Lo observé retorcerse de dolor y consideré huir, pero si lo hacía, el perro moriría. Estaba razonablemente segura de que podía atraparla antes de que él se recuperara, y si no… bueno, yo tenía dos rodillas y él dos testículos.
—¿Por qué demonios me pateaste? —gimió, con la barbilla pegada al pecho.
—¿Decepciona que la gente a la que intentas atacar se defienda, verdad?
Cuando levantó la cabeza para mirarme con furia, noté que era atractivo. Ted Bundy también lo era, me recordé.
—No te estaba atacando, por el amor de Dios.
—Extendiste el brazo para—
—Alimentar al perro —dijo, molesto.
Y al fijarme mejor, vi que sostenía una bolsa de papas fritas, y el perro estaba orientado hacia él.
Maldición. ¿Y si acababa de golpear a un pobre vagabundo que compartía su comida con su perra? Pero no parecía vagabundo… con la poca luz podía ver que estaba bien afeitado y su ropa no se veía desgastada. ¿Un vendedor de drogas, entonces?
Cerré el puño y lo levanté, lista para atacar si era necesario, pero él solo miró mi gesto defensivo con una sonrisa divertida. Tras unos segundos, se puso de pie con dificultad, apoyando las manos en los muslos antes de enderezarse.
—No quiero drogas —aclaré.
—¿Qué? —Tras un instante, inclinó la cabeza con comprensión ofendida—. No soy traficante.
Sí, claro.
—Ajá.
—No lo soy. Pero podría serlo. Demonios, podría ser un asesino en serie y tú acabas de entrar en un callejón con un tipo extraño. Deberías ser más cuidadosa.
Tenía razón. Lo sensato era irme. Quedarse en un lugar apartado con un desconocido no era seguro, y él estaba cuidando del perro, así que no estaba sola. Pero ¿y si no hacía lo suficiente para salvarla? ¿Y si solo la alimentaba y luego se iba? ¿Cómo iba a dormir esa noche sabiendo que quizá estaría muriendo aquí afuera?
Mientras ambos observábamos su cuerpo tembloroso, dije:
—Voy a llevarla a un hospital veterinario.
Me miró como si me encontrara ingenuamente adorable.
—¿Y cómo piensas hacerlo exactamente?
—Voy a atraparla.
—Te va a morder.
—Tendré cuidado.
—Podría tener rabia.
—¿Tienes un plan mejor?
Miró al animal.
—Podríamos llamar a control animal.
De pronto éramos un nosotros. ¿Por qué eso me revolvió el estómago, y por qué su voz me atravesó el pecho? Querido diario: conocí a un hombre guapo escondido detrás de un contenedor y causé daños irreparables a sus órganos reproductivos.
—Probablemente huya antes de que lleguen, y aunque la atrapen, lo más seguro es que la sacrifiquen —dije.
Fue la primera vez que pareció realmente preocupado.
—Tal vez podamos comprar una correa o algo así —sugirió, pero enseguida vio el problema: no tenía collar y no se quedaría el tiempo suficiente para que uno de nosotros fuera a comprarlo.
—Está embarazada —dije, señalando su vientre abultado—. Y con la sensación térmica, esta noche bajará a menos cuarenta. Si se va, no sobrevivirá. Ni ella ni sus cachorros.
El hombre miró al perro con inquietud y arrojó otra papa frita.
—Yo la levanto —ofreció.
—Tienes que mantenerla distraída, dándole comida.
—Podemos intercambiar lugares —propuso.
—Eso podría asustarla, y ya la asustamos una vez…
—Cuando me agrediste —dijo, ahora burlón. Creo.
—Nuestra mejor oportunidad de salvarla es que tú sigas alimentándola y yo la agarre.
Miró al perro y luego a mí.
—Si se te viene encima, ¿crees que puedas correr más rápido que ella?
—No necesito correr más rápido que ella. Solo necesito correr más rápido que tú.
Sonrió, y mi cuerpo entero entró en modo descongelamiento.
