Vino, un beso y una pala.
Emily.
Ese viernes, todos terminamos a media tarde. Gary me felicitó por mi trabajo, lo que me dejó con una sensación de logro que hacía tiempo no experimentaba.
Después de una breve reunión, me encontré con un par de horas libres antes del fin de semana. En lugar de irme directamente a casa, decidí subir a mi piso, para ir a mi oficina, donde trabajaría un poco más. Quizás podría adelantar algo para el lunes y familiarizarme con el espacio.
¿Por qué las chicas recién llegarían el domingo y qué haría sola en el departamento, así que decidí distraerme un poco con el trabajo?
. —Bueno, y también poder prepararme para todo lo que se venía.
Sabía que la siguiente semana sería agitada; Sandra y Lauren me habían copiado en varios correos electrónicos que detallaban las reuniones y tareas pendientes. No quería que mi primer día oficial fuese un caos, así que subir a revisar no me pareció mala idea. Al llegar al décimo piso, me sorprendió encontrar todo a oscuras. La calma del ambiente contrastaba con la actividad de la oficina durante el día. Me acerqué al mostrador de recepción, pero era evidente que Sandra y Laura ya se habían ido.
Aproveché el silencio del piso para dar un pequeño recorrido por él y conocerlo más. Al entrar en la sala de juntas, me quedé sin aliento. Las enormes ventanas ofrecían una vista impresionante de la ciudad y las montañas solo eran apreciadas a lo lejos.
A pesar de vivir en Texas toda su vida, nunca había sido reacia a vivir en otro lugar y recién ahora, después de casi 10 días, recién me había tomado un momento para apreciar realmente el paisaje. Sin embargo, desde esa sala, la vista exigía atención y respeto.
Mi contemplación se vio interrumpida por un carraspeo detrás de mí. Me giré de inmediato y mi corazón dio un vuelco al ver a Salvatore Medici observándome. Parecía agotado, con el rostro marcado por el cansancio y la barba ligeramente crecida.
Su corbata a medio poner y su camisa con un par de botones desabrochados y las mangas hasta los codos.
—Sr. Medici, me ha asustado. Pensaba que se había ido —dije, intentando recomponerme.
—Salvatore —corrigió él con voz ronca. Me miró con detenimiento antes de preguntar—: Volviste pronto. ¿Por qué no estás en el comité?
Sus ojos recorrieron mi figura con una intensidad que me incomodó. Llevaba un pantalón ligero y un bodi (enterito) bajo, y su mirada no dejó duda de que lo había notado.
—Ya hemos terminado —respondí con nerviosismo por sumirada.
Por su expresión, parecía que mi presencia le resultaba inoportuna. Quizás había irrumpido en un momento privado.
—Creo que le estoy molestando. Ya me voy. Hasta el lunes —dije con rapidez, dándome la vuelta para marcharme.
Bueno, eso quería.
Pero antes de que pudiera dar un paso, su brazo se interpuso en mi camino. La piel de mi cuello se erizó ante su cercanía.
—Quédate —pidió con voz baja, sus ojos fijos en los míos.
Su tono me desconcertó. No era una simple orden, pero tampoco parecía una simple invitación. Arrugué la nariz al percibir un leve olor al alcohol. En ese momento intenté esquivar su brazo, pero él no se movió.
—Señor Salvatore, huele como si hubiera estado bebiendo. Será mejor que me vaya.
—Ven —dijo, simplemente, alejándose hacia su oficina sin darme oportunidad de negarme.
Dudé por un momento. Y no sabía cómo actuar. No había comenzado oficialmente a trabajar para él, bueno, sí; sin embargo, estaba en un periodo de prueba por un mes y no estaba segura de cuál era el protocolo en estas situaciones. Finalmente, le seguí con pasos cautelosos.
Al entrar en su oficina, lo primero que noté fueron los documentos esparcidos por el escritorio, junto con dos botellas de vodka, una completamente vacía y otra a medio tomar y un vaso. Salvatore cogió otro vaso del bar que tiene en la esquina de su oficina, lo llenó y lo empujó suavemente hacia mí antes de beber un largo trago del suyo.
—Hoy es el aniversario de la muerte de mi hermana. Bebe conmigo —dijo con voz grave.
