CAPITULO III

4886 Palabras
              “El sol, después de la sombra de la noche, levanta por el horizonte  puro, su copa de oro…”                                                                                                                         José Martí                             Se dijo todo lo que llevaríamos en este raid, en su mayoría lo de alimento y agua lo tenía conseguido Ricardo “Papa Bosa”, linternas y pilas Reinaldo “La Bala”. Daniela se ofreció a llevar medicinas como antidiarreicos, unos sueros hidratantes, calmantes, vendas y todo lo que consiguiera en las cosas que tenía su mamá. El Jabao lázaro, tenía dos náilones de varios metros, uno transparente y otro n***o, para en el día protegernos del sol o la lluvia. Teníamos que llevar ropa para el  frio y  con mangas largas,  “La Bala” recalcó que esto era tan importante como llevar agua y le dijo al flaco “Tinguilillo” que no se preocupara que él le llevara ropa y abrigo, —este era muy humilde y creo que lo único que poseía siempre era una botella de chispa e’ tren—. Yo quede en llevar sogas y cuerdas para amarrar cosas si era necesario, recordé que mi papa tenía  todo eso en unas cajas allá en el patio. Una vez que intento amarrarme con una de ellas cuando me sorprendió escuchando thunderstruck de ACDC. La salvación fue esa santa madre mía, que sin miedos y coraje, me defendía a raja tablas. Pero lo que más creo lo calmo fue la promesa de su camarada Gustavo Peña, jurándole que esa mentalidad mía con disciplina militar se quitaría, y que el encargado de eso sería él.                        Nos pusimos de acuerdo  en que ya no nos veríamos más hasta el  día doce en la mañana. Nos despedimos como lo haría un equipo, cada quien se dio un abrazo, y eso me gustaba porque necesitábamos estar unidos, en camarilla para este paso que iríamos a dar. Antes de irnos reímos cuando El Jabao le dijo a Papa Bosa que hiciera ejercicios estos días para que el culo no le pesara tanto, a lo que este le respondió que todo lo contrario, comería lo más posible porque en las balsas bajaría de peso.                       Daniela, Donato y yo, fuimos al cuarto para   ver al viejo Lemus que estaba en cama, malito de un fuerte catarro. Se alegró mucho de vernos, me apretó las manos y Daniela le dio un beso en la frente con destemplanza. El inmediatamente y con su fija sonrisa desdentada que tapaba con un pañuelo a cuadros, dijo: “Primera vez que una rubita besa el pellejo de este n***o viejo…” — Todos reímos al unísono—                      —Lo más cerca que estuve de una mujer más clara que yo —comenzó a contar con su nariz aguada y   la voz apesadumbrada — fue a los diecinueve. Una mulata charlatana, y voz de rana cuando se la está tragando una serpiente. Hija de un blanco de padres españoles, con una negra de Ciego de Ávila. Esa muchacha, era achinada de nariz como una cereza, labios gruesos formaditos como con un pincel, tenía un pelo crespo castaño abundante, haciéndosele rulos naturales que le guindaban a cada lado de esos cachetes color arequipe, y para que no le estorbara se los pasaba por detrás de la oreja, —eso me mataba—. En las tardes de sábado se ponía hermosos vestidos. ¡Esas piernonas, ese cuerpo de mulata! —Porque el cuerpo de mulata es único en su especie, sépanlo bien, que no hay domingo sin misa, ni mulata sin culo… —yo la veía siempre que pasaba por su casa, y todos los días me metía con ella. Le decía cosas hermosas, este n***o se inspiraba pero le era insignificante todo. Una vez me  hizo caso y se sonrió cuando le dije que por culpa de ella tenía que ir al médico. Ella con cierta preocupación o sentimiento de culpa, me pregunto si estaba enfermo. Le dije sí, porque cada vez que pasaba y la veía, los ojos se me votaban pa’ fuera .Ella rio y me dije “¡Esta es la mía!” — Lemus tocio y se sopló los mocos antes de continuar.                    — Bueno, le pregunte si saldría conmigo algún lado, yo estaba dispuesto aunque sin recursos— porque no tenía sino malamente para comer, con lo poco que trabajaba en el horno de carbón de papá—. De llevarla, seria aunque sea a comer raspadura en la bodega de Fermín el gallego. Pues ella me dijo que sí, pero tenía que demostrarle que de verdad portaba un  interés  serio por ella. Yo de bravío y charlatán le dije que sí, que me pusiese a prueba. Y ese mismo día me pidió unos merenguitos  de los que hacia la negra Pipa, —lejos  en la entrada del pueblo—. Ese día fui hasta allá se los compre y deje. La sonrisa y el tono del  “Gracias”  me  fueron tan ilusionante para mí, que esa noche no pude dormir pensando en cada detalle de ese agradecimiento.                      Al otro día me pidió guarapo fresco, y el único que tenía por todo esto, caña de azúcar para sacarle el jugo, era el viejo Tato, —un gruñón y pesa ‘o Guantanamero—pero allá fui y pese a su negativa de vendérmelo, obtuve una buena jarra de guarapo que le lleve.  El placer con que me lo recibió activaron mis sueños por ser su novio, es más, bebió un sorbo delante de mí y esos labios mojados por ese líquido delicioso, casi me desmayo. Hasta taquicardia me dio cosa que no me ocurre ni cargando los pesados sacos de carbón, allá en el horno. Y así comenzó a pedirme una serie de cosas día tras día. Pidió cacao en polvo de oriente, una caja de la carpintería bien bonita y barnizada para guardar cosas. Un juego de cubilete para jugar en las noches con sus padres, hasta unos pollitos amarillitos de esos de las granjas, (no criollo). Un día me harte y cuando pase me anuncio lo que quería, y le dije: “Eres lo más hermoso en mujer que he visto en mi corta vida, pero ¿sabes por qué me pides tantas cosas sabiendo que no soy hijo del alcalde, ni de un comerciante?, porque tu estas vacía por dentro, además de por fuera, y necesitas la sensación de tener y de llenar algo de lo tanto que te falta. Te traje todo lo que me pediste y no das nada a cambio, porque no tienes nada que dar…”  Dios sabe que me dolió más a mi decirle eso que a ella escucharlo. Se volteo  y con la cara orgullosa mirando hacia arriba se fue, y yo mirando esa retaguardia como se me escapaba de las manos.  —Todos volvimos a reír de las ocurrencias e historias del vetusto abuelo Lemus—                     —Y ahora, mil años después viene una rubiecita a darte un beso en la frente, ¡Viejo sinvergüenza!, descansa. — alego Donato entrando al cuarto mientras le tocaba la frente para detectar alguna fiebre, y luego le cobijo. Esa fue la última vez que veríamos a Lemus, y como un lacerante presagio, nos veía marchar.  Sonriente se despedida con una mano.                       Esos días previos a la partida, trate de estar lo más posible al lado de mi madre. Fueron días estresantes, plagados de nostalgias y temores. No estaba durmiendo nada y en la madrugada me iba a dormir a su cama y sin que se diese cuenta mientras dormía, le acariciaba y daba besos, cuando las ganas de llorar aparecían me iba a mi habitación y lloraba hasta quedar dormido. Mamá estaba solita y con quien único contaba era conmigo.  Sus dos hermanos, vivian en un pueblo lejos de la Habana de donde era oriunda, —y que tanto me encantaba ir a la finca de los abuelos a los que el gobierno obligo a entregar para agarrar las tierras y llenarlas de sembradíos de caña—.  El tío Felo, de ojos tristes, flaco, narizón, y abundante cabellera desgreñada, era buena gente y noble, muy trabajador de la tierra (trabajaba como un mulo en una cooperativa del gobierno), lo único que sabía hacer, heredado este oficio del abuelo. Tuvo primeramente un hijo y le salió sordo mudo, cuando intento tener otro  sin esos problemas, le salió una hembra sorda muda también. Esto le llevo a beber — era lo único que hacía—, beber y trabajar  para sus hijos.                      La tía  Marce es asmática, muy delicada  para alimentarse.  