9 Raphael miró con asombro a Rebecca preguntándose si alguien podría ser más hermosa de lo que era ella en ese momento. Cuando ella se inclinó sobre un par de piedras, sus mechones oscuros se soltaron mientras hacía rodar una piedra hacia atrás y hacia adelante, triturando el grano. Sus mejillas estaban sonrojadas por el sol y el esfuerzo. Se detenía cada pocos minutos y se ponía una mano en el vientre, frotándolo y acariciándolo como si quisiera cerciorarse de que el bebé que crecía en su interior sabía que era amado. Cada vez que hacía ese gesto, Raphael daba gracias al Cielo porque continuara siendo la dulce Rebecca que conoció. No había sido nada fácil llegar hasta donde estaban ahora mismo. Durante semanas estuvo gimiendo en la cama, murmurando sobre lo acontecido. Cada noche se de

