Capítulo 4

1954 Palabras
El llamado inesperado Estaba en casa, revisando algunos documentos, cuando mi teléfono sonó. Al ver el nombre en la pantalla, sentí una leve punzada de incertidumbre antes de responder. —Buenas noches. Emily —su voz era firme, sin dejar espacio para la duda. Miré el reloj. Pasaban las nueve de la noche. —¿Hay algún problema? Hubo una breve pausa. —Ven a la oficina. Hay algo que quiero discutir contigo. Sabía que decir “no”, no sería una buena idea. —Estaré allí en veinte minutos. No me cambié de ropa, me fui con solo jeans y con un abrigo porque la noche estaba fría. Cuando llegué al edificio, solo un par de luces permanecían encendidas en los pisos superiores. Subí en el ascensor y, al llegar al piso, me dirijo a su oficina. Encontré a Salvatore de pie junto a la pared de vidrio que ofrecía una vista panorámica de todo Boston iluminada. —Es tarde —comenté. —Trabajar con hambre no es productivo —dijo, simplemente, señalando la mesa donde había un par de platos con comida. Dudé por un instante. Sabía que esto no era un gesto amable, sino otra de sus estrategias. Tomé asiento, pero no toqué la comida de inmediato. —Espero que no me haya llamado solo para cenar. Salvatore se sentó frente a mí con su copa en la mano. —Quiero discutir el informe que presentaste hoy. Ha llamado la atención de personas importantes. —¿Eso es bueno o malo? Respondí con curiosidad en mi pecho. —Depende de ti. Mañana tenemos una reunión con el directorio. Quiero que seas tú quien presente los detalles de la estrategia. Un escalofrío recorrió mi espalda. No esperaba que me pusiera a prueba tan rápido. —¿Yo? Preguntó confundida, porque si bien era buena en lo que hacía, solo llevaba dos días de trabajo y dos jefes de área no me querían. —Sí. Ya lograste incomodar a Nicolás y corregir a Richard Margrave en su propio juego —su boca se curvó en una leve sonrisa—. Quiero ver si fue suerte o si realmente tienes lo que se necesita. Mi corazón latió con fuerza, pero no bajé la mirada. Esta era una magnífica oportunidad para probar qué podría con esto y más. —Está bien —respondí con seguridad. Salvatore dejó su copa sobre la mesa y procedió a mirarme fijamente. —Bien. Entonces, ven preparada. Bajo presión A la mañana siguiente, repasé mis notas una última vez antes de entrar a la sala de juntas. El directorio estaba compuesto por algunos de los ejecutivos más influyentes de la empresa, y todos esperaban ver qué podía ofrecer la “nueva analista personal de Salvatore Medici”. Cuando entré en la sala, noté las miradas inquisitivas de todos los presentes. Salvatore estaba en su asiento habitual, observándome en silencio. Respiré hondo y me dirigí al frente. —Buenos días —comencé, con voz firme—. Hoy les presentaré la evaluación estratégica y financiera de la propuesta de adquisición. A medida que hablaba, vi cómo algunas expresiones cambiaban. Algunos seguían escépticos, pero otros parecían interesados. Cuando terminé, Nicolás fue el primero en desafiarme. —Una presentación impecable, pero las proyecciones de rentabilidad parecen demasiado optimistas. ¿Puedes justificar tu modelo de evaluación? Pude ver la satisfacción en sus ojos, se estaba divirtiendo con sus preguntas maliciosas. —Por supuesto —respondí sin dudar. —Utilicé un modelo basado en la tasa de crecimiento de los últimos tres años, tomando en cuenta los ajustes económicos proyectados para los próximos cinco. Aquí están los datos —señalé la pantalla—. La variación en el margen bruto es mínima en comparación con la media del mercado. Nicolás entrecerró los ojos y asintió levemente. Y no dijo nada más en todo lo que quedó de la reunión. Cuando la reunión terminó, me quedé en la sala