CAPITULO II -5

3358 Palabras
— ¡Dale Donato cojone…! —le grite—                  —Ya, ya estoy listo— salía de todo ese escombro y le di la bicicleta— ¡Oye Nuno! ahora entre el asiento de la bicicleta, el calor y el culo sin limpiar, se me va a pelar…                    — ¡No comas pinga chico!, vámonos de todo esto…                    —Dale arranca— contesto subiéndose por fin a la bicicleta, puso cara de asco cuando coloco el trasero en el asiento, incomodo se sacaba un poco el short — Nuno, ¿cómo es que se dice puta en inglés, biches?                  — ¡No se compadre…! creo que b***h… mira Donato yo me voy…— le dije ya temeroso de que apareciere la policía en cualquier momento—                 — ¡Ya, ya nos vamos pa’ allá abajo! — Dijo y arranco a dar pedales pero en vez de agarrar por la calle principal a la izquierda, doblo rumbo a la entrada del restaurante—                      Aun se asomaban las dos foráneas al balcón, sin chicles y sin cámaras. Donato se puso debajo del balcón, como cuando Romeo le hacía con laúd renacentista en mano, la más solemne de las serenatas a Julieta, solo que esta vez no le diría: …“¿sabía yo que es el amor?  Ojos jurad que no, porque nunca había visto una belleza así…”   mi amigo bajo la balaustrada, avizorando en la bicicleta les grito:                  — ¡Ojala se operen las tetas y le quede un pezón en el sur y el otro en el norte…! biches, bichas o como mierda se diga… —las mujeres se metieron asustadas para adentro más el camarero se asomó y cerró la puerta del balcón. —                   — ¡Ya llame a la policía!  ¡Delincuente….gusano inmundo! — salió vociferando el señor canoso con un palo de escoba en la mano.                    — ¡Llama a quien tú quieras viejo pato!  Ahí te deje la cagada y es todo mi deseo que el viento venga de allá pa’ acá y te inhales todo el hedor de mi mierda… ¡Singao…! ¡Tarru!                    Donato volteo en la bicicleta para agarrar el rumbo que yo había tomado. Mientras daba ese giro en plena calle, el señor le lanzo un palazo que este esquivo y al viejo le hizo perder el equilibrio cayendo con traje y todo acostado en medio de la calle.  Perdió todo el glamur, la camisa por fuera la corbata como trapo de mecánico, además de los espejuelos que rodaron un metro delante.   El otro portero corrió para levantarlo, pero este le dio unos manotazos de que lo dejara en paz.                      Dio pedales a toda velocidad y los pasadores de estos eran un aquelarre de ruidos, sonando más que carreta de gitanos. Me alcanzo enseguida y no hablamos una sola palabra mientras continuamos por toda la Martí Real hasta llegar al busto —descuidado, con ribetes verdes por el moho y ennegrecido— de Ernest Hemingway. Enmarcado por pilares y grandes arcadas, fue construido en 1962 por un grupo de pescadores que tomaron sus anclas para fundirlas y hacerle este homenaje al escritor norteamericano. Al frente ya estaba la boca de la pequeña bahía de Cojimar que le daba el saludo a lanchas pesqueras que con su viejo motor salía, — el mar estaba en total calma y más azul que nunca—Un poco más a la izquierda el castillo que como un apéndice de la costa se adentraba al mar en la misma entrada del golfo.                       Fue construido en 1649 por los españoles con el fin de proteger la zona debido a constantes amenazas de corsarios y piratas. Sobrevivió durante la invasión inglesa contra la Habana en 1762 y actualmente es un punto estratégico de los guarda costas. Allí se veían en las cuatro torres que tenía, soldados con sus ametralladoras y binoculares, en cada una de ellas.                      Este torreón fue testigo de la lucha de seis pescadores— cansados de que todos los días algo les devoraba los peces que con tanto sudor atrapaban—. Armados solamente de arpones y redes pero con una dosis exacta en coraje. Lucharon toda una tarde y su noche contra el tiburón blanco más grande jamás pescado en la historia de la humanidad, allá por 1945. El periódico francés Le Monde lo llamo “El monstruo de Cojimar”. Peso 3,2 toneladas, más 6,4 metros y un hígado de 681.8 kilos.                      A un costado del castillo sobresalía un espigón   que en su inicio era de mampostería y avanzando de hierro alternado con maderas, — el tiempo en combinación con la corrosión del salitre imperante en el lugar, hacían una degradación de la estructura—. Algunos tablones   estaban ausentes y los que había, cumplían su trabajo a medias, Igual las personas se las arreglaban para ponerse allí a pescar con carretes.  Paramos en un parque frente al pequeño malecón, tenía unos seis bancos y medianos arbustos sufridos por el sol, amarillentos y desaliñados pero que daban la suficiente sombra como para abarcar cuatro de los seis asientos. Nos   acomodamos en uno y recostamos las bicicletas en los troncos. La brisa era confortable y me acomode un poco para estirar los pies ya que era lo que más me dolía.               