CAPÍTULO VEINTIDÓS Darius estaba en la entrada al circo de la capital, el rugido era ensordecedor mientras alzaba la vista para ver a los miles de ciudadanos del Imperio que había en el coliseo, que hacían temblar el suelo mientras pedían sangre a gritos. Darius estaba encadenado a docenas de otros gladiadores, caras a las que ni miraba en ese momento, caras que no quería ni reconocer: sabía que pronto estarían muertos, igual que él. Darius intentaba ahogar el ruido, el circo era muy grande, era abrumador, hacía que el tamaño de cualquier otro circo pareciera pequeño. Jamás había visto algo así, era un espectáculo que iba más allá de la imaginación. Cuánta gente, pensaba, devota de la m*****a y a la crueldad. A su lado estaba Deklan, con su túnica marrón, sujetando su vara y observando

