de regreso en Boston
Emily Anderson
El día siguiente solo nos dedicamos a cerrar los contratos y una que otra reunión y debíamos volver a Boston.
Cuando el avión despegó, observo por la ventana y la ciudad menguante, empieza a desaparecer frente a mis ojos.
Aunque no era la primera vez que viajaba en avión, ya que su familia, al igual que Salvatore, también tenía un avión privado. Se sorprendió cuando la azafata le trajo una copa de champán. Le hizo un gesto con las cejas a Salvatore y este se sentó aún más cerca.
—Creo que nos merecemos una celebración —dice levantando su copa.
Sonriente, alzo mi, copa y brindamos antes de tomar un sorbo.
Decir que estaba delicioso, es quedarse corto. Las pocas veces que había bebido champán, no me gustó mucho, pero esta era maravillosa y no se parecía en nada al vodka.
Mientras bebíamos, Salvatore me preguntó sobre mi vida y pronto estábamos inmersos en una animada conversación. En donde yo le contaba cómo mis padres y hermanos me consideran aún la pequeña, porque soy la única mujer y la más pequeña.
Al servirme más champán, noté que la botella estaba vacía y la copa de él casi intacta. Con la nariz llena de burbujas, solté una risa antes de mirarle de forma acusatoria.
¡Me estás emborrachando, verdad!
—Sí —fue su escueta respuesta, pero brutalmente sincera.
—¿Por qué?
—Para nivelar lo del viernes pasado. Y para que seas obediente.
Cuando iba a comenzar a protestar, él cogió la copa y la depositó en la mesa. Tomándome de la mano, me atrajo hacia su cuerpo.
—Súbete a horcajadas —me ordenó. Y sin pensarlo, menos dudarlo, me subí sobre él, me apoyé en sus hombros con ambas manos.
Salvatore deslizó sus manos lentamente por mis muslos semidesnudos y cerré mis ojos, disfrutando del tacto sedoso en mi piel.
Fue lo más erótico que había vivido, ya que jamás me atreví a hacer nada de esto con mis novios.
—Eres preciosa —me susurró, mientras yo recorría la línea de una cicatriz visible en el lado izquierdo de su rostro, pero escondida a simple vista.
Él pareció disfrutar de mis caricias, puesto que giró su cabeza y besó mi palma de la mano.
Me quedé de piedra ante ese gesto. Las mariposas de mi estómago se pusieron a cien al sentirme seducida por el brillo de sus ojos celestes llenos de algo que no sabía cómo interpretar.
No pude resistirme a besarle los labios, así que me incliné, y uní nuestros labios. Él puso sus manos sobre mis caderas.
Pero luego cambió y subió una de ellas por mi espalda, y con la otra me agarró del cabello, haciendo que ese acto me hiciera Jadear en sus labios, y él me obligó a inclinar mi cabeza para poder besarme con fuerza.
He de decir que me pilló por sorpresa y que me empujara contra su pecho. Aquel movimiento hizo que él tirara aún más de mi cabello, haciéndome gritar de placer a la vez que intensificaba aún más su beso.
Mis manos se aferraron a su cuello y sus dedos se enredaron aún más en mi cabello con posesión.
Mis gemidos brotaron de un momento a otro, acto que hizo que me sujetara aún más fuerte mientras yo me restregaba contra su prominente erección. Salvatore me desabrochó los botones de mi camisa con gran destreza y cuando logré abrirla por completo, me quedé con un brasier que podría pasar por un crop top.
Me saco la camisa y tiro a un lado. Deslizó los tirantes de este sobre mis hombros, y la parte superior de mis senos color crema se asomaron por encima del brasier. Al sentir sus pulgares sobre mis pezones, cerré mis ojos y suspiré. Noté cómo se hinchaban aún más al punto de doler.
Mis jadeos eran altos y él, al parecer, los disfrutaba y, antes de caer en sus manos, el sonido de su teléfono nos sacó de la burbuja.
