CAPITULO II - 2

4893 Palabras
                         Se los mostré y le dije que los pondría encima de la mesa. Así hice las puse una al lado de la otra. Tome mi bicicleta y me fui a la casa a ver si mamá estaba bien y que ella me viese a mí, porque estaría muy preocupada. Cuando llegaba a mi casa se fue la luz, y todo quedo como boca de lobo.  Al llegar, ella preparaba la chismosa o quinqué —como le llaman en Cuba a los faroles caseros para alumbrarse—Mamá agarraba una lata de esas planas de sardinas vacía, con huecos a los lados y mojaba un pedazo de guata, —el relleno de los colchones y muchas almohadas—, hacia un montículo con esto al cual luego llenaba de aceite comestible y encendía la cumbre. Ahí podía estar horas y horas alumbrando, pero con más humo que la pipa de Bob Marley.                 Mamá al verme, me dio un abrazo y un beso grande de esos que solo una linda madre sabe dar, y yo a ella, —pensé por dentro que diría si sabe lo que me paso con la policía y más aún el por qué estaba haciendo todo eso. Me aconsejo que no fuese a ir a casa de Daniela, la calle estaba encendida. Había llamado —desde el teléfono público de la esquina en donde estaba la bodega, o lo que queda de ella—a la señora Martha, para preguntar si yo estaba allí. Ella le comento que la gente en el malecón se lanzó a la calle este viernes, peleando con la policía y rompiendo vidrieras, las entradas de hoteles, voltearon varios carros y quemaron unas gomas — Estos eran los únicos disturbios presentes desde el triunfo de la revolución en 1959— “Pero es que la gente está cansada de todo mijo— comento mi madre en un tono módico y precavido — De medidas económicas que lejos de mejorar al pueblo los aprietan aún más. Además discursos sin sentidos y vacíos, más apagones que núnca, y así no se puede vivir.                        Mamá quedó haciendo la comida y yo fui al mismo viejo teléfono público para hablar con Daniela. No se veía nada y había cola. Un señor que le tocaba delante de mí, prendió un fosforo para ver donde metía la moneda, esta se le cayó de la mano y el fosforo le quemo el dedo. En una seguidilla de maldiciones me dejo pasar para que usara el teléfono en lo que, chupando el dedo, intentaba aliviar la quemadura. Hable con ella unos diez minutos, — de esos, siete fueron tratando de convencerme de que me fuera a dormir para allá— termine con esfuerzo, convenciéndola de que temprano iría.  No iba a dejar a mi mamá sola en la casa con estos problemas sociales, y así lo hice yéndome para la casa y comiendo con ella para luego acurrucarnos en el techo de la casa con unas frazadas. Había mosquitos y calor dentro, sin embargo arriba, la brisa era sabrosa y como si padecieran de vértigo los esgrimistas con alas, no se les sentía por allí.                      Estaba consciente, de que si me iba a ir con Donato en balsa, está sería una de las últimas noches que dormiría al lado de mi mamá en este país. Era la noche, todo a oscuras, la sentía a ella tener sus típicos ronquidos, y me puse a pensar en todo, —lo que me deprimía mucho—, por supuesto también en Daniela pensé y la ignorancia e inocencia de ellas a lo que sucedería, me bajaba el ánimo. Pero no había más remedio y le achaque todo a que era de noche y los problemas nocturnos se hacen más ancho de lo que verdaderamente son.                          Llegue temprano a casa de Donato y allá estaban todos. Tinguilillo el flaco, esta vez no comía mangos, pero si un trozo de pan con mantequilla que le tenía una parte de la boca embarrada. Al lado de este, se encontraba sentado con un vaso de ron, el famoso Jabao, aquel cabron que había ido a casa de Daniela la otra noche pidiendo a gritos un piñazo. Tenía los parpados caídos que transmitían pereza, no sé si porque era muy flojo, o sufría de blefaritis. Flaco, alto y cabello malo amarillento, Se sonrió al verme.             — ¡Agarra un trago!   ¡“Acidito”! —dijo mostrando un colmillo de oro, algo ya común en la Habana entre la gente que desea alardear —                       Sin abrir la boca le negué la invitación. No podía creer que sin desayunar bien, un ser podría estar bebiendo alcohol a las primeras horas del día. Ese hígado sufriría más que Aquaman en el desierto. El tipo se llama Lázaro y aun parecía más desagradable que la otra noche.                 Allá en el fondo estaba Donato hablando con un n***o de “Rasgos muy común en la r**a blanca”—Como diría mi abuela—. El cabello aplastado y estirado con gelatina, peinado al lado con la raya impecable, al mejor estilo de Nat King cole. A diferencia de los otros dos que estaban en la mesa. Era un n***o grácil pero fornido y con los músculos bien marcados. Este  chico que se llamaba Reynaldo, alias  “La bala” —Debido a un disparo que recibió en  el muslo mientras estaba en una fiesta por el reparto Eléctrico, la cual solo le afecto el musculo semimembranoso, por consiguiente quedo la cicatriz y el apodo.               Dicen las malas lenguas— y Donato se hace portavoz de esto—Que se metió con una despampanante mulata, amante de un hosco de la zona. El tipo lo agarro bailando a ritmo de “Van Van”, metiendo las manos dentro de la falda corta que llevaba. En ataque de achares, el sujeto le lanzo unos balazos con un revolver. — en resumen era con aires refinados, metódico y calculador al hablar, al menos es lo que aparentaba.                     Terminaban de empacar en un saco, los remos ya atornillados y listos. Se veían de tremenda calidad, sentía el delicioso olor de la madera recién trabajada, y en los agarres,   teipe n***o momificando algo esponjoso para que el trabajo de bogar fuese más llevadero. Ayude a meter las palas de cuatro remos en un saco contrario al otro y amarrarlos hasta donde diera la longitud del palo, la Bala me dio una mano en el amarre de esto. Iba a preguntarle a Donato si había visto las válvulas pero repare en que estaban donde mismo las deje ayer. Al instante sentimos el motor de un carro y a los tres segundos un encomiado p**o con la melodía de “La Cucaracha”, que oficialmente anunciaba su llegada. Era un buick 57 que con su embeleso atraía todas las miradas.                         Se bajó el que faltaba por conocer. Un gordito de pequeña estatura llamado Ricardo pero todos le decían “Papá Bosa” — debido a unas aventuras que transmitió hace muchísimos años la televisión cubana, donde salía un obeso muy pícaro al que le decían así—. Olía muy bien, a una colonia suave y dulce, vestía una camisa de cuadros azules metida por dentro de un jean n***o que sujetaba con un cinto de hebilla ancha en forma de herradura. Portaba una gruesa cadena de oro con una medalla de la caridad del cobre, que al tener desabotonada la camisa hasta el pecho, imperaba el brillo. En la mano derecha tenía una manilla delgada del mismo preciado material. Sin duda era un tipo de dinero, para tener esas ropas, esos olores y esa máquina tan cuidada y  acendrada. Papa´ Bosa estaba en los negocios de joyas y prendas, las cuales compraba y revendía a los extranjeros, todo a punta de dólares. No importa si viejos, jóvenes o adultos, venían y le exponían, por necesidad, vender los recuerdos de sus antepasados — como muchas veces ocurría en el país— O si el proveedor de dichos valores era un n***o prieto que se metió por la ventana de una casa y se las llevo.                  Por un negocio turbio y abyecto de esos, lo andaban buscando —y no sabía si era precisamente la policía—. Allá en San miguel del Padrón, en la casa de dos viejitas, entro un delincuente y les llevo todas sus cadenas de oro, sortijas, aretes, hasta los dientes  de leche enchapados en oro de sus hijos —recuerdo de  cuando el ratón Pérez hizo su labor—,  incluso eso sustrajo el lumpen.                      