CAPÍTULO VI – Los Leones del Trono

1413 Palabras
POV Sovann Dara (Zhu Lianhua) El mediodía cae sobre Angkor Sovannavong como un río de oro líquido. Los lotos de los estanques se abren bajo el sol y los templos respiran ese aroma espeso de incienso y resina que solo tienen los lugares donde la historia pesa más que el aire. Me habían advertido que el Salón de la Reconciliación Real era uno de los espacios más imponentes del palacio. Ahora cuando atravieso las puertas del sublime lugar, me doy cuenta de que no exageraban. El techo se alza como una cúpula de luz. Las columnas están talladas con las figuras de los antiguos reyes Khmer, y los ventanales dejan entrar la claridad del lago Tonlé Sap. La Comandante Vannareth me escolta hasta el vestíbulo interior. —Hoy serás presentada formalmente ante los hijos del Reino —me dice en voz baja—. Mide tus palabras. Aquí los gestos valen más que los juramentos. Asiento, ocultando el temblor en mis manos. En mi interior, Lianhua —la ingeniera, la estratega, la princesa rebelde que ha dejado atrás su hogar — está completamente despierta. Al fondo del salón, los hermanos del príncipe Suriya ya esperan. Cinco hombres y una mujer, todos en trajes ceremoniales de seda, cada uno con su propio séquito. La perfección del linaje, multiplicada en versiones diferentes de ambición, vanidad o control. Los reconozco por los registros que estudié anoche: Príncipe Norodom Vichear —el primogénito. Alto, rostro anguloso, sonrisa cortés y ojos de un azul oscuro poco común en el sudeste a******o. Su fama lo precede: brillante economista, pero despiadado negociador. El tipo de hombre que podría abrazarte mientras ordena tu destitución. Cuando me observa, su mirada es un bisturí. Príncipe Norodom Sovanrith, segundo hijo. Más corpulento, con la voz grave y la mirada orgullosa. Su uniforme lleva los sellos del ejército. Es comandante de las fuerzas fronterizas del norte. Su reputación: leal… hasta que el poder cambie de dirección. Príncipe Norodom Chanvatey, cuarto hijo. El más joven después de Suriya, nacido de la tercera concubina. Su belleza es inquietante; parece tallado para seducir y manipular. Sus ojos sonríen, pero no su alma. Princesa Norodom Mala Devi, única hija legítima de la Reina Principal. Su elegancia es serena, pero en su silencio percibo un filo. Mira a todos como quien juega al ajedrez con dioses. El resto —hermanos menores y cortesanos— son sombras que orbitan alrededor de estos astros peligrosos. Cuando entro al salón, las conversaciones se apagan. Mi nombre resuena en voz de protocolo: —សុវណ្ណ ដារា, អ្នកការពារព្រះអង្គសុរិយា នរោត្តម វត្តនៈ – Sovann Dara, Guardiana asignada al Príncipe Heredero Suriya Narottam Vattanak. Me inclino, siguiendo el protocolo exacto. Tres segundos. Un ángulo de cuarenta y cinco grados. Ni más, ni menos. El silencio es medido, pesado. El príncipe Suriya se encuentra al extremo del salón, de pie junto al estandarte dorado de Angkor. Viste un uniforme blanco impecable, pero sus ojos permanecen en calma, como si observara el flujo de los pensamientos de todos los presentes. Vichear, el primogénito, rompe el hielo. —Así que tú eres la nueva Sombra Dorada. —Su tono es amable, pero su sonrisa no alcanza los ojos—. Dicen que lograste derribar a nuestro hermano menor. Un logro que no muchos pueden presumir. —Fue cuestión de equilibrio, no de fuerza, Su Alteza. —mantengo la voz firme, sin elevarla. —Equilibrio… —repite Sovanrith, el militar, cruzando los brazos—. En la guerra, eso no basta. A veces hay que saber dónde cortar. La Comandante Vannareth interviene suavemente, con la autoridad de los años: —Y a veces, Alteza, la precisión salva más reinos que una espada. El silencio posterior es casi divertido. Mi subconsciente murmura, en tono burlón: —Toma eso, soldadito. Intento contener una sonrisa. Chanvatey, el cuarto hermano, se inclina hacia mí con un aire de curiosidad descarada. —¿Y qué opinas tú, guardiana? —pregunta con voz melosa—. ¿Protegerías al Príncipe con la vida… o con la lealtad? Es una trampa. Lo sé. Una prueba para medir mi inteligencia. —Ambas, Alteza —respondo con calma—. Pero solo la lealtad garantiza que la vida valga la pena protegerla. Por un instante, el