Mientras avanzaba con cuidado hacia el perro, él lanzaba papa tras papa. Mientras comía, no se preocupaba por mi cercanía, pero pronto levantó la bolsa, indicándome que estaba vacía.
Era ahora. Lanzó la última papa y, aunque los nervios me tensaban los músculos, me abalancé. Con cuidado de no golpear su vientre, rodeé su cuerpo por debajo y la levanté.
El problema fue que el movimiento me hizo perder el equilibrio y, al caer al suelo, el perro giró la cabeza y mostró los dientes. ¡Dios! Se lanzó hacia mí con un gruñido salvaje, chasqueando los dientes frente a mi cara, tan cerca que sentí su aliento caliente y rancio, pero justo antes de que me mordiera… alguien la levantó de un tirón.
Intentó morderlo a él, pero a diferencia de mí, tenía un buen agarre y no logró alcanzarlo. La sostuvo con firmeza hasta que sus embestidas se transformaron en un gemido.
—¿Estás bien?
—Sí —respondí, avergonzada.
—Te golpeaste la cabeza —dijo—. Tal vez debería llevarte a urgencias.
—Estoy bien —insistí, poniéndome de pie—. El refugio está por aquí.
Caminamos en silencio hasta el hospital veterinario y nos quedamos con ella mientras esperaban para examinarla.
—¿Cómo la encontraste? —pregunté.
—La seguí desde la avenida principal y la vi rondando ese contenedor —respondió, encogiéndose de hombros como si cualquiera hubiera hecho lo mismo. Pero no cualquiera se habría esforzado tanto por ayudar a un animal indefenso.
Me miró y, a diferencia del callejón mal iluminado, la luz de la clínica me permitió ver por fin sus rasgos con claridad. Dios… era peligrosamente hermoso. Sus ojos azules brillaban más claros en el centro y más oscuros en el contorno; su rostro ovalado tenía una mandíbula definida, y su piel tenía ese tono durazno que prometía oscurecerse con el sol del verano, complementando su cabello castaño claro. Y su cuerpo… santo cielo. Sin el abrigo, los músculos se marcaban bajo la tela de su camiseta gris, y los jeans se ajustaban a sus caderas de la manera exacta.
Un calor me recorrió.
—Soy Lucio, por cierto —dijo con una voz grave capaz de hacer suspirar a cualquiera.
—Joana —respondí—. Perdón por aniquilar tu hombría.
Se rió, y la forma en que me miró, como si la historia de mi vida se hubiera vuelto de pronto de vital interés, hizo que me sonrojara.
A veces los hombres me miraban, pero casi siempre de manera superficial. Lucio, en cambio, me miraba más allá, como si su mirada atravesara mi piel y llegara a lo más profundo de mí. Como si realmente me viera.
Me observó todo el tiempo que examinaron al perro y nos aseguraron que lo darían en adopción a un buen hogar. Y su atención continuó mientras dejábamos nuestros datos, nos poníamos de nuevo la ropa de invierno y salíamos al exterior.
En el frío cortante, los autos crujían la sal bajo las ruedas y la gente caminaba encorvada, protegiéndose el rostro del viento helado.
—Bueno, gracias por no degollarme ni nada por el estilo —dije.
Una nube blanca salió de su boca cuando echó la cabeza hacia atrás y rió. Luego me miró como si la idea de perderme de vista ya no fuera una opción aceptable.
—Déjame invitarte un trago —propuso—. Es lo menos que puedo hacer. Por ayudar con el perro.
Quería conocerlo, a ese hombre atractivo que se había desvivido por ayudar a un animal necesitado, pero Zoey iba de camino a mi departamento.
—Mi amiga viene a casa.
—Solo un trago rápido —insistió con una sonrisa sexy que me hizo querer salir corriendo con él.
Revisé el teléfono. Zoey dijo que me escribiría cuando bajara del tren. Si me iba entonces, no debería hacerla esperar.
—Solo tendría como diez minutos —dije.
Sonrió.
—Si solo tengo diez minutos para conocerte, más vale que nos demos prisa.