Por el frente del muro pasaba un señor gordo con una gorra caminando lento justo a la par de su nieto que tendría unos cuatro años. El niño se entretenía con un camión de juguete amarillo amarrado a un cordel y que arrastraba haciendo el sonido del motor con su boca. De vez en cuando volteaba a ver si todo iba en orden con su carro. Por el lado contrario venia un vendedor de granizados empujando su carricoche de tres ruedas— dos delante y una central atrás—.  En el rectángulo del medio era donde guardaba los trozos de hielo, salían cuatro barandas del que sostenían un techo de zinc bastante maltratado como si hubiesen dado giros loma abajo con él. Escrito rustico y en total desorden de mayúsculas y minúsculas con pintura azúl al frente y a los lados, tenía puesto “El cAnGreJO dEl HiElo”. Pegado al techo había una cajuela rectangular donde guardaba los vasitos de papel, y a los lados la porta botellas, pero solo se le veían cuatro y tres del mismo sabor. El niño hizo devolver al abuelo para que le comprara uno.                           —Dicen que esos tipos que venden  granizados cuando  hay mucho calor se sientan encima del hielo antes de salir a vender —dijo Donato poniéndose de pie y acomodando su short—                    —No lo dudo, pero asere cuando hay calor, sol, y sed, un granizado es una bendición, aun con el paso anal de su vendedor por el hielo. — Reímos los dos—                    — ¿Vamos a tomarnos uno? —pregunto buscando en uno de sus bolsillos algún dinero. En los de adelante no tuvo resultados pero cuando busco en los de atrás saco el carnet de identidad y un billete de diez pesos dentro de él.                      —El mío con bastante hielo —le dije mientras se levantaba para ir hacia el señor del carricoche con el billete en la mano—                    Desde allí me grito que si quería limón o anís y elegí el primero. Nos sentamos a tomarlo y fue   reconstructivo, disfrute cada piedra diminuta de hielo, más que el propio jugo de limón desaparecido en dos sorbos.                —Donato, ¿te diste cuenta que aquí no existe ambiente ninguno de gentes intentando irse?               —No, porque esta zona está controlada, la gente si se va, es por donde hay playas. ¡De allí mismo nos vamos a ir nosotros!                — ¿Cuándo asere? — Pregunte engurruñando el vaso vacío de papel—                — Ya en estos días Nuno, no podemos esperar más. Vamos a recorrer el litoral este y elegimos por donde zarpamos. Como los grandes conquistadores.                     —Me aterra imaginar que está gente verde olivo, y barba truco, vayan a cancelar lo que dijo y no podamos irnos… además me tienes que dar parte del billete que te darán allá en Miami…                    — ¿De qué billete estás hablando tu Nuno?  ¿Estaba toxico ese granizado?                    —Claro asere, el billete que te dará la revista Péople cuando las extranjeras esas publiquen tu foto cagando… — Reímos a carcajadas.                    —No, y tú no viste cuando fui a decirle biches a las tipas esas… salió el viejo con un palo de escoba y me lanzo un swing pero rodo por la calle como un trompo — seguimos riendo y Donato se secaba las lágrimas de tanto hacerlo— sabes que, estoy loco por meterme al agua para lavarme el culo, no soporto estar así.                     —Esa parte no la vi — le dije mientras nos levantamos y fuimos agarrar los ciclos— y no es biches… b***h… b-i-t-c-h                    —Ay mi hermanito, cuando estemos allá en el Yuma voy aprender inglés, con una rubia americana de pezones rosaditos, hablare más fluido que Bill Clinton…                     Salimos por toda la calle del malecón hasta entroncar con la de Santa Rita. Allí comenzaban a verse presencia policial en cada cuadra, —de vez en cuando nos pasaban carros cargados de gentes y embarcaciones en los techos buscando algún lugar exacto de costa para ponerlas—. En una de esas paso un camión Chevrolet rojo 1946   COE ( cabin over engine) de cabina sobre el motor, con su paso lento pero firme  con unas barandas  de madera , cargados de gentes y muchos andariveles  relacionados  a embarcaciones rusticas. Nos quedamos mirando el camión y al mismo tiempo observando la policía.  Estuvimos alienados de ver que no hicieron nada y solo se limitaron con algidez a verlos pasar, ni siquiera se bajaron de las patrullas.                    