Final
Para mí, pocas cosas se sentían tan dolorosas como las temperaturas frías y esa sensación de que tus huesos se quebrarán con el menor movimiento. Pero ahí estaba. Era consciente de que debía salir rápido porque comenzaba a hundirme con la misma velocidad. Y no me moví.
Me quedé mirando la nube que salía de mi boca y se perdía frente a mis narices. Sentí mis lágrimas congelándose en mis mejillas y escuché las voces de mis amigos diciéndome que me quedara. Las voces estaban muy lejos en mis recuerdos y lamentaba como nunca no haberles hecho caso.
Podía recordar con claridad a mi madre, a mi hermano mayor e incluso a mi padre. No dejaba de sorprenderme lo bien que los recordaba a pesar de todo el daño que hicieron. También podía ver a Katherine sonriendo, Ian levantándola en sus brazos y ambos bailando por mi cuarto con coronas de flores en sus cabezas.
Sonreí y puse una mano en mi costado herido. Me repetí que no debía reír porque iba a doler aún más. Eran tantos los recuerdos que me provocaban felicidad y no quería negarme a ellos: los quería una última vez aunque mi cuerpo se quejara.
No quería los otros recuerdos, esos que me dolían por dentro y llegaban sin que pudiera evitarlos. Acostada sobre el hielo, escuchándolo crujir a mis espaldas y sabiendo que no volvería a tener ni los buenos ni los malos, lloré. No recuperaría las sonrisas que me causaban mis amigos ni el dolor en el pecho que me daban los recuerdos de Cookie y Oksana.
Y podía verlas, reconocer cada línea de sus manos estiradas y escuchar sus voces diciéndome que las siguiera. Pensé que debí tomar el consejo de Cookie antes, pero ella jamás aceptó que yo había perdido la cabeza mucho tiempo antes de conocerla.
Era agotador rebobinar en qué momento me metí en tantos problemas, pero no podía culpar más a quienes me trajeron al mundo. Fui una adolescente rebelde que culpaba al divorcio de mis padres para justificar mi actitud. Era casi divertido que a la larga tuviera la razón.
Me quejaba con mi madre por el abandono de papá y Theo. Muchas veces fui tan cruel que la hice llorar y no me sentí mal ni siquiera al escuchar los consejos tan inocentes de mi mejor amiga y su familia perfecta. Decidí culpar a mi madre por mucho tiempo y mandé por la borda todos sus consejos de vida luego de que ella no pudiese mantener la vida por la que tanto luchó.
Los consejos de Katherine jamás me parecieron importantes hasta que se convirtió en alguien más madura que yo y más fiel a sí misma y su esencia. Desearía decir que, como ella, me valoré lo suficiente y no me entregué hasta que llegara alguien que en verdad me amara, pero mi historia empezó mucho antes y sin una gota de amor, en algún momento durante mis dieciséis años, después de mucha cerveza y sin siquiera recordar bien el rostro del chico.
Eso me hacía sentir orgullosa a la hora de contarlo. Alguien sin nombre, rostro ni huella. No quería ser como mamá que recordaba todo. No quería ser la abandonada y olvidada. Yo quería olvidar a los demás antes de que dejaran otra herida.
Tenía diecisiete años cuando conocí a la herida más extraña y retorcida de mi vida. Johnny estaba en sus orgullosos veintiuno y me había ganado con un cursi cumplido respecto a mis ojos, eso sin contar la mala reputación que tenía entre las chicas. Sabía que era malo para mí, pero me atraía como un imán.
Con veinticuatro años, una pequeña parte de mi seguía creyendo que podía controlar el peor de los casos y a la más dolorosa de las heridas, pero no tenía ni la mitad de la valentía, o locura, de mi versión adolescente. Ahora, al mirar atrás, me sentía como otra persona. Entendía que a los diecisiete no tienes idea quien vas a ser, no sabes que te vas a arrepentir de las cicatrices que tú misma te buscaste y que ahora están en la piel de quien debías ser.
Johnny no alcanzó a dejar una cicatriz. Él estaba maravillado con mi rebeldía y emoción por vivir todas las experiencias posibles, como si me estuviese quedando sin tiempo. Yo no entendía esa extraña fascinación hasta que me convertí en adulta y reconocí ciertos patrones: algunas personas rotas disfrutan de romper a otros.
