Mariela y Pablo, acabaron con los brujos de la cueva, todos estaban apiñados en una orilla de las rocas. ―¿Y ahora? ―preguntó la mujer. ―¿Qué hacen en tu tierra con estos? ―No sé, nunca nos ha pasado algo así, pero yo, por mí, los quemaría a todos. ―Quemémoslos entonces. Pablo le dedicó una hermosa sonrisa a la mujer, la que quedó sin respiración al verlo. ―¿Qué pasa? ―inquirió él al verla seria y sin movimiento. ―Debes tener una fila de mujeres esperando por ti ―comentó ella. ―No, te equivocas, brujilda, no tengo a nadie, estoy más solo que un perro. ―¡Mentiroso! ―Rio ella con ganas. ―Es verdad, estoy solo y no tengo a nadie que me siga. ―Hasta ahora ―coqueteó ella abiertamente. Pablo rio ahora, nervioso. ―¿Ah, sí? ―Sí. El hombre se acercó a ella y ella lo rec

