CAPÍTULO SIETE

4004 Palabras
A dos días... (Viernes) Una vez terminaron los entrenamientos me dispongo a correr a los servicios higiénicos; en la cafetería comí de más, mi estómago no estuvo preparado para todo lo que ingerí y ahora estoy pagando las consecuencias con los torcijones intensos. Hace un rato dejé mis cosas en los casilleros y debo ir por ellos si quiero salir, no puedo confiarme en el trío con el que discutí esa mañana. Estamos a pocas horas de la salida. Ingreso a los vestidores tan aliviado y vacío –de nuevo tengo hambre-, y tal como lo predije mis cosas no se encuentran en mi pequeño cubículo. Lo que me indigna es que han forzado la cerradura con una especie de instrumento que sacara el candado y quitara lo que había adentro. Sin embargo, lo que más me retuerce el estómago son las hojas que Samara olvidó llevar temprano. Estaban en mi mochila. Son pocos los alumnos que están al otro lado, pero eso no evita que salga del pequeño lugar y los observe con acusación. —Hablen —una espesa corriente circula por cada fibra de mi cuerpo. No tengo tiempo para rodeos, debo movilizarme y mantener contacto, y sin ese valioso documento no podré lograrlo. Mi mirada se pasea por cada ya conocido rostro, pero ninguno se digna a abrir la boca. Unos chicos de características flácidas y "nerds" tiemblan como niños sobre las bancas, otros se recargan en la pared aparentando serenidad, pero sus manos que se ajustan con fuerza dentro de sus bolsillos los delatan y los últimos dos grupos en la parte de al fondo de las duchas apenas me oyeron continuaron charlando entre ellos. Con razón el silencio tan cargado cuando entré. —Estoy siendo benevolente. Por favor, díganme quién las tiene —elevo el tono de mi voz para captar su atención, algunos se dignan a solo oírme y otros ni se atreven a girar. Estoy empezando a enfurecerme. Calma Adam, no estás en el ejército, son como niños a tu lado. —E-Entrenador... —¡Por fin! La débil voz de uno de los chicos a quien logro reconocer, aquel rubio que –por así decirlo- rescaté del trío de idiotas, me llama temblorosamente. Me acerco y me agacho para estar a su altura ¿Eso que tiene en la mejilla es un moretón? —¿Sí? —automáticamente quiere cubrirse la mejilla, pero cojo su muñeca y la aparto. Relajo mis facciones para no intimidarlo, quiero que entre en confianza, no quiero que se sienta forzado a tener que hablarme, aunque el golpe en su rostro hace que piense que está tomando un gran riesgo por tan solo dirigirme la vista o la palabra. —Si hago esto es porque... —traga saliva, nervioso— mañana dejaré de asistir a la universidad, por lo que estoy fuera de peligro si digo dónde están sus objetos —me tranquilizo, estoy admirado por su valentía. A pesar que él ya vivió en carne propia lo que es ser víctima del bullying prefiere decir la verdad a que alguien más salga perjudicado. Gran ejemplo que pocos quieren hacer, y por obvias, o comprensivas, razones. Tómelo como un agradecimiento. Dibujo una sonrisa con añoranza. Hombres como él deberían seguir permaneciendo en estos lugares y no yéndose al refugio de sus miedos. No puedo permitirlo. —Te escucho. —Aidan y sus amigos e...e... —balbucea sin éxito de concluir la oración. Descanso mi mano en su hombro. —¿Cuál es tu nombre?  Necesito que se calme. —Ri-Richard, entrenador. —Un gusto Richard, yo soy Adam —le estiro la mano para que sea estrechada por la suya, quiero que se sienta seguro—. No hemos tenido la oportunidad de presentarnos. —Ujum... —musita bajito y asiente— ¿Por qué no está tras ellos? De mi boca brotan pequeñas carcajadas, me gano la mirada de todos. —Les advertí ese día, les partiré el culo como no se lo imaginan —Richard sonríe muy risueño, agradable, como si fuera su primera vez algo que le hubiera echo gracia, su primera vez escuchando un chiste, quizá... la primera vez que alguien se le acerca. A punto de que mis pensamientos sobre él se empotren a mi corazón, me enfoco a lo que iba— Respira profundamente y dime qué es lo que sabes. El rubio se calma de a poco y me observa con esos grandes ojitos caramelo. —Estaba en los vestidores a punto de recoger mis cosas cuando escuché que Aidan les dijo a los chicos que fueran por una herramienta del gimnasio para romper su casillero y usarlo como carnada —¿Carnada? ¿Esos chicos qué se fuman? Frunzo el ceño— Sí, carnada —responde como si leyera mis pensamientos— Como decía, hizo un comentario de haberlo escuchado hablar tras la cancha con una alumna y descarta que es su pareja, cosa que está prohibida en esta universidad, ya que es contra las reglas de ética tener una relación de maestro a alumna... —Hijo de la gran...