ミ★ NATHAN ★***** alegría que irradiaba Clarissa en cada momento me molestaba profundamente. No entendía de dónde sacaba esa energía inagotable, cómo podía seguir sonriendo a pesar de todos mis esfuerzos por hacerle la vida difícil. Decidí intensificar la presión, darle más tareas imposibles y encontrar cualquier excusa para incomodarla. Pero, para mi frustración, ella no perdía su ánimo.
Su resistencia era un desafío constante. Me resultaba incomprensible cómo podía seguir adelante, manteniendo esa actitud tan positiva. Había pasado por demasiadas pruebas en mi vida y quería que ella sintiera, aunque fuera por un instante, la desesperación que yo había experimentado. Era como si su felicidad fuera un farol, para iluminar mi oscuridad, y yo estaba decidido a apagarlo.
Revisé el informe de sus movimientos, buscando cualquier indicio de insubordinación o comportamiento sospechoso. Pero no encontré nada extraño. Clarissa cumplía sus tareas meticulosamente, sin darme motivos para dudar de su lealtad. Cada vez que la veía, su sonrisa se convertía en un puñal que me hería profundamente, pero también despertaba una curiosidad inquietante. ¿Qué era lo que la mantenía tan fuerte? ¿Qué fuente inagotable de energía alimentaba su espíritu?
La respuesta a esas preguntas me eludía; sin embargo, no iba a rendirme. A medida que pasaban los días, mi deseo de quebrantar su espíritu se transformaba en una obsesión. Quería descubrir su secreto, la fórmula mágica que le permitía desafiar mis intentos de desestabilizarla. Y aunque mis intentos de hacerle pagar por su alegría parecieran cada vez más desesperados, una parte de mí comenzó a cuestionar si, tal vez, no era ella la que necesitaba ser quebrantada, sino yo.
Después de un largo día de trabajo, por fin había terminado con todos mis compromisos. La mezcla de alivio y agotamiento me invadía mientras revisaba mi agenda; cada tarea tachada era como un pequeño triunfo. Sin embargo, a pesar de la satisfacción de haber completado mis responsabilidades, un pensamiento me rondaba la mente: el viaje que tenía programado para el fin de semana. Era un viaje crucial para los negocios, algo que no podía permitirme cancelar, aunque en el fondo deseaba tener un respiro.
Fue entonces cuando se me ocurrió una idea que me hizo sentir una chispa de emoción. Decidí que llevaría a Clarissa conmigo. Quería mantenerla bajo mi control, asegurándome de que no tuviera tiempo para hacer planes ni escapatorias. La idea de que no pudiera eludir mi influencia me daba una extraña satisfacción. Mi estrategia era clara y simple: se lo diría en el último minuto, justo antes de nuestra salida. Así, no tendría tiempo para prepararse o pensar en una forma de evitarlo.
Mientras pensaba en ello, una sonrisa se dibujó en mis labios. La imagen de su frustración y desorientación me llenaba de una especie de placer retorcido. ¿Por qué debería dejar que Clarissa tuviera la libertad de decidir? Había sido una fuente constante de problemas, y ahora era mi turno de devolverle la jugada. Mantenerla en ese estado de incertidumbre y angustia era parte de mi plan, y me sentía casi como un estratega en un juego de ajedrez, moviendo las piezas a mi favor.
Mientras cerraba mi agenda y me preparaba para salir de la oficina, no podía evitar reflexionar sobre la situación. Aunque en teoría debería sentirme contento con mi estrategia, había una pequeña voz en el fondo de mi mente que me inquietaba, un susurro que me advertía sobre las posibles consecuencias de mis acciones. Pero no permitiría que esas dudas me desviaran de mi objetivo. Clarissa tenía que pagar por lo que me hizo, y yo iba a asegurarme de que lo hiciera.
Llegué al apartamento, y al abrir la puerta, me encontré con un lugar que se había transformado en algo inesperadamente acogedor. Clarissa había logrado infundir un toque hogareño en cada rincón, desde las cortinas suaves que caían delicadamente sobre las ventanas, hasta las pequeñas plantas que adornaban la repisa. A pesar de que el ambiente me resultaba agradable, también me producía un profundo desasosiego. No quería admitir que su presencia había aportado algo positivo a mi vida; eso sería reconocer una vulnerabilidad que estaba decidido a evitar.
El aroma de la comida recién hecha llenaba el aire, tentador y reconfortante, como un abrazo cálido en una fría mañana de invierno. Aun así, incluso ese pequeño placer no podía disminuir mi sed de venganza, que ardía dentro de mí como un fuego inextinguible. Sentí una oleada de emociones contradictorias: una parte de mí anhelaba disfrutar del hogar que habíamos creado juntos, pero la otra parte estaba decidida a no dejar que esos sentimientos debilitaran mi resolución.
Avancé por el apartamento, tratando de ignorar las señales de hogar que me rodeaban. Las fotos en las paredes, capturando momentos de risas y complicidad, me recordaban lo que alguna vez habíamos sido, pero también lo que Clarissa me había quitado. Mi objetivo seguía siendo el mismo: hacerle pagar por lo que me hizo. La traición todavía resonaba en mi mente, como un eco persistente que no podía acallar. No podía permitirme ablandarme, no ahora, cuando estaba tan cerca de lograr mi venganza.
Mientras me acercaba a la cocina, donde Clarissa estaba ocupada, el sonido del cuchillo cortando verduras y el suave chisporroteo de la sartén creaban una sinfonía extraña que me resultaba a la vez familiar y ajena. Me preparé para mantener mi actitud fría y distante, como una armadura que me protegería de la embriagadora calidez del lugar. A pesar de que el entorno se había vuelto más acogedor, mi misión seguía siendo la misma. No dejaría que nada, ni siquiera un hogar cálido, me desviara de mi camino.
Al entrar en la cocina, la vi de espaldas, concentrada en su tarea. Había algo en su postura que me hizo detenerme por un momento, un instante en el que la humanidad de sus gestos me hizo dudar. Pero rápidamente sacudí la cabeza, alejando esos pensamientos confusos. La venganza era un plato que debía servirse frío, y no iba a permitir que un simple gesto de calidez me desviase de mi propósito.
“¿Qué estás cocinando?”, pregunté, tratando de que mi voz sonara indiferente, incluso cuando un leve temblor de emoción amenazaba con traicionar mi fachada.
“No sé si te gustará”, respondió ella sin girarse, pero su tono era ligero, casi juguetón. “Es un nuevo plato que quería probar. Pollo al limón con hierbas frescas”.
Una parte de mí quería rendirse ante la tentación de participar en esa intimidad, de dejar que el aroma a comida llenara mi corazón de nostalgia. Pero cada recuerdo compartido también traía consigo el dolor de la traición. No podía permitir que el pasado se interpusiera en mi camino; la venganza era mi única prioridad.
“Lo probaré más tarde”, respondí con frialdad, y mientras me alejaba de la cocina, sentí que la distancia emocional que había intentado crear se desvanecía, dejándome a merced de un torbellino de sentimientos que luchaban por salir a la superficie. Pero no podía dejar que eso sucediera. No hoy. Me detuve antes de entrar a mi dormitorio. “Quiero tener sexo esta noche contigo, te aseas y vienes a mi dormitorio”. Ella me miró como si quisiera decirme algo, no obstante, al mismo tiempo guardó silencio.