Capítulo 6

3874 Palabras
Un viaje inesperado El sonido de mi celular vibrando sobre el escritorio me sacó de mi concentración. Había pasado la última hora organizando los proyectos en los que Salvatore quería que me enfocara y analizando cada detalle que pudiera resultarle útil. Miré la pantalla: un mensaje de Lauren. “Ven a la oficina de Salvatore. Urgente.” Suspiré, me enderecé y arreglé mi chaqueta rosa junto con mi vestido, salí de mi oficina. Caminé con paso firme hasta la puerta de su despacho, toqué suavemente y, sin esperar una respuesta, entré. Salvatore estaba de pie junto a la ventana, con el ceño fruncido y el teléfono en la mano. Laurel estaba a su lado, sosteniendo una carpeta. —Cierra la puerta, Emily —ordenó sin mirarme. hice lo que solicitó, sintiendo una tensión en el aire que podría ahogarte. Algo estaba pasando y no estaba contento, su rostro lo decía. —¿Sucede algo? —pregunté, manteniendo mi tono profesional. Aunque por dentro rezaba que no fuera yo la culpable de lo que sea que lo tiene queriendo matar a alguien. Salvatore se giró y me miró con esos ojos que parecían analizarlo todo. —Cambio de planes. Nos vamos a Houston en dos horas. Parpadeé, procesando lo que acababa de decir. —¿Nos vamos? —repetí. Como tonta, es que no estaba preparada para viajar, menos con él. —Sí. Tendremos una reunión con las autoridades portuarias, también se verán las negociaciones pendientes con los sindicatos. No debe haber margen de error en esto, y quiero que estés presente en todo esto. Mi mente iba a toda velocidad. Había leído sobre la expansión en la costa este y la importancia de Houston como punto clave en la red de logística de S&M ENTERPRISE, que se estaba expandiendo, pero no esperaba que me llevara con él tan pronto. —Voy a enviar un auto por ti en una hora —continúa hablando—así que prepara una maleta con todo lo necesario. Estaremos allá, al menos dos días. —Entendido —digo, asintiendo, aun manteniendo la compostura, aunque por dentro me duele hasta el estómago. —Bien. Lauren, asegúrate de que todo esté listo para nuestra llegada. y Emily, revisa los contratos antes y durante del vuelo. Quiero que hagas un análisis y lo quiero antes de aterrizar. —Sí, señor Medici.— digo con el corazón en la boca. Él solo asiente y vuelve a enfocarse en su teléfono, dándome la espalda, clara señal de que había dado por terminada nuestra conversación. Salí de la oficina sin hacer ruido y caminé directamente a mi oficina. Una sonrisa se posó en mis labios, ya que estaré unos días cerca de mi ciudad. Pero un problema se suscitaba y ese era Matthew. Que después de que rompiéramos, él dejó Austin y se fue adivinen. Houston. Era mi segundo viaje con él en menos de una semana. Apenas estaba acostumbrándome a su ritmo de trabajo y ya me lanzaba a otro reto. Aún recuerdo el primer viaje juntos que solo fue de un día… Emily y Salvatore se embarcaron en su primer viaje juntos a Portland temprano por la mañana. El jet privado de S&M ENTERPRISE despegó con una precisión suiza, y mientras el sol aún se filtraba entre las nubes, me acomodé en mi asiento junto a la ventana, intentando contener su emoción. No era un viaje personal, sino una visita de negocios para supervisar la posible adquisición de una empresa de logística, pero el hecho de compartir el día con Salvatore fuera de la oficina le daba una sensación diferente. —Relájate, Emily —comentó él con una leve sonrisa mientras revisaba unos documentos—. No te llevaré a la guerra. solté una risa nerviosa y desvié la mirada al paisaje que empezaba a aparecer bajo ellos. Portland era conocida por su dinamismo empresarial, pero también por su encanto urbano y su aire fresco. Al aterrizar, un auto los llevó directamente a la sede de la empresa que estaba considerando adquirir. Salvatore era una figura dominante en cualquier sala en la que entrara, y Emily lo observó desenvolverse con maestría en la reunión. Hizo preguntas precisas, evaluó números, y su presencia bastó para que todos en la mesa se mantuvieran atentos. Aunque ella estaba acostumbrada a su estilo en la oficina, verlo en acción con ejecutivos externos le hizo darse cuenta de por qué había construido su imperio. Después de la reunión, cuando salieron del edificio, Salvatore se quitó la chaqueta y aflojó su corbata. —¿Has venido a Portland