TRATADA COMO UNA CUALQUIERA

1487 Palabras
ꗥ🌸 𝐂𝐋𝐀𝐑𝐈𝐒𝐒𝐀 🌸ꗥ El viernes llegó con la misma rutina de siempre, y la semana se deslizó entre tareas y responsabilidades. Sin embargo, en mi mente, el domingo ya había comenzado a tomar forma. Imaginaba cada momento: Era un anhelo que crecía como una planta buscando la luz del sol, una pequeña chispa de esperanza en medio de la monotonía. Con cada amanecer, la espera se convertía en una mezcla de emoción y ansiedad. La vida había sido un ciclo interminable de obligaciones y preocupaciones, pero la idea de ese día especial se convirtió en mi ancla, algo que me mantenía firme. Contaba los días, las horas, incluso los minutos. El viernes por la noche, mientras el mundo a mi alrededor se sumía en el silencio, sentí que la anticipación alcanzaba su punto máximo. Sabía que tenía que hacer para que ese domingo fuera memorable, que no solo se tratara de pasar tiempo juntos, sino de construir un refugio de felicidad, un espacio donde ambos pudiéramos olvidar, aunque fuera por un momento, las tormentas que nos acechaban. Así que, en lugar de esperar pasivamente, comencé a planear. Hice una lista de actividades, pequeñas sorpresas que esperaban ser descubiertas. La idea de que cada instante tuviera un toque especial me llenaba de energía. Al final, ese domingo prometía ser más que un simple día; sería una celebración de nuestra conexión, un recordatorio de que, a pesar de las dificultades, siempre hay lugar para la alegría. Hoy, al salir temprano del trabajo, una chispa de emoción iluminó mi rostro. Tenía un propósito claro en mente: cocinar algo delicioso para Nathan. Sabía que, a pesar de todo lo que había pasado entre nosotros, era el momento de llevar la fiesta en paz. Era un gesto pequeño, tal vez insignificante para algunos, pero para mí significaba el mundo. Era mi forma de demostrarle que estaba dispuesta a dar el primer paso hacia una nueva etapa, una donde la comprensión y la convivencia prevalecieran sobre las tensiones. Me dirigí a la cocina con una energía renovada. La luz del sol entraba a raudales por la ventana, iluminando los utensilios y los ingredientes que había dispuesto sobre la mesa. Decidí preparar sus platos favoritos: esos platos que le encantaban en el pasado, me costó hallar la receta. Mientras cocinaba, el aroma de los ingredientes se mezclaba en el aire, creando una sinfonía de olores que me transportaba a momentos felices pasados. Cada corte de cebolla y cada revuelo de la salsa me recordaban lo mucho que Nathan significó para mí. La emoción de tener a mi hijo a mi lado en ese domingo soleado me daba fuerzas para seguir adelante, como si cada movimiento en la cocina fuera una afirmación de mi amor y compromiso por él. Imaginaba su sonrisa, acapararlo a más no poder. Quería ver la alegría en el rostro de Nathan, cuando mirara la mesa decorada con sus colores favoritos, y eso me hacía sonreír. Finalmente, cuando escuché la puerta abrirse y el sonido de sus pasos en la entrada, mi corazón latía con fuerza. Nathan llegó al apartamento, y al instante el aire se llenó de una mezcla de nerviosismo y esperanza. La comida estaba lista, la mesa estaba puesta con esmero, y cada detalle había sido cuidadosamente elegido. A pesar de no saber cómo reaccionaría él al ver todo lo que había preparado, tenía la esperanza de que este gesto pudiera suavizar un poco las tensiones entre nosotros. Su mirada se detuvo en la mesa, y sentí un pequeño alivio al ver cómo sus ojos se iluminaban ante la vista de la comida humeante. Dijo unas palabras con frialdad que, la verdad, no me sorprendieron; tengo que acostumbrarme a este nuevo Nathan. Después de decirme que deseaba que le sirviera en su cama, hice un emoji de decepción. Por más que haga, no puedo calentar su frío corazón. Después de cenar y asear la cocina, me fui a mi cuarto, me bañé y me puse un camisón corto. Me miré al espejo, para ver en qué demonios me he convertido. En el pasado soñé con ser su esposa y tener un hogar cálido. El dinero no era mi problema, ni siquiera pensaba mucho en eso. Pero la realidad me golpea, ahora me acuesto con él para que favorezca a mis padres. Suspire antes de salir, toqué la puerta de su dormitorio y me dio el acceso. Al abrirla, lo observé sentado, sosteniendo una copa de vino. Tragué