—detengo la lisura que estuve a punto de soltar— Continúa muchacho —respira Adam, respira. —Lamentablemente no pude saber toda la información porque cuando comencé a grabarlos uno de ellos me descubrió, entonces él llegó y me lastimó el rostro e intentó destruir mi aparato amenazándome con que no abriera la boca —de su mochila saca un objeto muy parecido a una radio portátil con la diferencia de que esta es mucho más moderna y en vez de tener una antena para captar la señal una pantalla –esta está rota- ya tiene implementado lo suficiente, y abajo hay pequeñas teclas de metal donde se aprecian solo algunos números, gracias a la suciedad es que impide ver el resto—. Es un objeto muy resistente a las pisadas y caídas, por lo que está casi entero, pero me tomará días repararlo. Caigo en la impresión. —¿Tú lo hiciste? —Sí entrenador, sé mucho de estas cosas. Hace poco realicé un aparato que sirve para rastrear y localizar sitios, o personas, sin la necesidad de tener internet o batería, todo funciona con el simple calor que nuestras manos brinden con solo tocarlo. En conclusión, posee un sensor que detecta el calor. Estoy muy cerca de aceptar en tener a este chico, por unos días nos servirá de mucho. Necesitamos de su inteligencia y de su capacidad. No solo se requiere de fuerza para enfrentar lo que se avecina. —Eres un chico muy interesante, ¿me permites un papel? —el chico hunde sus manos en su mochila. Me ofrece la hoja— Aquí tienes mi número, a las seis estaré esperando tu llamada. —Pero se...diré entrenador, yo mañana ya no vendré a la escuela, ¿por qué quiere que lo llame? —Llama y sabrás —me elevo de mi sitio sin decir nada y cuando estoy a punto de irme Richard menciona: —En la cancha lo están esperando. Agradezco y desaparezco no sin antes mostrarle una ladeada sonrisa seguido de un guiño. No habita ni un estudiante en los pasillos, todos están dentro de sus salones, el bullicio ya no reside en estos espacios y, según veo desde el pasadizo principal con vista al estacionamiento el director planea irse sin su hijo adentrándose a su auto y poniéndolo en reversa hasta salir de la universidad e irse de frente por la pista. Raro. Que mejor suerte, el conejillo de indias sin alguien que lo respalde. —Primera parada, la cancha —bisbiseo mientras avanzo. Paso por el gimnasio, por suerte tengo las llaves, salgo directamente a la cancha y con la vista hago un recorrido de en dónde podría cazarlos. Eureka. Justamente se localizan donde conversé con Samara esta mañana, recuerdo que a ese estúpido lo envié a las bancas como castigo. Debí ser precavido, no me di cuenta que hablamos sin saber que estábamos a pocos centímetros de él. Por otro lado, no fue difícil encontrarlos sabiendo que no hay ni un fantasma en los alrededores por lo que es hora de los últimos cursos y esos tres son los únicos incompetentes, irresponsables e ignorantes como para quedarse a un lado de los asientos a la espera de mi encantadora, pero ruda, presencia. El líder de la manada es quien cuelga en sus manos mi mochila, no saben las ganas que tengo de arrancárselo con todo y brazo. —¡Pero miren quién se le ocurrió aparecer, tenemos al sultán de la escuela! —Aidan aclama a los cielos como si fuese la cena de un rey. Sus amigos, entre ellos Jaico, ríen con malicia— Vaya, vaya, no sabía que el entrenador tenía amoríos con una de las alumnas del curso más aburrido de todos —gira los ojos y vuelve su interés en mí—. "Te veo esta noche", ¿oyeron eso, chicos? Sus dos perros alargaron un "Ohhh" entre ellos chocándose juguetonamente los hombros y codos como gesto de burla. Me irrita esa clase de comportamiento. —Solo te lo diré una vez, devuélvemelo —aprieto los dientes y brecchazo su sarcasmo. No puedo dejar que se salga con la suya. —Claro que la tendrás, solo con una condición. —No estoy para bromas niñato, agradece que tu querido papi no está aquí sino ya te hubiera roto la quijada. —lo