Solterona, vivía  sola con sus dos perros  y un gato que  crio desde que eran muy pequeños. Se llevaban tan bien,  que  ya el gato no sabía si era un perro más  y los caninos  la insania de no saber si ladrar o maullar. La tía Marce estudio música cuando joven en la ciudad de Matanzas, graduada de clarinete y piano, este último en nivel medio.  Me quería mucho, mamá siempre me decía que lo primero que hizo en su primer sueldo fue comprarme un abrigo azul.                 En el año, los hermanos se reunían tres y cuatro veces, casi siempre mamá iba para allá y se quedaba con su hermana a dormir. En el día, ayudaba en las cosas del tío Felo —Aunque a veces la volviera loca el intentar entender a sus dos sobrinos y el lenguaje de señas— Pasaba unos días divinos, eran muy unidos. Los tíos no venían a casa, primera mente por mi padre que era insoportable, solo se aparecían cuando tenían que llegar  a la Habana por algún turno al médico —y al no tener a más nadie en la capital,— no tenían más remedio que quedarse en la casa, pero la realidad era que no se tragaban  a mi papá. Después, dejaron de venir por el problema del transporte tan crítico como se puso con este periodo extraño al que le llaman “Especial”, también mamá dejo de viajar para allá. La única comunicación era hacer la cola del vetusto Crosley 1950, y hablar con ellos un rato.                   Me encantaría que ella se fuese para el pueblito luego de enterarse de que me había ido. Pensé mucho en el salvaje comunista de mi padre y su reacción contra mi madre cuando se enterara de mi partida. No sabía, esa impotencia y soberbia, como sería ante ella. Le comente a Daniela de esto y ella me dio la idea de que se marchara a vivir con doña Marta y familia. Me parecía que sería lo mejor, o donde la tía Marce  y el tío Felo, pero de esta casa tendría que salir.                   Dani diría en su casa, que se iría para un “Campismo Popular” conmigo a la hermosa y solitaria playa de Jibacoa. No era la primera vez que estábamos en este lugar, ambos habíamos ido con nuestras familias antes de ser novios. Hermoso lugar que por su relieve accidentado naturalmente, le hacía más llamativa aun. Además que se encontraba circundando, unas verdes colinas de cien metros que hacían un contraste mágico con sus celestes aguas y blancas arenas. Quedaba  en Santa cruz del norte, mismo lugar de destinatario del tren de Hershey, a  sesenta kilómetros de la capital.  Allí había muchas bases de campismos populares. Esto era una zona — en la misma playa— que habían habilitado con casas de campañas o carpas, para que la gente estuviese allí   donde quedarse mientras disfrutaba de las bondades de la naturaleza. Todo era muy rustico, había un lugar construido para cocinar en leñas y algunos depósitos de agua potable  y baños podridos de sucios, las personas llevaban todo porque allí no había nada, solo playas y algunos lugares en área dólar para los extranjeros. Creadas por el gobierno en 1959 tras un recorrido de Fidel Castro a una hacienda ubicada en la Sierra de los Órganos, Pinar de Rio. Sugirió extender a las playas una nueva forma de alojamiento para el disfrute de todos los cubanos aprovechando la naturaleza de la isla. No fue sino hasta mayo de 1981, que oficialmente el gobierno comenzó habilitar lugares así, llamándolos “Campismo Popular”.                       Era tremenda idea de Daniela y lo cuadramos con Donato, de una vez se lo dijimos a mi mamá y ella en su inocencia lo primero que dijo fue: “Gracias a Dios mi niño, que ya se acaban las vacaciones y no has salido de esta ciudad a ningún lado… ojala me hubiese podido ir contigo Nunito, pero ya sabes el trabajo, todavía no me tocan las mías…”  Le abrace y consolé diciéndole que un día nos íbamos a ir juntos a pasar mucho tiempo en la playa. Volví a sentir muchas ganas de llorar y lo demostré en mis últimas palabras donde la voz se me resquebrajo como la tierra tres días después de la última lluvia.                          