DE REGRESO. El silencio en la habitación era pesado, opresivo. Me pasé una mano por el rostro, sintiendo la aspereza de mi barba descuidada. No era solo el reflejo en el espejo lo que me recordaba en qué me había convertido, era la maldita sensación en el pecho que no desaparecía. Fui un imbécil. Desde el primer momento en que conocí a Emily, me negué a aceptar lo que sentía. Me refugié en la arrogancia, en la creencia de que podía manejarlo todo sin involucrarme de verdad. Me repetí tantas veces que ella era solo una más, que no significaba nada, que terminé por hacerle daño con cada una de mis decisiones. Pero la verdad es que ella nunca fue solo una más. Emily era lo único que alguna vez tuvo sentido en mi vida, y yo lo destruí. La empujé a un abismo del que jamás debió caer. Fui y