fulmino con la mirada. Su jueguito ya no me hace gracia. Los dos chicos endurecen sus rostros y cruzan los brazos para intimidarme, como imitando a esos mastodontes de seguridad. Solo son ardillitas que patearé a lo lejos. —Tranquilo hermano, tendrás lo que quieres, solo tienes que hacer una cosa —sigo mirándolo amenazante—: habla con el director mañana, le dirás que renunciarás a tu cargo como entrenador y te esfumarás de esta vida, y si no lo haces le diré que fui testigo de la conversación que tuviste con una de las alumnas así perjudicándote hasta que no tenga de otra que expulsarte. Todos lo sabrán de alguna manera. No creo haber caído en su trampa, no soy tan estúpido como para creer las mentiras que soltaría si no llegase a hacer lo que ordena. Fácilmente puedo confesar todo al director sin tener que "aclarar una relación amorosa" porque en efecto no la hay. Solo me queda una cosa por hacer. Aplaudir lentamente. —Muy bien chicos —sigo haciéndolo—, excelente determinación para querer hundirme —doy una última palmada—. Ahora hablando en serio, no quiero perder mi tiempo —no he sido entrenado para mentir, pero en casos de emergencia hay salidas, no siendo buenas, que hay que tomarlas. Se podría decir que soy muy bueno actuando y haciendo creer a la gente muchas cosas que realmente no son ciertas—. Tienes razón, me pescaste, sí tengo una relación con la alumna Samara, y una muy fuerte. —¡Lo sabía! Date por muerto, entrenador de cuarta —canturrea Aidan sintiéndose victorioso. Y aquí comienza mi guion. —Porque es mi prima, pedazo de imbécil —la cara de triunfo se les esfuma a los tres. —E-Eso no es cierto —tartamudea—, y-yo te escuché decirle que la verías esta noche, también hablaban de un tal Jonathan que estaba amenazado y debían hacer algo, luego hablaron acerca de un asesino y que le pedías información a una tal Valeria...Vanessa...no recuerdo su nombre, pe-pero ese no es el punto —me apunta—. No sé el embrollo en el que estás metido, pero aunque quieras salirte con la tuya no podrás porque obviamente la escuela no quiere verse involucrada con profesores dentro de un crimen o lo que sea en que estén metidos. Se matará a dos pájaros de un solo tiro —esa horrible sonrisa se le vuelve a aparecer tras haber rebuscado desesperadamente la sin razón ante mi cruda respuesta. Estoy conteniéndome, lo juro. —¿Es que te lo tengo que dibujar? No te adelantes a lo que no te informas bien. Mi tío Jonathan, papá de Samara, está siendo amenazado por su mujer. Ella está muy preocupada, por lo que ha recurrido a mí, y a la chica a quien le dije que obtuviera comunicación es específicamente su tía quien vive con ella. Es un problema del cual me estoy encargando y estamos moviendo varios papeles y contactos —y es aquí donde cogeré carne—. ¿No harías lo mismo por tu familia, por tus primos o hermanos? —N-No te creo —titubea. —¿A no? Pues toma —saco mi celular y se lo enseño—, aquí tienes todo lo que quieres saber, fotos de nosotros juntos con nuestra familia, de las denuncias, los mensajes y llamadas —sacudo el aparato. Aidan lo piensa, me observa achinando los ojos, analizando. —No parece que mintiera —Jaico murmura con disimulo. —¿Lo vas a aceptar? Porque si gustas puedo ahorrarte las molestias y mañana iré donde con el director a explicarle todo, añadiendo que su hijo está interfiriendo con mi trabajo solo porque lo delaté molestando a un niño en los vestuarios ¡Y tengo las pruebas! —Jaico me ojea con mucha inquietud, mis ojos solo se dedican a verlos con dureza— Y finalmente te denunciaré por difamación y calumnia —el terror se le colorea en su rostro—. Mejor te lo pongo más fácil porque hasta me estás dando pena, hablo con tu papito mañana mismo y después hago la denuncia, lo segundo que podrías hacer es que tú mismo renuncies a esta escuela logrando perjudicar a tus amigos por ser cómplices, y lo último y más importante es que finjamos que nada de esto pasó omitiéndonos los problemas —extiendo la mano—, ¿las pases? —Aidan, solo entrégale la mochila y vámonos —le dice el otro chico, el cual desconozco su nombre. —Solo dale y ya, mis padres me matarán si se enteran que me expulsaron —susurra el otro. El hombre de en medio aparenta estar acorralado, según su amargo semblante odia la sensación de perder y poco a poco