ZOE
Viernes.
El interfono sonó, y respondí de inmediato.
Dante: — Señorita Carrasco, ¿está ocupada en este momento?
— Estaba a punto de terminar algunas tareas, pero tengo tiempo libre.
¿En qué puedo ayudarle?
Dante: — Entonces, por favor, venga a mi oficina
— De acuerdo — respondí, colgué y me levanté de mi silla.
Acomodé mi ropa y peiné mi cabello.
Me puse los tacones porque casi siempre me los quitaba en mi oficina para estar más cómoda, ya que era mía y no había nadie más aparte de mí dentro y luego, me dirigí a su oficina.
— ¿Qué necesita? — pregunté al llegar.
Dante: — Ajá… ¿Qué haces por las tardes?
— Bueno, depende del día de la semana. En general, suelo quedarme en casa si no tengo planes previos
Dante: — ¿Con tu novio?
— No, generalmente paso tiempo con mis amigos — respondí mientras él me miraba fijamente.
Dante: — Necesito tu ayuda
— ¿Para?
Dante: — Por la puta rodilla.
No puedo moverme como quisiera. Necesito ayuda para cambiarme de ropa y quiero que me ayudes con eso
«Tal vez no para ponerle la ropa, sino para quitársela…
¡Zoe! ¡No seas cochina!», pensé, pero rápidamente rechacé esos pensamientos.
— Está bien — dije sacando de mi mente esos sucios pensamientos.
Dante: — ¿Sabes cocinar?
— Sí
Dante: — También para eso te necesito. Mi cocinera me dejó porque decidió quedarse embarazada y ahora ya casi está de parto y esas cosas.
Así que no tengo a nadie
— Vale, lo haré yo
Dante: — Te pagaré el doble de lo que te pago siempre
— No hay problema
Dante: — En la noche comienzas.
Cuando acabes tu jornada aquí, te esperaré en el garaje y nos iremos
— mencionó y asentí con la cabeza.
— Bien, sigue trabajando
— Perfecto
Me di la vuelta y regresé a mi oficina.
Recordé sus palabras y se me puso la piel de gallina.
¡Estaría en su casa!
¡En la del señor Grimaldi!
¡Dios mío! Eso era una gran hazaña porque, ¿quién tenía ese privilegio? Puesto que, para todas las mujeres y tal vez también para algunos hombres, estar frente a él lo era.
8:34 p.m.
Llegamos a la casa de mi jefe, un lugar verdaderamente elegante y una vez dentro, él se dirigió directamente hacia el sofá y ahí se sentó.
— ¿Se tomó la pastilla?
Dante: — Sí — respondió y tiró la muleta a su lado derecho.
— Vale
Me crucé de brazos y me puse a observar las paredes para distraerme.
Estar en su casa me llenaba de bastantes nervios y con el tremendo silencio que había era el doble.
Dante: — Prepara la cena
— ¿Eh?
Dante: - Cocina algo, me muero de hambre
— De acuerdo
Fui a la cocina y revisé el refrigerador. No encontré mucho, solo tres huevos, un bote de queso crema y una bandeja de filetes de pollo.
— ¿Hace cuánto que no está su cocinera?
Dante: — Hace como un mes
— Se nota — comenté, pensando en qué cocinar con esos ingredientes limitados. Tomé los huevos y un paquete de arroz de un cajón, optando por preparar un simple arroz capeado y filetes de pollo a la plancha.
Por último, arreglé la mesa y serví la comida en dos platos, uno para mí y otro para el señor Grimaldi.
Dante: — ¿Qué es esto?
— Es arroz capeado y pechuga de pollo
Dante: — ¿Arroz qué?
— Arroz capeado. Es una receta de mi amiga de El Salvador. Cada quien le pone lo que quiera, pero suele llevar queso y nata. Cuando ella me la dijo me gustó la receta y de vez en cuando la preparo
Dante: — ¿No había algo más para hacer?
— Si hubiera hecho la compra, tendría más opciones, pero como no lo hizo, esto es lo que hay. ¿Por qué no fue a comprar?
Dante: — Eso es trabajo de la cocinera, no mío
— Pero ella no está desde hace un mes
Dante: — Pues no es mi problema
— ¿Entonces, no cocina en casa?
Dante: — No
— ¿Por qué?
Dante: — Porque las mujeres se encargan de cocinar, no yo — respondió, lo cual me ofendió.
— Pues no — dije, y él levantó la mirada hacia mí antes de volverla hacia su plato. — Debería aprender a cocinar
Dante: — No es necesario
— Sí, lo es. Además, no es complicado
Mientras él seguía comiendo, noté que le gustaba mi comida; era simple pero deliciosa.
Más tarde, continuamos comiendo, y él se distrajo con su teléfono.
— ¿Le puedo preguntar algo?
Dante: — ¿Qué?
— ¿Qué le pasó en la rodilla? — pregunté curiosa y él tardó en contestar.
Dante: — Me caí de unas escaleras
— respondió dejando el teléfono en la mesa.
