—“¿Quién es él? —Se preguntó Mihai que los escuchaba atentamente desde la puerta de su habitación.
A medida que pasaban los años, Mihai desarrollaba habilidades que no sabía que tenía: Una fuerza extraordinaria, visión nocturna y agudeza auditiva, podía escuchar lo que las personas hablaban del otro lado de la habitación o incluso a más de cien metros de distancia o quizá más.
En varias ocasiones quiso hablarlo con Lorenzo, él era la única persona que podía explicarle que era lo que le estaba pasando, sobre todo ese cambio en la textura de su piel, cada día se volvía más lisa y dura como si fuera de mármol, incluso pensaba que, en cualquier momento, se convertiría en una estatua.
Sin embargo, Lorenzo lo único que solía decir era: “Todo a su tiempo mi señor” pero no lograba entender cuándo, se llegaría ese tiempo del que él hablaba.
No pudo seguir escuchando lo que los sirvientes decían, seguramente estaban hablando en lenguaje de señas para no ser escuchados, ya los había visto en varias ocasiones hacerlo cuando no querían que él y Katrina supieran de lo que estaban hablando.
Se recostó en su cama y se quedó pensando en lo que hablaban los sirvientes, desde que había cumplido quince años, no había dormido en absoluto, se lo comentó a Lorenzo y solo le explicó que a partir de ese día, iba a comenzar a sufrir cambios en su cuerpo que serían cada vez más severos.
Las primeras noches sin dormir entraba en desesperación, no tener nada que hacer durante ese tiempo, era un verdadero martirio, por eso comenzó a salir por las noches, cabalgaba tratando de cansarse, lo cual no sucedía, después, se dio cuenta que podía correr a la velocidad de la luz, tan rápido, que parecía invisible a los ojos de los demás.
Esas caminatas nocturnas lo llevaron a encontrar ese lugar, un lugar en el sitio más lejano de la propiedad, era un castillo abandonado, ya solo quedaban ruinas, pero él encontró la forma de entrar hasta las mazmorras y lo que ahí había, era fascinante…
Cerró los ojos y fingió dormir, simplemente ponía su mente en blanco y cerraba los ojos, aunque sus oídos podían escuchar cada sonido de la noche, su mente solo refleja una imagen… Katrina.
En su habitación, ella se había quedado dormida en la tina, el agua caliente la relajaba tanto, que podía quedarse durante horas sumergida en el agua, hasta que su cuerpo comenzaba a ponerse arrugadito.
Un extraño ruido en la ventana la despertó, suspiró al ver que se trataba de un murciélago que chocaba una y otra vez en el cristal, quizá desorientado o cegado por la luz.
Salió de la tina y se cubrió con una toalla, secó su cabello usando una secadora eléctrica se quedó por un momento mirándose al espejo.
Recordó por un momento a Crina y a Florin, rubias, de ojos claros y hermosos y voluptuosos cuerpos, ella en cambio no era nada atractiva, su blanca piel la hacía parecer un fantasma, si no fuera por unas pequeñas pecas junto a su nariz, su rostro no tendría color.
Sabía que tenía que amarse a sí misma, pero durante toda su vida había sufrido de bulling y a pesar de sus terapias con el psicólogo, no había conseguido elevar su autoestima.
Dejó caer la toalla para ver su cuerpo desnudo, no había curvas, era muy delgada y sus pechos eran pequeños, tanto que podía cubrirlos con sus manos, pero tenía el vientre plano y la piel tan tersa, que parecía piel de bebé, su monte de venus apenas cubierto por una fina capa de vello, tan suave y delgado que parecía un delicado plumaje.
Estaba absorta mirándose y comparando cada parte de su cuerpo con el de Crina, que gritó cuando unos ojos iridiscentes aparecieron en la ventana, no había un rostro, solo esos ojos que la miraban fijamente.
Mihai escuchó su grito y en menos de un segundo ya estaba ahí, frente a ella, se quedó paralizado al mirarla completamente desnuda, no pudo evitar recorrer su cuerpo desde los pies a la cabeza, y ese cuerpo que a Katrina le parecía delgado y sin forma, a Mihai le pareció lo más bello que había visto en su vida.
—¡Mihai qué haces aquí! —Gritó ella tomando la toalla rápidamente y cubriéndose para que no la viera desnuda, aunque era obvio que ya la había visto.
—Lo siento preciosa — Balbuceó y miró para otro lado tratando de ocultar la reacción de su cuerpo —Gritaste y pensé que te había pasado algo —dijo, saliendo del baño, en ese momento debía estar sonrojado, pero su cuerpo no respondía de esa manera.
—Vas a pensar que estoy loca, y creo que lo estoy, pero me pareció ver unos ojos en esa ventana — le señaló la ventana que daba al jardín exterior de la casa.
—Pequeña, sabes que es imposible que alguien se asome por esa ventana, son casi cincuenta metros de altura desde ahí.
—Lo sé, es solo que me pareció verlo, esos es todo, hace un momento mientras me bañaba, un murciélago revoloteaba y chocaba contra el cristal, quizá fue eso y mi imaginación me traicionó.
—Probablemente, anda, vístete y duérmete, de lo contrario, no te despertarás a tiempo para ir a clases.
—¿Ya no saldrás?
—No, no saldré te lo prometo, voy a quedarme en casa esta noche, no te preocupes por mí.
Le dio un casto beso en la frente y acarició su mejilla con el pulgar, a veces creía exagerar en sus cuidados hacia ella, pero no podía evitar verla tan frágil, y un deseo incontrolable por protegerla se apoderaba de su ser.
Salió de la habitación y aunque le prometió que no saldría, decidió revisar el jardín, rodeó la propiedad hasta que llegó a la parte trasera que quedaba justo debajo de la ventana de Katrina, miró hacia arriba y tal como lo había dicho, eran casi cincuenta metros de altura, quizá un poco más, era imposible que una persona pudiera escalar por esa pared.
Colocó sus manos sobre la construcción, cerró los ojos y unas poderosas garras salieron de sus dedos, por un momento se asustó, eso era algo nuevo, no le había sucedido antes, respiró y volvió a hacerlo, se sorprendió al darse cuenta de que podía escalar la pared sin ningún problema.
Se detuvo hasta que llegó a la ventana de la habitación, miró a través del cristal y podía ver el interior del baño, una ráfaga de viento le llevó un aroma hasta su nariz, su columna vertebral se erizó, tal como lo haría cualquier depredador que sintiera el peligro, era un aroma desconocido para él, pero sabía, que lo que fuera que oliera de esa manera, no podía ser nada bueno.