La Santa Rita se fusionaba con la calle C y en esa intercepción hacían la forma de un tirapiedras, o una resortera. Pasamos  por un club nocturno y luego una cancha de baloncesto  sin nadie jugando, la cual solo le funcionaba un solo aro ya que donde iba el otro estaba  destruido, pasamos por un camino  sin asfalto que recorría la parte de atrás de un terreno rustico beisbolero, en el que las bases eran peñones amorfos . Llegamos a los dientes de perros, y en esta parte —que era mar abierto, sin bahías, ni ensenadas, ni espigones—. El agua se veía más oscura y menos dócil.  Unas  gaviotas  blancas de  alas  grises y  negra la cola , se lanzaban en picada en búsqueda de algún pez y a los pocos segundos, casi desapercibido salían  a flote, unas  tragando su recompensa,  otras quedaban flotando un rato ayudadas por sus  patas palmeadas y con la misma levantaban el vuelo tratando  de tener mejor suerte.               El agua pegando contra los arrecifes creaba una hermosa espuma blanca que se veía empañada por algunas algas presentes en las olas. El   susurro del mar era majestuoso, como diciendo: “¡No te metas conmigo que yo no lo hare contigo!”  Colmado de misterios, bellezas, piedad, bondades, y tantos peligros que no había otra opción sino la de respetarlo con muchas pinceladas de ladino temor. Había bastante brisa, como una compensación al imperante calor y sol, que como dos bandidos repletos de altivez, aprovechaban la ausencia total de nubes para hacer de las suyas.                        Camoteamos en buena parte de este lugar costero y como a una cuadra, había gentes yéndose— con familiares y amigos despidiéndolos—.  Nos apuramos para llegar antes de que se fueran, curiosos queríamos ver como seria todo observar de cerca, cómo era la embarcación y que llevarían. Fuimos tropezando debido a que había muchos dientes de perros o arrecifes haciéndose el terreno muy áspero para andar con bicicletas.  Casi me caigo con un pie mal puesto y Donato siguió apurado demostrando más habilidad. Sin llegar a los arrecifes había dos carros estacionados uno al lado del otro, uno era una lada 1600 rojo bastante corroído por los lados y hasta una ventanilla con un nailon puesto sustituyendo al cristal en la ventana del copiloto. El otro un Ford 76B beige 1952 convertible dos puertas, muy bien conservado, hasta la lona del techo se veía bien cuidado.                                      Existía mucho llanto en el ambiente y unos hombres sacando maletines y cosas de los autos. Entre abrazos y besos no sabíamos a ciencia exacta quienes eran los que verdaderamente subirían a la rustica embarcación, —muy bien construida por cierto—. Estaba hecha de tanques metálicos soldados herméticamente, soldadura con esa fusión de materiales de aporte, crearon alrededor de los aros un cordón bien fuerte. Puestos horizontales hacían una fila de tres adelante, la siguiente cuatro, otra más de cuatro, y tres más al final, pintados todos de amarillo. Encima unas tablas muy bien alineadas que rellenaban los espacios vacíos que dejaban los tanques haciendo labor de piso.  A un costado de ellos en las cuatro tapas que daban para afuera, cada una portaba una inicial pintada a lo largo y ancho, D, I, O, S.                 La embarcación estaba apoyada de unos tablones evitando ser lacerados los tanques por filosos arrecifes a un metro del agua. Habían  diez hombres, cuatro mujeres entre ellas una señora  mayor rellenita de cabello corto y canoso, que no paraba de llorar  y llevarse un pañuelo rosado a la ojos y nariz, también un niño de unos diez años que reía  con ese  ingente antifaz que coloca en los infantes la  cabal  inocencia. Pensé en mi mamá en la madre de Daniela y su familia despidiéndonos así y me puse en el lugar de esos que  ahogados en llanto  dejaban ir a sus seres queridos  y no precisamente desde la comodidad de un avión, sino en esta  travesía que ni siquiera era en un bote , ni mucho menos con un motor. Mi mama moriría de susto y tristeza por eso lo haría en total discreción y silencio. Como diría José Martí en una carta a su amigo Manuel Mercado en 1895: (…) “cuanto hice hasta hoy, y hare, es para eso. En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas…”                         Comenzaron a subir los remos y notamos que no eran tan bien elaborados como los nuestros, se veían más rústicos inclusos asimétricos. Los hombres comenzaron a prepararse en cada esquina y lados para empujar la embarcación al agua. Donato y yo soltamos las bicicletas y fuimos ayudar   nos pusimos en la parte de atrás y nadie pregunto quiénes éramos ni que hacíamos aquí en el tumulto, solo nos disponíamos ayudar a estos valientes y gallardos guerreros del mar en busca de una mejor vida, — un sueño sin pesadillas, o al menos sin tantas—Uno era la voz guía y a la cuenta de tres empujamos duro pero pese a que estaba a un metro solo avanzo, encima de los tablones, unos cuantos desmesurados centímetros. Tomamos aliento y la voz de mando pidió un destajo de fuerza más intenso, esta vez en una parcial armonía logro estar en el agua sin un solo desollón. Fluctuaba perfectamente no habían inclinaciones ni algo anómalo en la línea de flotación de la embarcación, Donato y yo lo comentamos entre nosotros. Tenían dos amarras mientras subían todo a bordo y los tablones puestos en el borde haciendo labor defensiva como de neumáticos usados del atracadero en un muelle, por si se pegaba a los arrecifes no se hiciera daño ningún tanque.                   