grueso, porque su rostro sin expresión me dolía mucho en mi interior. —¿Qué esperas? Te vas a quedar de pie toda la noche, desnúdate y haz tu trabajo. Cumple con el acuerdo que firmaste. —Sí, claro. Él estaba sentado en el sillón, inmóvil y en silencio. Su presencia me intimidó al principio, pero, cuando le besé, atenazó mi camisón y lo desgarró como una fiera, dejándome desnuda e indefensa. Abrió las fauces y engulló uno de mis pechos con sus labios carnosos mientras sus manos bajaban mi tanga y sus dedos buscaban mi intimidad. Separaba mis labios, acariciaba mi clítoris, se hundían en mi interior. Me mordió el pezón con sus dientes de marfil y supliqué. Clavó los colmillos con tanta fuerza que creí que me lo arrancaría, mientras trazaba con sus dedos líneas, círculos, espirales, en mi coito, despacio, deprisa, una y otra vez, una y otra vez, buscando la fuente que solo él supo encontrar. Bajé sus pantalones de lino de cintura elástica y acaricié su m*****o grande, duro y erecto, girando la muñeca despacio y deprisa. Él seguía devorando mi pezón y yo le miraba a los ojos que brillaban con desprecio a mi mano, que acariciaba su erección. Cuando yo empecé a gemir, él empezó a gruñir. Embistiéndome sin compasión alguna, como si entre nosotros nunca hubo algo en el pasado. —Recuerda esto siempre. Eres mi puta personal. —me dolía tanto que dijera esas palabras, pero debía aceptarlas. Mi meta era mi hijo, lo demás es irrelevante. Cuando terminamos, me dijo que me fuera. Eso era desgarrador, porque realmente me trataba como una cualquiera, pero soportaré, hasta que pueda tener a mi hijo conmigo. Espero que no te arrepientas, Nathan. Después de una larga y agotadora jornada con Nathan, y ya en mi cuarto, salí del baño, sintiendo cómo el agua caliente había aliviado un poco la tensión acumulada en mis músculos. Me sequé rápidamente, sintiendo el roce de la toalla en mi piel como un suave abrazo que me reconfortaba. Me recosté en la cama, ansiosa por descansar y dejar que mis pensamientos se desvanecieran por un rato, como las burbujas de un baño de espuma que se escapan por el desagüe. Cerré los ojos, deseando que el sueño me envolviera con su manto de calma. Justo cuando empezaba a relajarme, una vibración en mi celular rompió el silencio de la habitación. Abrí los ojos, un poco desorientada, y tomé el dispositivo de la mesita de noche. Al ver el nombre de mi padre en la pantalla, una mezcla de nostalgia y preocupación se entrelazó en mi interior, como hilos de un tapiz complicado. Con el corazón latiendo con expectativa, leí su mensaje con atención. “Sé puntual el domingo, no tengo tu tiempo para esperarte, tengo cosas que hacer y en la tarde debes entregarlo. No hagas cosas estúpidas porque serás vigilada todo el tiempo.” Las palabras de mi padre resonaron en mi mente, cada frase, un eco de advertencia y control. A pesar de su tono severo, no pude evitar que una sonrisa amarga se dibujara en mis labios. La posibilidad de pasar un día entero con mi hijo era un rayo de luz en medio de tanta oscuridad, una chispa de esperanza que iluminaba un camino que había estado cubierto de sombras. No contesté, simplemente tenía que obedecer a lo que decía. Cerré mis ojos y recordé su risa, el sonido inconfundible de su alegría, y cómo su pequeño rostro iluminado por la curiosidad hacía que mi corazón se llenara de amor. Rodeé la almohada, imaginando un escenario más alegre, olvidando mi verdadera situación. Sabía que tendría que ser cuidadosa, que las reglas eran estrictas y que mis acciones serían observadas con lupa. No obstante, en este momento, esas inquietudes se desvanecían ante la promesa de un día lleno de risas, de juegos en el parque y de conversaciones acerca de temas que solo un niño puede concebir. La esperanza se enredó en mis pensamientos, como una melodía suave que anunciaba un nuevo comienzo. Con el corazón lleno de emoción, guardé el teléfono móvil y posibilité que una profunda sensación de felicidad me envolviera. Era un pequeño destello de luz en medio de la penumbra de mis días, un recordatorio de que, a pesar de las circunstancias adversas, había momentos de felicidad que valían la pena. Sin imaginarme que Nathan me daría la peor de las sorpresas.
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