Así que una noche decidí que era capaz de cumplir una de sus fantasías y, a pesar de la negativa por parte de la otra chica respecto a mi edad y poca experiencia, todo se desenvolvió sin ningún prejuicio. La idea del sexo con otra chica no había parecido un gran lío. Me convencí de que lo hacía solo para complacer a Johnny y que a fin de cuentas era lo que se suponía que debía hacer en cierto punto: experimentar. No quería admitir que siempre estuvo la duda y al concretarlo todo fue más difícil.
Con los días, mi relación con Johnny se acabó y al paso de los años dejé de saber de él. Lo último que escuché fue algo respecto a unos problemas que estaba teniendo con unos traficantes a los que les debía dinero. Tal vez estaba a un par de minutos de reencontrarme con él.
Eso era en el presente. En ese instante, siete años atrás, él dejó de interesarme para siempre cuando mi mayor preocupación era todo lo que estaba enfrentando desde que Ashley se hizo una compañera de noches.
Leía sus mensajes y ocultaba mi teléfono en mi bolsillo. No quería que Katherine lo viera, pero al mismo tiempo sentía deseos de contarle sobre lo que me estaba pasando. A veces le temía a ella y sus consejos. Katherine no era como las demás adolescentes. Mamá decía que era un "alma antigua" por como pensaba y actuaba así que siempre me sentía muy equivocada e incorrecta a su lado. Con facilidad asumí que contarle solo me haría sentir peor.
Así que dejé que Ashley me guiara con sus palabras tranquilizadoras diciendo que la bisexualidad no era el fin del mundo y no cambiaria lo que yo valía como persona. En esos momentos no me dolía mi nueva orientación, estaba demasiado ocupada autocompadeciéndome por lo mal que se sentía haber descubierto algo tan importante con personas que ni siquiera me querían.
Ashley y sus amigas eran conocedoras del mundo prohibido y estaban orgullosas de su sexualidad y lo que hacían con ella así que aspiré a ser como ellas. Para eso, debía dejar el romanticismo porque simplemente no era para mí. Aprendía en silencio, mirándolas y escuchándolas hablar cuando íbamos de bar en bar.
—No se permiten menores de veintiuno—di un saltó cuando una voz demasiado cerca de mi oído me hizo olvidar a Ashley y sus amigas—. Llamaré al guardia.
Miré a la chica de la barra y sonreí.
—Me harías un favor.
—Eres muy joven para estar jugando con chicas como esas.
Miramos al grupo y le quité importancia con la mano.
— ¿Qué me aconsejas?
Me hizo envidiarla cuando me regaló media sonrisa y levantó una ceja. Me pregunté si yo, algún día, sería así de confiada por mi cuenta y sin un grupo de personas animándome a serlo.
—Te aconsejo que vengas a buscarme en un par de años más, cuando no me vaya presa—reí y acepté el trago que me entregó—. Pero no te aconsejo que te metas en juegos de otras personas. En la vida solo ganas si sabes manejar el juego, no cuando te conviertes en el juguete de alguien más.
—Creo que tu consejo y tú llegaron un poco tarde. Tal vez en un par de años tengas algo mejor que decirme.
El tema fue que años después tenía algo mejor que decir mientras se enredaba a la santa de Katherine y la convertía en la rebelde hija de la madre más sobreprotectora del mundo.
Su consejo no llegó muy tarde y lo seguí a la perfección hasta el día de hoy. No me enorgullecía mucho admitir que llevaba años siguiendo el plan de defensa de Devora Wigmore, pero todo había pasado cuando yo moví los hilos y creé un efecto en cadena de por vida.
Arrastré a mi mejor amiga a lo que debía ser. Ella encontró al amor de su vida y yo encontré mi gran debilidad: personas heridas.
Me di cuenta de que no podía culpar al clima y sus tormentas cuando yo decidía quedarme en el medio del caos. Una víctima con aires de heroína que se rodeó de personas y corazones rotos que jamás sanaron: mi familia, mis amigos, mis amantes y yo.
Ahora tenía todos esos recuerdos, nombres y vidas ligadas a la mía, cuando tomar el mando del juego me llevó a estar perdida al borde de un estanque descongelándose y la muerte.
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