CAPÍTULO CUATRO

4889 Palabras
SAMARA Una punzada me pisotea la cabeza y hace que despierte junto con el sonido de la alarma que se esparce como la trompeta. Es solo cuestión de segundos para que ese molesto ruido se detenga y el silencio retorne. Chasqueo los dientes. Con los párpados cubriendo la mayor parte de mi visión me levanto, empujo la puerta del baño y me adentro. Me aseo lo esencial y al terminar mi secado me tomo unos minutos para mirarme al espejo. —Estoy tan agotada y solo llevo dos días de clases. Abro mis ojos después de una enjuagada. Los cierro de inmediato y, muy despacio, intento mover mis párpados. Me apoyo en el lavabo. El abdomen me aprieta como si hubiera recibido un golpe rápido en pleno boxeo y me mandase directamente a la gruesa lona. Salgo de mi embriaguez somnolienta, y con más solidez, doy un vistazo a mi ventana. Todo está oscuro. Mi visión desciende de la cama al suelo, y la tolerancia que he llevado se va encogiendo. —Buenos días, Sam. No pensé que despertarías tan temprano — forzando la voz debido a los abdominales que hace por encima del colchón, voltea a medias y me sonríe. Adam está cubierto solamente de un pantalón holgado. Entonces caigo a cuentas. No respondo. Corro hacia mi celular y al prenderlo veo la hora: 4:10 a.m. ¡Caray! Entonces ese estruendoso sonido no provenía de mi celular, sino de él ¿Cómo no lo pude reconocer? ¡Bah! No tiene la culpa, tampoco es que haya echo un buen trabajo levantarme y no percatarme de que todavía no amanecía.  —Cállate —refunfuño, yéndome a mis sábanas y las atraigo a mi débil cuerpo. —No —su estricta voz se introduce a mis oídos—. Una vez despiertas no debes dormir —gimoteo pesadamente y me tapo la cara— ¡Levántate! —quita las frazadas lanzándolas al suelo. El aire me invade y me encojo de frío— El segundo sueño es mucho más pesado y te levantarás con dificultad, por lo que no vas a rendir en tu... —Cá-lla-te —puntualizo entre dientes y en sílabas—. Eso lo sé, solo son dos horas que tengo que recuperar el sueño perdido. Y lo peor que me pudo pasar, sucede. La luz del cuarto se enciende. A mi cabeza le entra un mareo de niveles insospechados. Cuando trato de abrir mis ojos, manchas intensas de colores flotan por la atmósfera. Como si la luz me atacase con sus finas lanzas, me defiendo con las manos y entierro mi cabeza bajo la almohada. Lo desprecio. Qué va, la apetencia de dormir ya no me domina. Con disgusto me vuelvo a levantar y, como es temprano, me tomo el tiempo del mundo para escoger mi ropa. Abro mi armario de puerta en puerta y dejo reposar sobre mi cama un polo n***o con el estampado de una banda y un pantalón azul oscuro casi ancho y desgastado. El hombre que me hace compañía cambia la postura y hace flexiones de brazos en el suelo. De pronto, oigo su voz. —Vaya moda la tuya. Ya sé a dónde va su opinión.  —Estoy siendo buscada por Auron para, supuestamente, hacer justicia contra alguien inocente. La policía me está buscando hasta por debajo de las rocas; así mismo, los problemas con mi madre no cesan. Rellenando la trágica historia, tengo que soportar día a día ver la superación traumática de mi hermano y —del armario saco un polo viejo y lo formo en una bola. Sé fuerte Samara, no es momento de llorar— no tengo al hombre que, en los últimos momentos de ayuda, me sostenía la mano y me salvó en varias ocasiones ¿En serio quieres que me ocupe en escoger un atuendo mejor? —le lanzo a la cara el arrugado polo. Adam se detiene a mitad de sus flexiones. Su humanidad se endurece y puedo percibir su enfurecimiento. Luego de tener el rostro libre se levanta y, automáticamente, mis ojos se deslizan por sus marcados y trazados pectorales. «Su cara está arriba, concéntrate». No, es solo que mi memoria exploró la fantasiosa