antes? — me preguntó con un aire casual. —No, nunca he estado aquí, negué. —Entonces hoy será tu primera vez. Vamos. Sin darle mi opción, me llevó a un restaurante con una vista increíble del río Willamette. La comida estuvo exquisita, y por un momento, la conversación dejó de girar en torno a números y adquisiciones. Salvatore le habló de sus primeras experiencias en el negocio, de cómo había aprendido a negociar en circunstancias mucho más duras que aquella reunión. Yo, por mi parte, compartí cómo había sido mi mudanza a Boston y lo que me motivaba a crecer profesionalmente. Había una cierta comodidad en estar con él fuera del ambiente de la oficina. Aunque Salvatore seguía siendo intimidante, había algo en la manera en que la miraba cuando le hablaba que me hacía pensar que realmente me estaba escuchando. Después del almuerzo, tuvimos una última reunión con abogados y luego disponemos de un par de horas antes de nuestro vuelo de regreso. Fue Salvatore quien sugirió dar un paseo por el centro de la ciudad. Caminamos por el distrito Pearl, donde me detuve frente a una librería. —¿Quieres entrar? —pregunta con una sonrisa bellísima. —Solo un momento respondo, e ingresó casi corriendo al lugar. Para mi sorpresa, Salvatore me siguió y recorrió las estanterías conmigo y debo decir que no se veía como alguien que tuviera tiempo para detenerse a ver libros, pero allí estaba, hojeando uno con una expresión pensativa, hasta curiosa. —¿Lees? —preguntó con verdadera curiosidad. —Cuando tengo tiempo, claro. —¿Y qué te gusta? Él me mira por encima del libro, con una chispa de diversión en sus ojos. —Estrategia. Historia. Cosas útiles. —Eso suena demasiado aburrido rio. Salvatore soltó una risa baja, una de las pocas veces que lo había escuchado; jamás lo había visto hacer eso y más de manera natural. Antes de salir de la tienda, compró un libro sin decirme cuál era. El regreso al aeropuerto fue tranquilo, pero la tensión que a veces sentía en la oficina con él no estaba allí, eran simplemente personas comunes y corrientes. Cuando el avión despegó, miró por la ventana, sintiendo que ese día había cambiado algo, aunque no podía definir exactamente qué. —¿Qué estás pensando? —preguntó Salvatore. lo miró y, por primera vez, no me sentí intimidada por su mirada tan intensa. —Qué me gustó Portland. Él asintió, con esa expresión que me era difícil de leer. —Tal vez tengamos que venir más seguido. Dice encogiéndose de hombros. Salgo de mis pensamientos y me doy cuenta de que me quedé cazando moscas pensando en mi jefe. Así que tomé mi bolso y me dirigí a casa a preparar una maleta. Cuando el auto llegó por mí, ya tenía mi maleta lista. Apenas subí, Lauren me envió los documentos por correo, los cuales debía de revisar. Suspiré y comencé a leer mientras el coche me llevaba al aeropuerto. En el jet privado, Salvatore ya estaba sentado con un vaso de whisky en la mano, tal como la última vez. Me acomodé frente a él y saqué mi tableta. —¿Listó el informe? —preguntó sin rodeos. —Sí. Hay algunas cláusulas en los acuerdos con el puerto que podrían darnos problemas, en un futuro, si no las aclaramos antes de firmar. Él me miró con interés. Y se acomodó con una elegancia. —Explícame. Respiré hondo y comencé a detallar mis observaciones. Mientras hablaba, él me estudiaba con esa mirada intensa que ya empezaba a reconocer. Me escuchó en silencio, asintiendo de vez en cuando. Cuando terminé, tomó un sorbo de su bebida y sonrió levemente. —Buen trabajo. Sentí una extraña satisfacción ante sus palabras, pero me obligué a concentrarme en mi trabajo y en el viaje. Este viaje fue tan inesperado, pero no tenía otra opción más que adaptarme. Si bien no me molestaba, al contrario, me gustaba la idea de sumergirme de lleno en mi nuevo trabajo. Sin embargo, había algo en la presencia de Salvatore Medici que me mantenía alerta, como si cada palabra suya tuviera un peso oculto, como si cada gesto estuviera cuidadosamente calculado. Y eso me tenía los pelos de punta, como si tuviera que caminar sobre cáscaras de huevos. En el avión, traté de concentrarme en los documentos, pero mi mente divagaba. Cada tanto, mis ojos se desviaban hacia él, observando su postura relajada, la manera en que sostenía el vaso de whisky con elegancia despreocupada. Debo decir que verlo es algo espectacular. Hasta