Capítulo 1: Amargo consuelo.
Todo estába listo, había preparado la cena y puesto la mesa, aromatizado la casa y arreglado para la ocasión.
Llevaba una semana sin ver a Edgar. El tiempo suficiente para volverme toda un manojo de nervios.
Cosa de compañeros supongo, porque eso éramos. Incluso si no había una marca de por medio.
Me miré en el espejo y comprobé mi atuendo. El vestido n***o se ajustaba a mi figura, con un profundo escote en "V" que me acentuaba el busto y apretaba las caderas. Perfecto con el moño alto que había elegido.
Mis labios apenas tenían un poco de color y el rimel me hacía me daba una mirada más profunda, con tacones y discreta joyería.
Miré el anillo en mi dedo anular, era el que Edgar me había dado hace un tiempo. En esta misma casa mientras tomábamos vino.
—¡Natasha!
—¡Ya voy!
Me acerqué a las escaleras, inclinándome sobre el barandal que daba al recibidor. La sonrisa en mis labios fue instantánea y verdadera. Era imposible que fuera de otra forma.
Allí estaba Edgar, perfecto como siempre. El traje oscuro se apretaba alrededor de todo sus músculos. Los hombros anchos a los que adoraba aferrarme resaltaban en la prenda de diseñador.
Él me sonrió y no necesité más, bajé corriendo y me lancé a sus brazos, tomando sus labios como una mujer que vuelve a ver al amor d su vida después de un largo tiempo.
—Te extrañé —susurré. Sus manos estaban en mis caderas y su nariz en mi cuello—. ¿Me extrañaste?
Edgar se alejó y acarició mi mejilla. Él no dijo nada, devorando mis labios una vez más. Tomando mi alma en bocados deseosos que me erizaban la piel y aceleraban el corazón.
—Edgar.
—Te necesito, Nat —jadeó entre dientes—. Heces mucho que no nos vemos.
Con Edgar siempre era lo mismo. Llegaba, me quitaba todas las capaz como si abriera un regalo que acariciaba y besaba con una premura desarmante
Lo peor era que ni siquiera me molestaba. Podría exigirle más y quizás entonces él me lo daría.
Si solo tuviera la fuerza para hacerlo y sentirme más que el cuerpo caliente en que se perdía cada pocos días.
—Cariño, espera... —Eché la cabeza hacia atrás, aceptando retroceder y golpear la pared—. Ed...
—Joder, te sientes tan bien —su mano sondeó bajo mi vestido y apartó la braga de encaje. Dándome un par de caricias sugerentes que bailaban al ritmo de la boca en mis labios y mejillas—. Dulce y buena. Tan dulce, bebé.
Mis manos estaban en su cuello, mi pierna derecha alrededor de su cintura y la palma caliente de su mano no dejaba de rozar los puntos correctos.
Desde arriba hacia abajo, apretado suavemente mi clítoris, volviéndome toda jadeos y maldiciones decadentes.
—Ah.
Ed me giró y apretó contra la pared. La erección en sus pantalones era grande, lista para entrar y acabar con todas mis preocupaciones.
Las bragas desaparecieron y no pudo importarme menos a este segundo. Él apretó mis muslos y trasero, maldiciendo como un perro cachondo que tiene todo lo que desea frente a sus ojos.
Yo me había arreglado para él. Para seducirlo lentamente y que me deseara como si su mundo girara a mi alrededor.
Arqueé la espada y abrí las piernas, a estás alturas tan húmeda y necesitada que solo podía pensar en nosotros y la mil cosas que estaríamos haciendo en segundos.
—Eres todo en lo que podía pensar, Nat —susurró, metiendo la cara en mi intimidad. Dando una caricia húmeda y fría, jadeando—. Cada maldito minuto de la última semana. Eras todo lo que estaba en mi mente.
Apenas podía respirar, no con Ed lamiendo todo mi deseo como un hombre ardiente y desesperado.
El sonido de su bragueta fue como un llamado divino y su m*****o no tardó ni un segundo en quedar fuera de la tela y bajo las caricias de su dueño.