escena de tener a Jonathan en esas condiciones. Los dos se asemejan un poco, tanto en tamaño y apariencia. El chico de ojos marrones le gana por unos centímetros de estatura y de anchura, en cambio Jonathan tiene algo que lo diferencia, muy aparte del físico, la fortaleza que rompe varios esquemas a pesar de todo, el perfeccionado estilo y don que tiene el convertir un terrible hecho a poder transformarlo a un iluminado paraíso, uno inundado de oportunidades que creía inalcanzables, excitantes de aventurar. Eso hizo conmigo, eso lo aparta de cualquier aspecto común. Aquello no encontraré en Adam ni en otro. Solo él pudo sacar esa piedra en mí, luego endurecerla y enfriarla como el hielo hasta derretirlo con ese fuego que solo él poseía en sus manos, en todo su ser. —Samara, entiendo, pero necesito que te calmes y no arremetas contra mí ¿Crees que me gusta ver a mi, aparte de jefe, amigo en aprietos, siendo buscado y, si perdemos, violado en una cárcel por su cara bonita o asesinado? A veces intento ponerme una máscara y evadir lo que veo día tras día, enfrentarla estrictamente y liberarme del dolor. Sé que estoy errando, pero difícilmente puedo cambiar ese aspecto —agacho la mirada. Pienso—. Mírame cuando te hablo —ordena atrayendo mi quijada con su dedo índice a su dirección—. Estamos juntos en esto, no te aflijas, estarás bien, se lo prometí a Jonathan y yo cumplo con mi palabra. Afirmo intentando convencerme y me doy media vuelta. Me daré una ducha. Todavía el dolor prevalece en mis pensamientos añorando su ausencia.  Cuatro y media de la mañana. Al apagar el reproductor de mi celular salgo del baño y el hedor a sudor invade mi sentido del olfato, como entrar a un gimnasio propagado de calor corporal. Cubriéndome de la peste me dirijo a la ventana y la abro de par en par. —Por lo menos ventila un poco, apestas a pescado sudado. —Es olor natural. —¿Quién se levanta a las cuatro de la mañana a hacer ejercicios? —si por mí fuera me arrancaría la nariz.  —Alguien acostumbrado a una vida rutinaria de entrenamientos duros, llenos de exigencia dentro de un agarrotado ejército. Y que no se te olvide que a partir de hoy día seré, aparte de tu guardián, como quieras llamarlo, el entrenador principal de tu universidad; por lo que debo mantenerme en forma el triple. Pero tiene todo el día para mantenerse, ¿por qué en la madrugada? Lo que alivia mi malestar olfativo y mental es que a partir de hoy dormirá en el hotel. Tendré privacidad. El reloj apunta las cinco y diez de la mañana. Adam coloca el colchón en una esquina y se adentra al baño a darse una ducha. Me voy alistando con la idea de ir a preparar el desayuno. Por lo menos espero contentar a mi madre con su platillo favorito. El sol sale tras las agrupadas casas de al frente, lo veo a través de las ventanas de la sala. Sus rayos solares van alumbrando con pequeños huecos sobre cada objeto y va facilitando mi visión al cocinar. No soy experta, pero hago lo que puedo. A punto de culminar con mi intento de Sossklopse, un platillo echo de albóndigas de carne de ternera con huevo y pimienta blanca, le agrego como presentación final una yema de huevo, alcaparras y arroz blanco. Espero les guste... Dejo todo preparado y caliente en la olla para ir a mi dormitorio a sacar mis útiles. Sin embargo, cuando la puerta se abre me quedo estática al ver a Adam con el cajón abierto y leyendo algo entre manos ¿Ok? Pudo haber entrado uno de mis padres y este ni se inmuta a dar un pestañeo. —¿Por cuánto tiempo pensaste ocultarlo? —el papel que se posó en mi cama hace tres noches está ahora entre sus dedos— ¿En qué habíamos quedado? —reclama. Ya sé, no fue mi intención. Es solo que pensaba averiguarlo por cuenta propia. Y en ningún momento imaginé verte. —Lo siento —relamo esas dos palabras con fastidio. Me acerco con el fin de quitarle el papel, sin embargo, este gira hacia el lado contrario y me deja con las manos en el aire. —Iré al hotel para ver si la habitación ya está disponible, confiaré en que me des aviso si vuelves a recibir ese tipo de notas —lo sacude—. Faltan cinco días para que ese mensaje nos envíe resultados que puede ser que a los dos no nos guste. Arrepentida de haberlo escondido por razones que ya no juegan a mi favor, me rindo y no me permito insistir. —¿Quieres beber algo? —no quiero saber nada de mensajes llenos de amenaza o de llegadas súbitas. —Beberé en la universidad. Nos vemos —sus labios forman una recta línea y sus facciones permanecen frías. Per algo más habita en su rostro que me es indescifrable, pareciera que le costara estar enojado.  —¿Qué pasa? —quiero indagar. —¿Tus padres siguen durmiendo? —asiento— Nos vemos en la universidad —y se esfuma del cuarto con la nota bien camuflada en su bolsillo. Desde aquí oigo la puerta principal cerrarse, lo que indica que su presencia ya no invade mi casa ¿Muy bien? Eso si fue muy extraño. Me he memorizado algunas expresiones que Adam puede tener ante un hecho, ya sea malo o bueno, pero esta última es nueva y no puedo saber por más que me escabulle en sus ojos y en su cabeza de acero. Si tendré que seguir con él espero conocer todas sus facetas. Pasadas las siete de la mañana mis padres y yo estamos degustando del desayuno que preparé. —Está muy delicioso —comenta mi padre metiéndose otro bocado a su boca y cerrando los ojos. Lo disfruta. Ansiosa, me preparo para la opinión de mi madre, pero como era de esperarse solo se dedica a seguir comiendo sin alzar la vista y sin expresión alguna. Mamá, ya supéralo. —Gracias, papá. Minutos después concluimos con el desayuno, casi almuerzo, y cada uno va a lavar sus platos. Will seca el suyo y se retira dejándonos a mi madre y a mí. —Llegaré tarde hoy, tengo cosas que hacer. Por cierto, le dije a Valezka que a partir de hoy te recoja y te traiga a la casa —ese comunicado no hace más que amargarme el desayuno y mis ánimos se transforme en un charco de agua. —No tenías que hacer eso, ya no soy una niña, puedo salir y venir sola. No quiero andar con alguien que no considero ni forma parte de mi vida. Ella solo deambula en mi pasado y ahí se quedará. Podría decirle las razones por la cual no quiero tener a Valezka conmigo, no obstante, no obtendré los resultados que quiero, ya que si sigue cerrándose en su cueva, nada me predice que haga lo contrario. —¡No me discutas! —eleva la voz. Me quedo petrificada sobre la silla— Ya hablé con ella y está más que encantada de acompañarte. Deberías darle una oportunidad y dejar de pensar en esos disque amigos tuyos estadounidenses. Tu vida está acá y ellos ya no valen la pena, menos si no te ayudaron a liberarte de ese mal nacido. Cálmate Sam, es tu madre. —No te permito que digas tales barbaridades —hago todo lo que está a mi alcance para no alterarme—. Estaban amenazados por esa vil directora de la universidad. Patrick y Liz, mis únicos amigos, me ayudaron a deshacernos de esa mujer que hasta se había presenciado a ustedes. Pensé en ti, en mi padre y mi hermano —quiero derramar las lágrimas que he estado guardando, quiero gritar, pero me contengo— ¡Por eso actué! No solo fue escaparme y dejar a mi familia en el aire en manos de esa asesina ¿Qué te cuesta entender eso? Mi respiración se acciona con rapidez. Mi padre viene hacia nosotras intentando tener todo bajo control. No le resulta. —¿Y qué me dices de tu príncipe secuestrador, eh? —suelta con una despreciable ironía— ¿Él también entró al drama? —posiciona sus brazos en jarra y mueve la cabeza en vaivén de izquierda a derecha. Eso significa que no me cree.  