ミ★ NATHAN ★****** sábado por la mañana, y la luz del sol se filtraba a través de las ventanas, iluminando la cocina con un cálido resplandor. Salí temprano de mi habitación, el aire fresco de la mañana llenando mis pulmones mientras me dirigía a la cocina con un propósito claro en mente. Al llegar, encontré a Clarissa concentrada en su tarea, moviendo hábilmente los ingredientes para preparar el desayuno. El aroma del café recién hecho y el sonido del de los huevos en la sartén crearon un ambiente acogedor, pero sabía que no era el momento para la calidez.
Me acerqué a ella, mi voz resonando con una autoridad que no admitía discusión.
—Deja eso y arréglate una maleta. Viajarás conmigo.
Clarissa se quedó paralizada, la espátula que sostenía en la mano quedó suspendida en el aire, como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante. Su rostro reflejaba una mezcla de sorpresa y desesperación, y pude ver cómo su mente luchaba por procesar lo que acababa de escuchar.
—Pero… —logró articular, al fin, su voz temblorosa—. El día de mañana saldré, ya te lo había comentado. No puedo viajar.
La observé fijamente, mi determinación implacable. Había llegado a este punto tras mucha planificación y reflexión, y no iba a permitir que nada se interpusiera en mi camino. En su mirada, podía ver la angustia y la confusión, pero eso no me detendría.
—Es una orden —reiteré, firmando cada palabra con un tono que no admitía objeciones. No era solo un capricho; era una necesidad, un imperativo que había surgido de las circunstancias.
Ella parpadeó, las emociones luchando en su interior. Sabía que esta decisión iba a desgarrar su mundo un poco más, que mis acciones tendrían un impacto en su vida. Pero mi objetivo era claro y no había vuelta atrás. Sin esperar más, me alejé de la cocina, dejándole un espacio para asimilar la situación y preparar sus cosas.
Mientras me alejaba, podía sentir la tensión en el aire, un silencio pesado que se cernía entre nosotros. La idea de que ella estuviera bajo mi control, de que su vida girara en torno a mis decisiones, era una sensación poderosa.
A medida que me adentraba en el pasillo, mi mente se llenó de los recuerdos, de lo que había ocurrido entre nosotros, de las heridas que aún no se habían cerrado. Este viaje no era solo una medida de control; era también una forma de hacerle pagar por lo que me hizo. Necesitaba que entendiera que no podía escapar de las consecuencias de sus actos.
La angustia en su rostro me acompañó mientras me preparaba mentalmente para lo que vendría. Sabía que este viaje cambiaría nuestras vidas para siempre, y aunque me sentía culpable por lo que estaba haciendo, la necesidad de recuperar el control era más fuerte que cualquier remordimiento.
Observé a Clarissa mientras permanecía paralizada, su cuerpo inmóvil como si un imán invisible la mantuviera pegada al suelo. Los brillos de incertidumbre y desesperación en sus ojos eran claros, y aunque una parte de mí se sentía extrañamente satisfecha ante su confusión, sabía que no podía permitirme ningún atisbo de compasión. Mi misión era clara, y debía mantener el control.
—Clarissa, te dije que arreglaras tus cosas —repetí, esta vez con firmeza, dejando que mi voz resonara en el aire con la autoridad que me confería la situación.
Ella no se movió, atrapada en una lucha interna que se reflejaba en cada rasgo de su rostro. La noticia de que iba a viajar conmigo había caído sobre ella como un balde de agua helada, y podía percibir la tormenta de emociones que la asediaba.
Sin embargo, el respeto por mis órdenes era un principio innegociable. No podía permitir que la duda la detuviera. Di un paso hacia ella, mis palabras cortantes como un cuchillo, sin espacio para la negociación.
—Es una orden. No quiero repetirlo de nuevo. Finalmente, vi cómo los hombros de Clarissa se hundían en una derrota palpable. Se rindió ante la inevitable realidad que se le presentaba. Lentamente, comenzó a moverse, dirigiéndose a su habitación con una resignación que me resultaba incómoda. Aunque había logrado imponer mi voluntad, una extraña mezcla de emociones comenzó a burbujear en mi interior. La satisfacción de tener el control se entrelazaba con una inquietud que no lograba identificar.
¿Por qué me importaba tanto lo que sentía ella? Mientras la observaba alejarse, no podía evitar sentir un ligero remordimiento. Pero no había tiempo para eso.
El reloj avanzaba, y mis planes debían llevarse a cabo sin contratiempos. Era imperativo que Clarissa no tuviera margen para escapar de su destino. Sabía que este viaje cambiaría nuestras vidas de maneras que aún no podía prever, y aunque había asumido el papel del que guía, una parte de mí se preguntaba qué sería de ella, de nosotros, al final de esta travesía.
Me volví hacia la ventana, observando cómo el sol se ocultaba lentamente en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y morados. Era un recordatorio de que el día estaba llegando a su fin, pero mi jornada apenas comenzaba.
La decisión que había tomado era irrevocable, y debía mantenerme firme. Clarissa cargaría con su equipaje, tanto físico como emocional, y yo sería quien la guiara a través de la neblina de lo desconocido. No obstante, en realidad, estaba al tanto de lo que podría haber más en juego de lo que estaba dispuesta a reconocer.
Subí al auto junto a Clarissa, observando cómo ella tomaba su asiento con una expresión de resignación en el rostro. Durante todo el viaje, mantuvo la mirada fija en la ventana, perdida en sus pensamientos. Parecía estar en otro mundo, lejos de todo lo que la rodeaba.
Disfrutaba viendo su desconcierto y desasosiego. Cada vez que veía su reflejo en el cristal, podía notar la tristeza y la preocupación en sus ojos, y eso me daba una extraña satisfacción. Me gustaba saber que estaba bajo mi control, que no tenía escapatoria.
El silencio en el auto era casi palpable, solo roto por el suave ronroneo del motor y el sonido del tráfico a nuestro alrededor. Sabía que ella estaba pensando en su hijo, en lo injusto de la situación, y eso solo reforzaba mi determinación. La venganza era un plato que se servía mejor frío, y yo estaba dispuesto a esperar todo el tiempo necesario para que ella sintiera cada uno de los golpes que me había dado.
Mientras el paisaje pasaba ante nuestros ojos, me concentré en el camino, pero no dejé de disfrutar de la tormenta interna que seguramente se desarrollaba dentro de Clarissa. Ella no sabía lo que le esperaba, pero yo tenía todo planeado. Este era solo el comienzo de su penitencia. Me dijo que tenía algo importante que hacer mañana, pero le he cambiado sus planes.
Nos dirigimos a Louisville, desde Kentucky. Es un viaje cansado. Me siento tan feliz de verla mortificada, como si algo relevante dejara atrás. Más te vale que no me estés engañando, Clarissa, no sé qué hiciste el hombre con el que huiste en el pasado.
—Ah, se me había olvidado de comentarte que ya firmé un acuerdo de negocios con tu padre, quien iba a decir que ahora me rinde el sombrero. ¿Recuerdas cómo me miraba con desdén cuando salíamos en nuestra adolescencia? Todo cambió con el tiempo y, después de ser un hombre acaudalado, terminó en la ruina.
—Lo recuerdo muy bien…
—¿Qué pasó con el hombre con que huiste? —ella me mira de una manera que no entiendo.
—No hay tal hombre.
—No soy un idiota, de seguro se cansó usarte, ya no eres la jovencita que solías ser. —ella no dice nada. Guarde silencio, ya mis ánimos se han arruinado, no quiero pensar en eso. Solamente de imaginarla en la cama de otro hombre y hacer lo que me haces a mí, me da asco.