CAPÍTULO DOS

3396 Palabras
La casa está en completo silencio y con una carga inimaginable e inaguantable ¿Quién iniciará la palabra? No tengo idea. Sigo inmóvil, viendo la impresionante faceta de Adam. —Cuánto tiempo ha pasado, ¿qué ha sido de ti? —silencio. El sudor recorre mi espalda a causa del frío impacto. Me digo lo mismo, cuánto tiempo ha pasado—. Por lo que veo no estás dispuesta a hablar así que iré al grano ¿Podemos ir a tu habitación? Esa pregunta suena tan sencilla, pero me ocasiona un ligero temor, temor del pasado ¿Qué se supone que haremos arriba? No tiene lógica. Podemos charlar aquí ¿No? Ya no quiero esconderme, ya no. Dicha respuesta debería facilitarme el trabajo de no desconfiar en los demás...Debería. —N-No —torpemente, titubeo. Adam suelta una profunda pero sutil carcajada. —Hasta que por fin sueltas la boca —articula, con tranquilidad. Cierra el libro y lo devuelve al sitio de donde lo sacó, el pequeño librero de mi padre—. No quiero dañarte, solo quiero hablar respecto a...ya sabes qué. —Lo que tengas que decir aquí te escucharé. —Vamos Samara —sus ojos marrones dan un vuelco—, a estas alturas no deberíamos actuar con rodeos. Tus padres no tienen ni idea de lo que te está pasando y es mejor que sea y siga así —niego, suspira pesadamente— ¿Hay algo con qué pueda convencerte? —comienza a rondar, manteniendo su distancia, circula examinándome de pies a cabeza— Qué idiota, como no se me ocurrió antes ¿Te importa tanto la vida de Jonathan Denson como para que accedas a mi pedido de ir a tu habitación? No hay más que decir. Mis sensores de alarma se activan a penas oyen ese nombre que hasta hoy siguen extrañando a su dueño. Con los labios sellados voy a la entrada y lo hago salir. Con una seña con la mano le indico que me acompañe al segundo piso, donde mi habitación nos espera. —Tu casa es muy grande —halaga, sin preocupación. Asiento con el nudo en la garganta, y es que no resistí la ácida amargura de sospechar sobre Jonathan. Concluimos las escaleras y avanzamos— ¡Wao! Siempre quise una habitación con una gran ventana, vaya suerte la tuya —indica con lujo en sus ojos. Solo han transcurrido meses y lo encuentro diferente a como lo conocí por primera vez. Ha mantenido su rutina física y la misma postura recta a pesar de que no esté trabajando. Por cierto, ¿qué estará haciendo ahora que no trabaja para la señora Sandra? A toda costa evito que husmee el cajón donde resguardo la nota de anoche. —Siéntate —le señalo los pies de la cama. —Descuida —se dirige a la ventana—, aquí estaré bien —deja caer el peso de su antebrazo sobre el borde de la misma y tuerce la boca—. Debió ser muy duro vivir estos meses lejos de todo. No tengo ni la mas remota idea de qué hacer. Estar sentada no es la mejor opción, ya que no quiero engañar aparentando tranquilidad cuando por dentro estoy ansiosa por saber del ojigris; incorporada sobre mis propios pies tampoco lo creo conveniente, puesto que la frialdad abraza mis extremidades y no espero tener una caída al suelo por llevar la incontrolable presión baja. —Y... todavía continúa —articulo con lentitud y pesadez. Me cuesta remover mis labios para decir una sola palabra ¡¿Dónde está Jonathan?! —Esto tomará tiempo, toma asiento —me señala la cama—, y podré decirte todo lo que debes saber. Como si de una máquina se tratase mi cuerpo obedece y mi trasero siente la fibra del colchón hundirse. Por fin voy a saber sobre el hombre que hizo de mi vida el inicio de un titánico desastre y que terminó, por cada vez que me metía en líos, salvándome la vida. Ya no me siento culpable por haber aceptado la orden de alejamiento, era lo mejor para los dos. Por mi parte para intentar superar y reparar todos los daños por los que he pasado y he hecho pasar a mi familia. Y por parte de él, le concedí la libertad, aunque sea lejos de mí, para que pueda disfrutarla sin ataduras ni venganzas que saciar, ni recuerdos que lo persigan durante sus pesadillas o durante el inapetente día. Además, una dolorosa lección para cada uno: el habernos enamorado en medio de un problema que ninguno de nosotros, ni el resto de nuestros círculo social y familiar, sabía que costaría la existencia. Nadie nos obligó, pero cuando quise reaccionar ya era tarde, cuando reaccionamos fue tarde; Ratchel desapareció de nuestras vidas dejando su única esencia en nuestros pensamientos y corazones, Liz seguiría en coma y los doctores sin darnos noticia alguna, Patrick terminó yéndose a España para cobrar venganza, mi madre