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3630 Palabras
Miré mis botas negras recibiendo un rayo de sol en el cementerio más grande de Rusia. Ahí, entre las lápidas indescifrables y bajo la sombra de una enorme cruz que parecía más firme que una montaña, suspiré. También me moví un poco en caso de que la cruz no fuera lo que parecía y me cayera encima. Vivía con el miedo de que algo me cayera sobre la cabeza y me hiciera entrar en razón. — ¿Puedes sostener a Dulce? Miré de reojo a Katherine que parecía un malvavisco con toda esa ropa de montaña. Era de esas personas que pensaban en Rusia como un invierno eterno incluso en verano. Yo no me quejaba. Estaba siendo un otoño agradable. —Dame a esa mocosa—recibí a la niña y miré a Katherine poniendo los ojos en blanco en dirección a los estacionamientos porque Devora y Sasha seguían discutiendo—. Alguien debería decirles que los dos son guapos. —Si, bueno. Esa no seré yo—Katherine se acomodó la bufanda y sonrió—. Por mi podría aplastarlos un yeti mientras yo pueda orinar esta escarcha. Corrió a los baños públicos y yo me quedé mirando la puerta del enorme mausoleo Ivanov. Acomodé a Dulce lo mejor que pude y puso sus ojos grises en mi haciéndome sonreír y en medio segundo dejar de hacerlo y negar con la cabeza muchas veces porque era una locura. ◇◈◇ Un par de meses después de regresar de Alaska descubrí la belleza del baloncesto y los Cheetos. Eran los favoritos de Cookie y siempre ocultaba unos paquetes de mí. Era imposible con su altura así que los escondites se limitaban a menos de un metro. Mi celular comenzó a sonar desde la pieza y lo ignoré de primera, pero cuando volvió a sonar asumí que era más importante que ese tiro. ¿Quién diría que cambiaría mi vida? En ese entonces, Cookie y yo estábamos viviendo juntas hace siete meses y con viajes intermedios que nos habían ganado muchas fotos. Había una en particular, encuadrada y junto al sofá en donde usábamos coronas de flores en Isla de Pascua o, como me remarcó Cookie, Rapa Nui. Se convirtió en la relación más seria de mi vida y me hacía feliz la mayoría del tiempo. Amaba que, sin importar el lugar o situación en la que estuviéramos, siempre me hiciera sentir como que estaba haciendo lo indicado y con la persona correcta. Jamás me detenía a pensar en las consecuencias porque no las había. Estaba con ella y el resto no importaba, pero al recibir esa llamada el tiempo retrocedió y con él mis sentimientos. Reconocí su voz e incluso su respiración. Solo con esa demostración volví a poner mi mundo de cabeza por ella. Toqué su rostro en la lápida y por unos segundos recordé el dolor de creerla muerta. El dolor seguía presente cuando miraba a Devora haciendo un esfuerzo épico para no llorar y a Katherine mirando con lástima a Sasha y luego a él, sonriendo a nuestras espaldas. Él jamás perdió a Oksana y me guiñó el ojo sabiendo muy bien que estaba ahí para llevarme con ella. Dejé a Katherine y a sus chicas en el aeropuerto poniendo en práctica la excusa que llevaba pensando desde que planeé ese viaje. Fue difícil efectuarla cuando me detuve y Katherine jaló mi mano sin lograr que la siguiera. Lloramos en la mitad del aeropuerto y le prometí que volvería pronto, pero era una gran mentira. Me costó más a mi dejarla ir. Me sentí arrastrada por Sasha calles abajo, debatiéndome entre lo que estaba haciendo y el riesgo, pero lo olvidé cuando llegamos a un auto y me hizo entrar en el asiento trasero en donde choqué de golpe con Oksana. —Teresa—miré sus ojos y me congelé hasta que puso sus manos en mis mejillas y comenzó a llorar entre sonrisas—. ¡Oh, Teresa! ◇◈◇ La primera vez que escuché su nombre fue saliendo de la boca de Katherine. Mencionaba el extraño ingreso de Devora a la universidad siendo seguida por tres extranjeras. La primera vez que la vi fue cuando Ian me