Me quedé quieta. Sus palabras me tomaron por sorpresa. Dudé, pero finalmente cogí el vaso y lo olí con recelo. No estaba acostumbrada a beber, ni menos un licor tan fuerte, pero tomé un sorbo por cortesía. Tosí al instante, sintiendo el ardor del vodka en la garganta.
Salvatore me observó con una media sonrisa mientras volvía a beber.
—No se te da muy bien beber —comentó.
—Soy nueva en esto —admití, aun sintiendo el calor y el ardor en mi garganta.
—¿En qué otras cosas eres nueva? —me preguntó, con una mirada intensa que me hizo sonrojar.
Mi mente comenzó a divagar y me sentí vulnerable bajo su escrutinio. Antes de que pudiera responder, tomó mi mano y giró mi palma hacia arriba, trazando círculos en mi muñeca con su pulgar. Su tacto me provocó un escalofrío el que me recorrió toda mi espalda.
Levanté la vista, y lo observo con detenimiento. Debía reconocer que Salvatore Medici era increíblemente atractivo, con su cabello corto, ojos celestes como el cielo y labios carnosos.
Me pregunté cómo se sentiría besarlo. Me perdí en mis pensamientos pensando cosas que en mi vida me pasaron por la mente. Apenas me di cuenta de que él había soltado mi mano para retirar la cinta de la coleta de mi cabello.
Mis cabellos cayeron sobre mis hombros, y él deslizó los dedos por ellos con suavidad. Cuando su mano tocó mi rostro, instintivamente presioné la mejilla contra su palma.
No sé por qué, lo hice, pero se sintió tan bien.
Su mirada se oscureció y antes de que pudiera procesarlo, y sus labios estaban sobre los míos. Su beso fue intenso, con el sabor del vodka mezclándose con algo más dulce, algo que no pude identificar.
Me sentí abrumada, mi mente diciéndome que lo detuviera, pero mi cuerpo reaccionando de otra manera. Él gimió contra mis labios, sujetándome con más fuerza, mientras yo me perdía en el torbellino de sensaciones. Que jamás sentí ni con Daniel ni con Matt.
Un carraspeo nos sacó abruptamente de la burbuja en la que nos habíamos sumergido. Me separé de inmediato, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
Evan, el jefe de seguridad, estaba apoyado en el umbral de la puerta, mirándonos con una expresión de diversión, junto con una sonrisa maliciosa en el rostro.
—No sé si llegue o muy pronto o justo a tiempo —bromeó mientras entraba en la oficina y cogía la botella de vodka para apartarla y tirarla a la basura.
Me puse en pie de inmediato, con el corazón acelerado. Necesitaba salir de allí cuanto antes.
—A primera hora, el lunes, Emily —dijo Salvatore antes de que alcanzara la puerta.
Me detuve un segundo, todavía abrumada por lo que acababa de pasar. Sin poder articular palabra, simplemente asentí y salí apresurada hacia mi oficina a buscar mi cartera. Cuando tuve todo lo que necesitaba, corrí a tomar el ascensor.
Mi mente estaba hecha un caos. No debería haber subido a esa planta. Había sido un error… uno que aún me hacía sentir sus labios sobre los míos.
El fin de semana transcurrió en un abrir y cerrar de ojos, y el domingo por la noche, el apartamento estaba lleno de cajas y maletas. Mis amigas, Camí y Lía, finalmente se habían mudado, y la emoción por comenzar esta nueva etapa era palpable en el aire.
—¡Por fin! —exclamó Camí, dejando caer una caja en la sala de estar y estirando los brazos—. No sé si quiero abrir las cajas o tirarme en el sofá y no moverme en horas.
Me duele hasta el pelo, con eso les digo todo. Y las tres nos largamos a reír por sus ocurrencias.
—Definitivamente, voto por la segunda opción —respondió lía, sacando una botella de vino de una bolsa y levantándola con orgullo—. Pero antes, brindemos por nuestra independencia y por esta maravillosa ciudad que nos ha recibido.
Reí mientras tomaba unas copas de la cocina. Nos sentamos en el suelo, rodeadas de cajas sin abrir y maletas por desempacar, pero nada importaba en ese momento. El vino era barato, pero el ambiente era perfecto.