que nuevamente se acuerda de que estoy frente a él y me hace preguntas. —¿Te gusta volar? —su pregunta me tomó por sorpresa. Levanté la vista y me encontré con su mirada inquisitiva. —Sí, aunque no es mi pasatiempo favorito. —respondí, sintiéndome repentinamente vulnerable. Él sonrió levemente. Como si supiera algo que yo no. —Te acostumbrarás. Viajar es parte del negocio y de estar conmigo. Asentí y volví a mis documentos con mi rostro enrojecido por el comentario, pero la sensación de ser observada no me ayudó en nada y me encontré leyendo un mismo párrafo varias veces, pero esa sensación no se disipó del todo. La cena trajo consigo un cambio en la conversación. Hablamos de mi trayectoria académica, de mis logros, de lo que me motivaba. Me sorprendió descubrir que él ya sabía mucho sobre mí. —Fuiste la mejor de tu clase —comentó, mirándome con atención. —Sí —respondí, sin saber si debía sentirme halagada o intimidada. —Lo noté —dijo, con una media sonrisa—. Y eso me gusta. Un escalofrío recorrió mi espalda. No supe interpretar del todo sus palabras, así que decidí no analizarlas demasiado. A esta altura me volveré loca de tratar de saber qué piensa. Cuando el avión aterrizó, la ciudad se extendía ante mis ojos como un océano de luces. En la pista, una limusina nos esperaba. Me senté en silencio durante el trayecto al hotel, observando el reflejo de las luces en las ventanas. Al llegar, todo ocurrió con eficiencia: en la recepción, al entregarnos las llaves, la chica se deciso entera por mi jefe, mientras él solo me daba instrucciones breves. Cuando termino de registrarnos, Salvatore me miró por un instante antes de entregarme la tarjeta de mi habitación. —Descansa, Emily. Mañana será un día largo. —Buenas noches, señor Medici—. Me doy vuelta con un enojo en mi ser, el cual sé que es, pero no lo reconoceré. Hubo un instante, una fracción de segundo, en la que la tensión en el aire pareció intensificarse. Luego, sin más, se dio la vuelta y se marchó, fuera del edificio. Al entrar en mi habitación, solté un suspiro y me dejé caer sobre la cama. Todo había pasado demasiado rápido. Miré mi teléfono y vi el mensaje de Mía. “¿Sobreviviste al viaje o ya caíste en sus redes?” Rodé los ojos y negué. “Aún sigo viva”, respondí antes de apagar el teléfono. Mañana sería otro día. Y por alguna razón, tenía la sensación de que nada volvería a ser igual. A la mañana siguiente, desperté antes de que sonara mi alarma. Me tomó unos segundos recordar dónde estaba. Después de una ducha rápida, me vestí con un traje de falda n***o y una blusa marfil. Al llegar al lobby, lo vi de inmediato. Salvatore estaba de pie cerca de la entrada, revisando su teléfono. Cuando levantó la vista y me vio, guardó el dispositivo en su bolsillo y me hizo un gesto para que me acercara. —Puntual. Bien —dijo con un leve asentimiento—. Vamos. No hubo más charla mientras y nos dirigíamos al coche que ya nos esperaba afuera. —¿Nerviosa? —preguntó de repente. —No —respondí con sinceridad—. Preparada. Su mirada se posó en mí por unos segundos, como si evaluara la veracidad de mi respuesta para luego, solo asentir. —Eso me gusta, susurró. Cuando llegamos al lugar de la reunión, una asistente, ya nos esperaba. —Los representantes sindicales llegaron hace quince minutos — le informó. Dentro del ascensor, Salvatore me entregó una copia del acuerdo preliminar mientras ellos se miraban, como si se conocieran. —Tienes treinta segundos para decirme qué cambiarías, dice sin mirarme. Parpadeé sorprendida, pero no dudé. Me enfoqué en detallar los pro y los contras con que debíamos tener cuidado. Al llegar al piso, la chica lo detiene en el ascensor y le dice algo al oído y él solo asiente sin ningún tipo de emoción en su rostro. Yo camino mirando la escena, sabiendo lo que vendrá, así que hago lo que mejor sé hacer y eso es ocultar todo y enfocarme en mi trabajo. La reunión fue tensa, pero poco a poco, los términos fueron ajustándose. Al salir de la sala de juntas, mientras caminábamos a su oficina, Salvatore tomó su taza y le dio un sorbo de su café. Y nuevamente rompió el silencio. —Fue mejor de lo esperado —comentó. —Tienes buen instinto para esto, Emily —añadió—. Sigue así. Respiré hondo. Algo me decía que esto era solo el comienzo. El sol comenzaba a descender en el horizonte cuando finalmente