Sí, lo acepto. Al inicio él fue el villano, pero posteriormente se convirtió en una víctima, al igual que nosotros, y más que cualquiera se atrevió a defender y a combatir. Aparte, su conducta tuvo su raíz. Y esa raíz es su padre, con sus consejos y Jonathan siendo tan pequeño lo interpretó de otra manera, sumando la realidad que le tocó vivir no ayudó en nada a su mejora o reversibilidad de sus pecaminosos pensamientos. —No voy a discutir contigo —voy por mi maleta y la cuelgo en mi hombro dirigiéndome al umbral—. No lo vale si te vas a cerrar en tus supuestos planteamientos. Ya deja de pensar en ti de una vez, en lo que hubieras querido y enfócate en el presente. —¡Ni se te ocurra irte por esa puerta, no hemos terminado! —me ordena. Oigo la voz de mi padre pidiéndole que se relaje, que no ganará nada alterándose, pero esta insiste. —Hasta luego —mi despido es un fracaso total cuando abro la puerta y a punto de salir me encuentro con esos dos rostros femeninos que empiezan a fastidiarme y a malograr el día. Aprieto la correa de la mochila y ruego interiormente no desencadenar un arranque de cólera contra ellas. —Oh, justo a tiempo querida ¡Cuídense! —Mabel, dibuja una fingida sonrisa. La fulmino con la mirada viéndola partir por las escaleras. No puedo creer que en eso se haya convertido mi madre, definitivamente ya no sé quién es. En la misma posición como ayer, ellas adelante y yo atrás repasando todos sus movimientos y lo que van diciendo; llegamos a la universidad. Zoe se despide con ese empalagoso cariño y celos posesivos, y Valezka, después de recibirlos, se une a mi lado correteándome dentro del pasillo. Quiero estar sola y gracias al cambio de carrera que hizo, eso no va a suceder. Empiezo a arrepentirme de su decisión porque no pienso convivir con ella para nada. Ni tengo ganas de verla. Por otra parte, ¿qué cosas se estarán trayendo entre ella y mi madre? —Tenemos curso de organización. Oh gracias, lo habría olvidado si no fuera por ti. Pienso con sarcasmo. No le pienso responder y la sigo hasta llegar al salón. Entrando estoy a la espera de ubicar un asiento vacío y lo consigo, voy hacia él y me siento acomodando mi mochila a un lado. Pasan los minutos, voy apuntando lo que el profesor explica en mi idioma natal. Lo entiendo a la perfección y agradezco no haberme acostumbrado tanto cuando fui al extranjero. En toda la clase no he prestado atención al resto de estudiantes, solo me enfoco en anotar lo que hay en la pizarra. Es receso. Me paso entre la avalancha de chicos ansiosos por desaparecer de sus clases. En breve, estoy a pasos de la cancha deportiva. Desde aquí es una vista impresionante, solo debo bajar varios escalones que conectan con el pabellón del tercer piso y ya estoy pisando el césped. —¿Metzler? Creo haber oído mi apellido, pero hago caso omiso y sigo avanzando. En cada esquina del deportivo hay pequeños grupos de tres, cuatro o cinco personas ingiriendo su merienda; otros más alejados haciendo deporte y en los asientos públicos descansan los jugadores, debo decir los populares, bien acompañados de las coquetas y sexys porristas uniformadas. Tan típico de una universidad: están los populares, los ricos, los que poseen un estado económico estable, los nerds, los "normales", los de buena memoria al realizar un examen y los que a la justa se acuerdan los nombres; entre otros.  Pienso sentarme bajo el conjunto de árboles que se localiza fuera del campo, necesito una sombra. —¡Hey, voltea!  Bueno, estoy rodeada de tanta gente, cualquiera puede ser ese "hey". —¡Samara!  