Esmeralda
El contacto que Kiran le dio el trabajo de investigar a ese chófer nos contactó para reunirnos en la noche, ya que había encontrado cierta información a la que apoda como “valiosa” y la misma que consideraba revelar en persona. Es la primera vez que le toma tanto tiempo investigar a alguien.
Por supuesto que nos sentíamos intrigados al respecto, pues desde esa noche que se dio cuenta de que estuvimos siguiéndolo, levantó muchas banderas rojas para nosotros.
Kiran siempre ha sido precavido, minucioso y ese día tomó sus precauciones e incluso su distancia, aun así, ese tipo se dio cuenta de nuestra presencia.
Necesitamos saber con qué tipo de gente está involucrada esa muchachita.
Llevábamos más de media hora esperando por él, pero no habíamos recibido razón alguna. Kiran le había marcado, pero no respondía su teléfono.
—Dudo mucho que se haya atrevido a hacernos esperar adrede. Tal vez se le presentó algo—comenté.
—Salgamos de aquí.
Kiran se veía de mal humor y no era para menos. Conociendo lo interesado que es ese hombre, es bastante raro que no se haya presentado, luego de la cantidad exorbitante de dinero que se le pagaría si cumplía con su trabajo.
«Algo debió pasarle, tal vez lo descubrieron», pensé.
Nos aproximamos al auto y vimos sobre la capota una pequeña caja negra con una nota en letras rojas. Kiran no la tocó, no hasta asegurarse de que el auto no tuviera ninguna sorpresa dentro o por debajo y obviamente poniéndose los guantes que siempre carga en su saco.
“Guardada en una estrecha cárcel
por soldados de marfil,
está una roja culebra
que es la madre del mentir”.
La nota era un acertijo, el mismo al que tuvimos la respuesta inmediata y confirmamos con el contenido de la caja. Era una lengua la cual había sido mutilada y quemada. No hacía falta saber de quién era.
—El que nada debe nada teme. Si tiene cola que le pisen, entonces yo mismo me encargaré de arrancársela.
Ese tipo es muy inteligente, pareciera que está en todas partes. Más que de esa muchachita, definitivamente de quién debemos cuidarnos es de ese sujeto.
Laia
He estado caminando de un lado para otro en la habitación. No puedo dormir y menos ahora que me he dado cuenta de que Dylan salió y lleva horas fuera de la casa.
«¿A dónde habrá ido? Son casi las cinco de la mañana».
Cuando estábamos en la otra casa, fácilmente me desconectaba, ni siquiera sé si hacía lo mismo de estar fuera toda la madrugada.
«¿Será que está molesto conmigo por lo de esta tarde?».
No puedo creer que me haya pedido tal cosa y que haya estado dispuesto y considerando realmente que le hiciera algún daño físico. En serio, no logro entenderlo.
«¿Qué tipo de vida ha llevado al lado de mi tío, como para pensar que la mejor manera de demostrar su lealtad, confianza y devoción hacia alguien es siendo agredido o lastimado?».
No entiendo por qué quiere mantener una barrera entre los dos. Somos familia, aunque se niegue a aceptar ser parte de nosotros por haber sido adoptado.
Me observé frente al espejo en el pijama rojo que eligió para mí, el cual me quedó justo a la medida. Toda la ropa que trajo involucra el rojo. Al menos sé algo suyo, y es que su color favorito es el rojo.
Oí el auto llegar y me asomé discretamente por la ventana. Trajo unas cajas consigo, las cuales fueron cargadas por los dos hombres que velan la casa.
Él no tenía el saco puesto, solo la camisa blanca con una corbata negra y pantalón de vestir del mismo color.
Le vi mirar hacia mi ventana y no sé por qué demonios me oculté detrás de la pared. Lo mismo ocurrió cuando lo vi haciendo ejercicios aquella otra noche.
«Joder, ¿me habrá visto? Pensará que estoy espiándolo o esperando por él».
No transcurrieron ni dos minutos cuando tocaron la puerta de mi habitación y para mí estaba claro que era él. Traía un olor muy fuerte a perfume de mujer encima.
«Ahora entiendo. Se estaba divirtiendo».
—Qué gusto verla despierta tan temprano.
—No. Yo…
—Le había hablado sobre la rutina diaria que deberá seguir. Me alegra que lo haya tenido en cuenta y esté tan dispuesta a comenzar hoy mismo.
«¿Está de broma? ¿No se nota que no he dormido nada por su culpa?».
—¿Dónde estabas? —indagué curiosa.
—Trayendo todo el equipo de entrenamiento.
—¿Solo eso?
—Sí.
«¿Y se atreve a mentir tan descaradamente?».
—¿Le sucede algo?
—No. Voy a bañarme. Deberías hacer lo mismo. Apestas a perfume barato— le cerré la puerta prácticamente en la cara.
«No sé por qué me siento tan fastidiada. Odio que me quieran ver la cara de idiota».