Daniela se lo hizo saber a su mamá delante de mí y ella dudo, preguntando como íbamos a ir a un campismo a estas alturas del verano, ya no habría reservaciones en esos campismos, debido a que estaría repleto de gentes. Además era peligroso con la situación del país estar yendo a eso. Tuvimos que ponernos firmes porque no querían ningunos allí que fuésemos a ir.  Hasta que ella dijo que yo iba a ir  y no me dejaría ir solo,  —cosa que para nada convenció— ,pero terminaron aceptándolo.                     Pese a todo lo que llevarían los demás para la travesía, le pedí a Daniela que preparara una mochila con nuestra propia agua y si podía, algunos dulces, alimentos y demás cosas. Metió todos los medicamentos que pudo, hasta una tableta de diazepan y acetaminofén, los envolvió en dos bolsas plásticas y  acomodo en un rincón de  la mochila. Preparo 500 g de  leche en polvo en una bolsita pequeña y en otra aparte, puso azúcar. Coloco también ropas y abrigos para ella y unas camisas  gruesas de su papa para mí, que aunque me quedarían muy grandes ayudarían a mitigar el sol y el frio. Su mamá pensando que teníamos que comer algo en ese campismo donde no había nada, se apareció con una lata de leche condensada y galletas de soda, esto era perfecto. Teníamos nuestros propios recursos aparte de todo lo que conseguirían los muchachos. Metió un pote de crema hidratante y un pomo glauco anti solar, además de una pequeña linterna plateada de dos pilas relativamente nuevas, que ponía su papá encima del escaparate.  Metimos una inscripción de nacimiento de ella y mía junto con el carnet de identidad, en un nailon bien envuelto y hasta con cinta plástica, que acomode en uno de los  bolsillos. Ya la mochila andaba   a dos tercios de su capacidad  aun faltando  las cuerdas y sogas  mías, aparte de una botella plástica de  dos litros de agua. La cual  pondría  yo en  el frigidaire de mi casa mañana en la noche para que amaneciera congelada. La única cosa que sabía hacer el congelador de mi casa era eso, trabajar sobre aguas  —lo que más abundaba en él—, ya hasta parecía  un submarino, rodeado de agua.                Me acosté al lado de mi mamá, pero no para dormir sino con el fin de pensar en todo lo que se nos venía encima. La preocupación, entre otras cosas, de que no  olvidásemos  nada  me intranquilizaba más que lo demás. Donato nos advirtió que teníamos que descansar lo más posible y era lo menos que yo hacía, estoy seguro  que en algún instante de la travesía extrañaría estos momentos en la cama. El vecino, veterano de la guerra de Angola, puso radio reloj y el tic tac era más reacio que de costumbre incluso que el ruido en el trasteo de su cafetera, cuando le arma y prepara para colar el café. Desayune con mi madre y le acompañe a su trabajo, de ahí seguí a casa de Daniela que desayunaba con sus padres y la abuela Marina. Tampoco durmió nada, y en los ojos se le notaba, ojerosa y de esclerótica roja, aparte de un  humor no  muy  silicaptico.             No quería quedarme en casa pensando, y pensando, quería salir y que pasara el tiempo de una vez. Fue cuando le pedí me acompañase hasta Guanabacoa, dudosa me pregunto varias veces el motivo de esto, — ¡¿Que si estaba loco, dar pedales hasta allá?!