27 de Julio de 1810, Londres.
‒ Jamás creí que serías tú el caballero que abriría el baile con la debutante ‒ comentó a su mejor amigo, quien regresaba de la pista de baile ‒ ¿Desde cuándo te impresionan los marqueses? ‒ preguntó sarcástico.
‒ Si me impresionaran los marqueses sería amigo de tus hermanos.
‒ No sabemos si sólo me utilizas para llegar a ellos.
‒ Creo que mejor iré a buscar a Sebastian ‒ hizo como si se encaminara en otra dirección.
‒ Ese duque en particular es siete años menor que tú ‒ el Conde de Knightmoore, su mejor amigo desde que estudiaba en Eton, levantó una ceja y lo miró fijamente ‒ Venga hombre, ya, mejor cuéntame.
‒ Benedict, no me lo creerías si te lo confieso.
‒ ¿El viejo Rauscher te engatusó? ¡No me digas! ¿Fue su hijo? ¡Quién diría que Lord Thomas podría persuadirte!
‒ ¡Quién diría que Benedict Biraynolds es un cotilla! Seguramente tus hermanos no te han visto así nunca ‒ se mofó de él.
‒ No lo soy ‒ se enderezó un poco ‒, sólo me interesa la vida de las personas importantes para mí.
‒ ¡Hey! Tampoco con sentimentalismos ‒ levantó dramáticamente una mano para que Benedict se detuviera, pero igual este no iba a agregar nada más.
‒ ¿Vas a contarme o qué? ‒ preguntó ya con algo de impaciencia.
‒ ¡Estoy enamorado! ‒ suspiró.
‒ No que no querías nada de sentimentalismos ‒ ahora fue Benedict quien alzó una ceja, visiblemente perturbado por la confesión.
‒ Lady Amelia es exquisitamente sublime, me ofrecí con mucho agrado a ser su primera pareja de baile, aunque en un inicio su padre rechazó mi ofrecimiento al final no le quedó más que aceptarme.
‒ ¿Por qué no tenía conocimiento de esto? ‒ preguntó un tanto disgustado, su amistad era muy honesta pero sabía que Andrew era muy volátil al momento de hacer las cosas, sin pensar antes en lo que realmente estaba haciendo.
‒ Esto es algo que ella recordará toda su vida y que le contará a sus hijos ¡nuestros hijos! ‒ claramente había eludido su pregunta anterior.
‒ Querido amigo, tienes la cabeza embotada con cursilerías ‒ hizo una pausa para observar con detenimiento a su compañero ‒. Deberías pensar con claridad.
‒ ¿Qué hay que pensar? ‒ preguntó su amigo mientras tomaba dos copas de champán de la bandeja en manos de un sirviente que pasaba junto a ellos, le pasó una a Benedict.
‒ El Marqués de Rauscher quiere a un marqués para su hija, eso es de conocimiento público, él mismo hizo esa declaración y tú estabas presente ese día ‒ lo tocó en el pecho con el dedo índice.
‒ Seguramente aceptaría a un duque si tiene la oportunidad.
‒ Pero tú no…
‒ Lo sé, lo sé ‒ levantó una mano para callarlo ‒ soy un maldito conde, el Conde de Knightmoore ni más ni menos. Soy el tercero en la jerarquía, sólo es necesario un puesto más arriba, ¡un condenado puesto!
‒ Por lo menos no eres el cuarto ‒ se mofó Benedict de sí mismo y se tomó un gran sorbo del trago que quedaba en su copa ‒. En fin, cabe mencionar que los marqueses disponibles los podemos contar con los dedos, y Lady Amelia no es un mal partido, económicamente hablando.
‒ Sin mencionar su belleza ‒ agregó ensimismado un Andrew muy enamorado.
‒ Sí, claro… ‒ tomó una pausa y continuó ‒ pero el matrimonio es un asunto de negocios, hay que pensar muy bien y con la cabeza fría.
‒ No todos pensamos como el «Señor Correcto sin sentimientos» ‒ Andrew tenía una manera muy graciosa de refutar todas las opiniones de Benedict, algo que no aceptaba de nadie más o que nadie se atrevía a hacer, para ser más preciso.