Era como si un aro de fuego envolviera mi cuerpo.
Ardiente y delicioso.
Brillante y mágico.
Un hilo grueso que tiraba desde lo profundo de mi alma hacia él.
—Mierda... Espera... Ed
Ed no era pequeño, un hombre lobo alfa nunca podría, pero aún así el lograba encajar perfectamente en mi interior. Apenas saliendo lo suficiente para volver entrar de golpe y hacerme gemir y lloriquear por más.
Mi cuerpo era un reguero de temblores y pedidos lastimeros. Con las piernas apenas respondiendo y la respiración entrecortada de Ed en mi cuello.
Una, dos, tres embestidas que fueron solo el comienzo de lo que era mi muerte.
Una exquisita y que disfrutaba en cada momento.
—Cariño... Ed, yo...
—Vamos. Queiro oírte, bebé.
Eso era todo. El remolino se asentó en mi vientre y el cuerpo me vibró como si estuviera a punto de explotar.
Jadeante, perdida y con Ed en lo profundo de mi cuerpo, apenas pude mantenerme en pie para sentir las embestidas que siguieron y su carga dentro de mí.
—Joder, Nat. Realmente te extrañé.
✧ ✧✧
Rodé sobre el colchón un par de veces, abriendo los ojos y suspirando. Alrededor todo era penumbras y el lado contrario de la cama estaba vacío.
Más que eso, parecía que nadie había estado ahí. Que Edgar nunca había estado ahí.
Me incorporé en la cama, dándome un ligero mareo. No me detuve, puse las pantuflas, envolví en mi bata de dormir y salí al pasillo.
—Ya lo sé, Marcus —oí la voz de Edgar en la planta baja—. Está dormida, en cuando se despierte le diré... Sí, carajo, ya entendí... Lo haré, maldita sea...
¿De qué estaba hablando? Apreté los labios y dí un paso atras. Edgar colgó el móvil y suspiró alto, como un hombre muy cansado de todo.
—Escuchar conversaciones ajenas es de mala educación, Nat —giró con una sonrisa, extendiendo una mano hacia mí—. Ven cariño, tenemos que hablar.
En momentos como estos me gustaría tener una marca de apareamiento, así podría tener una idea de qué estaba pensando Edgar.
«Pero no lo tengo,» recordé. Y esa era toda la verdad.
Así que bajé una vez más los escalones y tomé su mano. Edgar me llevó a la sala y sentó en el sillón a mi lado.
—Hay algo que debo decirte —se lamió los labios y asentí suavemente—. Voy a casarme, Nat.
Después de eso solo quedó el silencio, seguido de un zumbido y el golpeteo de contra mi caja torácica.
—¿V-vas a casarte? —susurré, con un nudo en la garganta y los ojos húmedos. Respiré profundo y agregué—. Vas a casarte... ¿pero no conmigo?
Edgar apenas sonrió.
—Así es —aseguró y mi corazón se detuvo un segundo—. Mi familia jamás te aceptaría, bebé. Los mestizos son un asunto complicado en los Black.
Solté sus manos como si quemaran y me puse de pie. No.
—Pero... me pediste matrimonio, Ed —levanté la mano frente a su rostro, pero él apenas lo vio.
Ed se puso de pie y me tomó de los hombros.
—Cariño, soy un alfa y el heredero de la familia —acarició mi mejilla suavemente—. Debo tener alguien adecuado a mi lado.
Golpeé su mano con fuerza, temblando de pies a cabeza. ¿Qué demonios era todo esto?
—Soy tu compañera, Edgar.
—Y por eso seguiremos juntos —intentó acercarse, yo retrocedí y su sonrisa cayó—. No te voy a dejar, Nat.
Apenas podía hablar, llena de tanto e incapaz de decir cualquier cosa. Mi garganta era un bolsa saturada de sentimientos y todo lo que pude hacer fue dejar ir las lágrimas.
—Edgar... —susurré envuelta en llanto y abrazada por él.
Estaba siendo consolada por un hombre que nunca me iba a amar.
No de la forma en que yo lo amaba.