Capítulo 1 (EL HOMBRE IMPOSIBLE)
Siempre dijeron que yo era una mujer hermosa. Lo repetían mis amigas, algunos clientes de la empresa y hasta desconocidos que se detenían a mirarme. Sin embargo, durante mucho tiempo esa belleza me pareció inútil, porque el único hombre cuya mirada deseaba conquistar apenas parecía verme. Se llamaba Sebastián Ferrer y era mi jefe.
Yo trabajaba como su asistente personal desde hacía tres años. Conocía el orden exacto de sus reuniones, la cantidad de café que tomaba y el gesto que hacía cuando algo le preocupaba. Para todos era un empresario frío, exigente e inalcanzable. Yo, en cambio, había descubierto al hombre que se quedaba hasta tarde para resolver los problemas de sus empleados y que llamaba cada domingo a su madre.
Me enamoré de él en silencio. No fue por su fortuna ni por su apellido, sino por los pequeños actos que nadie más observaba. Aún así, me obligaba a tratarlo con distancia. Cada mañana entraba en su oficina, dejaba su agenda sobre el escritorio y fingía que mi corazón no se aceleraba cuando pronunciaba mi nombre.
Sebastián nunca supo lo difícil que era estar tan cerca de él y, al mismo tiempo, sentirlo completamente imposible.
En la oficina aprendí a medir mis emociones con la misma precisión con la que ordenaba su agenda. Una mirada demasiado larga podía delatarme; una sonrisa fuera de lugar podía alimentar comentarios.
Por eso convertí el deseo en eficiencia y el miedo en puntualidad. Sin embargo, cada vez que Sebastián pronunciaba mi nombre con aquella voz grave, todo el orden que yo fingía tener se deshacía por dentro.
Había días en que su cercanía parecía una prueba. Se inclinaba sobre mi escritorio para revisar un documento y el aroma limpio de su loción me obligaba a concentrarme en las cifras.
Yo mantenía las manos quietas, aunque deseaba tocarlo.
Él también parecía contener la respiración, pero enseguida se apartaba y recuperaba la expresión sería que usaba frente a los demás.
Daniel decía que yo había construido una historia completa a partir de gestos pequeños. Tal vez tenía razón, pero esos gestos existían: el café que aparecía cuando trabajaba hasta tarde, el saco que Sebastián dejaba sobre mis hombros al salir a una terraza fría, la forma en que buscaba mi aprobación después de una junta difícil.
Ninguno era una declaración, aunque juntos formaban una esperanza. Yo conocía el peligro de confundir atención con amor.
Mi puesto dependía de mi preparación, y no permitiría que una relación desigual borrara años de esfuerzo. Me prometí que, si algún día sucedía algo entre nosotros, tendría que nacer de una conversación honesta, lejos de la presión del trabajo.
Aquella promesa sería importante cuando la atracción dejara de caber en nuestros silencios. Sebastián era experto en ocultarse detrás de decisiones rápidas.
Con los proveedores, con el consejo y hasta con sus amigos, siempre encontraba una respuesta. Conmigo era distinto.
A veces abría la boca como si fuera a confesar algo y terminaba preguntando por un informe.