CAPITULO II

4991 Palabras
“Las fuerzas que nos hacen vivir: La dignidad, la libertad y el valor…”                                                                                                              José Martí                                                 Quede yacente al lado de Daniela mientras llovía a cantaros, permanecí así unas dos horas. Cuando me incorporé, note que ella no estaba allí en la cama. Abrí la puerta del cuarto con cuidado y vi al señor Gonzalo sentado en la mesa del comedor junto a las tres mujeres de la familia. Doña Marta  con  un mantel  blanco expandido en la mesa y una olla  encima de los muslos, escogía un montículo de arroz  que había medido con la acostumbrada  vieja lata de leche condensada (esta era la unidad de medida de los granos  en Cuba a la hora de cocinar). Mientras que la abuela bebía una taza de café pequeña, Daniela seria, al verme salir sonrió melancólica y su padre Gonzalo apretó los labios en señal de impotencia. Sin duda supe cuál era el tema que debatían en esta mesa.                          La abuela me brindo café y se lo acepte, — pero no le deje levantarse, fui y lo busque de la vieja cafetera en la cocina, sentándome a tomarlo con ellos. Al hacer presencia, dejaron la plática de lo que me pasaba a mí, ahora se opinaba de todas las noticias del día que daba la radio. De que se habían llevado otra lancha más, bueno en realidad había sido   la embarcación Baragua, que a finales de julio se la habían llevado y Estados Unidos —luego de darles asilo a los ocupante— la devolvieron a las autoridades cubanas y ahorita comenzando agosto vuelven a llevársela, pero se les quedo sin combustible mar adentro y no se sabe el destino de los ocupantes.                     Todos los días sucedía algo, embarcaciones, avionetas, balseros. —Hasta la noticia de un señor que agarro la policía entrenando su caballo en una laguna con patas de rana, para llevarlo al mar e intentar irse de esta descabellada manera—. Otro instructor de tabla con velas se puso una mochila con agua y comida, se unto bastante bloqueador solar y no paro hasta la guarda frontera norteamericana. Había personas tratando de meterse en los consulados de países como Bélgica, unos chicos que se subieron en el tren de aterrizaje de un vuelo a Europa y llegaron muertos. Era una desesperación total de los cubanos. Por otra parte el gobierno hacia marchas con sus seguidores tratando de neutralizar un poco el escandalo a nivel mundial que les sucedía.                       Esa misma noche mientras comíamos arroz blanco, unas cucharadas de tamales en cazuela y huevo frito con tajadas de aguacate. Daniela se percata de que me habían llamado desde la calle. Yo dude y le dije que seguramente fue idea de ella, pero no termine de decirle esto cuando logre escuchar mi nombre desde afuera. Se adelantó a ver quién era y antes de asomarse a la ventana me dijo que creía era Donato.                         —Nuno… ¿para qué te busca Donato a esta hora…? — pregunto temerosa mientras abría la puerta.                   —No tengo idea Daniela… deja ver— respondí saliendo—                           La calle estaba oscura, el encendido de la luz pública era nulo, pero se distinguía la silueta de Donato con su bicicleta y alguien más esperando en otra otorgándonos cierta distancia para que habláramos con más privacidad.  Le hice una señal de saludo aun sin conocerle.                       —Que bola —salude a mi amigo con una mano en el hombro y le susurre— ¿ya se van pal Yuma?                         —No asere ojala, pero en eso estamos… — contesto Donato con otro susurro.                         — ¿Qué falta…?-pregunte mientras notaba que Daniela se asomaba en la ventana mirando con muy poco disimulo. Por la esquina doblo una maquina vieja de los años cincuenta, se sentía toda la carrocería quejándose como viejito de noventa de sus huesos. Fue iluminando todo poco a poco con una luz amarillenta y deprimente mientras pasaba.                        —Tenemos un problema con los remos, nos hacen falta tornillos de 10.9 o pueden ser hasta de 12.9.                       — ¡Coño de pinga! ¿Y tienen que ser atornillados? — pregunte nuevamente susurrando.                       —Claro Nuno, imagínate con la presión del remar si le pones unos clavos, llega un momento que todo eso se desclava, con tornillos y sus tuercas ahí no hay cuento c***o…                      — ¿Y cuantos hacen falta? – pregunte como si yo fuese el dueño de una ferretería y ya los tuviese en unas cajas esperando dárselos-                     —Veinticuatro…                     —Son bastante… ¿y por qué tanto?                     —Oye Donato ya está bueno de habladuría y preguntadera, ve si te puede ayudar o no al fiñe este…— Hablo con patanería el extraño desde su nebulosa.                       — ¿Que pínga te pasa?—reacciono Donato agresivo con su acompañante — ¿no ves que estoy hablando sobre eso…? además yo hablo lo que me sale de la pinga, ¿que cojone es? ¡A mí no me estés metiendo pie oíste…!                         — ¡Ya, ya tranquilo! — Trate de interceder y calmar todo— déjame preguntarle al papá de Daniela, él está ahí, a ver si tiene eso o lo puede conseguir, ya vengo dame un chance.                       Subí en busca del señor Gonzalo.  Su hija ansiosa y desconfiada me esperaba a un costado de la puerta. Le explique todo y se sintió más tranquila, ella misma llamo al papá para preguntarle. Fuimos los tres con él al patio— llevamos una linterna a la cual había que darle ciertos golpes para que hiciera su tarea— hasta el pequeño cuarto de desahogo donde tenía las herramientas. Las bisagras de la puerta necesitaban un consuelo de grasa o aceite, y tenía un juego al abrir que solo Gonzalo sabia.  Fue directo a una caja de plástico donde había cientos de clavos, tornillos, tuercas regadas, arandelas. Tomo uno y me dijo que lo ayudara a buscar de esa medida. Agarre varios y detallaba fuesen de la misma longitud mirando con ráfagas distante de la linterna, el que tenía en la mano como modelo.  Logramos apartar unos cuantos, que al contar los de él y los míos, sumaron quince. Todos tenían sus tuercas menos uno pero de inmediato el papa de Daniela consiguió la que le faltaba.  Este hizo un intento más entre la maraña de cosas que había en la caja plástica — con las manos movió todo de un lado para otro—, pero no había más. Gonzalo me comento, tener un amigo que le podía conseguir en la mañana los otros nueve que le faltaban.                       Baje con ella   y encontramos a nuestro amigo aun discutiendo, —sabrá Dios de que— con el otro muchacho. Daniela y Donato se saludaron con el mismo afecto de siempre y al darle los tornillos nos hicimos un abrazo grupal entre los tres. Le explique lo dicho por el papá de ella, que en la mañana le consigue los otros nueve que faltan.                         — ¡Esta es mi gente! Personas de calidad, limpia y lindos… — dijo mirando al otro que a su vez ponía cara pocos amigos—                        —Tu sabes que puedes contar con nosotros siempre mi amigo—dije mientras le daba unas palmadas en el hombro-                          — ¡Vamo echando! — exclamo el otro con mala forma y dosis de patanería, doblando el timón de la bicicleta para encaminarla —                          — ¡Asere! ¿De dónde sacaste al acidito este?— le pregunte a Donato en un tono más alto para que me escuchara.                           Ya estaba medio obstinado de este personaje, aparte que notaba las miraditas que le hacía a Daniela sin disimular una pizca. Cuando le dije esto último volvió a poner la bicicleta como estaba y encaro.                           — ¿Quieres que te diga donde tengo el acidito?... —reclamo agarrándose toda la portañuela—                         — ¡Dale ven, muéstrame tu bollo! — conteste yéndole lentamente para arriba—                         — ¡Nuno, vámonos!—dijo Daniela poniéndose en el medio—                         —Oye ya está bueno— intervino Donato yéndole para encima a su acompañante que seguía en la parte más oscura y no se le veía sino algo de las piernas en la bicicleta —con Nuno no te metas porque el pleito será conmigo oíste… te ubicas ¡So come pinga!, que esta gente sin beberla ni comerla nos están ayudando y andas hace rato con una comepingada… ¡te despingo! ¿Oíste…?  ¡Te despingo! , así que ¡Ándate claro jabao!                                                  — ¡Vamos…vamos!— exclamo el tipo arrancando a dar pedales y perdiéndose definitivamente en la oscuridad—                      —Cuidado con ese tipo, ¡¿Y si los demás con los que te vas son así amigo mío…?!— le dije—                      —Si Nunito, tendré mucho cuidado, además no importa quién sea tu compañero de viaje en este caso, lo que importa es salir de este infierno… los quiero mis tortolos — contesto dirigiendo la bicicleta en posición de marcharse— dale mi agradecimiento a tu papa Dani, mañana vendré y se las daré personalmente—ella le afirmo con la cabeza y sonrió—                          Arranco a dar pedales, la bicicleta estaba un poco recia y le costó agarrar el ritmo de pedaleo. Cuando nos disponíamos a entrar, sentí un chiflido y era él que se había regresado, quedando en la parte más oscura donde no llegaba la claridad de las luces de la casa, Daniela me espero en la entrada, intrigada e inquieta.                             —Nuno, yo estaba pensando desde ayer algo y no me he atrevido a decirte… ¿por qué no te vas conmigo?                             Quede impactado por la pregunta, sentí que comencé a procesar toda posibilidad en mi cerebro pero a trecientos cincuenta mil kilómetros por segundo, mire donde estaba Daniela más de una vez. Donato me dijo que lo pensara, —que sabía no era nada fácil y tenía en cuenta lo que cotorreamos en el malecón el día del concierto, pero igual me pidió más de una vez que lo meditara a solas—. Mañana hablaríamos del tema y se fue. De inmediato   al acercarme pregunto para que regreso y le dije lo que se me ocurrió, que era para saber si tu papa le cobraría los tornillos. No quedo nada convencida con esto y es que Daniela me conocía más que a ella misma, y esas cuentas de todos los problemas del país, — aparte los que me sucedían personalmente—, sumado a esto, mi mejor amigo armando una expedición para fugarse de este comunismo rancio. Sabía que podía haber una posibilidad para que yo también limara barrotes.                           Doña Marta antes de acostarnos hizo una jarra de leche en polvo bien caliente cremosa y rica, ya el señor Gonzalo y la abuelita se habían acostado. Ayude a su mamá a cerrar las ventanas y pasarle el seguro a la puerta principal, además de ponerle uno de los sillones de madera pegado a esta, como parte de la seguridad en este hogar.  Cuando iba a dormir me abrazo y dio la bendición. Esto me gustó mucho, me hacía reafirmar ser parte de tan linda familia.                          Daniela se la paso abrazada a mí, pero preguntando mil cosas y suponiendo como sería el estar en una balsa en el medio del mar a esta hora, deseaba saber que pensaba yo de todo eso. Le daba respuestas no muy explicativas y le decía de dormirnos pero contestaba que no podía dormir. Empezó hablarme de las noticias que dieron sobre todas las personas que han encontrado muertas. Me conto que los “Hermanos al rescate” vieron algo inmenso flotando y creyeron era una embarcación rustica, cuando alertaron a la guarda costa norteamericana que se acercaron, era una persona gorda ahogada que estaba hinchada.                       — ¡Coño Daniela! ¿Tú crees que estos son temas de conversación a esta hora? cuando uno debe es estar lo más relajado posible — le reclame un poco molesto porque sabía que la intención era atemorizarme y que ni pasara por mi mente irme así—                       Pidió perdón muchas veces y por cada perdón un besito corto y rico. Reímos y metió su mano entre mi short y agarro la pinga, preguntando que como estaba su pedazo rosado. Esto me puso a mil, y enseguida se me paro a lo que ella respondió con un “Todavía no puedo”. Subió la mano y quedo con ella en mis tetillas, yo con una mía en sus nalgas. Daniela se durmió,  en cambio yo, —algo así como una tradición en mi