va aflojando el brazo para tenderme lo que buscaba. Gracias Richard. Cuando tengo la mochila en mis manos verifico que todo esté en perfecto estado sumando la revisión de los objetos. Está completo. Y justo cuando estoy por irme me doy cuenta que no di las gracias. —Perdona, que mal de mi parte por no ser agradecido —y un poderoso puñetazo impacta contra su estómago. Este aspira una gran bocanada de aire y se ovilla en el suelo abrazándose al mismo tiempo, de su boca comienza a salir un hilo de sangre y su piel palidece, gime de dolor. Detesto mis tiempos en la base, pero siempre estaré contento por haber aprendido las técnicas de pelea y combate, y saber en dónde y cómo golpear—. Gracias por hacerme perder el tiempo, idiota. Lo que hagas tarde o temprano te va a regresar y eso que les hiciste a esos muchachos —vocifero con ira recordando los videos que vi aquel día en el celular de Jaico— ¡Se irán contra ti! —una patada no tan fuerte, lo admito, pero sí directa, aterriza en su quijada y la punta de mi zapato roza fuertemente contra su nariz—. Y más te vale no decir nada al respecto, tú mismo me buscaste y me encontraste, hagas lo que hagas, digas lo que digas, saldrás perdiendo, sumando que no importa si te golpeé dentro o fuera del centro, estuve en todo mi derecho de defenderme —eso es mentira, sin embargo, quiero que me tema y me respete. De pronto mis ojos atrapan a los aterrados de sus amigos— ¿Qué están mirando? Espero a que vengan por mí o yo voy por ustedes —estos niegan velozmente y se disponen a recoger a Aidan para cargarlo y llevárselo a una salida cercana. Liz estaría contenta de tenerme a su lado, puesto que nada malo le pasaría. ¡Espera! ¿Por qué carajos pensé eso? Oh no, no puede ser que... ¡Qué importa! Me encanta resolver todo "pacíficamente". Casi al atardecer, después de consumir un buen almuerzo, recibo la llamada de un número que no tengo agendado. Pongo en duda el impulso de querer contestar, aunque nada pierdo si tengo la oportunidad de grabar, si me comunico con una identidad maligna puede que tenga pruebas para enviarlas a las autoridades y sea eso un punto a nuestro favor. —¿Diga? —espero a que hablen al otro lado. —¿E-Entrenador? Soy yo, Richard, usted me pidió que lo llamara a las seis de la tarde. Desactivo la grabación con alivio. Había olvidado que yo mismo le di mi número. —Sí —seré directo, no soy de las personas que andan con rodeos por teléfono—, te daré la dirección del hotel en que me estoy hospedando, necesitamos hablar. —Pe-Pero entrenador... —Adam —lo corrijo— de la escuela para afuera solo seremos compañeros de trabajo. —Adam...le dije que a partir de mañana me transferirán a otra universidad. —¿Y? Te quiero aquí a las diez en punto y no olvides traer los inventos que me mencionaste en los vestidores y todo lo que sea necesario. —Pero uno de ellos no está terminado, no es el único... —Solo hazlo y sin chistar —endurezco el tono de mi voz. —Muy bien, entr...diré Adam —enmienda nervioso— ¿Y por qué requiere de mi presencia? —Ven y sabrás. —Bueno. —Por cierto Richard, yo que tú pienso bien en la decisión y sigo estudiando en el mismo centro, tienes muchas agallas —silencio—. Y no temas que estaré ahí para protegerte de los tres cerditos. Par de maricas. —¿P-Por qué? —Ven y sabrás —repito y cuelgo la llamada. Por la noche salgo de la ducha e ingreso a la habitación para llamar a Cody, un amigo que trabajaba conmigo y que hace un tiempo le presenté a Jou, tal vez ni si quiera lo recuerde. Le empiezo a narrar detalladamente desde el día en que Jonathan entró a la vida de Samara y lo que sucedió durante. Al ponerse al día quiere intervenir con algunas sugerencias. —Si me permites, Adam, podría llevar a Any, ya sabes cuál es su especialidad y sí creo que Jonathan la recuerde. —Mientras seamos mayoría, mejor. Te pasaré su número para que lo llames. —No tengo saldo, pero le enviaré un mensaje para que me devuelva la llamada. No cabe duda que formaremos un gran equipo. Al culminar la llamada me voy a la opción contactos y busco el número de Patrick para llamarlo. Ojalá el destino no se equivoque, estoy más que seguro que él es a quien está buscando. Doy en el botón verde. —¿Adam?  