ꗥ🌸 𝐂𝐋𝐀𝐑𝐈𝐒𝐒𝐀 🌸ꗥ
Voy devastada, lo vi y no pude decirle nada, Voy devastada, lo vi y no pude decirle nada. Salí de la fiesta con el corazón hecho pedazos. Nathan me había despreciado, culpándome de todo. No sabía hacia dónde dirigirme. Volver a casa era como regresar a una prisión, pero debía pensar en mi hijo, a quien no podía ver con libertad.
Cada paso que daba me alejaba más de la fiesta y me acercaba a una realidad que no quería enfrentar. La noche era fría y solitaria, reflejando mi estado de ánimo. No podía dejar de pensar en mi hijo, en cómo merecía una vida mejor, lejos de todo este dolor. Pero, ¿cómo lograrlo? La desesperación me envolvía, y cada decisión parecía más difícil que la anterior.
Llegué a la casa de mis padres con los hombros caídos y el ánimo por los suelos. Al abrir la puerta, sus miradas me atravesaron como cuchillos. No tardaron en empezar a regañarme, una vez más, por ser tan poco agraciada. Sus críticas siempre eran directas y dolorosas.
"¿Has establecido una conexión con el líder de la corporación?", inquirió mi progenitora, con una ceja arqueada y los brazos cruzados.
Agaché la cabeza, sintiendo el peso de la decepción en mis hombros. Ni siquiera había tenido la oportunidad de conocerlo. Suspiré y me preparé para otra ronda de recriminaciones y expectativas incumplidas.
—No, ni siquiera lo conocí —dije, casi en un susurro.
El silencio que siguió fue aún más ensordecedor que sus palabras. Sabía que había defraudado otra vez, y eso me pesaba más que cualquier otra cosa.
—Eres tan inútil. Dices que amas tanto a tu hijo y mira cómo lo demuestras. Eres un desastre, esta era la única oportunidad que teníamos para conocer a ese hombre.
Cada palabra de mi madre me golpeaba como un martillo. La sensación de inutilidad se arraigaba más profundamente.
—Dios, hemos botado el dinero con esta tonta. —La voz de mi padre resonó por la casa. Su dureza era habitual, pero hoy se sentía especialmente cruel. — Daremos en adopción ese hijo tuyo.
Cuando escuché eso, sentí que el corazón se me detuvo por un instante. Un frío profundo recorrió mi cuerpo y tuve que aferrarme a la pared para no caer.
—¿Qué? —Mi voz salió apenas como un susurro, mis ojos llenos de incredulidad y terror. — No pueden hacer eso.
—Claro que podemos —replicó mi madre con frialdad—. Si no haces algo pronto, tomaremos medidas por el bien de todos.
La desesperación me envolvió y supe que tenía que encontrar una solución, y rápido. No podía permitir que me separaran de mi hijo. Con un nudo en la garganta, levanté la cabeza y me prometí a mí misma que haría lo que fuera necesario para protegerlo.
—Iré a la corporación, tal vez logré verlo —dije con determinación.
—Más te vale —replicó mi madre, con una voz helada—. Ruega, si es necesario, porque si vuelves a fallar, olvídate de tu hijo. Nunca sabrás de él.
—No hagan eso —supliqué, sintiendo que el terror me invadía.
—Clarissa, el niño no está en esta casa y bien lo sabes —intervino mi padre, con una dureza que me dejó sin aliento—. Si haces algo estúpido que nos ponga en riesgo, ya está dada la orden para que sea dado en adopción. Y ese papeleo es confidencial. Nunca podrás encontrarlo.
Sentí que mi mundo se desmoronaba. No podía permitir que eso sucediera.
—Lo haré bien esta vez —prometí, mis lágrimas brotando sin control.
Caí al suelo, llorando desconsoladamente, rogando que me dejaran ver a mi hijo, pero de castigo no me permitirían verlo. La impotencia y el miedo me envolvían, pero sabía que debía encontrar una forma de proteger a mi hijo, aunque eso significara enfrentar mis peores temores.
Me levanté y, con las manos temblorosas, fui a mi recámara, mejor dicho, mi prisión. Antes todo era bonito, no sé en qué momento mi vida se volvió un infierno.
Miré a través de la pequeña ventana de mi habitación, y los recuerdos de mi juventud regresaron como una ola imparable. Recordé aquellos días felices, caminando de la mano de Nathan, mientras el sol dorado iluminaba nuestros rostros. Cada paseo estaba lleno de sueños y promesas que creíamos eternas. Sus besos eran suaves, llenos de amor y esperanza.