vacía por unos segundos, tratando de recuperar el aliento. Sabía que no había sido perfecta, pero había logrado mantenerme firme. —Impresionante —escuché la voz de Salvatore tras de mí. Me giré dando un salto por el susto y lo vi apoyado en el umbral de la puerta, observándome con una expresión indescifrable. —¿Fue suficiente? —pregunté con duda. —Por ahora —dijo con una leve sonrisa. Me quedé en silencio, pero por primera vez, sentí que mi lucha por destacar en S&M ENTERPRISE apenas estaba comenzando. Y aprendiendo que Salvatore Medici no era solo un jefe exigente, sino un oponente formidable que aún no sabía de lo que era capaz para conseguir lo que quería. La semana pasó entre reuniones con su jefe y con los demás, poniendo en duda mi trabajo cada cinco minutos, algo que la tenía con los pelos de punta. El viernes un llamado interrumpió su tarde y eran sus amigas las que le informaban que volarían a verla y a celebrar que tenía el puesto que siempre había soñado. Esa noche, al llegar a casa, mi teléfono sonó. Era mía, mi mejor amiga. —Emily, tenemos noticias nuevas —dijo con emoción contenida. —¿Qué pasa? —pregunté, mientras me dejaba caer en el sofá. —¡Nos mudamos a Boston! Gritaron las dos a través del teléfono. Me quedé en silencio unos segundos, procesando sus palabras. —¿Qué? ¿Cómo que se mudan? —Sí. A Camí le ofrecieron un puesto en una firma de abogados muy importante, y a mí me contrataron en una agencia de marketing. ¡Vamos a estar juntas otra vez! No pude evitar soltar una risa de incredulidad y felicidad. —¡No lo puedo creer! Pensé que iba a estar sola en esta ciudad. —No, amiga. Nos tendrás cerca. Prepárate porque este fin de semana celebramos. Colgué el teléfono con una sonrisa en los labios. Boston ya no se sentirá tan desconocido, ni mi camino en S&M ENTERPRISE tan solitario. La guerra en la oficina apenas había comenzado, pero ahora tenía refuerzos. Y estaba lista para enfrentar lo que viniera. Investigación SALVATORE MEDICI. Cerré la carpeta de Emily Anderson con un leve chasquido y me recargué en mi silla de cuero, observando la ciudad a través del amplio ventanal de mi oficina. A lo largo de los años, había entrevistado a cientos de candidatos, pero ella tenía algo diferente. No era solo su historial académico impecable, ni la pasión con la que hablaba sobre su experiencia en el rancho de su familia. Había algo más profundo, algo en su actitud, una mezcla de determinación y vulnerabilidad que me obligó a prestar atención. No era un hombre que tomara decisiones impulsivas, jamás lo fui, pero en cuanto la vi en la sala de entrevistas, supe que la quería cerca. Y cuando yo quería algo, lo conseguía. Presioné el botón del intercomunicador. —Sandra, asegúrate de que la señorita Anderson tenga todo listo para su primera semana. Y quiero su expediente completo, incluyendo cualquier antecedente de empleo no registrado. —Por supuesto, señor Medici. Colgué sin añadir nada más y entrelacé los dedos sobre el escritorio. Emily Anderson no lo sabía aún, pero su vida acababa de cambiar para siempre. Pasé el resto del día sumido en mis responsabilidades, revisando informes, supervisando proyectos y atendiendo llamadas estratégicas. Sin embargo, en los momentos de pausa, mi mente volvía a ella. Algo en su mirada me resultaba familiar, como si hubiese visto esos ojos antes, en otro tiempo, en otro lugar. Al pasar la semana, cada día esta chica estaba dando vueltas en mi cabeza. Era absurdo. No tenía razones para sentirme así, jamás fui así, ni con ella en mi vida. Al caer la noche, decidí que necesitaba respuestas. Si había algo que debía aprender sobre Emily, lo haría antes de que ella misma tuviera la oportunidad de