Entre los hijos y los nietos, — algunos de ellos peores que el propio malandro— encontraron al sujeto y luego de una tanda de palos, se lo entregaron a la policía. Papá Bosa estaba más desesperado que nosotros en zarpar. No tenía ni idea si en cualquier momento se le aparecía la policía o los justicieros delincuentes, familia de las señoras.                      Donato nos presentó y de una vez “la Bala” comenzó agitar a todos para que nos montáramos en la máquina. Le hice señas a mi amigo de que a donde iríamos y me dijo bajito al oído que a casa de la madrina de “la Bala”, enseguida deduje que habría algo de orishas en todo esto. El cubano— o la gran mayoría—se rigen por todo este mundo de hechicerías y misterios afros.  Es un fanatismo absoluto que traslada a la persona a no dar un solo paso sin consultarlo con los orishas o santiguarlo. Era parte de ese menú que forma la isla de Cuba y aquí íbamos rumbo al despojo de todo mal.                                     Quedaba en el municipio del Cerro, por allá donde está el estadio de béisbol Latinoamericano, — exactamente dos cuadras después del coloso del Cerro como le llamaban— Por el camino solo hablamos de los disturbios de ayer. El escuálido tinguilillo dijo que “La gente de la Habana si son cojonuos”, a lo que salto el Jabao y le rebatió diciendo que “Él había nacido en Holguín, la tierra de Fulgencio Batista, que los Holguineros eran más pinguos y gusanos que los Habaneros maricones, que si creían que por unos negros borrachos que rompieron cosas en la calle se iba a caer el comunismo aquí, estaban locos”.                        Papa Bosa y Donato les dijeron que no hablaran más mierda, y este primero sugirió desviarse un momento y bebernos unas cervezas bien fría, — verdad que el calor era horrible, aun con las ventanillas del carro bajas—. A lo que la Bala salto diciendo “Que nada de eso, que íbamos a algo sagrado donde nadie podía llegar con tragos sino serian castigados por los orishas”. Comprendí que el Jabao y sus buches de ron mañanero, no estarían en gracia de ellos.                        Llegamos a un grupo de casas pequeñas que daban pared con pared en un tramo de cuadra y media. Todas excepto dos, estaban pintadas de blanco.  Reynaldo  (La Bala) iba delante y llego a una que estaba a tres casitas de donde había estacionado el  buick 57— Se veía un ambiente de solar—Dos niños jugaban con un aro de barril a ver quién lo rodaba más lejos. Un perro echado en la acera lleno de sarna se lamia lentamente los huevos. El viejo de barba amarillenta de tanto tabaco, que caminaba con unas chancletas en las manos vendiéndolas, una negra joven con rolos y un short en la ingle que discutía con una señora de falda azul. Era todo un abanico de personajes en el lugar.                      La Bala toco sutilmente una puerta de hierro marrón, con dos rectángulos paralelos que a su vez portaban unos cristales de granitos protegidos en el centro por una cruz también de metal. Tenía el número 21 grabado en una madera guindada en el extremo derecho. Al instante abrió un negrito muy delgado de boca grande y nariz ñata, lo llamo de primo con mucha emoción, invitándonos a entrar de una vez.                       Al pasar de inmediato el muchacho nos hizo quitar los zapatos dejándonos en medias. Él se puso un gorro africano blanco, — en realidad estaba vestido de blanco completo—. Pusimos los zapatos en una caja de cartón, la peste a pata era brutal,  y peor eran los huecos que portaba cada quien en sus medias, solo Papa Bosa tenía un par decentes, Tinguilillo ni siquiera poseía medias. Fuimos en fila india detrás del chico de blanco por un pasillo largo hasta llegar a un cuarto solamente alumbrado por velas  y unos olores algo  raros.                     Reinaldo fue de una vez a un altar. Nosotros quedamos detenidos por el chico que nos recibió, mirando lo que hacía. Él se arrodillo y dio tres golpes en el suelo diciendo: “Orumila iboru orumila iboya orumila ibocheche”.   