dolor era insoportable, pero sabía que debía seguir adelante. Por él, por su hijo, encontraría la fuerza para enfrentar cualquier obstáculo. Las lágrimas seguían cayendo, pero en su corazón, una chispa de determinación comenzaba a arder. Al día siguiente, Clarissa recibió una llamada temprano por la mañana. Su padre la convocaba a su estudio. El tono de su voz era serio, lo que presagiaba una conversación difícil. Clarissa se dirigió al estudio con el corazón acelerado. Al abrir la puerta, vio a su padre sentado detrás de su imponente escritorio. La luz que entraba por la ventana iluminaba su rostro, dándole una apariencia aún más severa. —Siéntate, Clarissa —dijo él, señalando la silla frente a su escritorio. Ella obedeció, sintiéndose pequeña y vulnerable bajo su mirada escrutadora. —Espero que entiendas la gravedad de la situación —comenzó su padre, su voz firme—. No podemos permitirnos más errores. Tienes una última oportunidad para hacer lo correcto. Si no consigues el contacto con el presidente de la corporación, las consecuencias serán extremas. Te conseguí un puesto para que trabajes cerca de él y debes acercarte lo más pronto posible y haz esas conexiones lo más rápido que puedas. Me estoy cansando de tus errores. Clarissa sintió un nudo en el estómago. La presión era inmensa, pero sabía que no tenía elección. Su hijo dependía de ella y debía encontrar la manera de cumplir con las expectativas de su padre, por dolorosas que fueran. —Lo haré —respondió con determinación, aunque su voz temblaba ligeramente. —Más te vale —dijo él, sin suavizar el tono—. Ahora vete y prepárate. No quiero más excusas. Clarissa se levantó, con las piernas temblorosas, y salió del estudio. Sabía que debía reunir todas sus fuerzas y enfrentarse al desafío. No podía fallar esta vez, por su hijo, por su propia supervivencia. Amelia, ya en su recámara, cerró los ojos y se dejó llevar por los recuerdos de su juventud, cuando la vida parecía tan sencilla y llena de promesas. Recordó las largas caminatas con Nathan, sus manos entrelazadas mientras hablaban de sueños y planes futuros. El mundo parecía un lugar lleno de posibilidades, y cada día con él era una aventura. Bajo el cielo estrellado, se prometieron amor eterno. Nathan susurraba palabras dulces en su oído, asegurándole que siempre estarían juntos. Soñaban con una casa acogedora, hijos corriendo por el jardín y una vida llena de felicidad. La risa de Nathan resonaba en su mente, y el calor de sus abrazos la envolvía como un manto de seguridad. Pero la amargura llegó de forma inesperada. Un día, mientras ordenaba unos viejos papeles en el estudio de sus padres, Amelia descubrió algo que cambió su vida para siempre. Entre los documentos, encontró su certificado de adopción. La revelación fue un golpe devastador, y el suelo pareció desaparecer bajo sus pies. El mundo perfecto que había construido con Nathan se desmoronó en un instante. La sensación de traición y abandono la invadió, y la felicidad de su juventud se transformó en un dolor profundo. Las promesas que Nathan y ella se habían hecho parecían ahora vacías, y Amelia se sintió perdida, luchando por encontrar su lugar en un mundo que de repente se había vuelto incierto y oscuro. La amargura de aquel descubrimiento nunca la abandonó por completo, pero también la hizo más fuerte. Aunque su relación con Nathan cambió, los recuerdos de esos días felices siempre permanecieron en su corazón, recordándole que alguna vez había conocido el amor verdadero y la felicidad absoluta. **** Nathan estaba en su oficina, revisando algunos documentos, cuando el recuerdo de Clarissa le vino a la mente. Sentía una mezcla de rabia y dolor cada vez que pensaba en ella. No quería volver a verla nunca más. Le había hecho tanto daño en el pasado que le resultaba difícil perdonarla. En un flashback, Nathan se veía a sí mismo joven y enamorado de Clarissa. Recordaba con claridad los momentos felices que compartieron, las risas y las promesas que se hicieron. Estaba ilusionado con su futuro juntos, soñando con formar una familia. Pero un día, todo cambió. Clarissa desapareció sin previo aviso. Nathan se quedó destrozado, sin entender qué había pasado. Poco después, recibió una carta con la letra de Clarissa. Al abrirla, sus ojos se llenaron de lágrimas al leer las crueles palabras: «No te amo, me voy con un hombre mejor, ya no hay embarazo.» «Olvídate de mí.» Esas palabras se clavaron en su corazón como un puñal. La traición y el dolor lo consumieron. Nathan se sintió perdido y engañado. Nunca pudo entender cómo alguien a quien amaba tanto podría haberle hecho tanto daño. Desde entonces, juró que nunca más dejaría que alguien volviera a lastimarlo de esa manera. Y cada vez que pensaba en Clarissa, la rabia volvía, fomentada por el dolor de un amor traicionado. —Nunca te perdonaré, ya nos soy aquel jovencito ingenuo que cree en tus mentiras. Es mejor que nunca aparezcas frente a mí por qué no seré amable, al contrario, será cruel como lo fuiste tú.
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