silencio es absoluto. Luego, Suriya sonríe apenas. Una sonrisa que parece decir bien jugado. Mala Devi, la princesa, observa en silencio. Sus ojos, sin embargo, no reflejan hostilidad, sino… evaluación. Como si tratara de descubrir qué clase de persona soy realmente. El encuentro termina con una reverencia general. Cuando los príncipes se retiran, el aire del salón parece liberar tensión. Me quedo mirando el espacio vacío donde antes estuvo el séquito. El eco de las voces sigue vibrando en mis oídos, pero ahora con un tono distinto: cálculo, rivalidad, peligro. Mi subconsciente rompe el silencio, con una ironía que me duele porque es verdad. —Así que él vive rodeado de lobos disfrazados de leones. —Sí. —respondo mentalmente—. Y aun así, sigue caminando entre ellos sin mostrar miedo. —O sin esperanza. —No —susurro—. Con disciplina. Esa es su forma de resistencia. Camino hacia el ventanal. El lago brilla bajo la luz del mediodía. Miro mi reflejo y siento que algo cambia en mí. «Tendré que conocerlos a fondo» —pienso—. «A cada uno. Sus aliados. Sus enemigos. Sus patrones de conducta. No solo para protegerlo, sino para entender dónde están las grietas que podrían destruirlo». Mi subconsciente ríe. —¿Así que ahora te has convertido en su estratega personal? —No. —respondo con calma—. En su aliada más confiable. Porque si voy a ser su sombra, entonces debo conocer cada rincón donde pueda esconderse la oscuridad. Y mientras el sonido del gong anuncia el cierre de la audiencia, sé que el verdadero combate apenas comienza. No en el campo de entrenamiento… sino en el corazón de la corte. […] La noche cae sobre Angkor Sovannavong con un manto azul profundo. Los canales reflejan las luces bioluminiscentes del palacio, que titilan como luciérnagas atrapadas en un sueño antiguo. Los ecos de la corte se apagan poco a poco: los músicos guardan sus instrumentos, las concubinas se retiran a sus pabellones, los consejeros abandonan los corredores como sombras cansadas. Es la hora perfecta para desaparecer. Deslizo el sello de seguridad en la puerta de mis aposentos. Una suave vibración confirma que el sistema de vigilancia ha entrado en “modo rutina”: la ilusión de descanso proyectará mi silueta dormida en la cama durante las próximas tres horas. —Bien, ingeniera cuántica infiltrada —murmura mi subconsciente—. ¿Y cuál es el plan esta vez? —Recolectar información —respondo mientras ajusto el comunicador invisible detrás de mi oreja—. Si voy a protegerlo, necesito saber de dónde vendrán los ataques. —O quién querrá apuñalarlo primero. —Exacto. El pasillo lateral que conduce al archivo histórico del palacio está casi vacío. Las estatuas de piedra vigilan con mirada inmóvil, y el aire huele a polvo y sándalo. Activo el campo de camuflaje integrado en mi reloj cuántico: una fina distorsión visual que me permite confundir los sensores térmicos y ópticos. Mi paso no suena. Solo mi respiración, suave y controlada. El archivo está custodiado por puertas de obsidiana. Coloco el emisor de código sobre el cerrojo y murmuro una secuencia matemática en voz baja. La cerradura responde como si entendiera mi lenguaje. Una luz azul se enciende. Acceso concedido. Dentro, los registros se extienden en paredes de cristal. Los hologramas muestran genealogías, tratados, correspondencias diplomáticas. Pero lo que busco no está en los documentos públicos. Necesito los informes de inteligencia interna, los que no aparecen en los archivos oficiales. Me dirijo al sector restringido, donde una interfaz antigua —una reliquia de los primeros gobiernos imperiales— aún almacena registros codificados. Mis dedos se mueven con la precisión de una pianista: Nombres, fechas, transacciones, movimientos de tropas, reuniones secretas. Y entonces lo encuentro. Un fragmento oculto bajo una capa de cifrado triple: “Proyecto Sanghamitra”. Documento clasificado. Prioridad alfa. El encabezado menciona un plan para revisar la línea sucesoria en caso de “inestabilidad diplomática del heredero actual”. El corazón me late con fuerza. —No puede ser… —susurro. Una nota en la parte inferior lleva la firma digital del Príncipe Norodom Vichear, el primogénito.
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