Había en la pared dos cortinas, una verde y una amarilla. En el centro de todo, una cazuela muy grande de madera la cual estaba rodeada de unos collares gruesos trenzados de cuentas verdes y amarillas. A su vez, encima de estos collares, un recipiente de una cara tallada también en madera un poco más oscura simulando el rostro de hombre africano y encima de este un gorro  verde  del mismo origen  con adornos en hilo dorado.                      Alrededor de esto había bandejas de barro llenas de frutas. Piñas, melones enteros, plátanos, mandarinas, toronjas, guayabas verdes y maduras, un par de guanábanas y muchos cocos formaban parte de esto. También copas con agua y alrededor de estas, flores y rosas de muchos tipos y colores. Existían platos de barro, llenos de dulces y esto me dio hambre. Se divisaban barras de maní, masa real, dulces de coco, caramelos, potes con dulces de leche, fruta bomba y hasta un pudin.  En una esquina dos girasoles en un florero custodiaban un bastón de madera con similares collares de cuentas verdes y amarillas enroscado en la agarradera apoyada en la pared.  Un poquito más allá, un machete muy afilado en solitario. En el otro extremo del altar veía una copa de metal con un gallo plateado   en la cima, al lado un caldero de hierro relleno   con clavos, herraduras, y en miniaturas picos, palas y hasta un rastrillo de metal. Al lado un montículo de no sé qué, pero tenía como unos ojos hechos con caracol y la boca también era del mismo material que los ojos, en una base de barro, me dio cierto temor.                     Termino  Reinaldo de saludar y hacer todo  su ritual, y luego paso Donato que también sabia como hacer todo esto— de hecho no había notado que en su mano izquierda, al igual que su predecesor, tenía una pulsera sencilla  con los mismos colores de los collares y las cortinas—. Detrás de Donato me tocó a mí, internamente pedí mucho perdón a Dios por estar en estas cosas paganas y bizarras y ser participe. Estoy seguro que si mis abuelas me estaban viendo, no dejaban de tener las manos en la cara y los ojitos a punto de salirse de sus orbitas.                     El negrito boca grande, fue conmigo hasta una esterilla amarilla que había frente al altar, arrodillado me dijo que diera tres golpes pequeños en el suelo —y así hice pero mirando más a mi guía que a la propio sagrario—. Luego me dijo que repitiera: ORULA IBORU, ORULA IBOYA, ORULA IBOSHESHE… seguido de esto decir mi nombre. Termine y me fui a unas sillas de bambú que estaban pegadas a la pared apartadas del altar. Metí un vistazo alrededor y sin duda se veía todo muy místico. Había figuras en yeso de la caridad del cobre y otro de santa Bárbara muy bonitos. La primera era honrada con un girasol y una vela amarilla encendida, la segunda con una rosa roja y una vela del mismo color, ambas en una misma mesa de caoba pequeña.                       Cuando ya todos estábamos sentados en silencio, comenzaron a sonar unos tambores bata— Iba el sonido in crescendo—. Venían desde la puerta principal por todo el pasillo —En este espacio se escuchaban más alto— supongo que precisamente en ese vacío la reverberación y la acústica hacían su trabajo.  Avanzaban   percutiendo en un 2/4 y llegando donde estábamos, lo hacían en una métrica de 3/8. Estos tambores —común en rituales de este tipo— eran de madera tallada en forma de copa, con la parte pequeña llamada Chacha y la grande Enu o Boca. Existen tres tipos, un tambor pequeño llamado okonkolo, uno mediano Itotele, y el más grande de todos era el iya. Todo esto me lo explico al oído Donato mientras el n***o flaco le hacía señas de silencio.                          