CAPÍTULO TREINTA Ceres sintió que el corazón podía saltarle del pecho cuando vio a su padre en la entrada de su habitación. Iba vestido con ropa elegante y su cara ya no era pálida como antes, sus mejillas eran rosadas, sus labios sonreían. Y aquellos ojos…Qué maravilloso era volver a ver sus amables y cariñosos ojos, los ojos en los que ella confiaba y que inmediatamente calmaban sus nervios exhaustos. Se levantó para correr hacia él, pero las cadenas se lo impedían. Su mirada se posó sobre las cadenas y su gesto se volvió de preocupación. Fue dando largos pasos por la habitación y la rodeó con sus brazos. Ella lo apretó fuerte, guardando su cara en su pecho, el calor de su cuerpo, la ternura de su abrazo, llevaban lágrimas de alegría a sus ojos. “Te eché mucho de menos”, susurró ell

