―¡Señora! ―gritó José de Moraleda al verme. Venía escoltado por los hombres que habían estado allí antes, mis brujos. ―Don José Manuel de Moraleda y Montero ―respondí tranquila. ―¿Qué queréis? ¿No os di suficiente honor entregándoos mi libro sagrado? ―Sí, lo hiciste, pero, dime, ¿cómo dejas a mi gente con tus mentiras, diciendo que nadie ha sido capaz de enfrentarte, que inclusive, huimos como unos cobardes? ―¿Y qué esperabais que hiciese, mi señora? Vos sabéis cuán dificultosa es la relación entre la iglesia y vuestro pueblo. Si los padres franciscanos se enterasen de quiénes son los brujos y que aquí hay brujos tan poderosos como vos, mi señora, os aseguro que vendrían como una manada de lobos feroces a llevaros para comeros viva. ―¿Y por qué a ti si te aceptan? ―Porque soy