Aparecieron dos chicos de r**a africana, jóvenes, robustos y altos, parecían gemelos en la estructura del cuerpo, y en la cara se podría decir que también, excepto que uno tenía barba y el otro no. Vestidos de verde y amarillo —con gorros que incluían estos colores—, tocaban con júbilo los bata, por cierto según la explicación de Donato, percutían el okonkolo y el itotele, ósea el pequeño y el mediano. Detrás de ellos un  n***o — canoso, flaco y  pequeño que le llegaba por el pecho a los tamborileros—, llevaba una botella con muchos  palos y raíces dentro, mezclada con alguna bebida que supongo era aguardiente o ron.  En la otra mano un ramo de distintos tipos de hierbas. Entre los mismos dedos donde traía la botella, bien sujetado, un tabaco humeante. Pasó a los dos bata y se paró frente al altar.  Aumentaron el poder de los manotazos en el cuero de los tambores y mirando al cielo con balance de un lado para el otro, y  manos  hacia las  alturas, el señor canoso  cantaba:  ORULA  IRAN  LOWO  KUELU RE  TITANCHANI  NITON LE RI  NA  KI  ORE  EYENI  OMO  TIWA  ILE NI  IWO  TOBI  NI  GDOGDONI  LAIYE  ODIKIU  AIKI  BABA  WA…                     Así lo volvió a repetir cinco veces, en las últimas dos lo acompañaron todos los presentes en un tono más tenue — Menos Tinguilillo, Papá Bosa y yo, que no teníamos ni idea de que lo que escuchábamos, solo nos limitábamos a mirar— Tenía mucho nervio de todo esto, juntado a eso Tinguilillo en la parte de ODIKIU AIKI BABA, se voltea hacia mí y al oído me pregunta: “¿BETTY BOOP AQUÍ MAMA?”                     No pude evitar sonreírme. Se volvió una tortura los intentos por concentrarme para no soltar una carcajada. El n***o boca grande que nos recibió, andaba pendiente y nos hizo señas con la cara molesta de que nos calláramos. Seguimos mirando el ritual, y el babalao, puso las ramas en una parte del altar con la botella en una mano, el tabaco en otra. Comenzó a meterse buches y soltarlo soplando, chamusqueaba las flores, los dulces, todos esos símbolos y calderos, al mismo tiempo se puso el tabaco al revés. Introdujo en su boca la boquilla, —la parte donde se enciende el habano— y soplando salía todo el humo por el corte de la perilla, donde normalmente se aspira.                    Lleno de humo el lugar y alternaba los buches de esa botella con el humo. Se viro hacia nosotros pero antes recuperó el ramo de hierbas y lo lleno con el humeante tabaco además de embarrarlo con su soplido de alcohol sagrado. Comenzó a bailar frente a donde estábamos sentados al ritmo de los tambores que esta vez habían soliviantado el sonido. Se levantó la Bala y paró frente a este, —que haciéndole unos rezos comenzó a santiguarlo, en una mezcla de ramas, bebida, tabaco y cantos—. Cuando entre en turno,  solo me deje llevar y entretanto santiguaba. Giraba alrededor mío apoyando el ramo en mi cabeza mientras el humo llegaba hasta mis ojos irritándolos como agua de mar. Estornude varias veces, cosa que me apeno.                  Cuando termino con todos los presentes, le trajeron un taburete de madera y cuero de vaca blanco con marrón muy hermoso. Se sentó frente al altar, y el chico boca grande le acerco una copa de agua fría, — pensé que era otra parte del rito, pero sediento se la bebió sin respirar—. Pasaron diez minutos y comenzaron los bata adueñarse absoluto del recinto, tocaban despacio y en otro ritmo, que si tuviese que describirlo sería algo así como…TI TI KUM PA, TI TI KUM PA…                      Los tumbadores eran los que tenían la voz principal y junto a ellos se sumó el muchacho que nos recibió, todos alrededor del taburete. Al instante se apareció una señora que no habíamos visto, con dos gallinas negras de crestas rojas en cada brazo. Una de ellas aleteo e intento escapar de su portadora, pero con la axila y la mano la volvió acomodar. La señora, con un pañuelo amarillo en la cabeza y un vestido verde, le cedió la misma gallina rebelde al babalao. Este la tomo y agarrándola con las dos manos, se levantó y fue arrodillarse dónde estaba el gallito plateado en la cima de la copa metálica, el montículo con ojos y boca de caracol, y la olla con herramientas en miniatura.                     