Sus palabras resonaban en mi mente, promesas de un futuro juntos, construyendo una vida que parecía tan alcanzable en esos momentos. Éramos jóvenes y llenos de vida, sin imaginar las vueltas que el destino nos tenía preparadas. Los recuerdos de su risa, su toque, sus susurros de amor se sentían tan cercanos y, al mismo tiempo, tan lejanos.
Volver a esos momentos me llenaba de una mezcla de nostalgia y tristeza. Me preguntaba en qué punto nos habíamos perdido y cómo todo había cambiado tan drásticamente. Pero, por más que doliera, esos recuerdos también me daban fuerza. Sabía que una vez había conocido la felicidad y que, de alguna manera, tenía que encontrar el camino de vuelta, aunque la vida pareciera empeñada en ponérmelo difícil.
Me transporté a aquellos días en el campo de la universidad, donde Nathan y yo solíamos sentarnos bajo un enorme árbol. El follaje nos daba sombra, y la brisa acariciaba suavemente nuestros rostros. Me recuerdo mirando a Nathan a los ojos, esos ojos llenos de sueños y promesas.
—¿Te imaginas nuestra vida juntos? —le pregunté, apoyando mi cabeza en su hombro.
—Sí —respondió con una sonrisa cálida—. Tendremos una vida sencilla, llena de amor y felicidad.
Hablábamos de las pequeñas cosas, como una casita con un jardín, tardes de domingo cocinando juntos y noches de verano mirando las estrellas. Soñábamos con un futuro lleno de risas y momentos compartidos.
—No necesitamos mucho para ser felices —dijo Nathan, tomando mi mano—. Solo nos necesitamos el uno al otro.
—Te amo tanto —le susurré, sintiendo que mi corazón se llenaba de amor y esperanza.
—Y yo a ti, Clarissa. Siempre estaremos juntos.
Esos momentos eran perfectos, libres de las complicaciones y dolores que vendrían después. Nos prometíamos amor eterno, creyendo que nada podría separarnos. Bajo ese árbol, con el mundo a nuestros pies, todo parecía posible.
El dolor en mi pecho se hacía insoportable al recordar el pasado. Sentía que mi corazón se encogía con cada memoria que volvía a mi mente. Las imágenes de Nathan y yo bajo ese enorme árbol en la universidad, sus palabras de amor y nuestras promesas de un futuro juntos, se mezclaban con la cruda realidad de lo que habíamos perdido.
Cada recuerdo era como un puñal, hundiéndose más profundo y reavivando una herida que nunca había sanado. Me encogía del dolor, abrazando mi pecho como si pudiera protegerme de la tristeza que amenazaba con ahogarme. Las lágrimas corrían libremente por mis mejillas, y me sentía atrapada en un ciclo interminable de angustia y desesperación.
El pasado parecía un sueño lejano, algo que había sucedido en una vida distinta. Pero el dolor era muy real, una constante punzada que me recordaba lo que alguna vez fue y ya no sería. Todo lo que podía hacer era intentar respirar, aferrarme a los pequeños momentos de esperanza y luchar por mi hijo, quien ahora era mi única razón para seguir adelante.
—Señora, despierte —escuché una voz suave y me di cuenta de que alguien me sacudía ligeramente. No sabía en qué momento me había dormido en el suelo, con el vestido aún puesto y el maquillaje corrido por las lágrimas. Me sentía un desastre total.
—¿Qué hora es? —pregunté, todavía adormilada y con la voz ronca.
—Son las nueve, su padre la espera en la sala —dijo la voz—, y al levantar la vista, vi a la asistente de mi padre, mirándome con preocupación.
Me incorporé lentamente, sintiendo el cuerpo entumecido y la cabeza pesada. Miré alrededor de la habitación, tratando de juntar las piezas de la noche anterior.
—Me voy a duchar y luego bajo —respondí, intentando mantener una apariencia de control.
Me levanté tambaleante y me dirigí al baño. El agua caliente de la ducha comenzó a despejar mi mente, pero también trajo consigo una ola de tristeza. Las lágrimas se mezclaban con el agua mientras lavaba los restos del maquillaje y trataba de recomponerme. No podía evitar pensar en mi hijo y en lo que debía hacer para recuperarlo.
Finalmente, con una toalla envuelta alrededor de mi cuerpo y el cabello mojado cayendo sobre mis hombros, me miré al espejo. La mujer que me devolvía la mirada estaba cansada y vulnerable, pero también había una chispa de determinación en sus ojos. Suspiré, me vestí con ropa limpia y bajé las escaleras, preparada para enfrentar a mi padre y cualquier desafío que viniera a continuación. No podía permitirme fallar otra vez.