De acuerdo, es aquí donde tengo que voltear porque además de haber oído mi apellido, mi nombre salió como un fusil. Un hombre de piel clara, cuerpo al estilo jugador de partido, bien entrenado y equipado; cuyos ojos son bañados de negrura pura y cejas espesas...En pocas palabras, apariencia juvenil y atractiva de pies a cabeza, ni tan exagerado ni tan enclenque. Se notaba la vitalidad en su cuerpo. Tenía casi la misma apariencia que Adam, solo que este es simpático tanto por fuera como por dentro, en cambio el ex-militar, un anciano amargado sin dientes.  Se inclina hacia adelante e inhala varias bocanadas de aire. —Caminas muy rápido. Lo veo con una ceja arqueada. —¿Nos conocemos? Regresa a su postura. Sonríe. ¿Dije que tenía bonita sonrisa? —Claro, hoy estuvimos en clase de psicología organizacional, exactamente estaba atrás tuyo. Hago memoria y afirmo con movimientos de cabeza. Realmente no tengo ni la menor idea de quién rayos es. Debo estar muy atenta la siguiente vez que ingrese al salón y ver el rostro de todos. —Oh sí, ya te recuerdo —finjo hacerlo— ¿Hay algo en que pueda ayudarte? —En realidad, no. Solo quería conocerte y si se podía...Ser algo más que compañeros de salón. Me diste una buena impresión —me extiende la mano sin quitar su agradable expresión—, soy Adler, ¿tu nombre? Le doy el apretón. —Samara, mucho gusto. Adler me conduce hasta las gradas y me invita a sentarme. Conversamos de todo un poco, principalmente conociéndonos. Agradable sujeto dentro de una numerosa familia, quien la mitad de ella ya está ejerciendo su profesión y el resto, sus primos y su hermana en ese caso, todavía prosiguen en la línea estudiantil. Le comenté un poco acerca de mi vida, evitando lo menos posible el secuestro. Son pocas las personas que en muchos países suelen ver noticias internacionales. Él es uno de ellos. Algo que agregar es que está en evaluación para poder entrar al equipo de fútbol y, respecto a la carrera, quiere ser psicoanalista, al igual que su padre. Luego que cada uno ingiriera su bocadillo, desde aquí puedo ver a Valezka junto con Zoe viniendo hacia nosotros. —…Deja de seguirla. Adler y yo las observamos dubitativos. Val está muy furiosa y de brazos cruzados. —¿Se puede saber qué estás haciendo con él? —alardea. Su mirada se poza en él. No es de desprecio, pero tampoco es amigable. —Lo que tú no estás haciendo, conversado como personas decentes —el chico saca cara por mí. —No te pregunté a ti —Adler prefiere callar y solamente la estudia amargamente y con resentimiento. —A ver. Yo no me entrometo en tu vida social y no tienes derecho a meterte en la mía —y para mi sorpresa jamás iba a saber que Valezka tendría esta reacción, como sujetar mis manos y alejarme de Adler, quien sigue sorprendido. —Tu madre me dijo que no te sacara los ojos de encima —me reprueba, a la vez sigue sujetando mi muñeca con fuerza. Pero me resisto y me suelto inmediatamente queriendo retroceder, pero aquel forcejeo entorpece mi cuerpo que si no fuera por Adler, ahorita estuviera bañada de pasto. El hervor burbujea en mi sangre. Ella no es nadie para tratarme de ese modo ni de seguir las reglas de mi madre, menos ser mi vigilante.  Con Adam ya tengo suficiente. Sin embargo, eso se termina ahora. Él está caminando, viniendo hacia este bulto. Me mantengo callada. En segundos el ex militar está atrás de las dos mujeres que siguen con la vista caliente y fijas en mí. Parecen pulgas a su lado y lo mejor es que no parecen percatarse, hasta que al chico de ojos café lo nota y se acerca más para hacer una omnipotente sombra delante de ellas. Zoe es la primera en girarse y da un respingo sujetándose del hombro de su enamorada que acaba de verificar la razón del eclipse. —Joven, puede retirarse —le pide a Adler con mucha serenidad. Este obedece y después de un: "te veo en otro momento, cuídate", se marcha. Sus ojos cazan los nuestros y se detiene en la morena— ¿Se puede saber por qué arrastraba a su compañera de esa