joven vida— núnca podía dormir cuando las preocupaciones me invadían, más aun  viendo que mi única posibilidad de librarme de tantos problemas seria enfrentando uno solo que era el mar y sus peligros derivados . Pensé en olas, en sed, en sol, en tiburones, pero más pensaba en ver avioneta de “Hermanos al Rescate” y luego una lancha con bandera norteamericana aparecer de la nada y rescatarnos como los ángeles del mar que estaban siendo en estos tiempos. Me partía el alma pensar en dejar a Daniela y sobre todo a mi mamá, sola con el tétrico de mi padre y las inmundicias de este país. Me puse melancólico   y es que en las noches a veces me sucede, al amanecer todo vuelve a ser más optimista, con otras perspectivas.                         Me levante tempranito y vestí   con cuidado para no despertar a Daniela. La abuela ya estaba en la cocina, le sentí junto al olor de la cafetera colando, pero no quería llamar la atención de nadie, fui para la calle. En realidad llevaba mi mente repleta de ilusiones.  Me desvié a la casa para darle un beso a mi madre. Sentí mucha lastima de verla arregladita ya lista para el trabajo. La abrase con mucho amor y ternura, me la comí a besos, acompañándola   hasta la fábrica de caramelos. Le volví a dar un sinfín de besos y me fui a lo que iba, la casa de Donato.                           Cuando llegue, el abuelo de este me abrió — dijo que de inmediato entrara al taller que me estaba esperando su nieto— fui y el portón de este pequeño taller estaba entre abierto. Mi amigo con un vaso de café en la mano sonrió al verme, a su derecha, un chico flaco al que le dicen Tinguilillo, uno de los tripulantes. Sin camisa mostrando cada una de sus costillas, parecía una marimba. Estaba descalzo y con un short —que en su etapa de nuevo no se sabía que color era por lo churroso que se encontraba—, pelo casi a r**e y un tatuaje rustico de un arco y una flecha, en uno de los brazos huesudos.                      Enseguida llego el viejo con otro vaso de café para mí soltando humo. — Fue bueno porque no había tomado en casa de Daniela—. Me sume a ellos bebiéndolo poco a poco, de verdad estaba muy delicioso. Mientras lo tomaba sorbo a sorbo Donato quito unas bolsas negras de encima de algo grande y alargado que casi abarcaba todo el lugar. Era el armazón de lo que sería la embarcación, — lo habían traído de otro patio porque allí corría más peligro— era un palo principal de pino y en la punta con tablas dobles, hicieron una especie de flecha o amuras para cortar el agua a medida que se iba avanzando. Supuse mediría   unos cinco metros sobresaliendo de un lado y otro unos pedazos de maderas atornillados al palo principal con unas sogas largas de donde irían amarradas cada una de las balsas a ese extremo. Daba la sensación de que era el costillar de una ballena. Mirándolo todo al detalle, pensé que se veía muy frágil todo como para lanzarse al mar. Habría que verlo con las balsas amarradas y montadas, quizás se percibiría mejor. Donato no sabía ya que hacer para convencerme de que me fuera con él. Vi  el lugar donde estaban las balsas, esas  cámaras de  ruedas de camión, en el que en muchos lugares también les llaman tripas.                          Me llevo donde estaba el compresor de aire con el que las llenarían. — Tenían casi todo, excepto algunos detalles—. Mientras miraba destornilladores, taladro, serruchos, cinceles tirados en la mesa sucia, grasienta y regada. Pedazos de palo en el piso entre una mugre de aserrín, y un olor a orine de perro que imperaba. Pensaba en mi respuesta y si me metía de lleno en este plan. No dejaba de discurrir que dirían mi mamá y Daniela, siendo esta la decisión más seria que había tenido que tomar. De  lo contrario esperar  al mes que viene y largarme para el servicio militar y pasar el doble de trabajo y peligro que en la calle— Muchísimas personas no salían vivos, otros se fugaban y eran perseguidos y hasta los asesinaban, comían frijoles sin nada a dentro y con gorgojos. Escuche sobre unos que de suerte se toparon con un maizal y pudieron comer mazorcas crudas, — el ambiente dentro del servicio militar era prácticamente de presidio, una mezcla entre comunistas y criminales mezclados en un solo lugar, y yo no tenía ni de uno ni de otro. Preferí sin dudarlo el riesgo marítimo que correríamos.                        ¿Cuándo les diría a mi mamá y Daniela   que mi decisión había sido irme en balsa? .Debía de hacerlo ya, de inmediato, entre tanto le di el sí a mi amigo el cual me abrazo fuerte y con lágrimas en los ojos me afirmo que lo íbamos a lograr, que íbamos a ser residentes en Estados Unidos, “la Yuma”, y nos libraríamos de esta pesadilla.  Esto me emociono mucho y tome la determinación de decirle a Daniela primero que a mi mamá.                      Le pedí a Donato que fuese el a casa de Daniela en busca de los tornillos y tuercas que faltaban para no levantar sospechas mientras le contaría la verdad.  El entonces me dio escrito en un papel, la dirección para que buscara todas las válvulas de las balsas que me darían en un pequeño paquete. Me advirtió que las contara bien—serian once válvulas—ya estaban pagas y todo.                         La dirección era en Guanabacoa, el mismo municipio de La Habana en el que fuimos Daniela y yo a buscar las medicinas de mi mama. Esta vez sería en la calle Santo Domingo, a media cuadra de la funeraria, casa 9813.  Salí directo a la avenida del puerto y di pedales con toda la energía del mundo. Pude haber agarrado la lancha de regla y así evitarme unos cuarenta minutos de pedales al cruzar la bahía, pero el mismo Donato me dijo que no porque estaban muchos policías en los puertos revisando hasta las mujeres en sus partes, debido al desvió masivo que estaba ocurriendo de lanchas.  En realidad era toda la ciudad la que estaba minada de policías y militares.                     Pase por todo el centro de Guanabacoa con pedaleos lentos, conducía por frente a la librería esquivando un charco de agua estancada que había allí y luego pase por delante del conservatorio Guillermo tomas, donde se han graduado y estudiado tantos grandes artistas de la isla, seguí pedaleando por la casa de cultura Rita Montaner hasta ya pasar por el frente a la funeraria, fijándome en los números de las casas. Por el lado me pasaron dos en bicicleta silbando a todo pulmón, con las manos abiertas sin tocar el timón y dando pedales como locos. De pronto Escuche un grito “¡Donato, Donato…!”                        Me había pasado y di un giro en U, e inmediato había un n***o flaco, recostado a la entrada de una casa, en chancletas blancas y una camiseta del mismo color. Tenía puesto también unos collares de santeros con cuencas de distintos colores y pulseras al mismo estilo. Me dio de inmediato el paquete mirando para ambos lados.                        — ¡Dale escapa chamaco, esfúmate! —dijo sin siquiera saludarme—                        — ¿Y tú como sabes que soy yo el que viene a buscar esto? Le pregunte secándome el sudor con la palma de la mano derecha mientras la otra sujetaba el paquete-                        — ¡Asere! Donato me llamo y dijo que vendría un rubio, blanco, pecoso   vestido así… y que pasa ¿eres policía o periodista? ¡Piérdete chama!                       — ¡Necesito contarlos!— le dije —                       — ¡Coño asere que talla la tuya!  — Se lamentó—dale consolte… metete ahí y cuenta eso ya…— volvió a mirar para todos lados.                         Abrió un espacio en la puerta de madera verde manzana que estaba a su izquierda, con el número 9813 pintado con un creyón n***o, y por ahí entre mientras él esperaba afuera. Abriendo apurado el cartucho —bolsa doble de papel —donde venían envueltas las válvulas, pude notar que la casa era pequeña con muchos muñecos de santería además de un aroma a vela y tabaco muy grande. Conté diez, pero decidí recontarlas con más paciencia y menos nervios —desconfiado— aparte una por una y afirme que estaban las once. Las metí en el mi bolsillo derecho del pantalón y salí directo a la bicicleta. El n***o volvió a repetirme mirando a todos lados “¡PIERDETE!”                        