la apuntó en el centro comercial mientras nos ocultábamos entre la ropa interior de hombres intentando pasar de incógnito. — ¿Sabes qué es lo peor de todo? — ¿Que esta ropa interior trituraría las nueces de cualquiera? —No hablo de esto, aunque tienes tu punto—saqué el bóxer de mi rostro y miré a la alienígena—. Es realmente bellísima. ¿Qué palabras de consuelo le daré a Katherine? —Bueno...debe tener algo feo. Tal vez los dedos de sus pies están montados entre sí—nos miramos y asentimos—. Sigo sin creerme que Devora esté acostándose con ella. —Ian, hay que ser honestos, incluso mi abuela se acostaría con ella. —Incluso más honesto, hasta yo me acostaría con ella. — ¡Oh, amigo! —lo miré sorprendida y asintió sin ninguna vergüenza—. La chica se cogería a quien quisiera ¿No? —Lo haría. Tiene esa actitud de conseguir todo lo que quiere—asentí nuevamente y él dio un salto fuera del escondite—. Segundo procedimiento: acoso en los baños. Ignoré el plan de Ian que solo era su curiosidad de meterse a todos los baños de chicas en la ciudad y se fue riendo. Debí seguirlo, pero con una curiosidad más profunda, miré una última vez a la chica de cabello platinado que estaba arruinando la vida de mi mejor amiga. Cuestionaba mucho a Katherine y su relación porque me sentía inútil a la hora de aconsejarla. Pensé que le llevaba la delantera en sabiduría y experiencias, pero no estaba ni por tocarle los tobillos en valentía porque eso era Katherine: pura valentía. Enfrentó a toda su familia y al mundo por lo que sentía y puso su corazón en manos de alguien más sin pensar en los riesgos que conllevaba. A pesar de admitir eso, sentía que debía evitarle el dolor y, sabiendo que Devora aún la quería, me puse como meta reunirlas cuantas veces fuera necesario. No dejaría que ninguna olvidara a la otra porque lo que había visto en ellas valía la pena y no merecía ser destrozado por una aparecida de último minuto. Mi plan fueron Katherine y Devora, pero en el momento en que supe que esa rusa estaba amenazando a mi amiga me resultó muy difícil mantenerme en mis casillas, en especial cuando supe lo que había pasado en la fiesta de Mackenzie y leí los comentarios de odio sobre cada foto en el i********: de Katherine. —Teresa... ¡No! —lancé mi chaqueta sobre el rostro de Katherine y bajé del auto en la entrada de su facultad. Una vez que ella salió puse el seguro y caminé furiosa—. ¡Pueden suspenderte por esto! ¡Otra vez! — ¡Nos van a suspender a ambas! No va a ser como esa vez que me golpearon por defenderte. Ahora tendrás que sacar un poco de esa valentía y... — ¡Puedo sola! ¿Sí? —me volteé a mirarla y casi creí sus palabras cuando levantó su mentón y me miró a los ojos—. Puedo defenderme. Era difícil creerlo luego de los últimos años en que fue tan débil y necesitada de ayuda. La recordaba con ocho años llorando por ser empujada al lodo y me recordaba con las mejillas rojas de rabia y cubierta de barro luego de intentar defenderla. —Sé que puedes—sostuve sus mejillas y la besé en la frente—. Pero no pasarás por esto sola, no si yo puedo sujetarla mientras la golpeas. Caminé a su lado ignorando cada voz de las arpías seguidoras de Oksana. Miré de reojo a Devora siendo una estúpida sin defender a Katherine y luego vi a la rusa en el segundo piso, riendo al ver la atención negativa posándose sobre mi amiga. Fue la primera vez que hablé con Oksana y la llamé "zorra de las nieves". De cerca vi lo enfocada que estaba en Katherine, la intensidad con la que la miraba y lo difícil que le era contenerse. Me asusté a medida que pasaban los segundos. Recordaba a Katherine repitiendo las palabras de Devora advirtiéndole que era peligrosa y podía verlo con claridad al ver sus puños palideciendo con cada apretón. Se retenía a si misma para no atacar. ¡Oh, pero que lo intentara! Pensé en mantenerme al