forma? —¿Y usted es? —pregunta , un tanto altanera— No lo he visto por... —Pues debería informarse mejor, soy Adam Breck, entrenador general —dice con autoridad sin dejar esa seriedad que lo caracteriza —. Desde lejos las pude ver discutiendo y tuve que intervenir. Valezka resopla con fastidio, Zoe se apoya en ella como garrapata, seguro para demostrarle al profesor que no está sola. —Así es y con todo respeto es preferible que no intervenga, es un asunto privado —segunda sorpresa del día, ver y escuchar el responder de la morena ¿Desde cuando se volvió tan atrevida? Adam ladea una oscura sonrisa, tal vez diciéndose: "¿En serio me está echando?" —Alumna, quien no tiene que intervenir en la vida de Samara es usted. Todos aquí, incluyendo Estados Unidos, sabemos lo que ella aconteció y, por lo visto, usted no es exactamente la persona indicada que podría subirle los ánimos o pueda andar de su lado ¿Me equivoco? En el rostro de Valezka se apodera el color blanco, exagerando; aquella información la descompuso en preguntarse cómo es que él lo sabía. A veces Adam se puede pasar de rígido, pero sabe cómo y en qué momento, sobre todo con quién tiene que demostrar mas allá de lo que su espejo le refleja día tras día. Quién es el que manda. —¿Y cómo puede deducir semejante barbaridad? No estuvo allí —intenta defenderse, a puro nervios. Zoe no dice absolutamente nada. Y le conviene. El instructor pierde la paciencia, lo sé por sus ojos cerrados llenos de contención y sus dedos pasarse sobre él mientras respira profundamente y expulsa con pesadez. —Escúchame bien, niña malcriada —adiós cordialidad—. Puedo hacer que te regresen a la carrera de antes en este mismo instante para que no estés estorbando la de Samara, quien si fuese por ella retornaría a sus viejas clases en New Jersey ahora mismo, a que andar contigo y con una madre que la odia. No me cuesta nada ir con el director y decirle todo para que, incluso, puedan suspenderte o expulsarte si sigues faltando el respeto al entrenador y a tus compañeros jaloneándolos a como dé tu antojo. No me conoces y yo no tengo el placer de hacerlo. Y si quieres seguir estudiando mas te vale cerrar la boca y dejar a la chica —me apunta— en paz, ¿entendiste? —eleva el grado de su voz como si hablara con un inexperto y terco soldado. Me quedo quieta en mi sitio. Las otras por poco no piden que la tierra se las trague. Después de tanto lío me siento satisfecha. —¡Samara! ¿No piensas hacer algo? Por poco me ataca —Valezka, asustada, reclama refiriéndose al profesor de fútbol y gimnasia. —¿Por qué? Si tú empezaste —me limito a mencionar, encogiendo los hombros. Encima que terminó por destruir el almuerzo con mi reciente amigo, me viene a pedir ayuda. Si vuelvo a ver a Adler tendré que disculparme, no merecía saber esto. Por la tarde me encuentro en el pabellón principal a punto de salir. Adam me da el alcance luego de salir de los baños deportivos y decide dejarme en la puerta de mi casa. Cuando estamos caminando en los asfaltos, aun no saliendo de la zona universitaria, y como lo imaginaba, las inseparables vienen. Ya es normal ver a Zoe bufando detrás de ella. —Espera, espera, ¿ahora me dirás que te fugaz con el entrenador a quien sabe dónde y hacer quién sabe qué? Mierda, eso sí que me enojó. Mi madre no deja de meterle tonterías a su cabeza. No entiendo por qué me duele más que ella lo diga, que piense que soy así, una chica que se acuesta con varios hombres. —¡Ya basta! —el ataque verbal no me sirve, me cuesta responderle, siento que debo desalojar más, pero me cuesta. Carajo. Un momento quiero acabar con todo y al otro me hago bolita. Adam toma mi lugar y contesta: —Mira, mocosa del demonio, si crees en las coincidencias entonces cállate. Adentro de la universidad solo