‒ Conseguir a una chica para cortejar ‒ continuó, haciendo caso omiso de su comentario anterior ‒ que provenga de buena familia, tenga su reputación intacta, sea cordial, consiente y que tenga el porte de madre, y que además, aporte lo suficiente como para satisfacer sus propias frivolidades y malcriar a sus hijos sin dejar a nadie en la bancarrota.
‒ ¿Piensas conseguir a una mujer tan intachable como tú? ‒ se mofó con un sonoro bufido.
‒ ¿Por qué no? ‒ agregó levantando una ceja y tomando el último sorbo que le quedaba.
‒ ¡Que vida más aburrida!
‒ ¿Disculpa? ‒ exclamó Benedict medio atragantándose.
‒ Los Vizcondes del aburrimiento, así serán conocidos ‒ y la sonora carcajada que broto del conde hizo que las personas a su alrededor voltearan a mirarlos.
‒ Lo dice quien está enamorado de una mujer que no puede tener, sin mencionar que Lady Amelia no guarda prenda. No recuerdo a una chica más parlanchina que ella, entre todas las debutantes de este año.
‒ No es parlanchina, es alegre ‒ comentó Andrew muy decidido a no aceptar replicas al respecto ‒ Debes darle merito a una mujer que dice lo que piensa, la mayoría del tiempo debemos andar descifrando qué es lo que quieren, tarea nada sencilla cuando no nos dan ninguna pista.
‒ Pero a todas estas ¿Cómo lograste que ningún marqués o duque aceptara la oferta de Rauscher de bailar con su hija? ‒ desvió el tema por dos razones, no quería hablar más de la muchacha en particular puesto que veía que su amigo no tenía remedio, y por otra parte, era una pregunta que le intrigaba muchísimo, sabía con total certeza que Andrew era apasionado en extremo y haría cualquier cosa por lograr su cometido.
‒ Bueno, sólo puedo decir que fue un fin de semana bastante provechoso en las mesas de juego ‒ tras decir esto le brindó un guiño, emblemático del actual Conde de Knightmoore, y una sonrisa amplia.
Su mejor amigo mantenía ese puesto en su vida desde que comenzaron el colegio, sus primeros dos años en Eton fueron sus favoritos, aunque suene cruel y un tanto egoísta, Benedict había dado gracias al cielo por no tener a ningún hermano cerca del cual hacerse cargo. Andrew Liney era especial en su vida, hijo único, alegre, despreocupado y libre, todo lo contrario a él, hicieron amistad luego de algunos días y aunque Benedict lo considerase un hermano, era ese hermano del que no tenía que responsabilizarse, era ese hermano con el que podía hablar, disfrutar y simplemente ser él mismo, alguien con el que podía comportarse de manera irracional, no el cabeza de familia de los Lores B o el hermano mayor de un conjunto de jóvenes con títulos, o el encargado de buscarle esposo a su hermana, ni el soporte de su madre o quien debía resolver todos los asuntos que acontecían.
Andrew era su confidente, tenía una personalidad única, demasiado alegre y perspicaz. Debido a esto, se había mal ganado una reputación de calavera que estaba muy lejos de la realidad, pero las madres, al ver como sus hijas se derretían cuando él les brindaba una sonrisa, no dudaron en tildarlo de casanova. Él era demasiado educado para contradecirlas y no le daba mucha importancia al asunto, aún era joven así que no estaba cerca de buscar una esposa. Ser señalado de casanova le daba la oportunidad de disfrutar de los bailes y de las reuniones, sin que las madres casamenteras revolotearan a su alrededor con sus hijas recién presentadas, pero todo cambió en el instante en que posó la mirada en Lady Amelia Luddington, una semana antes de su presentación en sociedad.
‒ ¿Quién es aquella dama, Benedict? ‒ preguntó, se encontraban en Hyde Park montados a caballos, haciendo el típico recorrido que hacían los demás, pero ellos estaban allí por conveniencia, era un atajo a un lugar más lejano donde podían cabalgar a rienda suelta como realmente les gustaba hacerlo.
‒ ¿Cuál? ‒ preguntó Benedict tratando de vislumbrar el punto que veía su amigo.
‒ La de cabello oscuro de vestido verde ‒ le indicó con un movimiento leve de la barbilla hacia dónde debía dirigir la mirada.
‒ Está con los Luddington, así que supongo que es la responsable de que me llegara una invitación esta mañana para el debut de la hija del Marqués de Rauscher.
‒ ¿Por qué no me llegó ninguna invitación a mí? ‒ preguntó consternado.
‒ Desde que las madres alejan a sus hijas de tu vista cada que entras en una estancia, a ti te llegan menos invitaciones a los bailes de las debutantes y a mí me llegan muchas más ‒ negó con la cabeza ‒. Deberías recuperar tu reputación Knightmoore, es un incordio para mí.
‒ Siempre te van a llegar esas invitaciones, y no me culpes, tus hermanos se encargan de eso ‒ se burló con una amplia sonrisa, y tenía razón, el simple hecho de pertenecer a la familia a la que pertenecía era más que suficiente para que Benedict recibiera invitaciones para todo tipo de eventos ‒. ¿Sabes el nombre de la muchacha?
‒ ¿Por qué te interesa saber? ‒ preguntó Benedict mirando de arriba abajo desde la lejanía a la causante de que su mejor amigo estuviera más curioso de lo usual.
‒ ¡Mírala! Es hermosa ‒ exclamó Andrew. Pero Benedict sólo pensó que quizás no estaban viendo a la misma chica, aunque no había más nadie cercano de cabellos oscuros usando un vestido verde. La muchacha tenía unos cuantos kilos de sobra y era demasiado alta para ser una delicada dama.
‒ Amanda… no, creo que es Amelia. Sí, lady Amelia Luddington ‒ finalizó, su memoria era excelente, siempre había sido bueno con los nombres, los lugares y los rostros de las personas.
‒ Amelia, hasta su nombre es precioso ‒ suspiró.
Algo particular de su amigo, que a veces merecía la pena mencionar, es que era apasionado en medidas inmensurables, para Andrew no existían tonos grises, todo era blanco o n***o, sólo existían el «sí» y el «no», ningún «pero» o «tal vez». Si estaba molesto se notaba hasta en la última hebra de sus cabellos, si estaba feliz no dejaba de sonreír, ni aunque estuviera en un maldito funeral, y cuando le gustaba alguien… Dios se apiadara de su alma, no descansaba hasta saber el último detalle de su amada, pero si lo decepcionaban, todo acababa allí y el despecho podría durar semanas, semanas en las que le tocaba a él curarlo. Benedict jamás podría sentir de la manera en la que Andrew sentía las cosas, demasiada felicidad o demasiada tristeza, no eran algo común para el Vizconde, él había nacido para ser una persona serena.
Su mejor amigo era el actual Conde de Knightmoore pero bien podría ser un simple cantinero y seguiría con las mismas actitudes, para Andrew los títulos eran una tontería, claro que estaba contento con la vida privilegiada que llevaba gracias a eso, pero se sentía muy solo, sus padres habían fallecido, no tenía hermanos, tenía años sin saber de sus tíos y ni siquiera sabía si tenía algún primo cercano, su tía era una solterona que vivía en un pueblo apartado y sus parientes lejanos no dejaban de lamer sus botas cada vez que podían, pero esa situación no hacía más que enojarlo. Así que terminaba refugiándose en la compañía de Benedict y él hacía lo mismo cada vez que necesitaba un escape de su propia familia.
‒ Discúlpame por no haber asistido a la celebración de tus hermanos más temprano ‒ dijo dejando el tema de Amelia a un lado. Esa tarde se había celebrado que sus hermanos menores alcanzaran la edad de catorce años.
‒ Fuiste el día de sus cumpleaños, tuvimos que aplazar la celebración hasta hoy porque Marcus aún no regresaba ‒ comentó con un tono algo molesto.
‒ Me parece genial que les guste celebrar los cumpleaños con todos los hermanos presentes.
‒ Sí, pero Marcus no está muy inclinado a seguir esa regla, aun cuando sabe que mamá es feliz por eso. Sus viajes son innecesarios, pero sé que hace todo lo humanamente posible por alejarse de Londres.
‒ ¿Un viaje al campo no le es suficiente para despejarse y sentir algo de aire fresco? ‒ preguntó Andrew con una media sonrisa, él conocía la respuesta a eso pero quería que su amigo se desahogara.
‒ No, él prefiere ocuparse de sus responsabilidades en la lejanía y conocer el mundo.