margen una vez que Devora llegó aparentando haberse puesto los malditos pantalones alguna vez en la vida. Falsa alarma. Fue tan idiota como de costumbre y me vi dando un paso al frente luego de escuchar cómo la rusa amenazó a Katherine frente a mis narices. La empujé con tanta fuerza que cualquiera habría caído con facilidad, pero ella no era cualquiera. Inmediatamente, Devora se interpuso y pude golpearlas a ambas de una maldita vez, pero Katherine tenía razón. No podíamos arriesgarnos a la muerte a manos de una rusa o, lo más probable, a la suspensión. Rendida, me encargué de advertirle a cualquiera y en especial a la rusa sobre el peligro que corría si intentaba dañar a Katherine. No fui para nada firme. Lo sabía cuándo el recuerdo de esa noche en que casi perdí a Katherine volvía de forma tan dolorosa incluso años después. Subía al auto cuando escuché el disparo y corrí sin detenerme a pensar. Una vez que entré, miré el piso de la cocina y a Oksana prácticamente poseída sobre Katherine y abriendo su piel con un cuchillo. Yo amaba a Katherine más de lo que podía expresar. Jamás me había fallado y siempre estuvo ahí para mí sin exigir nada a cambio y yo jamás dejaría de pensar en ese instante, en el momento en que no pude hacer lo que le había jurado hacer a los cinco años y por el resto de mi vida: protegerla y defenderla. No lo hice y Katherine estuvo en el infierno por lo que yo no pude hacer por ella esa noche. ◇◈◇ — ¿Tu qué crees, Teresa? —levanté mi mirada de la copa y me enfoqué en los tres hermanos Ivanov que me miraban atentos. Sasha continuó—. ¿Escuchaste siquiera algo? — ¿La verdad? No. Lo siento. ¿De qué hablaban? —De lo inconveniente que es tu presencia aquí. Miré a Adrian, su rostro de indiferencia no dejaba su sopa y no se molestó en enfrentarme. —Basta—Oksana le dio una mirada rápida y luego a Sasha—. Ya perdió el chiste. —Déjalo hablar. Te lo permito—su hermano mayor me sonrió pareciendo muy divertido por el tono que usaba refiriéndome a él—. Adelante. —Es halagador hasta cierto punto ¿No? —miró a su gemelo esperando que estuviera de acuerdo, pero Sasha fingió demencia y alcanzó su vaso con vodka—. Morirás por ella. —De seguro un par de estúpidas han muerto por ustedes. —Ninguna—Sasha me miró, le dio un sorbo al trago y se encogió de hombros—. No sería justo. Perdimos a nuestra madre, no volveremos a perder a ninguna mujer amada. Los vi serios juzgando a Oksana con la mirada y ella negó con la cabeza, convirtiéndose justo en lo que ellos pensaban que era: una niña caprichosa. —Ignóralos—se levantó y me estiró la mano—. Vamos, te mostraré la casa. —Encárgate de mostrarle su caja de arena. Me gustan las mascotas entrenadas. Escaleras arriba, me enfoqué en cada rincón de la apartada mansión de Kostromá en la que Oksana había vivido durante su adolescencia. Era un lugar enorme y sin ningún rastro de una familia. No había cuadros o fotos, ningún rostro que pudiera reconocerse, pero al llegar al cuarto pude ver una foto de su madre sobre el escritorio. En sus brazos, sostenía a una pequeña Oksana etérea e inocente. La sostuve y dejé de verlas para ver a los gemelos con sus manos sobre los hombros de su madre y con las miradas sobre su hermana. —Ya eran sobreprotectores, ahora son totalitarios—asentí y ella se acomodó en el escritorio ganándose mi atención—. Aún no puedo creer que estés aquí. —Aún no puedo creer que no estés muerta—sonrió como si hubiese sido la más inocente de las mentiras blancas y me estiró los brazos esperando un abrazo—. No. Acabo de dejar flores en una maldita tumba con tu nombre. —Oh, por favor. Pensé que ya habíamos pasado por la etapa de rencor—la miré entrecerrando los ojos, casi sin creer cómo se atrevía a obligarme a creer que no era algo importante—. Debes admitir que fue hasta un poco gracioso. — ¿Cuál parte exactamente? ¿Estar