escondérmelo. No confiaba en las coincidencias, y mucho menos en las sorpresas. Mi instinto me decía que había más en ella de lo que parecía a simple vista. Tomé mi teléfono y marqué un número que pocas personas conocían. La voz del otro lado respondió al primer tono. —Necesito información sobre alguien —dije sin preámbulos—. Emily Anderson. Todo lo que puedas encontrar, y lo quiero antes de que termine la semana. Hubo un breve silencio antes de recibir la confirmación. —Entendido, señor Medici. Le enviaré el informe en cuanto esté listo. Colgué y dejé el teléfono sobre el escritorio. No importaba qué secretos ocultará Emily. Tarde o temprano, todos terminarán expuestos bajo mi mirada. Y cuando eso sucediera, sabría exactamente qué hacer con ella. Un nombre en la oscuridad El cuerpo bajo mis manos era cálido, suave, y completamente entregado a mí. Un gemido ahogado escapó de los labios de la mujer mientras me aferraba a su cintura, marcando mi dominio en cada movimiento. Mis manos recorrían su piel con la familiaridad de alguien que conocía el arte del placer, pero mi mente estaba en otro lugar. O mejor dicho, en otra persona. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Emily Anderson se filtraba en mi consciencia como un susurro persistente. Su cabello, la forma en que sus labios se curvaban cuando hablaba, esa intensidad en su mirada que parecía atravesarme sin esfuerzo. Me estaba volviendo loco. No era un hombre que se dejara llevar por distracciones inútiles. Yo controlaba todo a mi alrededor, y nunca permitía que nadie, mucho menos una mujer, se enredara en mi mente de esta manera. Pero ahí estaba ella, incluso ahora, cuando mi cuerpo se movía en sincronía con otra mujer que, en teoría, debería haberme ayudado a olvidarla. El placer creció hasta un punto insoportable, hasta que no hubo vuelta atrás. Mis labios se separaron, y entonces lo dije. —Emily… La mujer debajo de mí se tensó de inmediato. Sus manos, que hasta hace un momento me arañaban la espalda, se apartaron bruscamente. Abrí los ojos y vi la confusión y el enojo reflejados en su rostro. —¿Qué dijiste? Me aparté sin responder, sintiendo la piel arder de rabia e incredulidad. Me deslicé fuera de la cama, recogiendo mi ropa con movimientos bruscos. —Salvatore, dime que no acabo de escuchar lo que creo que escuché —exigió la mujer, sentándose en la cama con la sábana, cubriéndole el pecho. —No tiene importancia —gruñí, abotonándome la camisa con torpeza. Ella rio sin humor. —Para ti tal vez no, pero para mí sí. ¿Qué diablos es Emily? La ignoré. No tenía que explicarle nada a nadie. Me aseguré de que tenía todo conmigo antes de tomar mi chaqueta y dirigirme a la puerta. —Eres un imbécil, Salvatore —escuché detrás de mí—. No vuelvas a llamarme. No respondí. No me importaba. Lo que realmente me preocupaba era lo que acababa de suceder. El aire nocturno de Boston era frío y húmedo cuando salí del edificio, pero no me molesté en subirme al auto de inmediato. Caminé por la acera, encendiendo un cigarro mientras intentaba ordenar mis pensamientos. ¿Qué diablos me estaba pasando? Emily no era más que una empleada. Una mujer con un expediente brillante y una historia que despertaba mi curiosidad, sí, pero no significaba nada más. Y, sin embargo, ahí estaba yo, pronunciando su nombre en el momento más íntimo con otra mujer. Exhalé el humo lentamente, sintiendo la frustración en cada fibra de mi cuerpo. Esto no podía continuar. Mañana, cuando llegara a la oficina, mantendría las cosas en su lugar. No más pensamientos innecesarios. No más distracciones. Pero en el fondo, una parte de mí sabía que ya era demasiado tarde.
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