Capítulo 16

1019 Palabras
Mateo la ve antes de entrar del todo. La puerta aún no se ha cerrado a su espalda y ya la ha localizado. No es casualidad. Nunca lo es. Mara está cerca de la ventana esta vez, con la luz cayéndole de lado, dibujando esa calma suya que no cambia nunca. No está mirando el móvil. No está esperando. Está. Como siempre. Pero no está sola. El chico es distinto al anterior. No mejor. No peor. Simplemente… otro. Está apoyado frente a ella, con una postura relajada, hablando sin prisa, sin necesidad de sostener nada. Mara lo escucha con la misma atención limpia de siempre. Sin filtros. Sin cálculo. Mateo se queda quieto un segundo más de lo necesario. Ahí. En la entrada. Como si ese pequeño retraso no significara nada. Pero lo hace. Saluda a alguien que pasa a su lado, responde algo automático, avanza hacia la barra. Todo en movimiento. Menos él. Pide algo. No escucha la respuesta. Su mirada ya ha vuelto. El chico dice algo. Mara sonríe. No hay tensión en ese gesto. No hay esa pausa que Mateo ya sabe reconocer. No hay ese segundo en el que parece que evalúa. Es inmediato. Natural. Mateo aprieta la mandíbula apenas. Un gesto mínimo. Invisible. —Hoy también hay espectáculo —dice Dani a su lado, sin mirar. Mateo no responde. No niega. No confirma. Sigue mirando. Mara cambia ligeramente de postura, apoyando el codo en la mesa, inclinándose un poco más hacia el chico. No invade. No empuja. Solo… entra. Y eso… eso es lo que Mateo no consigue. El camarero deja su bebida frente a él. Mateo la coge. Da un sorbo. No sabe a nada. —¿Te interesa? —pregunta Dani, esta vez más claro. Mateo tarda. No porque dude de la respuesta. Porque no quiere decirla. —No —responde al final. Y esta vez… ni él se lo cree. Silencio. Mateo vuelve a mirar. Otra vez. Y en esa repetición… ya no hay curiosidad. No es comparación. Es algo más directo. Más incómodo. Más presente. Porque ya no es la primera vez. Y ya no puede fingir que no le afecta. Mateo intenta apartar la mirada. Lo intenta de verdad. Da un sorbo, responde a Dani con monosílabos, asiente cuando toca. Incluso se obliga a mirar hacia la televisión del fondo, donde nadie está prestando atención. No funciona. Vuelve. Siempre vuelve. Mara no ha cambiado nada. Ni el tono. Ni la postura. Ni esa forma suya de estar en la conversación como si no hubiera nada más alrededor. Pero ahora Mateo lo ve distinto. Más claro. Más… evidente. El chico habla. Mara escucha. No interrumpe. No completa. No acelera. Deja que termine. Y cuando responde… lo hace sin pensar demasiado. Se nota. No hay ese pequeño filtro que Mateo ya ha aprendido a reconocer cuando habla con él. Aquí no lo hay. Aquí… fluye. Mateo aprieta el vaso. Muy poco. Pero suficiente. —No está haciendo nada especial —murmura, más para sí que para Dani. Dani no responde. Mateo sigue mirando. —Solo está hablando —añade. Y ahí está el problema. Porque eso es justo lo que él no consigue. El chico dice algo. Mara se ríe. No es más fuerte. No es más larga. Pero es… más fácil. Como si no tuviera que sostener nada. Mateo baja la mirada un segundo. Intenta ordenar lo que está viendo. No está haciendo nada distinto. No hay estrategia. No hay intención clara. Y aun así… funciona. Mejor. Mateo vuelve a levantar la vista. Ahora ella no habla. Escucha. Pero no como antes. No con esa distancia tranquila que él confundía con control. Aquí hay algo más abierto. Más directo. Como si no hubiera nada que proteger. Y eso… eso es lo que no encaja. Porque con él… siempre hay algo. Una pausa. Una medida. Un ajuste. Aquí no. Mateo exhala por la nariz, lento. —No entiendo —dice, sin darse cuenta de que lo ha dicho en voz alta. Dani gira la cabeza apenas. —¿El qué? Mateo niega. —Nada. Pero no es nada. Porque lo que está viendo… no es el otro chico. Es una versión de Mara que él no consigue provocar. Y eso… eso le toca más de lo que esperaba. Mateo da un paso hacia delante. Se detiene. No hay nada que lo impida. Nadie lo está mirando. Nadie lo está esperando. No hay barrera real. Y, aun así… no avanza. Podría acercarse. Entrar en la conversación como siempre. Soltar una frase ligera. Abrir espacio. Lo ha hecho mil veces. Pero esta vez… no sabe con qué versión. ¿La de antes? Demasiado automática. ¿La de “no hacer nada”? Demasiado consciente. ¿La que intentó hace un rato? Demasiado forzada. Mateo se queda quieto. Con esa sensación incómoda de tener opciones… y que ninguna encaje. Mira otra vez. Mara sigue ahí. Igual. Sin cambiar nada. Sin esperar nada. Y eso le deja aún más fuera. El chico dice algo. Ella responde. La conversación sigue. No necesitan nada más. Mateo aprieta los labios un segundo. —Ve —dice Dani a su lado, sin presión. Mateo niega. —No. Demasiado rápido. Dani no insiste. Mateo se recuesta en la barra, cruzándose de brazos. Como si esa postura pudiera decidir por él. No puede. Porque sigue mirando. cómo ella escucha cómo responde cómo no necesita hacer nada especial Y en esa observación… algo se rompe. No en ella. En él. Porque ya no se trata de si puede acercarse. Se trata de que no sabe cómo hacerlo sin romper lo que está viendo. Y eso… eso es nuevo. Mateo exhala despacio. —No tiene sentido —murmura. Pero esta vez… la frase no intenta explicar nada. Solo tapa. Porque en el fondo… sí lo tiene. Y no le gusta. Mira otra vez. Y ahí, por primera vez desde que empezó todo esto… no hay impulso. No hay estrategia. No hay intento. Solo… bloqueo. Mateo se queda donde está. Sin acercarse. Sin moverse. Y lo peor… sin saber qué hacer con eso.
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