no quiere saber nada de mí y de Jonathan... solo sé que se quedó con Adam. Bueno, hasta ahora. —¿Por qué no fue a buscarme? —pregunto muy afligida, con las manos entrelazadas y empezando a sudar. Adam tuerce los labios a modo de sonrisa. Eso me enfurece, como si se tratase de una broma de adolescentes. —Algo que tienes que saber es que él siempre estuvo al pendiente de ti —aunque quiero suspirar de emoción y alegrarme, no es la respuesta que quiero oír. —No voy a eso. Yo sé que él sabía que iba a venir para Alemania, ¿por qué no llegó, aunque sea, a despedirse? —los ojos amenazan con mostrar ese líquido salado del que ya estoy acostumbrada a sentir y saborear. —Si es que no lo sabías, la orden de alejamiento se cumplió ese mismo día —sus facciones se mantienen duras, pero serenas, como a la espera de declararme algo importante. —¿Y eso que tiene que ver? —interrogo. —Cuando se enteró de tu inesperada partida el idiota quiso verte a como dé lugar, ya sabes como es Jonathan, una mente desesperada y criminalmente justa por conseguir lo que quiere y debe. A pesar de la pulsera eléctrica que tenía, y tiene en su pierna, corrió a verte, pero para cuando había llegado al lugar donde se hospedaban ya era tarde. Tomó el valor de ir hacia el aeropuerto, acto que me negué a que hiciera porque dicha tobillera detectaría el acercamiento de él hacia ti y se encendería, sin embargo, no quiso escucharme. Llegamos al aeropuerto y a contra corriente, restándole interés a su verdadera condición, cuando te vio a lo lejos a zancadas quiso acercarse, pero no llegó a tiempo. Obviamente eso ya se dedujo. Su cuerpo convulsionó gracias a la gran cantidad de voltios que envió la pulsera y se desplomó —mi imaginación corrió a la par de la anécdota de Adam. Estuvo tan cerca...— . No sabes la lástima que me dio verlo así, derrotado y abatido. Aquella anécdota me congeló el sistema sanguíneo. Estoy a punto de palpar el corazón en mis manos. Después de todo fue a buscarme y terminó inconsciente en el suelo. Dios mío. Mi alma se retuerce. Si tan solo hubiera volteado en ese instante...Aprieto mis manos llena de una triste y dolorosa amargura. Agacho la cabeza y cierro los ojos. Estoy temblorosa y mi quijada está tan tensa a la espera de que mis dientes se quiebren. —¿Q-Qué pasó luego? —me niego a alzar el rostro. —Quedó inconsciente por dos días, para ese entonces ya estabas aquí —sacudió una vez el hombro de arriba a abajo. Caramba, ¿acaso le vale una reverenda mierda lo que su amigo y yo estamos pasando? —¿Por qué actúas como si no te importara? —Samara, si no me importara Jonathan, no estaría aquí hablando contigo. Eres ese diamante, esa droga, ese botín de oro que está buscando de océano en océano como demente y una vez te tenga en sus manos no te dejará ir jamás, te cuidará y apreciará como hasta ahora lo sigue haciendo desde lejos, eso te lo juro. En tu caso, también me importas, pero no dejo de preguntarme que, desde que ingresamos, algo estás ocultando. Sigue pensando en mí. Aún me busca. Aún me quiere... No quiero que Adam se llegue a enterar de la nota, y sé que no soy buena ocultando las cosas. Aunque podría decirle y recibiría su ayuda, pero temo que ocurra lo contrario. Esa duda no deja de festejar en mi cabeza, y no mentiré que desde que ingresé lo he estado pensando. Descarto la idea de que pueda ser él el autor, porque la nota decía: "siete días". Y aquello induce a imaginar muchos sucesos, como si justamente después de transcurrir dicha semana vendría algo o alguien. Y Adam ya está aquí. —¿Y qué me dices de ti? ¿Cómo diste conmigo? —ahora sí enseño mi rostro. —Antes de responder tus dos preguntas quiero que sepas que toda mi vida ha sido en base a educaciones extra duras, estrictas y llena de ejercicios para convertirme en un militar. Era el deseo de toda mi familia, servir a la patria. Sin embargo, no era lo que quería, pero en ese tiempo ya mi conducta, mi carácter, todo fue transformándose hasta ser lo que ves ahora, un tipo que si podría ver a toda su familia arder en un incendio o ahogándose en medio del mar jamás actuaría ni derramaría una lágrima porque son cosas que pasan. Es la realidad, y añadiendo que así quisieron convertirme. Por suerte y a la vez no, no concluí la última fase de mi "carrera". Paralelamente, yo demuestro mi interés a través de mis acciones, no de mis facciones ni de mis expresiones. Pocas veces he mostrado emoción, ese también es el tema. Si fuese el caso no lo haría en público, solo en privado. Odio