Unos Aretes. El aire en la oficina de Andrew estaba cargado de tensión. Yuri se paseaba de un lado a otro, su mandíbula apretada y las manos cerradas en puños. No podía quedarse quieto. La imagen de su pequeña Marina, aterrorizada en esa foto, no salía de su mente. —No hay rastros aún —informó uno de los agentes de Andrew, revisando el monitoreo en su tableta—. Hemos peinado la zona, pero Emma se ha movido con cautela. Andrew golpeó la mesa con el puño, frustrado. No era un hombre que perdiera el control fácilmente, pero la situación era cada vez más desesperante. —Maldita sea, tiene que haber algo… —murmuró Yuri, frotándose la cara con las manos antes de mirarlo fijamente—. Si le pasa algo a mi hija, Andrew… —No pasará —sentenció Andrew con firmeza—. Vamos a encontrarla. Justo en es