salimos del edificio. La reunión había sido más larga de lo esperado, pero también más productiva de lo que imaginé. A pesar del cansancio, me sentía satisfecha. Había logrado demostrar mi capacidad en un entorno desafiante y, aunque Salvatore no era del tipo que derrochaba elogios, su comentario al final de la reunión había sido suficiente reconocimiento. El coche que nos esperaba en la entrada. Junto con la chica de antes, quien tenía la clara intención de acompañarnos. Pero mi jefe se despide con solo una breve inclinación de cabeza. Mi jefe me ayuda a subir al vehículo, mientras que ella me mira sorprendida, por tal acto tan común. Pero antes de que él subiera ella, prácticamente le grita que se supone debían pasar la noche juntos como siempre lo hacen cuando él va a Houston. Él solo la mira y niega, mirando el interior donde yo estoy ya sentada. Cuando ingresa al vehículo, ninguno dice nada, pero el ambiente se siente muy tenso. Hasta que a los minutos habla nuevamente. —¿Qué opinas de la negociación? —pregunta mientras revisaba algunos correos en su iPad. —Fue intensa, pero efectiva —respondí, cruzando las piernas con discreción—. Se notaba que los representantes sindicales venían listos para presionar, pero se manejó la situación con firmeza. Él esbozó una leve sonrisa sin apartar la vista de la pantalla. —Siempre vienen listos para presionar. La clave está en darles suficiente para que crean que ganaron algo, sin ceder más de lo necesario. Asentí, comprendiendo su lógica. La negociación había sido una especie de juego estratégico, y Salvatore lo había jugado con precisión. —Y tú, Emily, hiciste un buen trabajo hoy. Giré el rostro hacia él, sorprendida por su comentario tan directo. —Gracias. Es lo único que puedo decir. —Si sigues así, no dudaré en darte más responsabilidades. Pero eso también significa que la exigencia será mucho mayor. No era una advertencia, era una declaración de hechos. Lo miré por un momento, analizando la seriedad en su expresión. —Estoy lista para eso. Esta vez sí apartó la mirada del teléfono para enfocarla en mí. Su mirada intensa, evaluándome continuamente. me miro en ese silencio que siempre me da antes de que él asintiera. —Eso me gusta. Empiezo a creer que Lauren tiene razón, y que este hombre cree que podemos leer sus pensamientos o saber sus deseos antes, siquiera que él lo sepa. El coche se detuvo frente al hotel. Un asistente del servicio nos abrió la puerta, y ambos descendimos. —Tómate unas horas para ti —dijo mientras caminábamos hacia el vestíbulo—. Cenaré más tarde. Si decides hacer lo mismo, puedes bajar al hotel o pedir a tu habitación. No supe si eso era una invitación o solo una instrucción. —Lo tendré en cuenta —respondí con neutralidad. Subí a mi habitación, dejando escapar un suspiro cuando cerré la puerta detrás de mí. Había sido un día largo, y la idea de descansar un poco sonaba tentadora. Me quité los tacones y me acerqué a la ventana, observando la ciudad iluminada. Mi teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Mía. “¿Cómo va la aventura con el misterioso jefe imponente?” Rodé los ojos, sonriendo levemente antes de responder. “Supervivencia exitosa hasta ahora”. “Mejor que solo sobrevivir, espero. ¿Ya cenaste?” Miré la hora. Aún era temprano, pero el hambre comenzaba a hacerse notar. Pensé en la opción de bajar al restaurante del hotel o pedir algo al servicio a la habitación, pero, antes de tomar una decisión, otro mensaje apareció en la pantalla. “Baja en 20 minutos. Hay algo que quiero discutir contigo.” No necesitaba ver el nombre para saber de quién era. Suspiré, dejando el teléfono a un lado. ¿Realmente quería bajar a cenar con él? No había dicho explícitamente que era una invitación, pero tampoco sonaba como una simple reunión de trabajo. Aun así, algo dentro de mí me decía que no era una opción ignorarlo. Veinte minutos después, me encontraba en el lobby. Salvatore estaba de pie cerca de la entrada, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo su teléfono, como siempre hablando en un italiano que te hace babear. Al notar mi presencia, lo guardó y se acercó. —Vamos. — Eso sonó más como una orden a una petición. —¿Dónde? —A un lugar donde podamos hablar sin interrupciones. El enigma en sus palabras me dejó intrigada, pero lo seguí sin hacer más