—Por nosotras —dije alzando mi copa.
—Por nuevas oportunidades —agregó Camí.
—Por la diversión que nos espera —finalizó lía con una sonrisa traviesa.
—Y porque por fin Em, sepa lo que es gozar con un hombre.
Bebimos y suspiré, sintiéndome más relajada. Sin embargo, mis pensamientos no tardaron en desviarse hacia la noche del viernes con Salvatore. Cada vez que recordaba su mirada intensa, su tacto sobre mi piel y el beso robado, mi estómago se revolvía en una mezcla de confusión y deseo.
—Emily —dijo Lia, chasqueando los dedos frente a mi rostro—. ¿En qué estás pensando?
Me removí incómoda y traté de desviar la conversación.
—Nada, solo en el trabajo. Mañana empiezo oficialmente en S&M ENTERPRISE y quiero hacer todo bien y dar una buena impresión y callarles la boca a esos imbéciles.
—Ah, sí, tu misterioso y guapísimo jefe —dijo Lía con una sonrisa pícara—. No nos has contado mucho sobre él.
Intenté fingir indiferencia, contarles cosas sobre el trabajo y su trato, pero el recuerdo de lo que pasó el viernes vino a mi mente haciendo que el rubor en mis mejillas me delatara.
Lía y Camí, intercambiaron miradas cómplices antes de abalanzarse sobre mí con preguntas.
—¡Sabíamos que pasaba algo! —exclamó Lía—. ¡Suelta todo, ya! Gritaron ambas.
—No es nada —protesté—. Solo… lo vi el viernes en su oficina, y estaba bebiendo. Era el aniversario de la muerte de su hermana, y… bueno, estuvimos hablando un rato. Solo eso.
Camí entrecerró los ojos con sospecha. — no creyendo nada de lo que dije.
—¿Y solo hablaron? Dice mirándome con sus ojos entrecerrados.
Mordí mi labio inferior y no pude sostener la mirada y la desvié. Ambas gritaron al unísono, como si se hubieran ganado la lotería.
—¡¿Te besaste con él?! —chilló Lia—. ¡Emily, llevas menos de un mes en esta ciudad y ya tienes una historia digna de telenovela!
—No fue intencional —murmuré, sintiendo que mi cara ardía—. Pasó y… yo… no sé qué pensar.
Camí puso una mano en mi hombro con una expresión más seria. — como abogada siempre fue la más analítica de todas.
—¿Te sentiste incómoda? Pero si es así, podemos planear cómo manejarlo en el trabajo.
Negué con la cabeza, aunque no estaba segura de cuál era la respuesta correcta.
—No… no fue para nada así. Pero es que tampoco sé lo que significa. No quiero mezclar lo profesional con lo personal, y no sé si él lo verá de la misma forma.
Lía suspiró y se sirvió otra copa de vino. — Mirando algo que solo ella veía, como analizando la situación. Hasta que por fin hablo…
—Mira, amiga, aquí solo tienes dos opciones:
La primera es o sigues con tu vida como si nada hubiera pasado y mantienes todo profesionalmente posible.
La segunda, es que averiguas qué siente realmente y ves a dónde lleva todo esto.
—Tal vez solo fue el alcohol —murmuré no sabiendo qué decir.
—O tal vez no —replicó Camí—. Pero sea lo que sea, tú decides cómo manejarlo. Nosotros te apoyamos en lo que necesites.
Sonreí, agradecida por tenerlas a mi lado. Fuera lo que fuera lo que me esperaba en S&M ENTERPRISE, al menos sabía que no lo enfrentaría sola.
— Debemos ir el fin de semana a una ferretería. — dice Lía con calma.
Y ¿por qué iríamos a una ferretería cuando no debemos arreglar nada, le digo intrigada por sus palabras?
—Debemos comprar bolsas gigantes y palas.
La miró hasta que decidió hablar.
—Bueno, para poder enterrar al maldito si se lo merece. La miro con los ojos abiertos.
Las tres reímos por sus ocurrencias, terminamos de cenar y bebemos el vino para poder irnos a dormir.
Debo decir que me costó muchísimo conciliar el sueño porque no sabía qué pasaría, por lo que pasó.