al borde del s******o por ti o recibir una llamada en lo que lo primero que dijiste fue "soy Oksana, te hablo del más allá"? —me apuntó orgullosa y se burló aún más al ver mi rostro—. ¿Puedes por un segundo hablar sobre lo imbécil que fuiste? —Hablamos de eso por teléfono. No repetiré las mismas palabras gastadas—saltó del escritorio y caminó con dirección a la cama, pero la jalé de regreso—. ¿Qué más quieres? —Una disculpa decente. —Debía hacerlo—tomé un pequeño masetero sobre su escritorio y lo lancé a sus pies haciéndola gritar, de seguro por el cactus—. ¡No empezarás con esto de nuevo! — ¡Vamos a hablarlo todas las veces que yo quiera hacerlo! —pateé la tierra y ella me dio la espalda—. Le fallé y le mentí a mi mejor amiga una vez más. Dejé todo lo que conocía por ti, lastimé a personas... —Ni siquiera te atrevas a hablar de la maldita prima de Devora—al voltearse, sus mejillas eran rosas y me miraba furiosa—. Quise seguir muerta cuando te busqué y te encontré viviendo en Nueva York con ella. ¿Sabes quién era? Mi ceja se levantó naturalmente y me quedé viendo a la nada y esperando que guardara silencio. Lo último que quería era escucharla hablando mal de ella. Me parecía insoportable siendo que absolutamente nadie sobre la faz de la tierra la conocía mejor que yo. Pero no la defendí. Fingí demencia y me enfoqué en que ese era mi primer día con Oksana desde que volvió de la muerte así que con facilidad me dejé caer en todas esas promesas que, de cierta forma sabía, no iba a cumplir. Y se sentía extraño, como si fuéramos dos personas completamente distintas. Teníamos los mismos cuerpos, pero que se sentían distintos ante el tacto entonces entendí que lo extraño era sentir que por primera vez estábamos libres y sintiendo lo mismo. Finalmente, en la misma página. Los primeros meses fueron los más calmados. Creí que estaban por terminar y Oksana me sacaría de ahí en cosa de días, pero Adrian era mi dosis de realidad y se inyectaba en mí al menos tres veces al día. Sasha, por otro lado, me ayudaba a mantenerme indiferente con sus videojuegos y las llamadas secretas que me dejaba realizar. Cuando él se unía a las misteriosas salidas de sus hermanos me tocaba quedarme en la habitación, con la casa cercada de guardias y con la colcha cubierta de fotos. Hablaba ocasionalmente con Katherine, mi único cable a tierra esos días y a veces con mi madre, pero nunca a Cookie. Cada vez que quedaba sola lloraba un poco por ella, incapaz de olvidar la pena y decepción con la que me miró esa última vez. ◇◈◇ Días antes de que Oksana fuera encontrada y metida tras las rejas, Katherine me arrastró a una extravagante fiesta de la familia materna de Devora que, como buena familia latina, era enorme. Miraba a mi mejor amiga intentando sonreír otra vez luego del dolor por el que había pasado y la culpa me pinchaba en cada parte de mi cuerpo. Yo ocultaba al peor capítulo de su vida y seguía ahí, fingiendo que hacía todo por ella. — Necesito un poco de ayuda. Creo que mi prima acaba de contagiarme la homosexualidad —puse los ojos en blanco y miré a mi lado a una chica que era un par de años mayor que yo y varios centímetros más pequeña, pero su personalidad compensaba el tamaño—. Ayúdame. —Por más que disfrute de las bromas que dejan la homosexualidad como una enfermedad contagiosa, no gracias—alcancé un vaso con ponche y brindé en el aire—. Esta noche no voy a caer en las garras del diablo y en la sangre de Devora. Caminé en la dirección contraria a ella, pero con facilidad atrajo mi atención. —Esta noche no. Tal vez la siguiente. Desde ese encuentro, Constanza Hernández se convirtió en la sombra de Devora y, por ende, se cruzó en la mayoría de mis días. Una tarde, mientras yo organizaba mi esperada fiesta veintiuno, llegó cargando una carpeta de fotos de fiestas increíbles y eventos lujosos. Miré con atención cada una y luego a ella con genuino asombro. —Te tomas en serio tus cacerías ¿Eh? —Me gusta ofrecer mis servicios profesionales y sexuales de la mejor forma posible—levanté mi ceja y me quitó la carpeta—. Ambos gratis. Desde ese momento conocí tantas versiones de Cookie que no estaba segura de cuál me enamoré. Sin duda no fue de la que cayó sobre su rostro por una pirueta que no manejaba o la que chocó su auto contra el mío para poner a prueba su airbag. Cuando me contó sobre sus sueños y metas cumplidas me atrapó ella y la inspiración que esparcía. Gratis. En ese tiempo Oksana llevaba varios meses en Rusia. Su padre prohibió cualquier contacto con el exterior haciéndola cada día más inalcanzable y, con las semanas, me convencí de que lo mejor era olvidarla. Lo que tuvimos nunca estuvo bien ni fue lo correcto. Hasta ella me lo repetía. Era muy doloroso aferrarse a algo tan complicado así que empecé a soltar de apoco. Quizás no sabía bien cómo y por qué empezó, pero era imposible no recordar a Cookie con una sonrisa. Lo que si fue claro como el agua era la culpa que sentía a medida que el tiempo pasaba y seguía estancada. Con comezones, mi cuerpo me decía que haber dejado todo eso por una corazonada fue riesgoso. ◇◈◇ Las cenas familiares se convertían en rabia cuando los escuchaba charlar en ruso cada vez que no querían que supiera algo, pero sin duda veía los resultados. El dinero estaba entrando en cantidades enormes y por más que Sasha hiciera sonar a la extorción, el tráfico de armas y unos "leves" delitos informáticos como algo que no lastimaba físicamente a nadie, yo no era una tonta. En un par de meses Oksana tenía el dinero de sobra para comprarse una isla, cambiar su identidad y darnos la paz que siempre quisimos, pero cuando se dormía a mi lado me quedaba viendo su ceño relajado. Estaba cómoda, no quería ocultarse más y, sin siquiera avisarme, dejó atrás cualquier vulnerabilidad que me pudo mostrar antes. O quizás esa vulnerabilidad había sido solo un episodio en su vida y la que se dormía a mi lado ahora era quien siempre fue: una mujer fría y calculadora. Para ser un cavernícola, Adrian era el más observador de los tres. Cuando el quinto mes me atrapó, él también lo hizo en un rincón de la cocina. Me miró a los ojos y sonrió mientras negaba y esparcía sus silencios incómodos. —Quieres volver—miré hacia la entrada en donde Oksana y Sasha conversaban y reían. Intenté responder, pero sabía que no era una pregunta—. Puedo ayudarte, pero debe ser ahora. Dudo que exista un viaje de retorno más adelante. —Ella no lo va a permitir. —Ella no irá por ti esta vez—volví mi mirada a la suya y se encogió de hombros—. Estamos reconstruyendo el negocio y la familia. —Esto no es una familia. —Una familia son personas que se aman y protegen entre sí. Eso somos—no quise discutir porque ¿qué podía saber yo de las familias aparte de que se rompían? —. Decide pronto. — ¿De verdad piensas que todo este espectáculo que montas me va a asustar? Decidí venir. —Pero no encajas aquí, señorita abogada prejuiciosa. —Lo siento por tener prejuicios frente a mafiosos asesinos. —No deberías tenerlos—hizo que mirara a Oksana y me abrazó mientras la apuntaba—. Porque cada noche te acuestas con una mafiosa que mató a su propio padre. No pasó un mes y sentí el hielo crujiendo a mis pies. Oksana me despertó en la mitad de la madrugada y me subió a una camioneta negra y blindada. Me costó salir de mi sueño para preguntar qué estaba pasando, pero acarició mi cabeza y me advirtió que sería un camino largo y mejor durmiera. Desperté al norte de Rusia y Oksana volvió a la vida para sus enemigos. Adrian sabía que pasaría tarde o temprano y ahora entendía por qué no habría un viaje de retorno para mí. ◈◇◈◇◈◇◈◇◈◇◈◇◈◇◈◇◈
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