— ¿De verdad?
Dante: — Ajá
— ¿Y qué pasó?
Dante: — Cuando tropecé, caí al suelo e hice un giro brusco con la rodilla para evitar volver a torcerme el tobillo, como me sucedió hace tiempo atrás
— Por eso uso el bastón
Dante: — Sí, pero… También por otra razón — dijo, y pareció que no quería profundizar en el tema mientras tomaba un sorbo de agua.
Entonces, el silencio nos invadió hasta que segundos después volvió a hablar.
— Es que… Tengo un problema de cadera, de nacimiento — mencionó sin mirarme, centrando su atención en su plato ya vacío.
— No lo sabía
Dante: — Nadie lo sabe y por este problema que tengo también es que, de vez en cuando, utilizo el bastón. Quizás ya me habrás visto caminar extraño
— No, no se ve extraño
Dante: — Tal vez no extraño, pero sí como un tonto cojeando un poco
— Para nada. Usted se ve perfecto, me gusta verle caminar — dije, sintiéndome un poco incómoda por lo evidente de mis palabras.
— Quiero decir, se ve muy bien caminando, tiene una buena marcha
— concluí, tratando de suavizar el comentario y eso le hizo sonreír.
Sentía que había metido la pata al expresarlo de esa manera, ya que no quería que se diera cuenta de que lo observaba mientras caminaba, no por preocuparme de que tuviera algún problema, sino porque simplemente me gustaba.
Dante: — Gracias por decírmelo
— ¿Y es grave su problema en la cadera?
Dante: — No, solo siento molestia cuando camino demasiado o paso demasiado tiempo en una misma postura
— respondió y se puso de pie.
— Tu habitación está arriba a la izquierda
— ¿Por qué?
Dante: — Obviamente, te quedarás aquí
— Pero usted no dijo nada al respecto
Dante: — Pues lo harás. Sábado, domingo y los días de la semana, solo vendrás por la mañana y por la noche, podrás irte si quieres
Dicho esto, recogí los platos y los llevé a la cocina.
Dante: — Mételos en el lavaplatos
— Los lavaré a mano, no cuesta nada
— dije y después de hacerlo me acerqué a Dante.
Dante: — Sígueme — pidió, sin tomar su muleta, y se encaminó, como pudo, hacia el ascensor privado que tenía el pent-house. Tardamos unos segundos en llegar a la primera planta, ya que la casa constaba de tres plantas, y frente a nosotros se encontraban dos puertas blancas. Él entró por una de ellas, y yo lo seguí, sintiéndome un poco indecisa sobre si debía hacerlo o no.
Finalmente, decidí seguirlo y le entregué su muleta, aunque él era terco en no querer utilizarla a pesar de necesitarla, así que tuve que traérsela para evitar que se quedara en la sala.
Después, Dante se dirigió al baño, mientras yo observaba sus movimientos. Parecía haberse olvidado de mi presencia, ya que no intercambiaba palabras conmigo.
Cuando finalmente salió del baño, se despojó de la corbata y luego de la camisa blanca de vestir, revelando su esbelto y atractivo torso, provocando un intenso calor que recorrió todo mi cuerpo.
Aunque no estaba segura de si era una buena idea, decidí quedarme. Después de todo, Dante no me había indicado que me fuera, así que no podía hacerlo por iniciativa propia.
Entonces, intenté distraerme para no mirar su espalda descubierta. Pese a todo, debía admitir que lo observé unas cuantas veces, aunque cuando él me miraba, fingía no haberlo notado.
Y, antes de que comenzara a quitarse el pantalón, reaccioné, consciente de que probablemente lo haría sin importarle mi presencia. Después de todo, era su casa y tenía todo el derecho de desvestirse como quisiera.
— Cua… ¿Cuál es mi habitación? La de al lado, ¿verdad?
Dante: — Claro
— Bien, me voy. Si me necesita, llámeme
Rápidamente, salí de su habitación.
Mi cuerpo estaba caliente, mis partes íntimas contraídas y mis manos y pies temblaban. Me senté en la cama y esperé un rato para que todo eso pasara.
Mi mente perversa hubiera querido quedarse a mirar esa bella vista, pero era prohibido.
Mis ganas ocultas de saber cómo sería tener sexo con alguien me vinieron a la cabeza.
Según yo, eso era magnífico.
Era un momento íntimo, muy satisfactorio, en el que se podía disfrutar muchísimo de lo que se conocía como “un buen polvo”. Eso era lo que yo suponía porque nunca lo había experimentado. No obstante, con lo que me había contado mi amiga Emma, no siempre era así, a veces era malo y para nada era bueno, pero eso había que descubrirlo.
Algún día también me tocaría a mí vivir esa experiencia y con mi edad, debo decir que ya tenía ganas de ello.
A pesar de eso, todavía no se había dado la oportunidad, pero el día en que sucediera llegaría, eso sin duda alguna.
Quién sabe con quién y quién sabe cómo, pero llegaría, no por obligación, sino por voluntad propia.