Y sí, me esfume de todo el lugar dando pedales sin parar, iba más asustado que nunca. Me pasaron dos patrullas de la policía por el lado pero ni siquiera me miraron. Apreté la velocidad de mis pedaleos, yendo más rápido, aun así, se me pego un señor de unos sesenta años yendo a la par mío. Tenía una gorra de Habana Club roja, y un short corto azul, portaba una cadena de plata y sonreía con un diente de oro similar al de Pedro Navaja. La bicicleta era rápida y muy cuidada, azul metálico y en los extremos del timón unos flecos naranjas, además tenía los guardafangos pintados de blanco con un juego de lumínicos que le hacía más llamativa.                        — ¡Así es que hay que ir, rápido!  Hoy la Habana se va a sacudir —dijo en voz alta para que lo escuchara bien— ¡Esto se va a encender de un momento a otro mijo!                         El viejo mostraba su diente como la farola del morro en las noches guiando los barcos en plena oscuridad. Sonreí por educación pero de verdad no estaba para muela de nadie. Aumente los pedaleos y fui arrimándome a la izquierda en la avenida para agarrar por el restaurant “Dos Hermanos” y salir a la calle Mercaderes. Cuando pase por el restaurant e iba subiendo en esa esquina. De la nada vi dos uniformes azules de la policía y un brazo haciéndome señas para que parara.                        Sentí un pánico terrible de que me revisaran, —que era lo más probable — y encontraran todas esas válvulas. No solo palpe ese miedo visceral sino que me sentí el tipo más desafortunado de la tierra. ¿Por qué a mí? Entre tanta gente que va pasando. ¿Por qué a mí? Allá en la esquina hay unos mulatos que sabrá Dios en lo que están. Cazando turistas para proponerles mil negocios, ninguno lisito. Por esta época la Habana estaba repleta de ventas clandestinas de, ropas, joyas y equipos electrodomésticos —el noventa por ciento robados—, aparte de la venta de dólares y carne de vaca que esto era un pecado capital muy castigado para el que lo hiciera.                       Por el lado izquierdo estaban una mulata y una negra con licras que se le marcaban los labios vaginales. Jineteaban a dos españoles, — supongo que lo eran debido a los shores, las piernas muy blancas, la barriga sobresaliendo, unos pulóver con toros de San Fermín en el pecho y además la carita que ponen cuando ven unas cubanas —Descaradamente lo hacían delante de los mismos policías, negociaban cuerpo por dinero. Pero tenía que venir pedaleando el comemierda más grande y brillante de toda Cuba  para que los policías se decidieran  levantar de la patrulla, —un lada 1600  blanco muy poco conservado— , estirar las piernas entumidas, bostezar, mover el cuello de un lado al otro, traquear los dedos  y decirme ¡Alto!  Yo, Nuno, más salado que un bacalao Noruego.                      Me arrime y puse con cuidado la bicicleta en el contén de la acera apoyada en un pedal. Seque el sudor con ambas manos y trate de tomar buenas inhalaciones de aire, no había terminado la primera y ya estaba uno de ellos abriéndome las piernas cacheándome. Un blanco flaco de nariz respingada y pequeño de estatura tanto que la diminuta pistola rusa makarov, se hacía ver como una mágnum en su cintura. Con ese pantalón azul rey y la camisa azul Acero que le quedaban inmenso, todo un pitufo con uniforme. Dio un golpe seco en los cojones que me hizo brincar, luego reviso mi cintura, las axilas y dejo de ultimo los bolsillos. En el izquierdo saco mi carnet de identidad, el cual le dio a su compañero que se puso a mirar los datos. De inmediato saco la bolsa con las válvulas que escondía en el bolsillo derecho del short.  Rompió por una esquina la bolsa con sus dientes amarillentos, escupió el pedazo de cartucho y saco la primera, cuando iba por cinco le dio un silbido al otro policía que andaba— con mi carnet en mano— de ricitas con una de las jineteras.                        Era un n***o de cuerpo fofo y cuadrado, con la gorra de medio lado y una panza que hacía sufrir el botón bajo de la camisa.  