mostrar lástima ante una situación o a alguien, prefiero enseñar mi neutralidad y mi confianza. Gran respuesta. Pero no suficiente, todavía permanezco con mis dudas y poco a poco las iré desenvolviendo, algo no me convence del todo. Sé que los entrenamientos, los hechos que pudo haber pasado, en general, lo convirtieron en un hombre con corazón de roca, sin embargo, no me va a engañar que por dentro quiere destrozar lo que sea cuando es el momento y quiere cubrirse con esa máscara y traje que nos muestra cotidianamente. Interesante... —¿Qué te digo de mí? —eleva las cejas como si le pesara hablar de ello, resopla— Con lo que te acabo de decir es suficiente —ok, no me vayas a pegar— ¿Y cómo llegué a dar contigo? Eso no tengo permitido responder, no hasta el día indicado. —Solo me estás confundiendo, ni si quiera me dices sobre Jonathan —me paro de la cama y la rodeo hasta colocarme frente a él a modo de reto— ¿Me dirás qué ha sido de él? —Guarda tu distancia —apunta seriamente—, no quiero que tu padre entre y comience a imaginar cosas que no son —medito su llamado de atención y retrocedo dos pasos conservando la distancia correcta—. Jonathan está bien, me envió para cuidarte, puesto que las cosas no marchan como deberían... Lo interrumpo. —¡Qué! ¿Ahora qué sucede? ¡Derrotamos a esa bruja! —Adam me observa con el semblante  intacto, como advirtiéndome de la interrupción que hice—. Lo siento, prosigue. —De nada. Como decía, mientras él esté allá me pidió que te mantuviera a salvo, no estás segura, y si llega a verte es capaz de llevarte consigo para que justifiques en contra de él. Qué...Carajos... —Adam, no te entiendo, ¿de quién me estás hablando? —Auron, él...él no está muerto. La bala que le atravesó no logró su objetivo. La ambulancia actuó rápido en el camino, sobrevivió después de dos semanas en coma. El punto aquí es que lo último que recuerda es el mensaje amenazante que leyó en tu computadora, lamentablemente allí resaltaba que Jonathan, tu ex jefe, te había secuestrado. Ciertamente Auron no tiene absoluta idea de lo que ocurrió más adelante, pero está tan decidido y cegado al mismo tiempo en querer hundir a Jonathan, porque para colmo cree que fue él quien le disparó, ya que lo vio con una pistola en la mano antes de quedar desvanecido. A todo esto, ustedes son testigos de que la bala atravesó las lunas de las ventanas y llegó a tu compañero de trabajo —se soba la frente, agotado—. Mi amigo no quiere que te metas en más problemas, suficiente con el odio de tu madre. Hace unos días le llegó una carta donde se mencionaba que irían en tu búsqueda para que atestiguaras y de alguna forma hundieras a Jonathan tras las rejas por atentar contra su vida, con la de Auron. —¡Jamás haré eso! —exclamo, con la sangre caliente erupcionando bajo mi piel. —Eso se lo dirás a Auron, y puede que gane si no se actúa a tiempo. Denson vuelve a estar en peligro y por eso estoy aquí para actuar en defensa en caso de que llegues a encontrarte con "rulitos" —enfatiza—. Añadiendo que, en caso de que sea en venganza, podrían ejecutar su acción violentamente con tal de llevarte nuevamente a los Estados Unidos. Desde ahora todo dependerá de ti. Él te necesita. No, Auron no haría eso ¿Por qué cree que fue él quien le disparó si la bala ingresó desde atrás? Nos conocimos y en el primer día ya nos caíamos bien, aunque sea bajo la sombra de, en ese entonces, mi jefe. De pronto el calor se convirtió en frío. Ya ni si quiera siento mis pies. Mi corazón está rebalsando de dolor y penas, de mentiras y soledad. No sé si lo seguiré soportando.  —Quieres decir que aquí estoy segura —asiente, hundiendo las manos en las bolsas de su pantalón—. Muy bien —intento cobrar sentido de la realidad, todo me da vueltas, y para ser sincera ya no sé que más hacer—. ¿Dónde te hospedarás? Adam deja la ventana y se sienta al borde de la cama, me doy media vuelta. —Dame tu número, ahora mismo saldré a buscar un hotel cerca, te avisaré cuando esté instalado —le doy mi número de celular y este me lo confirma a través de un mensaje de texto—. Listo, eso sería todo por hoy. Y por favor Samara —se eleva de la cama y se acerca lo suficiente como para sentir su relajada respiración impactar contra mi rostro—, a estas alturas no servirá de nada esconder las cosa, lo pude ver en tus ojos cuando se dirigían a ese lugar —con su dedo índice me indica el cajón de ropa— y en tus manos al tensarse de nervios cuando te toqué el tema. A partir de hoy quiero que pienses dos veces antes de hacer algo.  