El día que perdí todo
MARISOL
—¡Sol! ¡Levántate ya, vamos con retraso!
La voz de mi madre atravesó mi sueño como una alarma mal colocada. Abrí los ojos de golpe y miré alrededor, todavía desorientada. Tardé unos segundos en entender por qué la casa sonaba como si estuviera a punto de despegar.
—¡Ya voy!— respondí desde la cama.
Me metí al baño arrastrando los pies. En el espejo vi mi cara hinchada de sueño y, detrás de mí, el reflejo del caos familiar: puertas que se abrían, pasos apresurados, voces cruzadas. Entonces caí en la cuenta. Era el día del viaje.
Miré la hora. Treinta minutos. Genial.
Me lavé la cara rápido, me cepillé los dientes sin pensar y volví corriendo a mi cuarto. Me puse un poco de corrector, rímel a medias, me recogí el pelo como pude y elegí lo primero que encontré: una sudadera enorme y leggings cortos. Viajar siempre era así. No importaba que no tuviéramos una hora exacta para llegar a ningún sitio. Mi padre necesitaba salir a la hora que él decidía. Y punto.
Arrastré la maleta hasta la puerta con la mochila colgada de un hombro. Afuera, mi familia ya estaba lista.
—Has mejorado— comentó mi hermano mayor, mirándome de arriba abajo.
—Ni siquiera llegué tarde— le contesté, sin ganas de discutir.
—Vamos, denle las maletas a su padre y suban— dijo mi madre.
Obedecimos. El coche se llenó rápido. Mis hermanos ocupaban casi todo el espacio. Eran enormes, no por peso, sino por altura. En realidad, todos lo éramos. Yo era la más baja y aun así medía 1,75.
No hablábamos demasiado. Solo con mi hermano mayor podía hacerlo sin sentirme juzgada. Siempre me escuchaba. El otro era distinto: distante, duro. Aun así, los quería. Aunque nunca supiera cómo decirlo.
Cuando arrancamos, me puse los auriculares y dejé que la música ahogara la conversación de mis padres sobre rutas y paradas. Nos esperaba un viaje eterno. Casi dos días enteros en carretera.
Cuatro horas después
El estómago ya me dolía de hambre cuando dejamos la autopista para buscar algo de comer. El GPS nos llevó por una carretera estrecha, rodeada de árboles. El bosque era tan denso que parecía de noche, aunque el reloj marcaba la una de la madrugada. Algo no encajaba.
—Papá… ¿esto está bien?— pregunté, mirando por la ventana.
—Eso dice el GPS— respondió, aunque su tono ya no era tan seguro. —Este lugar no me gusta mucho… pero debe estar cerca.
No terminó la frase.
Un camión apareció de la nada. Solo recuerdo las luces, el golpe brutal y el sonido del metal retorciéndose. Después, nada.
Dos semanas después
Desperté rodeada de blanco. Demasiado blanco. El aire olía raro y un pitido constante me taladraba la cabeza. Intenté moverme y un dolor seco me atravesó el cráneo. Tenía cables conectados al cuerpo.
—Se despertó— dijo alguien con voz tranquila.
Una figura se acercó. Era un médico. Alto, serio.
—Señorita Juárez, ¿sabe dónde está?
—No…— mi voz salió débil. —¿Qué pasó?
—Tuvo un accidente de tráfico muy grave. Ha estado inconsciente dos semanas.
Mi mente empezó a unir piezas. El bosque. El camión. El impacto.
—¿Y mi familia?— pregunté de golpe.
El silencio fue suficiente. El médico bajó la mirada.
—Lo siento mucho… no sobrevivieron.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación. El pecho me ardía, la vista se me nubló y las lágrimas empezaron a caer sin que pudiera detenerlas.
No.
Eso no podía ser real.
Seis meses después
Medio año. Eso era todo lo que había pasado desde el accidente y, aun así, el tiempo parecía no avanzar. La ausencia pesaba igual que el primer día. Había perdido mucho más que a mi familia. Se fueron también las risas, la sensación de seguridad, las personas que me sostenían cuando todo iba mal. Mi vida entera quedó suspendida en ese instante.
Probé vivir en distintos lugares, con distintas personas, pero ninguno se sentía real. No importaba cuánto lo intentaran. Nadie podía ocupar el espacio que dejaron mis padres ni devolverme la calma que tenía antes.
Hace un mes tomé una decisión radical: cambiar de ciudad. Empezar desde cero. Ahora vivía con mi tía mayor, su esposo y mis tres primos. El mayor rondaba los treinta, el segundo estaba cerca de los veintisiete y el pequeño apenas tenía once. La casa siempre estaba llena de ruido, movimiento y discusiones absurdas. De alguna manera, eso me ayudaba a no pensar tanto.
Ellos me apoyaban mientras me preparaba para entrar a la carrera de medicina. Quería ser doctora por una razón simple y dolorosa: era el sueño que mis padres tenían para mí. Necesitaba creer que, desde donde estuvieran, podían sentirse orgullosos. Que no los había decepcionado. Que seguía en pie.
Unos golpes suaves en la puerta interrumpieron mis pensamientos.
—¿Puedo pasar?— preguntó mi primo, asomándose con cuidado.
—Sí— respondí, incorporándome despacio.
—¿Cómo va el día?— dijo sentándose cerca. Su tono siempre era tranquilo, casi protector.
—Normal… intentando no pensar demasiado— admití.
—Podríamos salir un rato. Comer algo, ir al cine, lo que quieras— propuso con una sonrisa sincera.
Negué despacio.
—No puedo. Tengo que estudiar. Los exámenes finales están encima.
Todavía estaba en el instituto y sabía que no podía permitirme fallar. No ahora.
—De acuerdo. Si necesitas algo, estaré cerca— dijo antes de inclinarse y besarme la cabeza con cuidado.
Cuando se fue, solté el aire que no sabía que estaba conteniendo y volví a mis apuntes. Estudiar era mi refugio. La única forma de mantener la mente ocupada y lejos del recuerdo del choque, de las luces, del silencio final.
*
TOM
El alcohol corría fácil en la zona VIP del club. Demasiado fácil. Música alta, luces, risas falsas. Había chicas por todas partes y ninguna significaba nada. Todo era parte del mismo juego de siempre. Dinero, excesos y cero consecuencias. O eso creía.
Una de ellas se acomodó sobre mis piernas, moviéndose al ritmo de la música sin pudor.
—¿Vamos a un lugar más privado?— murmuró.
Estaba a punto de aceptar cuando alguien gritó mi nombre.
Giré la cabeza y vi a uno de mis amigos con el teléfono pegado a la oreja. Mala señal.
—Tu padre— gritó desde lejos.
Genial.
—Espera aquí— le dije a la chica antes de apartarme y entrar al baño. —¿Qué quieres?— contesté en voz baja.
—Más te vale volver a casa ahora mismo— rugió al otro lado. —Deja de beber, deja a esa chica y compórtate, o voy yo mismo a sacarte de ahí.
—No estoy borracho— respondí con ironía—. Y no sé de qué chica hablas.
—No me tomes por estúpido. Te están vigilando— espetó antes de colgar.
Miré el teléfono unos segundos. Perfecto. La noche acababa de arruinarse.