POV Sovann Dara (Zhu Lianhua)
El amanecer en Angkor Sovannavong tiene un color distinto: no es dorado como en Beijing, sino más cálido, como si el sol aquí naciera con cansancio. La niebla sobre los canales se mueve despacio, y entre ella emergen las torres, las campanas y el reflejo de los lotos.
Apenas duermo. El cuerpo duele tras el entrenamiento con el príncipe, pero es mi mente la que no encuentra reposo.
A media mañana, un mensaje holográfico me ordena presentarme en el Pabellón de Seda Carmesí, sector norte del complejo.
Allí me espera mi tutora.
El pasillo que conduce al pabellón está lleno de luz. Las paredes muestran relieves con los emblemas de la familia real camboyana: el león, el naga, el loto y el disco solar. Cada símbolo parece tener su propia respiración.
En la entrada, una mujer me aguarda con la postura impecable de quien ha servido al trono más de media vida. Su cabello, recogido con alfileres de jade, apenas deja ver las canas que se entrelazan con el n***o azabache.
Al igual que yo, viste el uniforme gris oscuro de la División Sombra Dorada, pero el emblema dorado en su hombro la distingue como instructora principal.
—Sovann Dara, ¿verdad? —su voz es firme, pero amable.
—Sí, Maestra.
Ella inclina la cabeza.
—Soy la Comandante Vannareth Sopheaktra, tu guía mientras dure tu iniciación en la División. Acompáñame.
Camino junto a ella hasta una estancia abierta, decorada con biolámparas y figuras de apsaras suspendidas. Desde allí se ve el lago y las torres reflejadas, como si todo el palacio flotara sobre un espejo líquido.
Vannareth se detiene frente a un mural digital que representa la Línea Dinástica del Reino Unificado de Camboya. A medida que mueve la mano, los retratos cobran vida: emperadores, reinas, príncipes, concubinas y generales aparecen en una danza de luz.
—Antes de servir a la Corona, Sovann Dara, debes entender a quién proteges —dice con solemnidad—.
El actual soberano, Su Majestad el Rey Norodom Surapong Vattanak, gobierna con el título de Preah Karuna, “El de Corazón Benevolente”. Tiene tres esposas oficiales y dos concubinas reales. De ellas, nacieron siete hijos.
Me esfuerzo por mantener la expresión neutra, pero mis pensamientos son un torbellino.
—Siete… —susurro apenas.
—Así es. Los dos mayores son príncipes de sangre de primera línea, pero carecen del favor del Consejo Real por su carácter ambicioso. Luego viene el tercero: Su Alteza Real, Suriya Narottam Vattanak, designado Príncipe Heredero del Sol de Angkor.
Su título ceremonial completo es Preah Ang Mechas Khemarak Suriya Narottam Vattanak, Chao Krom Luang Sovannavong —“Guardián del Reino Dorado”.
Escuchar su nombre completo me provoca un escalofrío. No solo por la cadencia del idioma, sino por lo que implica: un título de responsabilidad casi divina… y una soledad implícita.
Vannareth continúa, imperturbable.
—El príncipe es amado por el pueblo, respetado por la corte y temido por sus hermanos. Tres de ellos lo han desafiado indirectamente en los últimos años: uno mediante alianzas económicas, otro mediante intrigas diplomáticas, y el menor… mediante el favor de su madre, la tercera consorte real.
Me muerdo el labio. De repente, la discreción de Suriya, su voz medida, su silencio, todo encaja.
Él no es distante.
Está rodeado de enemigos.
La Comandante prosigue:
—La familia real se rige por jerarquías estrictas. En presencia del rey, deberás inclinarte tres veces. Frente a la reina principal, dos. Ante las consortes y sus hijos, una.
Y frente al Príncipe Heredero, permanecerás erguida, pero con la cabeza baja, salvo cuando él se dirija a ti.
—Entendido, Maestra.
—También recuerda esto, Sovann Dara: los muros escuchan, los espejos hablan y el silencio es tu mejor escudo. El palacio de Angkor es un lugar hermoso, pero cada pétalo de loto puede ocultar un veneno.
Asiento en silencio.
Mientras ella se aleja para atender a otros asuntos, me quedo mirando el mural, donde la imagen del príncipe permanece flotando en luz dorada. Su rostro parece más joven, casi sereno. Pero sus ojos… esos ojos ya reflejan cansancio.
Mi subconsciente aprovecha la quietud para hablar, en su tono burlón habitual.
—Bueno, parece que el Don Perfecto vive en un nido de víboras.
—Y sin embargo, sigue sonriendo —pienso—. Eso… es admirable.
—O masoquista.
—No. Es fuerte. Más de lo que yo creía.
Camino hacia la terraza. Desde allí se ve el lago, inmenso, con sus reflejos de fuego. Me apoyo en la barandilla y dejo que el viento me despeine.
—Tú te quejabas, Lianhua —susurra la voz en mi mente—. De tu familia, de las expectativas, de la carga de ser “la hija perfecta”.
—Sí —respondo en silencio—. Pero ellos me dieron amor. Me dieron libertad, incluso en la responsabilidad.
—Y él… no tiene a nadie.
—Exacto.
Por primera vez, la compasión sustituye a la curiosidad. Ya no quiero desenmascarar al Príncipe Heredero. Quiero entender qué lo mantiene de pie en medio de tanto vacío.
La brisa trae el sonido de campanas desde las torres del sur.
Cierro los ojos. El eco de la voz de Suriya resuena aún en mi mente: “No es fuerza lo que busco, sino lectura.”
Y pienso… quizá él también está intentando leerme. Pero el juego, sin que lo note, ya empezó a cambiar. Porque ahora, no solo soy su guardiana.
Soy su espejo.