Intransable. Era una buena palabra y pude sentirme ofendida al principio, pero comenzaba a gustarme. Yo era intransable y, consciente de ese carácter, volví mi vista a los libros. Mamá llevaba días repitiendo ese espectáculo y no se rindió ni siquiera el último día: cumpliría dieciocho y ella quería que invitara a Robert y Theo Michaelson a la fiesta. Debía admitir que el primer año sin ellos fue muy duro, pero no di mi mano a torcer. En el segundo seguía sintiendo el mismo dolor, pero ya no sufría a diario por ello. Ya para el tercer año se sentía como haber perdido un brazo: una parte de mi quería llamarlos y volver a tenerlos en mi vida, pero resistí. Ahora estaba en el cuarto y ya no sentía nada. —Mira, mamá—me quité mis gafas de lectura y acomodé mis codos sobre el escritorio—. Es