— Igual se vistió y subió a la parrilla de mi bicicleta, no sin antes buscar la pequeña almohadita con la que dormía y ponerla debajo para que no le maltratara esos hierros cruzados en las nalgas. Le explique que deseaba ir  con ella a la loma de la Cruz. Se emocionó mucho ya que  deseaba desde niña poder ir allí  y yo también. Fuimos como siempre que íbamos a esos lugares, sea el municipio de Regla o Guanabacoa, atravesando la bahía para así tener adelantado muchísimos kilómetros. Llegamos a Regla y aprovechamos para ir, antes de continuar, a la iglesia y ver al padre Rafa, pero fue en vano porque andaba en Pinar del Rio según uno que se encontraba limpiando las banquetas. Preguntamos por Luisa, y ella se acababa de marchar. No pudimos quedarnos más tiempo y seguimos cruzando todo el centro de Regla hasta llegar al semáforo fronterizo con Guanabacoa, pasamos la vía blanca y nos incorporamos a la famosa calle Cantarranas, — llamada así por una gran famosa laguna que había en el lugar y donde existían numerosos batracios que se escuchaban por toda la zona, después se lo cambiaron por el de Asunción, dicen que por la patrona del sitio—. Esta calle llevaba hasta la loma del indio, como también se le conocía aparte de  “La Cruz”.  Subimos a pie  por un trillo que estaba marcado de tanto subir la gente. No era una gran  loma, solamente tenía 72 metros de alto, con una vegetación que  era mezcla de verdes  glebas áridas  con  montículos de hiervas secas. Había lugares en la maleza que olían mal debido a personas que hacían sus necesidades allí, lo que nos llevó a continuar tapándonos la nariz.                  Al fin estábamos ya en la cima y la cruz que estaba en la cúspide, me pareció más grande de cómo le imaginaba de lejos. Solitaria, erguida,  misteriosa, lo cierto es que  ahí estábamos  frente a ella. La cruz era metálica ya desgastada por el tiempo, la intemperie y el trabajo climático. El vértice, y arista   de la sagrada figura era cuadrado con  puntas en forma de flecha,  estaba en  una base de cemento con  dos pisos  en forma de pirámide. Al lado a unos quince metros se veía un tanque circular inmenso de hormigón, construido en 1905 para surtir de agua a buena parte de la villa.  Corría una brisa muy deliciosa que hizo a Daniela recogerse el cabello varias veces. Acomode dos piedras grandes debajo de un arbusto a unos cinco metros de la cruz, todo seco pero que aún daba sombra. Daniela  puso su pequeña almohada y se acomodó con la  cara en mis piernas pero sin dejar de mirar  la estructura.                       —Ahí donde está la cruz, vivía el indio José  Bichart en una humilde choza  — Dijo Daniela mientras le acariciaba el cabello—  el cultivaba  y labraba la tierra para su sustento, allá en la segunda mitad del siglo XVII. Por ser un fiel católico y cristiano adquirió una imagen, — no se sabe dónde—, de un precioso Jesús de Nazareno pintado en un tablón de cedro, colocándola en un altar que con sus pobres recursos hizo.                        — ¿Y no tenía familia? — Pregunte mientras pasaba cabellos por detrás de su oreja que el viento había regado                       —No mi amor él era solito, pero tenía a Dios como centro de todo, así que estaba más acompañado que toda Guanabacoa junta. Fíjate que en las mañanas recogía las flores más hermosas y olorosas que encontraba en la manigua, y se las colocaba a diario a la imagen de su Jesús. El a veces no tenía ni para comprar una vela y organizaba cerca,  una fogata para así iluminar  y darle luz en las noches a  la imagen mientras oraba con dulía por los  habitantes  de la villa de Guanabacoa. Aun así  muchos esperpentos  al verlo en esas adoraciones todas  las noches, comenzaron a hablar y tejer muchas injurias en contra del indio. Por temor de que tomaran alguna represaría contra su cuadro, lo llevo para una capilla cerca de aquí, —Santo Cristo de Potosí  —y allá se la entregó al capellán, el presbítero don Baltazar González. La imagen Ecce Homo  comenzó a decirse que  concedía deseos  y muchísima gente  le pedía  fervientemente. Le enmarcaron en plata y tras su fama pretendieron trasladar el cuadro a la ermita de Candelaria, pero el obispo de Cuba Manuel Montiel, no lo permitió, quedando así en la de Santo cristo de Potosí. Aunque le hicieron una copia muy fiel, está allí en la ermita que deseaba el original.                         —Oye que grande historia, las veces que he pasado yo por aquí y ni idea—comente— mi amor ¿y aun esta ese cuadro allí?                         —Por  iniciativas del Fray Ignacio del Corazón de Jesús Moreno, más conocido como  “El Padre Santo”,  se  trasladó el original a la iglesia parroquial y la copia  en la de Santo Domingo, allí están Nunito.                      — ¿Y qué paso con el señor indio, dueño del cuadro?                       —El  hasta el día de su muerte entre 1681 Y 1685, El siguió cuidando  y adorando su imagen, tanto que pidió fuese sepultado en el altar donde la tenían puesta y así se hizo, allí están juntos. Cinco o seis años después de su muerte, un religioso al que le decían “El Peregrino”, intento hacerle un monumento justo donde vivió aquí en la loma, el indio José Bichart, pero esto fue un mal plan y no se llevó a cabo. Hasta que el pueblo de Guanabacoa  el 14 de septiembre de 1876 liderado por el fray  Manuel De Sotos  mandaron hacer  una hermosísima cruz para colocarla justo donde vivió  Bichart. Ahí está frente a nosotros, abandonada,  triste, con ese estigma de soledad, pero erguida luchando contra el tiempo y bendecida en la historia.                      Daniela se levantó y me  agarro de las manos conduciéndome  así hasta la base de la cruz. Se quedó mirándola y yo con ella, los ojos sufrían una vastedad  debido al sol imperante, aun así no soltamos nuestras manos, el viento ondeaba el cabello de ella como  bandera  en un velero y daba en mi  hombro. Cerré los ojos y Daniela comenzó a orar.                    “QUERIDO JOSE BICHART, TU QUE FUISTE UN LEAL SIERVO DE DIOS, QUE HABITASTES EN ESTE MISMO LUGAR DONDE ESTAMOS EN ESTE MOMENTO, ADORANDO Y VENERANDO A NUESTRO SANTISIMO SEÑOR JESUS. TE RUEGO QUE COMO MENSAJERO DEL SAGRADO PODER DE DIOS, LOS ARCANGELES, Y ANGELES. INTERCEDAS POR  NUNO RODRIGUEZ  Y DANIELA GUTIERREZ, QUE JUNTOS HAREMOS  MAÑANA UNA TRAVESIA PELIGROSA  Y DELICADA.  PROTEGENOS CON TU HERMOSO AMOR SAGRADO  JUNTO AL MANTO DIVINO DE NUESTRO SEÑOR. CUIDE A NUESTRAS FAMILIA  Y DELES EL ANIMO Y FUERZA SUFICIENTE PARA EN UN TIEMPO NO MUY LEJANOS VOLVERNOS A ENCONTRAR... EN EL NOMBRE DEL PADRE DEL HIJO Y ESPIRITU SANTO… AMEN.”                      Nos  persignamos  tres veces y terminamos fundiéndonos en un rico abrazo. Echamos un vistazo a todo el paisaje que se proyectaba  desde allí. Más distante, la bahía de la Habana, parte del pueblo de Regla, plaza de la revolución, también el capitolio, y  de cerca los  repartos que se ubicaban en el noroeste del municipio. La carretera vieja de Guanabacoa al frente con sus  centenarios arboles  de jagüey  custodiando parte  del camino. Hicimos silencio viendo todo aquello y acordamos irnos para  finiquitar detalles  y no estar más presionados en la mañana.                       La lleve a su casa y nos despedimos con otro abrazo, estando así me confeso lo aterrada que estaba además de triste. Cuando le dije que estaba a tiempo, que se quedara con su mamá y su familia, y yo cuando estuviese en Estados Unidos haría todo lo posible por reclamarla y llevarla para allá por la vía legal. Daniela se molestó y me dijo que por esa vía nos veríamos en seis, siete años, con muchísima suerte.  Daniela me apretó duro y con sus labios en mi oído, susurro: “Déjame llorar esta despedida de mi familia, que con el favor de Dios será momentánea, llora tú la tuya, ve. Mañana en la mañana  con los ojos frescos y sin mirar atrás, nos vamos…”                  Le dije una deflagración de “Te amo”, como ráfagas despiadadas y nos dimos un hermoso beso. Me daba mucho ánimo  se comportara así tan denodada. No sé qué sería de mí sin ella— y era una realidad aunque caiga en un rio de cursilerías o cliché, pero era la total realidad—. Me pongo a pensar como seria este momento de partir sin llevarla conmigo y sería un doble dolor directo al corazón, a mi madre y ella.              Cuando nos logramos separar y después de esperar a que abriese la reja de su casa.  