Sonriéndome, me depositó en el asiento enfrente suyo antes de levantarse para contestar.
A los minutos, una vez finalizada la llamada, se dio la vuelta y me encontró muy acurrucada y dormida. Mientras él tomó una manta, me cubrió, y tomó nota mental de no servirle tanto alcohol.
Con mis ojos listos para cerrarse, veo que sonríe y niega; me dejo descansar por el resto del vuelo.
Me despierto cuando a lo lejos alguien hablaba y ese era el capitán avisando que estábamos por aterrizar en Boston. Siento el acople del tren de aterrizaje. Así que me Incorporo, y me sorprendió verme que estaba cubierta con una manta. Pero lo que más me sorprendió fue que estaba sin mi camisa, con mi falda en mi cintura.
Miro a mi alrededor y veo que Salvatore se había trasladado a la mesa y estaba revisando los documentos que habíamos traído.
Al verme despierta, Salvatore me sonrió.
—Genial, estás despierta. Estamos a punto de aterrizar.
Lo miro y no supe muy bien cómo responder, así que me arreglé la ropa rápidamente y me tomé el cabello. Mientras miraba por la ventana al panorama urbano de Boston, me acordé de haber besado a Salvatore y que casi lo hacemos en estos asientos.
Me sonrojé de vergüenza por haber permitido que aquello ocurriera otra vez, y espero que él no piense que era así de fácil. Cuando me humedezco los labios con mi lengua, los ojos de Salvatore se oscurecieron al verme.
POV SALVATORE MEDICI.
Cuando la vi dormida, con su cuerpo relajado contra el asiento, supe que no había oportunidad alguna de disfrutar de su compañía como había imaginado. Pero no la dejaría ir, así como así.
Había sido mi culpa, lo reconozco. Le había servido demasiadas copas, disfrutando de verla reír, de cómo sus mejillas se encendían con el calor del alcohol y la diversión. No me detuve a pensar en las consecuencias, solo en el placer del momento. Y ahora, sin embargo, me encontraba molesto. No con ella, sino conmigo mismo.
A pesar de eso, me sentía completamente fascinado por aquella pelirroja. Emily tenía una forma de meterse bajo mi piel sin siquiera intentarlo, como si estuviera diseñada para enloquecerme con cada pequeño gesto. Ya estaba deseando hacer la mía de unas mil maneras, explorar cada parte de su cuerpo y mente hasta que no hubiera un solo rincón que me fuera desconocido. Pero esta noche no sería la ocasión. Me resigné a dejarla dormir mientras el avión avanzaba en su trayecto.
Cuando el avión aterrizó y descendimos, mi limusina ya nos esperaba. Mi chófer salió a recibirnos, asegurándose de que las maletas fueran cargadas con rapidez. Emily, aún somnolienta, apenas dijo palabra. La observé de reojo mientras miraba por la ventana, su reflejo iluminado por las luces de la ciudad. Se lamió los labios distraídamente y luego los tocó con la punta de los dedos, como si reviviera un recuerdo. Sonrió para sí misma, y me pregunté qué pasaba por su mente en ese momento.
El silencio en el auto no era incómodo. Yo podía sentir su presencia incluso cuando no hablábamos; su mera existencia era suficiente para alterar el ritmo de mi respiración. Me pregunté qué haría cuando se diera cuenta de lo que realmente significaba para mí. No estaba acostumbrado a sentirme así por una mujer. No solo la deseaba, no solo la quería en mi cama. La quería en mi vida, de una forma en la que no había querido a nadie más.
Respiré hondo y miré hacia delante. No era momento de pensar en eso. Había muchas cosas por hacer, y Emily aún no sabía hasta qué punto había cambiado su destino al aceptar estar a mi lado. Pero lo descubriría. Pronto.