Se acercó y agarro dos válvulas de la mano de su compañero, se miraron el uno al otro con cara seria y cierta dosis de sadismo.                    — ¿Dónde pinga están las balsas de estas válvulas?—salto el n***o con la mano puesta en su makarov.                      Yo no sabía que decir, que responder, sentí que estaba acabado, que mi mala suerte había llegado a su clímax. Intente hablar pero el aire que saque no transporto palabra sonora alguna. En realidad no tenía neuronas activas para procesar algún tipo de respuesta.                   — ¡Mira gusano de mierda!— dijo en un avenate el delgado policía, salpicándome la cara con su rebelde saliva— dime aquí, ahora mismo ¿dónde cojone tienes las balsas?…mínimo se están pirando ocho gentes…                       —No viejo, que hablan ustedes, esto no es nada de eso — al fin logre defenderme e impulsar una oración.                       — ¿Nos crees idiotas Singao?— avizoro el agente n***o y panzón mientras sacaba las esposas —                         Esto me aterro más aun, la agresividad con la que me estaban tratando pasaba a ser muy poco erudito. Note que todo el mundo estaba mirando mi show. Las jineteras, los españoles, un vendedor de maní que le ofrecía su mercancía a una pareja de gay en shores, sombrerito y camisetas rosadas. El caso es que todos veían como me llevaban hasta la patrulla de un brazo cada uno. Cuando me recostaron   a ella y el gorila acomodaba mis manos para engancharme los aros de metal, sonó la radio de ellos dentro del auto policial.                    —PATRULLA 992…PATRULLA 992, REPORTENSE URGENTE… REPITO REPORTENSE URGENTE…—Decía una voz de mujer reiteradamente—                         Enseguida el policía blanco salió directo al asiento del conductor y se puso a contestar el llamado. No pude escuchar bien debido a que mi opresor me apretaba las manos y gritaba que me quedara tranquilo, cosa que daba a entender el nervio que tenían debido a que yo ni siquiera me movía.                         Sin levantarse del asiento el grácil agente, prendió el auto policial y le grito al compañero que dejara eso y se subiera urgente, — había líos en una parte del malecón, la gente se lanzó a la calle a protestar y existían serios disturbios—. El moreno se estreso aún más, me quito la única parte de las esposas que había logrado poner en mi mano derecha,  tiro el carnet de identidad a mi pecho y  con la misma sentí un empujón que me hizo poner una rodilla en el pavimento. Chillando las gomas, el lada 1600 salió disparado bandeándose de un lado para el otro. La bolsa con las válvulas quedo esparcida y fui a buscarla cuando me percate que solo habían dos dentro. Mire todo el piso y fui encontrándolas una por una. Las cuales sople para quitarles el sucio de polvo y las metí directo en mis bolsillos, busque la bicicleta y salí pedaleando duro del lugar                    Con la caída producto del empujón, sentí que un hilo de sangre corría por mi rodilla pero eso no importaba, solo atendía la calle y deseaba llegar rápido. Escuchaba sonidos de las sirenas por todos lados y esto no era común en la Habana. Tuve que parar en una esquina para que pasaran cinco motorizados de la policía que sin piedad cruzaban a toda velocidad.                       Me costó mucho trabajo llegar hasta la casa de Donato y eso que estaba muy cerca ya. Al estar allí me encontré con el flaco Tinguilillo, sentado en una piedra que sujeta la puerta del taller cuando se abre de par en par. Comía un mango y tenía una camiseta blanca, o que era blanca pues estaba ya amarilla del embarre por el jugo de mango. Unas moscas le sobrevolaban la fruta como las avionetas de” Hermanos al Rescate” a las balsas que rescataban. Me miro haciéndome señas pero sin dejar de roer y embarrarse hasta el tatuaje del arco y la flecha.                        —Donato me dijo, que si llegabas antes que él, dejaras las válvulas que el después te iba a ver a tu casa. —Dijo por fin mientras con los dedos de la mano que no sostenía el mango, se sacaba las hebras de entre los dientes.                          
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