Posteriormente, de la partida de Adam, interactué con mis apuntes de la clase y repasé un poco. La tarde pasó rápido. Daniel me recibió con un enorme abrazo y me narró la terapia que hizo con el psicólogo, entre otros consejos, recomendaciones y risas que quise agregar fuimos a almorzar lo que mamá nos dejó a preparar. Mi padre seguía descansando en su recámara así que lo mejor era no despertarlo. Después de tres horas, ya de noche, entré a mi habitación y esperé la llamada de Adam. Y aquí estoy, echada en mi cama insistiendo en que la noche se detenga para no tener que verle la cara a Zoe al día siguiente. Es irritante contemplar cómo la maneja a su antojo y lo malo es que, tristemente, Valezka se deja. La conozco y es fuerte, pero cuando debe participar no lo hace. Mi celular suena y el número de Adam, que olvidé guardar, aparece en mi pantalla. —¿Sí? —Samara, estoy abajo, tengo un pequeño problema. La habitación del hotel que he alquilado quedará desocupada el día de mañana por la noche ¿Crees que pueda quedarme en tu habitación? —¿Y por qué no alquilas un cuarto, solo por unas horas, hasta mañana? —voy directo a la ventana y lo veo al frente, justamente sentado en la acera del vecino. —Todas están llenas. Por favor, no dormiré a tu lado, sepárame una almohada y listo. Tengo toda una vida durmiendo en camas de acero o superficies de paja, estoy acostumbrado. Cuelgo la línea y salgo de mi pieza para verificar que no halla presencia de mis familiares, ya sea rondando por la sala o el comedor. Las luces están apagadas, lo que me da a entender que duermen. Terminando mi asecho voy a la puerta principal y la abro, busco con la mirada a Adam y al pillarlo lo llamo haciéndole señas con la mano. Debo guardar silencio. Ya a mi lado no es necesario indicarle mi habitación. Subimos de puntillas y en medio de la oscuridad llegamos a la parada esperada. —Dame un cojín, con eso basta —pide el chico de ojos café. ¿Acaso piensa que lo haré dormir en el frío suelo? Salgo y voy al sótano del patio para traer el colchón de visitas casuales. Una vez en mis manos lo conduje al segundo piso y al llegar lo estiro, añadiéndole la almohada que me pidió minutos antes de salir. —No tenías que hacerlo, solo me quedaré esta noche. —Ya duerme, ¿quieres? No soy como ellos, Adam —me tiro a mi cama dispuesta a dormir. Este me visualiza por unos segundos, que para mí son intensos por la fuerza poderosa que emanan sus ojos, y se gira para inclinarse sobre su imitación de cama. —Lo sé, descansa —cuando creí que ya dormiríamos, su voz vuelve a hacerse notar—. Lo olvidaba, desde mañana estaré en tu universidad, pero descuida, no estaré en la misma profesión. Espero que ser entrenador de fútbol y de ejercicios físicos me hagan bien. Debo mantenerte al tanto niña. Ahora sí, descansa. Mis ojos se abren tanto como creí que no podían en mi vida. Dios, ¿con qué más me vas a sorprender, maldito destino? —E-Espera —recuerdo que el ojigris me comentó que él había echo lo mismo cuando prevaleció allá, solo que las intenciones eran totalmente diferentes—, ¿de quién fue el plan? —me cubro la cara con la sábana como si este fuera a acercarse y a hacerme chiquita con solo mirarme. —¿De quién crees? Ese hijo del diablo está enfermo, demasiado ansioso por ti, niña. Eres esa medicina que calma sus ardientes heridas y lo alejan de todo. Recuerda que aún sigo trabajando para él, solo que esta vez tuvo que ascenderme, y no estamos hablando de dinero exactamente, es apoyo mutuo, yo lo ayudo y él, desde allá, me ayuda con otro encargo que le pedí. Muero por saber qué es ese encargo, pero opto por no mencionar más de lo debido. —¿Liz está bien? —al querer cambiar de tema me muevo para chequearlo y detallo su cuerpo, que al mencionar el nombre de mi amiga, se endurece por cortos segundos. —Pensé... que ya no te acordarías de ella —sí, claro, como si eso fuera posible. Perdóname, Liz—. Está bien, ya despertó del coma y se está recuperando en casa —un alivio se expande en mi interior—. Y recuerda Samara, somos amigos de secundaria. Buenas noches —corta la conversación fríamente y se coloca boca abajo para dormir. Al menos termino escuchando buenas noticias, solo espero que esté en perfecto estado, ella no se merece sufrir. No quiero involucrarla en mis asuntos a partir de ahora. El calor me envuelve acogedoramente y el sueño me domina a tal nivel de no sentir mis músculos ni en lo que hay a mi alrededor. 
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