La máquina de EGC a la que Knox estaba conectado, resonaba en la habitación silenciosa. Riley estaba sentada a su lado en la cama de hospital, con la mano tibia de su esposo entre las suyas. Después de más de cuarenta años de feliz matrimonio, su esposo, el fuerte y que nada lo derribaba, el que la elevaba con un brazo y daba la vida por ella, comenzó a perder la suya de forma lenta para que no se sintiera como un arrebatamiento, sino como una larga despedida. Aquel hombre que ni enfermaba, una tarde sintió un fuerte dolor en el pecho y cayó sobre el escritorio de su oficina. Ese solo fue el primer aviso de que su corazón fallaba, y que no resistiría mucho tiempo más. Riley y sus hijos hicieron todo lo posible para que su corazón se mantuviera tranquilo e intacta la parte que aún le func