soy un entrenador, pero afuera soy su mejor amigo y el peor enemigo que te hará esconderte sea donde sea. ¿...? —Eso no es cierto —comenta, con embestidura. No le agrada que la haya reemplazado tan rápido, pero ni si quiera es cierto. Solo somos conocidos. —No me importa lo que creas, allá lo fuimos y como no soporté la idea de tenerla lejos decidí venir a verla y a quedarme —esto último lo susurra muy cerca de mí y rodea mi hombro con su brazo muy cariñosamente. Muy bien, me estoy perdiendo. —Mientes —dice negándose a creer lo que ven sus alterados ojos, mientras que los de Zoe saltan de alegría. Lo consiguió. —Te dije que no me importa lo que creas. Si ella quiere venir conmigo estaré a gusto de recibirla. Y tampoco me importa si se lo dices a su madre. Su padre y su hermano ya me conocen y con eso basta. Eres consciente que lo que hagas no hará que tengas a Sam de vuelta ni si quiera como amiga, solo la alejarás. Damos media vuelta y las dejamos atrás. No sabemos si nos siguen o no, sin embargo, eso no nos incumbe. —¿Por qué le dijiste que somos mejores amigos? —Creí que era lo mejor, o, ¿querías que mencionara que vengo departe de Jonathan para tenerte al tanto de lo que suceda? —Ya veo —respondo cortantemente. Adam extrae su celular y presto atención a la conversación que va teniendo. Logro ver el nombre Jonathan como contacto. El corazón se me detiene. Cada acercamiento que tenga con él o hacia él, por mas minúscula que aparente, me emociona. —¿Estás hablando con...con Jonathan? —interrogo, muy tímida. Con solo mencionar su nombre hace que me retuerza de alegría y no pueda controlarlo. —Sí —responde, solo eso. La curiosidad me invade sin control. Quiero saber si ha preguntado por mí, cómo está, qué está haciendo, dónde se encuentra. Rayos, la ansiedad me consume. No puedo resistirlo. Lo extraño demasiado ¿Qué me sucede? —¿Y-Y te ha dicho algo? Ya sabes...Respecto a Auron. —No, solo estamos hablando de ti. No hay noticias suyas y Steven está cooperando. El corazón me da un vuelco de alivio de que no está solo y el oficial lo apoya. Cruzamos la esquina y entramos a una zona donde las veredas son adornadas por un conjunto de casas coloridas y pequeñas al estilo moderno y conservado. —¿Sobre qué?  —El muy idiota quería saber cómo íbamos. —Bien, escucha...No te conozco lo suficiente, pero me preocupas y no quisiera que estés en medio de nosotros dos. Quisiera facilitarte las cosas —disimulo interés—. Ya sabes, no quiero causar fastidios, quién sabe, estás en pleno entrenamiento y... —Apunta —gira los ojos sabiendo mis verdaderas intenciones. Querer agendar el número de Jonathan. Sin embargo, algo me apuñala en la mente y en el corazón. Detengo mis pasos. Si de verdad él quisiera hablar conmigo por lo menos hubiera pedido mi número o llamaría a su empleado para que me lo pasase. Adam se percata que no camino a su lado y regresa—. Oye, no pienses en tonterías. Él no quiere comunicarse contigo directamente porque quiere protegerte y protegerse. No significa que no le importes, de verdad, te extraña el muy hijo de...su madre, no deja de preguntarme por ti a cada minuto, inclusive al encender mi celular tuve varias llamadas perdidas suyas y cuando le respondo era solo para saber si estabas conmigo o no. Mi corazón salta de felicidad. Todo lo hace para resguardarme del peligro. De todas maneras, quiero escuchar su voz, decirle desde mis propios labios que estoy bien y que lo estaré esperando. La emoción vuelve a dispararse como fuegos artificiales por mis poros y extraigo el móvil para agendarlo. Esta noche lo escucharé, volveré a saber de él. Dios, no dejo de saltar como niña por dentro.  Solo espero que dicha llamada no nos lleve a otros caminos.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR