Tenía la mente fría, así era como le gustaba pensar, sin dejar que sus emociones intervinieran, ni siquiera creía saber cómo sería dar paso a sus pasiones para tomar decisiones. Y no quería averiguarlo. Debía ser práctico, resolver los problemas con su mente y no con su corazón. La sangre se sentía como lava en sus venas pero estaba congelándola a medida que el carruaje en el que se encontraba se acerca a su casa, traqueteando por la calle de adoquines bajo la luz trémula de la luna, tenía los nudillos blancos de lo fuerte que apretaba sus puños y estaba seguro de que se partiría un diente, o varios, si continuaba prensando la mandíbula de esa forma antinatural. ¿Pero qué podía hacer? No sabía por dónde empezar. Y para ese entonces se preguntaba si el caos en su vida había iniciado cuand