preguntas. La noche apenas comenzaba, y tenía el presentimiento de que lo que fuera a ocurrir cambiaría algo entre nosotros. Una cena con variedad. Emily y Salvatore estaban sentados en la terraza de un elegante restaurante en Houston, disfrutando de un atardecer tranquilo después de un día de trabajo agotador. La vista de la ciudad iluminada por los últimos rayos del sol le daba un aire romántico al ambiente. Salvatore tenía una copa de vino en la mano, mientras Emily removía suavemente su café. —¿Y cómo fue que terminaste en este negocio? —preguntó Emily con curiosidad. Salvatore la miró con una media sonrisa antes de dejar la copa sobre la mesa. —No fue planeado, si es lo que crees. —Se acomodó en la silla y la observó fijamente—. Crecí con poco y aprendí a sobrevivir con lo que tenía. Me hice mi propio camino, sin depender de nadie. Emily asintió, admirando su determinación. Habían hablado de esto antes, pero cada vez que lo escuchaba, sentía que había mucho más que él no decía. —¿Y tú? —Salvatore la miró con interés—. ¿Siempre quisiste trabajar en esto? —No exactamente —admitió Emily—. Siempre fui buena en los negocios, pero… —hizo una pausa, recordando su pasado—. Y digamos que algunas cosas no salieron como esperaba, y al final, me enfoqué en mi carrera. Antes de que Salvatore pudiera responder, un murmullo cerca de la entrada del restaurante llamó su atención. Emily sintió un escalofrío cuando reconoció esa voz. —¿Emily? mi cuerpo se tensó. No podía ser… Pero al girarse, lo vio. Matthew. Él estaba allí, de pie, con la respiración agitada y una expresión entre la sorpresa y la desesperación. —No puede ser… —susurró Emily, sintiendo su corazón acelerarse. Salvatore levantó la vista con el ceño fruncido. Su mirada oscura se fijó en el hombre que acababa de interrumpir su velada. Matthew caminó hacia ella con decisión. Y como si fuera su salvación. —Necesito hablar contigo —exigió, ignorando completamente la presencia de Salvatore—. No puedes seguir evitándome. Nunca me diste la oportunidad de explicarte lo que pasó. . —Han pasado casi dos años que me dejaste. Emily sintió la garganta cerrarse. No había esperado verlo, mucho menos que la confrontara de esa manera. Salvatore se levantó con calma, pero la intensidad en sus ojos delataba su creciente molestia. —Creo que ella no quiere hablar contigo —dijo con voz firme. Matthew apretó la mandíbula, mirando a Salvatore por primera vez. —No es asunto tuyo, amigo —respondió, dando un paso hacia Emily—. Emily, por favor… Salvatore se interpuso entre los dos, su postura dominante y su tono implacable. —Es mi asunto cuando se trata de mi novia. Y no te le voy a repetir: déjala en paz. — dice con voz dura. Por ese momento sentí una mezcla de alivio y nerviosismo. Pero Matthew la miró con desesperación, pero ella negó con la cabeza. —No hay nada que hablar, Matthew. Lo que sea que tengas que decir, ya no importa. Crees que había una explicación para lo que me hiciste, a solo dos semanas de nuestro matrimonio. Verte con esa mujer me abrió los ojos, y tú eres el único culpable, no yo, ni nadie más, solo tú. Matt tragó saliva, viendo la determinación en mis ojos. Y finalmente, suspiró, dándose cuenta de que había perdido cualquier oportunidad. —De acuerdo —murmuró—. Pero solo quiero que sepas que no todo fue como crees. Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se alejó. Emily exhaló, sintiendo el peso de los recuerdos desvanecerse poco a poco. Salvatore tomó su mano con firmeza. —¿Estás bien? Ella asintió y le dedicó una pequeña sonrisa. —Sí. Gracias. Salvatore la observó por un momento antes de volver a sentarse, aunque el momento ya estaba muerto. —Terminemos esta cena sin más interrupciones. Por favor. —Y ambos sumergidos en sus propios sentimientos. La noche se fue más rápido de lo que pensaban y deseaban. —Entonces, qué pasó. — pregunta Salvatore ya de camino al auto. Bueno, historia corta, a dos semanas de casarme con él, mis amigas hicieron una despedida de soltera en Velvet y fui al baño y lo vi con una mujer teniendo relaciones. Terminé todo, me fui al rancho de mi familia, renuncie a la empresa, ya que su familia es la dueña, sane y decidí irme. Y de eso han pasado casi dos años. Él solo me mira y asiente; sin más, volvemos al hotel.
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