Todos se fueron enseguida. Yo me quedé allí, quieta, rígida. Sin mirarlo. No quería un castigo, pero estaba segura de que eso era lo que vendría. ―¿Te das cuenta de que no todos son lo que parecen? No contesté. Se me llenaron los ojos de lágrimas. ―Mi pequeña... Si te lastiman... Entonces me atreví a mirarlo. En sus ojos no había enojo, aunque un leve dolor sentí en mi cuerpo con su mirada. Lloré como una niña. ―Ya, ya estoy aquí, mi pequeña, siento haberme tardado tanto, siento no haberte mirado antes de irme. ―Me abrazó con fuerza a su cuerpo―. Ya pasó, mi pequeña, no llores así. Por favor, no llores de este modo. ―Lo siento ―gemí. ―Ya está todo bien. ―Pero los traje aquí. ―No sabías qué hacer, te falta tanto por aprender, mi pequeña, tanto... ―Enséñame. Él se ale