Mostro el ave hacia el altar como cuando Rafiki presenta a Simba ante los demás animales en el Rey león, solo que ni la gallina era Simba ni su destino seria el mismo. Mojo bajo sus alas con el agua de un florero donde había unas rosas rojas y cantaba:                              TU TU DUNDUN, TU TU NINI… INA KI JO APA IRIN…                   INA KI JO LASE ODU… INA KI JO APA O KU MO…                                            Al instante y sin idea de donde saco un cuchillo, comenzó a degollar al animal que hizo un sonido endino y mortal. Poco a poco la sangre era esparcida encima de todo eso que tenía en frente de donde estaba arrodillado. Dejo al pie del sagrario, el c*****r del decapitado animal que aún se movía como buscando lo que le faltaba para volver a la vida .Hizo la misma operación macabra con la otra, pero con la diferencia que luego de mojarle debajo de las alas y degollarla, hizo el canto en español:               CON LA GALLINA REFRESCADA, LA CANDELA SERA REFRESCADA               PARA NUESTRO ADORADO IFA…                                             Soltó todo aquello y descalzo comenzó a hacer una danza africana, era increíble la agilidad con la que lo hacia ese señor que fácilmente tendría unos cincuenta y tantos. Se apartaron todos, los tamborileros, boca grande, la señora del pañuelo amarillo y de pronto salió un grito escalofriante de la boca del danzante. Mirando al techo contorsiono las manos, los pies, se sentía el sonido de cada tendón, de cada hueso y la tensión de los músculos. Los tambores sonaban casi al romper los cueros, hasta que en un cambio brusco se comenzó a reír, y era una risa que no tenía nada que ver con el cuerpo del que salía. Era gruesa, distorsionada, mientras su cabeza se movía afirmativa, en un “SI” algo extraño y enfermizo. No sé a los demás, pero a mí me aterro y me volví a cuestionar una vez más “¿QUE COJONES HAGO YO AQUÍ?”                      Los tambores dejaron de sonar de un sopetón, solo se escuchaba esas carcajadas con abrojo acompañado de unos ojos en blanco y la cabeza que seguía en modo de afirmación. Lo único que faltaba era que diera la testa un giro de 360 grados para que al menos yo, saliera corriendo y dando gritos hasta la Habana Vieja.                   —Yijo, dame tabaco — comenzó hablar con un tono de viejo y mal español. Enseguida la señora busco el tabaco, tirado en un rincón y se lo dio.  Lo tomo lo olio por todo el cuerpo del puro y gustoso dio varias chupadas, sonrió entre el denso humo que le envolvía la cara —mi ñamo Yembe Kaniyange, di la e***a Hutus i Rutana, Burundi… ¡oh si seño Yijos mío! , Morí cupa di los tutsi, guera con Hutus…Tutsi mata mi puebo Hutus, Hutus morio po tutsi maldecio…                       Hablo varias cosas de las que no entendimos ni un ápice.  La mirada era muy perdida pese a que lo veía todo.  Se sentó en el taburete que ambos percusionistas le trajeron.  Agarro la botella y se metió dos tragos seguidos saboreándolo como si bebiera un jugo muy frio después de una caminata extensa bajo el sol. Miro a “la Bala” y comenzó a decirle cosas, como que se pusiera una cadenita en el tobillo derecho para que esto lo ayudara a quedarse amarrado a la tierra y no partiera antes de tiempo, si lo hacia todo estaría bien. Bala quedo asustado con la cabeza hacia el techo, las manos en oratoria y los ojos cerrados— puesto de pie se balanceaba de atrás para adelante—. Luego por azar señalo a Papa Bosa que temeroso se paró también. Le dijo que tenía a sus abuelos fallecidos muy preocupado por el sistema de vida que tenía. Lo mando a bañarse con cascarillas (la cascara de los huevos triturada a punto de polvo), un chorro de miel y pétalos de rosas amarillas en esa agua. Le advirtió que no se asustara si tenía alguna cortadura o golpes en los pulgares, que eso era señal de regaño ancestral. — Esto de ancestral lo decía: “familia moría”—                          Miro a Tinguilillo y le hizo señas de que se pusiera de pie, este se paró y se volvió a sentar y se volvió a levantar, era los nervios que tenía el flacuchento muchacho. Comenzó diciéndole que tenía un alma noble pero muy maltratada por las circunstancias de una maldad que le estaban haciendo a él y su familia una persona muy allegada.  