Comenzaron aplausos   y con ellos la   definitiva y execra despedida. Tres hombres subieron encima del bastimento. Los demás le pasaban maletines y ellos arriba acomodaban y amarraban con sogas todas las cosas. Llevaban diez garrafones con agua de cuatro litros, bolsas negras que parecían portaban ropas y sombrero para el sol y el frio respectivamente. Subieron el resto, otros tres hombres más y dos mujeres jóvenes con el niño que enseguida se acomodó en el medio de las dos y le decía adiós a su abuelita, que entre llanto y sollozos daba consejos, como que “Le pusiera bastante protector solar y bebiera mucha agua que los niños se deshidratan más rápido”. O “Que se agarraran bien y comieran cada cierto tiempo”.                       Solo el que vive estas circunstancias sabe el dolor tan despiadado que se siente, mirar a un nieto, un hijo, un esposo, irse de esta manera a las buenas de Dios. Cada lágrima era una gumía clavada en las cavidades del corazón. La gente tenía que volverse valiente y tomar una decisión radical y precisa, porque cuando este portal a la otra dimensión se cerrara, sabrá Dios cuando se daría la oportunidad nuevamente de salir de esta isla— y en esta heroica elección de salir, era ahí cuando traía consigo este dolor a los que del otro lado en tierra solida quedaban batiendo pañuelos blancos con lágrimas en los ojos—.  Todo esto por culpa de la necedad y ofuscamiento de un ser que le daba la gana, que no reconocía que era incapaz de tener  a un pueblo bien y esa ineptitud, esa incompetencia que le salía de las vísceras a este gobierno,  se escondía  en una máscara de tragedia griega cual poema  de Eurípides. Culpando de todo a un bloqueo norteamericano, que lejos de afectarlos lo que hacía era ayudarlos a agarrarse de ahí para usarlo como muro de los lamentos y creyesen los comunistas, seguidores y súbditos, que la culpa del hambre y la miseria tenía nombre. Pero a ninguno de las cúspides de este estado les afectaba nada ninguna ley del congreso norteamericano. Estaban gordos, rosados, viviendo en las mejores mansiones y fincas de la isla. Jamás se les iba la luz, viajaban en aviones de asientos lujosos y cálidos a donde querían. Fotos con famosos  deportistas, cantantes y actores, muchos de ellos norteamericanos mismos. En las playas comiendo langostas, o pescando o comiendo carnes con vino tinto en alguna hacienda.                   Como dijo el escritor Antonio Gala: …“El poder necesariamente siempre va a dar gato por liebre. Eso es así, porque el poder no cuenta con los que se lo han dado. Nada más recibirlo se instala y se separa, se endiosa y se olvidan hasta del precio de las cosas…” lo único que sabían pedir es sacrificios, y el sacrificio se torna glíptica cuando va tomado de la mano con la reciprocidad.                 Nos fuimos de allí luego que ya habían avanzado bastante. La señora y los dos hombres que quedaron, no se irían hasta que apenas se divisaran en el horizonte. Yéndonos nosotros llegaron otros autos con balsas en el techo y una caravana más de gentes para irse. Comenzaba el verdadero éxodo de cubanos, esto sería historia pura y nosotros parte de eso.                      En el regreso sentí fuertes dolores en las piernas, es más, hasta un calambre me obligo a parar varias veces. Donato volvió a tener malestares de estómago pero no se detuvo hasta a su casa, me dijo que con tres peos que se lanzara, ya eran suficientes para aguantar. Esa noche, llame a Daniela desde el teléfono  Crosley  1950  y no pude  contarle casi nada porque las llamadas en Cuba están controladas  por la “Seguridad del Estado”—más esos reporteros caseros, que andan escuchando lo que uno habla mientras hacen la cola y esperan a que uno termine —. Quedamos en vernos en la mañana y de verdad esa noche fui de cabeza a la cama y quede fuera de lid.                        En la mañana, Daniela vino por mí y por el camino a casa de Donato, le hice todo el cuento de ayer y el suplicio de nuestro amigo, lo que causo que ella se fuese riendo por todo el camino. Me advirtió que me encontraba muy quemado en la cara y las manos debido al sol, también mi madre me lo dijo con veracidad.  Nos reunimos todos allá, y se acordó de una vez, que nos iríamos el doce de agosto al medio día.  
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