Vaya, estaba casi seguro de que no tenía mi número agendado. —Sí, ¿dónde estás ahora? —la educación y preocupación a un lado, necesito su confirmación ya mismo. —Gracias tío, también estoy muy bien —responde tan irónico—. Me encuentro en la capital buscando a Trevis, me dijeron que su última ubicación fue aquí, ¿por qué? Una carcajada profunda se dispara desde mi garganta ¿Cuánto tiempo y dinero habrá desperdiciado en su búsqueda? —Deja de indagar, no lo encontrarás. —¿Y qué te hace deducir aquello? No me voy a rendir hasta arrancarle cada uña, cada parte de su cuerpo, cortar su lengua, sacarle los ojos...Haré que sufra por lo que le hizo a mi madre —ruge contra el teléfono, me impresiona su actitud, y al rato estampa una especie de vidrio contra alguna superficie y según el ruido se hace añicos ¡Genial, de eso estoy hablando!—. ¡Ya dime qué cojones quieres! No tengo tiempo para tu sarcasmo. —Créeme... —ladeo la esquina de mis labios en una mueca retadora— Tendrás más ganas de desollarlo cuando te diga dónde se halla realmente. —¿Sabes lo que estás diciendo, verdad? Esto no es para nada divertido. —Cabello marrón, tez blanca con ojos marrones, tiene cuarenta años de edad y mide un metro ochenta y cuatro. Lo arrestaron cuando intentó fugarse del país después de haber matado a tu madre estando ebrio; actualmente recorre las calles con total libertad debido a que alguien le pagó la fianza, pero ojo, no sabes a dónde. —¿Cómo pue-des...saber eso? —titubea despavorido. —Eso no es lo importante, ¿tienes suficiente dinero? —afirma con un sí— ¿quieres saber dónde se encuentra? —gruñe antes de decir la misma palabra— Entonces te espero en dos horas, tómate el vuelo directo. No creo que sea necesario decirle precisamente que Trevis está aquí, no es tan tonto. —¿Para qué mierda quieres que viaje hasta allá? ¿Samara está en peligro? ¿Ese hijo de puta le hizo algo? Lo que temía, reverendo idiota. —¡Trevis está acá, gilipollas! —un silencio intrigante y a la vez molesto se presenta— ¿Sigues ahí? —no hay ruidos, pero la línea sigue corriendo y al rato se escucha el sonido de una puerta cerrarse. —Estoy yendo al aeropuerto, envíame la dirección. —Te tardaste niño, te lo escribo enseguida —y eso mismo hice cuando Patrick opta por cortar la línea. Por último, quisiera saber cómo es que está Samara. Desde esta distancia, una no tan lejana a su casa, no siento una buena corazonada. Pienso en ella y mi pecho se ajusta, agregando el efecto que se produce en mi estómago al pensar en lo de anoche cuando estuvo ojeando mi cuadro; no, nadie más puede saber las sombras de esa foto. Agh. Esa chica problemas, ¿qué estará haciendo? Preparado para dormir mis pensamientos surgen en mi época pasada cuando todo era feliz con ella. Supe lo que era el amor cuando la conocí, mi vida era perfecta a su lado; le restaba la presión que mi familia hizo en mí para ser alguien digno del país solo porque ella me hizo cambiar de idea diciéndome que lo que hacía era bueno y muy beneficioso. Si hubiera sabido que sus asquerosas palabras contenían segundas intenciones. Cuando creí tenerlo todo, casado y a punto de formar una familia, decidí renunciar al ejército y, con la enorme cantidad de dinero que tenía junto con la imagen en mi cabeza de que ella me apoyaría para trabajar o estudiar en algo que sí quisiese, toma la dura elección de divorciarse de mí por ser –en pocas palabras- "poco hombre", no un guerrero, no alguien digno de admirar, un hombre recto, realizado y forjado a seguir la cadena...Eso nunca fui para mi familia. Con el tiempo comprendí que no puedo volver a caer en las redes amorosas, eso ya no va conmigo. Sin embargo, no puedo tener tanto control sobre mí mismo cuando recuerdo a esa niñita de ojos nublados como el cielo en una tarde, tan frágil a todo, sin que abra la boca con solo verla escucho sus gritos de ayuda. Me muero por saber cómo está, qué está haciendo, ¿seguirá enfadada después de cómo reaccioné en el hospital? Lo único que ruego es que no se rinda, todavía no hemos terminado ¡Ja! Ni si quiera hemos empezado. Qué idiota, cómo me puedo permitir pensar eso después que la destruí. Liz...Si tan solo me escucharas; perdóname. No...Me retracto, tú tienes la culpa. No hay vuelta atrás, tu nombre se instaló en mi cabeza. ¿Podré volver a creer en el amor dos veces?
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR