Mateo no mira hacia la ventana.
No esta vez.
No quiere repetir la escena.
No quiere ver lo mismo.
Se queda en la barra, con la espalda medio girada, como si el simple hecho de no mirar pudiera evitarle algo que no termina de nombrar.
—Te estás portando bien —dice Dani, casi divertido.
Mateo resopla.
—Estoy evitando tonterías.
—Claro.
Silencio.
El camarero deja una bebida delante de él. Mateo la coge, da un sorbo, se apoya en la barra.
Todo… normal.
Hasta que alguien se coloca a su lado.
—¿Siempre tienes esa cara o es solo hoy? —dice una voz femenina.
Mateo gira la cabeza.
La chica sonríe.
Directa.
Sin filtro.
Sin medir.
Todo lo contrario a lo que le ha estado descolocando estos días.
Mateo tarda medio segundo.
No porque no sepa qué decir.
Porque le resulta… fácil.
—Depende —responde—. ¿Te preocupa?
La chica suelta una pequeña risa.
—Un poco. Parece que estás pensando demasiado.
Mateo sonríe.
Ahí está.
Terreno conocido.
—Estoy intentando no hacerlo.
—Vas fatal entonces.
—Lo sé.
Y en dos frases…
ya está.
El ritmo aparece.
Natural.
Sin esfuerzo.
Sin pausas incómodas.
La chica se apoya en la barra, girándose un poco hacia él.
—Vale, te doy otra oportunidad —dice—. Empieza de nuevo.
Mateo arquea una ceja.
—¿Eso funciona contigo?
—Siempre.
Mateo sonríe, apoyando el codo en la barra.
—Entonces igual debería preocuparme.
—Deberías.
Y ahí…
fluye.
Sin pensar.
Sin ajustar.
Sin ese ruido constante que ha tenido en la cabeza con Mara.
La conversación avanza sola.
Se mueven entre bromas, pequeñas provocaciones, comentarios ligeros que no necesitan sostenerse.
Todo encaja.
Todo funciona.
Todo es…
como siempre.
Mateo lo nota.
Claro.
Directo.
no tiene que pensar
no tiene que medir
no tiene que aprender nada
Y eso…
debería ser suficiente.
—Vale, segunda oportunidad —dice ella—. A ver si ahora mejoras.
Mateo ladea la cabeza, con esa media sonrisa que ya no tiene que pensar.
—No prometo nada.
—Eso es mala señal.
—O buena —responde él—. Depende de lo que busques.
La chica lo mira un segundo más, divertida.
—¿Siempre hablas así?
—Solo cuando merece la pena.
—¿Y ahora merece la pena?
Mateo sostiene la mirada.
No calcula.
No ajusta.
No mide.
—Lo estoy decidiendo.
La chica sonríe.
Entra.
Sin resistencia.
—Pues date prisa, no tengo toda la noche.
Mateo suelta una risa suave.
—Eso me gusta.
—¿El qué?
—Que pongas límite.
—No es límite —responde ella—. Es selección.
Mateo asiente, inclinándose un poco más hacia la barra.
—Entonces estoy en fase de evaluación.
—Muy alta —añade ella.
Y ahí…
el ritmo se acelera.
Las frases se encadenan sin esfuerzo.
Las respuestas llegan antes de que terminen las preguntas.
No hay silencios que sostener, no hay pausas que interpretar.
Todo se mueve.
Todo encaja.
—¿Siempre vienes aquí? —pregunta ella.
—Lo suficiente para saber cuándo alguien merece conversación.
—Qué sutil.
—Estoy siendo generoso.
—No parece.
—Es que no lo soy.
La chica ríe.
Fácil.
Directo.
Mateo responde igual.
Sin esfuerzo.
Sin ruido.
Sin ese espacio entre lo que piensa y lo que dice.
Aquí no existe.
Aquí…
todo sale.
rápido
limpio
automático
—Vale —dice ella—, te voy a hacer una pregunta.
Mateo asiente.
—Dispara.
—¿Siempre te funciona?
Mateo sonríe.
Sin dudar.
—Sí.
Y lo dice como si fuera un hecho.
Como si no hubiera matiz.
Como si no hubiera excepción.
La chica lo mira un segundo más.
—Tiene sentido.
Mateo se encoge de hombros.
—Es práctica.
Silencio breve.
Pero aquí no pesa.
Se rellena solo.
—Entonces —añade ella—, ¿qué haces cuando no funciona?
Mateo se queda un segundo.
Muy corto.
Casi imperceptible.
Pero está.
Luego sonríe otra vez.
—No suele pasar.
La respuesta llega.
Correcta.
Natural.
Esperada.
Y la conversación sigue.
Como si nada.
Como si siempre hubiera sido así.
La conversación sigue.
Y sigue.
Y sigue.
Como un mecanismo bien engrasado que no necesita atención para funcionar.
Mateo responde.
Ella entra.
Él lanza.
Ella recoge.
Todo fluye.
Sin pausas incómodas.
Sin silencios que sostener.
Sin necesidad de pensar.
Perfecto.
—Vale —dice ella en algún momento—, admito que no eres aburrido.
Mateo sonríe.
—Eso ya es un logro.
—No te emociones.
—Nunca.
La chica ríe.
Otra vez.
Fácil.
Directo.
Y Mateo…
responde igual.
Pero algo…
no está.
Da un sorbo a la bebida.
No sabe a nada.
Mira a la chica.
Está ahí.
Sonriendo.
Entrando en el juego.
Sosteniendo el ritmo.
Todo lo que antes le resultaba natural.
Todo lo que siempre ha funcionado.
Y, sin embargo…
hay una distancia.
No en ella.
En él.
—¿Te pasa algo? —pregunta ella, inclinando ligeramente la cabeza.
Mateo niega, automático.
—No.
Pero no suena igual.
Ella lo observa un segundo más.
—Te has ido un poco.
Mateo sonríe, intentando mantener el tono.
—Estoy aquí.
—No del todo.
La frase no es acusación.
Es observación.
Y eso…
le incomoda más.
Mateo baja la mirada un instante.
Luego vuelve.
—Estoy pensando.
—Mala idea —dice ella—. Ibas mejor antes.
Mateo suelta una risa breve.
Pero no le sale igual.
—Sí —responde—. Puede ser.
Silencio.
Pequeño.
Pero esta vez…
no se rellena solo.
Mateo mira alrededor.
Sin buscar nada.
Solo…
saliendo.
Y ahí lo nota.
Claro.
Directo.
no hay tensión
no hay incomodidad
no hay nada que le saque de sitio
Pero tampoco…
no hay interés real
no hay curiosidad
no hay… necesidad de seguir
La conversación sigue un poco más.
Un par de frases.
Un par de respuestas.
Todo correcto.
Todo en su sitio.
Pero Mateo ya no está dentro.
—Oye —dice al final—, voy a pedir otra cosa.
Excusa.
Fácil.
La chica asiente.
—Vale.
Sin problema.
Sin insistir.
Sin retenerlo.
Y eso…
lo confirma todo.
Mateo se aparta de la barra, da un paso atrás, se mueve sin prisa hacia el otro lado.
No mira atrás.
No hace falta.
Porque ya lo sabe.
esto funciona
pero no le importa
Se apoya en la barra otra vez, recoge el vaso, lo gira entre los dedos.
Y en ese gesto…
aparece algo claro.
Incómodo.
Pero real.
—j***r —murmura.
No es enfado.
No es frustración.
Es otra cosa.
Más simple.
Más directa.
Más difícil de ignorar.
no siente nada
Y eso…
eso es lo que cambia todo.