La limusina avanzó a través de las calles iluminadas, y aunque el trayecto era relativamente corto, cada minuto parecía alargarse. Emily seguía perdida en sus pensamientos, sus dedos tamborileaban suavemente contra su muslo. Yo, en cambio, no podía apartar la mirada de ella. Su cabello caía en suaves ondas sobre sus hombros y el cansancio se reflejaba en sus párpados a medio cerrar. Era una contradicción andante: fragilidad y fortaleza coexistiendo en un mismo ser.
Cuando llegamos a su departamento, le indiqué al chófer que subiera la maleta. Yo, mientras dirigí a Emily, quien bajó con lentitud, sus movimientos ligeramente torpes tanto por el cansancio y por el efecto residual del alcohol. Puse mi mano en la base de su espalda, guiándola hacia el ascensor.
—¿Quieres que te lleve a tu habitación? —pregunté, aunque la respuesta era más que evidente.
Ella asintió con un susurro y dejó caer su cabeza contra mi hombro. Y esa sensación de su cuerpo tan cerca de mí era un recordatorio de cuánto la deseaba, pero también de que debía controlarme. Había un tiempo y un lugar para todo, y esta noche no era ni el momento, ni el lugar adecuado.
Ingresamos a su departamento y es muy lindo y espacioso. Aparte de lujoso, algo que me dejó con más dudas que respuestas.
Cuando la puerta de su habitación se cerró tras ella, me quedé en el pasillo durante unos segundos, escuchando el sonido de sus pasos en el interior.
Me serví un vaso de whisky y caminé hasta la ventana. Desde ahí, la ciudad se desplegaba a mis pies, un océano de luces y sombras que nunca dormía. Reflexioné sobre la mujer que ahora dormía a pocos metros de mí. Emily había entrado en mi vida de forma inesperada y, sin embargo, en tan poco tiempo, se había convertido en algo imprescindible.
¿Cómo era posible que alguien que apenas conocía lograra sacudir mi mundo de esta manera?
Tomé un sorbo del licor y suspiré. Aún había muchas cosas que debía explicarle, muchas decisiones que tomaría por ella antes de que pudiera siquiera cuestionarlas. No era un hombre que dejara las cosas al azar, y con Emily no sería diferente.
Solo... solo necesitaba el momento oportuno para que ella comprendiera que su destino estaba sellado. Conmigo.
Antes de retirarme a descansar, tomé el teléfono y marqué el número. De Evans, el jefe de seguridad.
—Quiero seguridad para Emily —ordené con voz firme—. Nadie se le acercará sin mi autorización.
Asegúrate de que esté protegida en todo momento, dentro y fuera de su departamento, de la empresa. La Quiero vigilada las veinticuatro horas y un equipo asignado a cada uno de sus movimientos.
Nadie debe tocarla, ni hablarle sin mi conocimiento. Si sale del departamento, quiero que dos hombres la sigan discretamente.
El hombre al otro lado de la línea no dudó en asentir. Sabía que mis órdenes se cumplirían al pie de la letra.
No dejaría nada al azar. Emily era mía, y cualquiera que intentara interponerse entre nosotros conocería el peso de mis decisiones. La protegería, incluso si ella no era consciente de ello aún. Y cuando llegara el momento de explicárselo, lo haría con la certeza de que no tenía otra opción más que aceptarlo.
Pov Emily Anderson
Días después…
Habían pasado días desde el viaje a Houston y todo transcurrió como si nada hubiera pasado, algo que me dejó con un mal sabor de boca.
Pero no dejé que esto me dominara, así que decidí seguir con mi vida y, que mejor que eso, que inscribirme al gimnasio con mis amigas.
Llego a mi departamento y me cambio para poder irme con las locas de mis amigas.
Me reí mientras llegábamos al gimnasio, por las locuras que ambas decían de mi jefe, hasta una esposa oculta le inventaron. Dejamos de hablar del tema de Salvatore. Esto era delicado y no podía comentarlo con nadie.