Siento el ruido oxidado y reumático en los pedales de la bicicleta China de Donato. Daniela suspendió la acción de manipular el cerrojo y se  incorporó   donde yo estaba para recibirlo. Este llegaba con una sonrisa de oreja a oreja.                           — ¡Así los quería agarrar!—dijo terminando de frenar la bicicleta con las  gastadas suelas  de sus  viejos tenis—                           — ¿Cómo está todo mi hermanito? — le pregunte de inmediato—                           —Todo bien, par de tortolos… — respondió mirando para los lados sobre todo la casa de Daniela— mañana partimos, llueva, truene, o relampaguee. Y voy a irme rápido, no es conveniente me vean hablando con ustedes cuando en todo este reparto tengo fama de que en cualquier momento me lanzo al mar. ¡Escúchenme bien! No sé cómo harán, si se verán aquí o allá en tu casa Nuno, Pero a las diez de la mañana pasara Ricardo (Papa Bosa) a buscarlos en el carro del… ¡Diez de la mañana! , ni un minuto más, ni uno menos.                                  — ¿Pero no era a las doce que nos íbamos?— pregunto Daniela pasando su mano por encima de mi hombro.                                —No cabemos todos en  el Buick, incluso llevando dos carros, porque ira el hermano de Ricardo con  su Ford Fairlane 56, para llevarnos  en él, mientras  la embarcación estará  encima del buick  que será conducido por un primo de este para que lo  regrese,  y dentro de  la máquina de Papa Bosa, todos los  bultos, llevamos muchas cosas pero son necesarias. Bueno el los lleva los deja allá y se regresa.                               —Donato ¿y donde los esperamos en Cojimar? — Pregunte agarrando la cadera de Daniela.                              —Tranquilos que Ricardo los dejara justo por donde nos vamos a ir. Allá donde se fueron aquellas gentes que vimos, ¿Te acuerdas? Ya cuadramos todo para irnos por ahí mismo… bueno listo a descansar. ¡Y tranquilos! Sé que es difícil y duro para ustedes, pero mis hermanitos, el día de mañana esto será un bien para todos y lo más pronto que ustedes se imaginen veremos a nuestros seres queridos… y como dice el lema de estos mismos cabrones comunistas… “¡Para atrás, ni pa’ coger impulso!”                           Esperamos Daniela entrara y nos fuimos dando pedales por todo el medio de la calle. Era increíble que llevara varios días sin irse la luz, Y hasta el alumbrado público se notaba que habían colocado algunos bombillos nuevos en los postes.  Le estaba prestando atención hasta a los violines de los grillos, o los cantos de las ranas por algún charco o matorral. Ahorita que estaba cerca de irme, sentía ciertas nostalgias que pueden parecer hasta estúpidas que antes no me importaban. Estando en la puerta de mi casa, quede mirando las estrellas, que no era por nada,  pero en mi isla se veían espectaculares, más existentes y vivas que en ninguna parte. Puede ser la falta de luces de neón en la isla y esa oscuridad las resaltaba más. Pero ¡Nah! con neón o no, mi Habana y mi Cuba, eran bendecidas por todas las constelaciones de este universo.                    Ya mamá estaba acostada diciéndome que tenía la comida en un plato en la cocina tapado con otro plato, que me la calentara. Me hizo  boniato frito y harina de maíz  en cazuela  con un huevo frito por encima y una limonada en la nevera. No calenté  nada en la  hornilla, solo agarre el plato y me senté en la mesa a intentar comer, pero solo pude tragar unos boniatos y si me bebí toda la limonada, que estaba fría hasta con escarchas de hielo dentro.                       Fui donde mamá y le di muchos besos. Me quede un rato abrazado a ella con un nudo en la garganta que su pesado cansancio no le dejaba percibir. Eran  afilados  basalartes  los que  atravesaban mi mente  y con la punta  sobrante, lograban  rasgar la parte norte del  corazón.
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