Le aconsejo buscar en el patio de su casa un trabajo n***o que les enterraron allí.                  — ¡Mira tú! por eso es que ni engordo, porque me la enterró un n***o por la parte de atrás… —comento en un susurro arqueándose donde estaba yo—                     Se dirigió a Donato, y comencé a ponerme tenso debido a que quedábamos dos y se cerraba el círculo, tenía temor de que diría. A mi amigo le advirtió de no meterse en piscinas y mucho cuidado con lugares con agua, veía un susto en su camino, por eso debía hacerle un sacrificio a yemaya. Tenía que salir en un aguacero con dos puñados de azúcar prieta y ponerse el de la mano derecha en la cabeza y mientras se diluyera con el agua cantarle a Yemaya, luego hacer lo mismo con la izquierda pero a Ochun.                                           —Bianquito, tú ecucha ben…—dijo mirándome de repente, me puse de pie pero las rodillas se acobardaron — tu tene un hombe grande bianco como tú, alto, e pelo peinao pa tras y epejuelo dondo… anda con mayeta e docto o escrito… háblale Yijo háblale… é te cuia… e guta café, cada maiana agarra un chiquitico e café y dale.  Buca una meallita e ochun y lleva contio siempe, ella e tu mae…Yijo mío…                        El jabao recibió los últimos detalles de este viejo africano en el cuerpo del babalao, —sin embargo no le preste atención a lo que le dijo sino pensaba en las cosas que me había hablado a mí—. Es increíble como uno sin quererlo va asimilando toda la verdad o ficción contenidas en cada una de estas palabras. ¡Dios me perdone! pero me ensimisme con lo que respecta al señor que andaba al lado mío cuidándome, puede que tonto o algo enclenque, pero anduve divagando en mi cerebro cual sería la profesión de este, si escritor o doctor o quizás un abogado. Quizás esto era el resultado de venir a un lugar lejos del verdadero camino de Dios.                      Estuvimos como dos horas más allí, entre otros rituales, tambores humos y posesiones. Ya quería irme, nos había agarrado la tarde y aun estábamos en estas. Hablaron de preparar comida con las aves sacrificadas y hacer una comelata. Tenía mucha hambre y lo deseaba, pero quería marcharme para ver a Daniela. Había quedado en ir a verla en la mañana y   eran las santas horas y no había podido moverme.  Cuando tuve un chance se lo hice saber a Donato y él me dijo que en una media hora él también se iba conmigo. Nos pusimos de suerte que Ricardo (Papa Bosa) ya fastidiado como nosotros y sin ese afán de estar comiendo gallina, —seguramente lo esperaba algún bistec con papas fritas en su casa—, también él quería largarse y así hicimos.                              Salimos en el bello buick, —que por dentro estaba tan impecable como por fuera—, Donato de copiloto y yo solo en la parte de atrás, mirando por la ventanilla todo el paisaje de mi Habana. Si nos íbamos por fin, sabrá Dios cuanto tiempo pasaría para volverle a ver. Que lastima me daba mi ciudad no tuviese un destino diferente ante todo esto. Como hubiese sido diferente, con edificios nuevos, las casas viejas remodeladas y   cuidadas, con una economía sólida y no miserable que se la pase culpando de su incompetencia a otros menos a sí misma.                                                                 
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