Sabía que ellas no le dirían a nadie lo que acababa de confesarles. Después de hacer máquinas y cardio, como todos los lunes y viernes, tuve mi sesión de defensa personal. Empecé a tomar estas clases después de varios ataques dirigidos a mi familia y, por extensión, y por ende a mí también.
Retomé todo, ya que al trabajar con Salvatore me hacía manejar demasiada información de la empresa que me ponía en riesgo, así que debía estar siempre alerta.
Y con la suerte que tengo. Capaz de que me secuestren o algo así.
Salgo de mis pensamientos cuando el encargado de habla.
—Emily, hoy entrenarás con Jonás, quien se cambió a esta clase —me informó el entrenador que se acercó a nosotros cuando el encargado lo hizo. —Solo asentí sin decir nada más.
Jonás era un tipo alto, musculoso, de ojos azules, agua que era más falsos que abrazo de suegra y la sonrisa de mujeriego.
Pero como no me interesaba nada más que entrenar, no les tome atención a sus insinuaciones. Nos pusimos las protecciones que nos tendió el entrenador y comenzamos el entrenamiento.
—Seré suave, así que no te preocupes, linda, no te haré daño —dice con tono confiado. Rodé los ojos. Si él iba a ser suave, pues qué bien, porque yo no y lo ataqué sin piedad, y pronto se dio cuenta de que no era lo que esperaba.
—Tú no eres solo una asistente personal, eres una guardaespaldas —dice sorprendido tras caer al suelo. Pero más sorprendida estaba yo porque no llevo ni un mes en esta ciudad.
Y jamás lo había visto.
—¿Y tú cómo sabes que soy asistente personal? —pregunté, viendo un destello de pánico en su mirada. —Leo noticias, tu jefe es muy importante y te he visto en fotos con él —respondió, pero no le creí, ya que jamás me he tomado una foto con él.
Y llevó solo veinticinco días trabajando con él. Miro de reojo por todos lados y algo no me gusta de esta situación.
Así que lo que decía era poco probable. Terminamos el entrenamiento y fui con mis amigas.
—¿Estás bien? Pareces sofocada —pregunta Lía mientras bebía agua.
—Estoy muriendo de calor —me quejé, abriendo mi abrigo y secándome el sudor. —Emily —escuché que alguien me llamaba.
Y nuevamente Jonás se me acercó. Solo le dije que no podía que ya nos íbamos.
La sensación de que Jonás sabía demasiado sobre mí me dejaba inquieta. No era común que la gente me reconociera como la asistente personal de un CEO, y menos cuando jamás he mostrado mi rostro porque no hemos asistido a algún evento.
El incómodo acercamiento de Jonás quedó atrás mientras salíamos del edificio, pero nos encontramos con un nuevo problema: un auto mal estacionado nos bloqueaba el paso.
Camí entró a preguntar por el dueño y volvió con muy malas noticias.
—Encontré al dueño. - dice Camí con una sonrisa fingida porque se dio cuenta de que esta situación no debía estar pasado.
Somos hijas y herederas de imperios y sabíamos de situaciones como esas.
No creía en coincidencias, y esto no me estaba gustando nada.
—Lo siento, chicas, no era mi intención bloquearles el paso —dijo Jonás, mirándome.
— Pero me alegro porque quería verte de nuevo. —Ah, ¿sí? —pregunté, siguiéndole el juego.
—Claro —sonrió seductoramente. Justo entonces, el rugido de un motor nos sobresaltó. Y en ese momento lo reconocí.
¿Salvatore...? ¿Qué hacía aquí…?
Y al parecer este tipo estaba detrás de algo y yo era su vía “segura”
— Quería saber si podrías darme tu número para conocernos mejor. -
Le sonreí y le pedí su celular. Anoté un número y se lo devolví.
—No te vas a arrepentir, linda —dijo con seguridad. —Tú tampoco — le respondí antes de despedirme. — ¿Qué acaba de pasar? —preguntó Camí confundida.
Les digo que en casa les contaré todo, con lujo de detalles.
Me despido de ellas una vez que el tal Jonás se marcha al interior, ya cuando no se vio más, les explico quién es dueño del vehículo.
Finalmente, me subí al auto de Salvatore. Sus manos estaban firmemente apoyadas en el volante, pero sus nudillos se notaban tensos y blancos. Había visto esa expresión en él antes: y estaba molesto.
—¿Quieres explicarme qué carajos fue eso? —pregunta sin rodeos, sin apartar la vista del camino mientras arranca.
Me mordí el labio, algo divertida por su reacción.
—¿Te refieres a Jonás? No pasó nada, solo fue insistente.
—Insistente es poco —espetó, girando bruscamente a la izquierda—. ¿Quién es ese imbécil?
Suspiré, sabiendo que no podía esquivar la conversación.
—Un tipo con el que me tocó entrenar en defensa personal. No es nada.
Salvatore dejó escapar una risa seca, e incredulidad.
—Te estuvo observando. Lo noté desde que llegué. Y no me gustó ni un poco.
—¿Y por eso me seguiste? —pregunté arqueando una ceja.
—Te vi salir del gimnasio, te vi dándole tu número… —apretó la mandíbula—. Y te vi jugar con él.
—¡Le di un número falso! —me defendí, cruzándome de brazos—. ¿Por qué estás tan molesto?
Salvatore frenó en seco en un semáforo y me miró fijamente. Sus ojos tenían esa intensidad abrasadora que hacía que todo en mi interior se revolviera.
—Porque me importa lo que te pase, Emily. ¿Y por sé reconocer cuando alguien no tiene buenas intenciones?
Mi corazón dio un vuelco ante sus palabras. Había estado algo desilusionada con él, sintiendo que después de todo lo que había pasado entre nosotros, se mantenía distante. Pero verlo así, molesto por mí, preocupado, celoso incluso… me hacía replantearme todo.
—¿Por qué estás aquí? —pregunté en voz baja, cambiando de tema.
Él inspiró hondo y desvió la vista por un momento antes de volver a concentrarse en la carretera.
—Quería verte. La cena con él terminó temprano y… simplemente quise verte.
Bajé la mirada, sintiendo un calor recorrerme. Mi decepción previa se desvanecía poco a poco.
El resto del camino lo hicimos en silencio, pero el ambiente estaba tenso. Cuando llegamos a mi edificio, Salvatore apagó el motor y se quedó en su lugar, observándome.
—¿Vas a estar bien? —preguntó finalmente.
—Sí, Salvatore, no soy de las que se asustan fácilmente —respondí con una sonrisa.
—Lo sé —susurró, acercándose ligeramente. Mi aliento se quedó atrapado en mi garganta. Su cercanía, su intensidad, todo en él me atraía como un imán. Pero justo cuando pensé que iba a besarme, se contuvo y apartó la mirada.
—Descansa, Emily —murmuró.
Me bajé del auto, sintiendo que algo estaba a punto de estallar entre nosotros. Y lo peor era que no sabía cuánto más podría esperar.
Baje del auto, aún más desilusionada que antes, dando un portazo en su delicado bebé, pensando en todo lo que me estaba pasando. Será que estas son señales de que el universo me está mandando y que debo convertirme en monja y olvidarme de los hombres.
Pero lo peor de todo es que debía olvidarme de algo que no conocía.
Al ingresar, las chicas estaban en la sala, ya duchadas y con sus pijamas puestos. Al verme, ellas solo me miraron y yo solo negué. Me dirigí a mi habitación y tomé una ducha, y no pude aguantar más, y derramé las lágrimas que tenía atoradas en mi garganta.
Con un millón de cosas en mi cabeza, me dormí.